Domingo, 14 de junio de 2009
He aquí uno de los relatos más tiernos y cercanos de Paul Auster, la historia de un peculiar maestro y su discípulo en el arte de levitar y volar y cómo el encuentro entre ambos mejora sus vida a través de cientos de penalidades que los unen y les ayuda e, inesperadamente, encuentran una familia. Porque uno de los temas de este libro es la familia y cómo la encuentras no en la sangre sino en otras personas con las que te cruzas y poco a poco se convierten en indispensables, en parte de tu corazón.

Walt narra su vida desde el momento en que conoce a su maestro a los nueve años y le propone un curioso trato, si no consigue enseñarle a volar y ganar mucho dinero con sus actuaciones él podrá cortarle la cabeza de un hachazo. Walt es un raterillo de Saint Louis, vive con sus tíos, dos seres anodinos, grises y maltratadores, y acepta la propuesta del estrafalario personaje que tiene en frente. Se trasladan a una apartada granja de Kansas para iniciar su aprendizaje, allí tendrá un hermano en un chico etíope que se prepara para la universidad y una mujer india que ejercerá de madre. A partir de ahí seguimos la historia de Walt y el maestro, sus giras con el espectáculo, su relación con la entrañable viuda Whiterspoon, las penas y el dolor que les sobreviene, también cómo el madurar corta de raíz ese espacio a la fantasía, el instinto de supervivencia y qué hacer con la vida cuando el punto álgido estuvo en la adolescencia y fue en esa época donde se cumplieron todos lo sueños.

Una de los puntos fuertes de esta novela es cómo Auster consigue darle un tinte realista a una historia de fábula, cómo no nos sorprendemos de los bailes aéreos de Walt, no resulta extraño y forzado sino parte de la vida. También cómo repasa por algunos puntos de la historia Norteamérica, la depresión, la ley seca, la época dorada de los gángster, la segunda guerra mundial. Y, sobre todo, una galería de personajes entrañables, sinceros y cercanos. Por una vez, sólo se toca Nueva York de refilón.

Mister Vértigo es un gran libro, hay humor, ternura, aventura, fábula y drama mezclados en la dosis justa, como la vida. Y qué mejor que la escritura cristalina de Auster para hablar de vuelos a tres metros del suelo y sueños que se convierten en pesadillas y vidas que intentan salir a flote a pesar de todo…





Dios, que feliz fui viajando por aquellas carreteras con él. Simplemente ir de un sitio a otro bastaba para mantener mi espíritu alegre, pero cuando añadimos todos los demás ingredientes –las multitudes, las actuaciones, el dinero que ganábamos– aquellos primeros meses fueron, con mucha diferencia, los mejores que yo había vivido nunca. Incluso después de que la excitación inicial fuera pasando y yo me acostumbrara a la rutina, no quería que aquello se acabara. Las camas incómodas, las ruedas pinchadas, la mala comida, todas las suspensiones por mal tiempo y los ratos aburridos no eran nada para mí, simples piedrecitas que rebotan en la piel de un rinoceronte. Montábamos en el Ford y salíamos de la ciudad, con otros setenta o cien dólares guardados en el baúl, y seguíamos tranquilamente hasta la próxima parada, viendo cómo el paisaje se deslizaba por la ventanilla mientras comentábamos detalladamente los mejores puntos de la última actuación. El maestro era un príncipe para mí, siempre animándome y aconsejándome y escuchando lo que yo tenía que decir, y nunca hacía que me sintiera ni un ápice menos importante que él. Tantas cosas habían cambiado entre nosotros desde el verano, que era como si ahora tuviésemos una nueva relación, como si hubiésemos alcanzado una especie de equilibro permanente. Él hacía su trabajo y yo el mío, y juntos conseguíamos que la cosa saliera adelante.

( … )

Yo ya no era sólo un robot, un mono entrenado que hacía la misma serie de trucos en cada espectáculo: me estaba convirtiendo en un artista, un verdadero creador que actuaba tanto para su propio placer como para el placer de otros. Era este carácter imprevisible lo que me excitaba, la aventura de no saber nunca qué iba a suceder de un espectáculo al siguiente. Si tu única motivación es ser amado, congraciarte con la multitud, es inevitable que caigas en malas costumbres, y al final el público se cansa de ti. Tienes que continuar poniéndote a prueba, desarrollando tu talento al máximo. Lo haces por ti mismo, pero al final es esta lucha por mejorar lo que más aprecian tus admiradores. Ésa es la paradoja. La gente empieza a intuir que estás ahí arriesgándote por ellos. Les permites compartir el misterio, participar en ese algo sin nombre que te impulsa a hacerlo, y cuando eso sucede, ya no eres simplemente un ejecutante, vas camino de convertirte en una estrella. En el otoño de 1928, ahí es exactamente donde estaba yo: al borde de convertirme en una estrella.
Paul Auster
Mister Vértigo (Maribel de Juan. Anagrama)

Tags: Mister Vértigo, Paul Auster, Maribel de Juan, Anagrama

Publicado por elchicoanalogo @ 4:36  | Libros...
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Comentarios

muchas gracias por la reseña, fue muy utilil para mi.

Publicado por Invitado
Viernes, 29 de junio de 2012 | 7:06

Es ua buena novela, le tengo cariño a esta historia de Auster

Publicado por elchicoanalogo
Viernes, 29 de junio de 2012 | 14:21