Viernes, 05 de junio de 2009
El tren llevó la política a Visegrad en los jóvenes que estudiaban fuera de la ciudad. Los cambios del mundo exterior que empezaron a hacer mella en la comunidad, a preocupar a los ciudadanos que temen más peligros y ocupaciones, a que las conversaciones en la Kapia, antes charlas despreocupadas y alegres, orbiten alrededor de las diferentes opciones políticas. Se mina uno de los pilares del puente y se oyen rumores lejanos de guerras, se acerca el gran cambio que traerán los cañones apostados a ambos lados de la ciudad.

Los habitantes de Visegrad se encuentran en una encrucijada, su frontera ha cambiado en mil kilómetros, la noticia del asesinato del archiduque Francisco Fernando crea múltiples tensiones, los serbios son perseguidos, la placidez ha abandonado a la población, todo parece a punto de estallar, no sólo el puente lleva una mina en uno de sus pilares. Los cañonazos se suceden sobre sus cabezas.

Ya no hay tiempo para los encuentros en la Kapia, los habitantes de la ciudad, cristianos, musulmanes, judíos, se sienten desprotegidos, temerosos ante algo que se les escapa de la mano, que no llegan a comprender la fuerza destructiva del hombre.

Y todo vuela, el puente, la paz, la precaria estabilidad.

Un puente sobre el Drina ha sido un viaje desde el s. XVI hasta principios del XX, un primer paso para conocer las tierras balcánicas e intentar comprender. Ahora sólo falta seguir en ese camino, dar más pasos hasta que pueda empezar a aclarar aquellas imágenes bélicas de los años 90.





Y así llegó el otoño del año 1912, y a continuación el año 1913, con las guerras balcánicas y las victorias servias. Y por una rara excepción, lo que tenía una enorme importancia para el destino del puente, para la ciudad y para todos cuantos en ella vivían, pasó en silencio y sin que nadie se enterase.
Los días de octubre, rojos al principio y al final del mes, auros a mediados, discurrieron en la ciudad que aguardaba la cosecha de maíz y el aguardiente nuevo. Todavía resultaba agradable sentarse en la kapia, a primeras horas de la tarde, y recibir la caricia del sol. Parecía como si el tiempo hubiese detenido el viento en la ciudad. Justamente en aquel momento tuvo lugar el gran suceso.
Antes de que las gentes que sabían leer y escribir hubiesen podido sacar algo en limpio de las noticias contradictorias que daban los periódicos, había estallado la guerra entre Turquía y los cuatro Estados balcánicos. Y antes de que el mundo hubiese comprendido exactamente el sentido de aquella guerra y medido su alcance, la contienda había terminado con la victoria de las armas serbias y cristianas. Todo había ocurrido lejos de Visegrad, sin tiros ni estrépito de cañones en la frontera, sin ejecuciones en la kapia. Como suele suceder en las ciudades comerciales, los acontecimientos que habían tenido lugar lejos quedaron lejos e ignorados. Allá, en algún lugar del mundo, alguien juega a la lotería o se libra un combate; y es así, por curioso que parezca, cómo se decide el destino de cada uno de nosotros.

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Desapareció el punto en que se encontraban las fronteras de Austria, Turquía y Serbia. La frontera turca, que todavía ayer se hallaba a unos 15 km de Visegrad, retrocedió bruscamente a más de 1.000 km, a un lugar situado más allá de Iedrena.
Tan numerosos y grandes cambios, realizados en un brevísimo espacio de tiempo, conmovieron a la ciudad hasta sus cimientos.
El trastorno tuvo fatales consecuencias para el puente sobre el Drina. Como ya hemos visto, el lazo ferroviario con Sarajevo había reducido a la nada su calidad de vínculo con Occidente, y, ahora, en un abrir y cerrar de ojos, dejó de servir de unión con Oriente. En verdad, aquel Oriente que lo había creado y que hacía aún unas horas mostraba, a orillas del río, su presencia, aunque debilitada, no menos real que el cielo y que la tierra, aquel Oriente se acababa de desvanecer como un espectro. El puente ya sólo unía las dos mitades de la ciudad y una veintena de pueblos situados a ambas orillas del Drina.
El gran puente de piedra que, según la idea y la piadosa decisión del visir de Sokolovice, debía poner en contacto las dos partes del Imperio y, "por amor a Dios", facilitar el paso de Occidente a Oriente y viceversa, aquella maravillosa obra había quedado separada de Oriente y de Occidente y abandonada a sí misma, como un barco que naufraga o una capilla inutilizada. Durante tres siglos, el puente había soportado todo y sobrevivido a todo e, inalterado, había cumplido lealmente con sus fines; pero las necesidades humanas se habían desviado y las cosas habían cambiado en el mundo: ahora, su propio deber lo traicionaba. Teniendo en cuenta sus proporciones, su solidez y su belleza, las tropas habrían podido pasar por él y las caravanas sucederse unas a otras, durante siglos; pero he aquí que, a causa del juego eterno e imprevisto de las relaciones humanas, la fundación pía del visir se vio de pronto arrojada y puesta al margen de la corriente principal de la vida. El papel del puente ya no correspondía a su aspecto eternamente joven ni a sus proporciones, aunque gigantes, armoniosas.
Sin embargo, continuó erguido, tal y como el visir lo vio en su mente y tal como lo había creado su arquitecto: poderoso, bello y sólido, inaccesible a cualquier variación.

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En el verano del año 1914, cuando los dueños de los destinos humanos condujeron a la humanidad europea desde el escenario del derecho al sufragio universal al circo, previamente preparado, del servicio militar obligatorio, la ciudad de Visegrad dio un ejemplo modesto, pero elocuente, de los primeros síntomas de un mal que, con el tiempo, iba a llegar a ser europeo y, más tarde, mundial. Fue un período situado en el límite de dos épocas de la historia de la humanidad, y se vio con mucha más claridad el final de la época que concluía que el principio de la que se iniciaba. Por aquel tiempo, se buscaba todavía una justificación a la violencia y se encontraba para los actos de salvajismo algún nombre tomado del tesoro espiritual de los siglos pasados. Todo lo que sucedía conservaba aún una apariencia de dignidad y el atractivo de lo nuevo, ese atractivo espantoso, efímero e indecible que desapareció después, radicalmente, hasta el extremo de que aquellos que lo experimenta-ron entonces en su carne, ya no pueden evocarlo en el recuerdo.

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Fue entonces cuando empezó una verdadera caza de serbios y de todo lo que se relacionaba con ellos. Las gentes se dividieron en perseguidos y perseguidores. La bestia hambrienta que vive dentro del hombre y que no se atreve a aparecer en tanto no quedan eliminados los obstáculos que representan las buenas costumbres y las leyes, quedó en libertad. Los actos de violencia, el pillaje e incluso el asesinato, como suele ocurrir en la historia de la humanidad, no sólo quedaron en silencio, sino que fueron autorizados con la condición de que se llevasen a cabo en nombre de intereses elevados y al amparo de una serie de palabras que representaban el orden. Tales fechorías se desencadenaron sobre un reducido número de personas de nombre y convicciones precisas. El hombre que por aquel entonces logró conservar la claridad del espíritu y los ojos abiertos, pudo asistir a la realización de semejante milagro y ver cómo una sociedad se transformaba de la noche a la mañana. En unos instantes fue borrado el barrio del comercio que descansaba sobre una tradición secular, tras la cual siempre había habido odios ocultos, envidias, supersticiones, accesos de intolerancia religiosa, de grosería y de crueldad; pero aquella tradición también había encerrado valor, humanidad, afición a la medida y al orden, toda una serie de sentimientos, en suma, que mantenían dentro de los límites de lo soportable todos los malos instintos y los hábitos groseros, y que terminaban por calmarlos y someterlos a los intereses generales de la vida en común. Algunos hombres que, durante cuarenta años, habían estado a la cabeza del barrio del comercio, dejaron de existir en el espacio de una noche, como si hubiesen muerto bruscamente, al mismo tiempo que las costumbres, las concepciones y las instrucciones que personificaban.

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- Querido Alí-Hodja, hemos llegado a un extremo en que no sabemos dónde vamos a meternos. Sólo Dios puede ver lo que mi difunto padre y yo hemos hecho para permanecer puros en nuestra fe y en nuestras costumbres musulmanas. Mi abuelo murió en Ujitsa y quizá ya no exista ni la más ligera huella de su tumba. Enterré a mi padre en Nova Varoch, y ni siquiera sé si su sepultura habrá sido hollada por ese rebaño de cristianos. Yo pensaba que, al menos, yo moriría aquí, en este lugar en el que aún puede oírse la llamada a la oración, pero me parece que está escrito que nuestra descendencia será reducida a la nada y que nadie llegará a ver los sepulcros de su familia. Sin embargo, Dios quiere que sea así. Me doy cuenta de que ya no podemos ir a ninguna parte. Ha llegado la época en que la verdadera fe no tiene más remedio que devorar sus propias entrañas. Y, ¿qué puedo hacer yo? ¿Irme con Nail-Bey y con sus Schutzkorps y perecer con un fusil alemán en las manos: deshonrarme ante este mundo y el otro o permanecer así, esperando a que lleguen los servios y aceptar aquello de lo que durante cincuenta años hemos venido huyendo?
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"Está bien", se decía Pavlé, "está bien: la iglesia, el poder y tu propia razón te enseñan y te impulsan a trabajar y a economizar. Y tú obedeces y avanzas prudentemente y llevas una vida justa o, para ser más exactos, no vives, pero trabajas, economizas, te preocupas; y, así, se te pasa la vida. Después, sin más ni más, todo ese juego se hace incomprensible; y llega una época en que todo el mundo se burla de la razón, y en la que la iglesia cierra sus puertas y se encierra en el silencio, mientras que las autoridades son reemplazadas por la fuerza bruta; y los que han ganado su dinero honrada y duramente, pierden sus bienes y su tiempo; y las violencias triunfan. Nadie reconoce tus esfuerzos, nadie acude a ayudarte ni a darte consejos sobre el modo en que has de defender los bienes que adquiriste y que supiste mantener.  ¿Es posible? ¿Es posible que el mundo sea así?"
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"Quizá", pensó, "aquí se destruye y en otros sitios se edifica. Tal vez existan todavía regiones apacibles y gentes razonables que respeten la voluntad de Dios. Si Él ha abandonado a esta desdichada ciudad, probablemente no habrá dejado de su mano al mundo entero. Y estos seres no seguirán haciendo lo mismo hasta el fin de los siglos. Pero, ¡quién sabe! (¡Ay, si pudiera respirar mejor!) ¡Quién sabe! Puede ser que esta fe impura que se pone a ordenar, que limpia, que repara y perfecciona para, a continuación, devorarlo y destruirlo todo de un golpe, puede ser que esta fe impura llegue a extenderse por la tierra, puede ser que convierta este mundo de Dios en un campo desierto aniquilado por sus construcciones insensatas y por sus ruinas dignas de un verdugo; puede ser que transforme el suelo en pasto para saciar su hambre sin fin y sus apetitos incomprensibles. Todo es posible, pero hay una cosa que no lo es: no llegarán a desaparecer del todo y para siempre los hombres grandes, prudentes y de alma elevada que construyen en honor a Dios monumentos eternos con los que se embellece la tierra y el hombre alcanza una vida mejor y más fácil. Si esos hombres desapareciesen significaría que el amor de Dios se habría extinguido y borrado del mundo. Eso es un absurdo."
Ivo Andric
Un puente sobre el Drina (Luis del Castillo. Debolsillo)



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Publicado por elchicoanalogo @ 4:00  | Diarios de lectura
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