Lunes, 15 de junio de 2009
Una pareja bailaba en el andén de Ríos Rosas en pequeños círculos íntimos. La música invisible, el abrazo cerrado e impenetrable, las caras que se acariciaban en un suave roce, los labios se movían y deslizaban murmullos secretos y tiernos. De madrugada, sentado en las escaleras de la entrada del intercambiador de Avenida América, el leve viento cálido que me rodeaba como los brazos de la pareja del andén, los pasajeros que se reencontraban o se despedían, los adolescentes en sus primeras noches de verano y La edad de hierro, de Coetzee. Y entre esas dos imágenes, la feria del libro de Madrid.

Clara... Sentí el abrazo de Clara tranquilo, amistoso, protector, una buena forma de desperezarse tras el viaje y tomar fuerzas y dejarse llevar por ese momento donde estás contenido en otra persona. Clara como límite de la realidad. Desayunamos en el café Hernani, rodeados de pasteles y dulces y el olor casero del café.

Auro… Sentí el abrazo de Auro nuevo, enérgico, afable y directo, fue ella quien me pidió el abrazo ante mi evidente timidez. Y mientras la abrazaba pensé en cómo necesitaba esta cercanía, cómo sanan y liberan estos abrazos, meses enteros de soledad o distanciamiento o pasos invisibles que se esfumaban en el aire.

La feria del libro… mediodía. Hacía calor, un calor pegajoso, avasallador, desmedido, un calor de los que te golpean y te amodorran. Las casetas atiborradas de curiosos, de otros lectores anónimos y desconocidos que dentro de sí llevan miles de historias y personajes y palabras y espacios en blanco entre esas palabras. Esos espacios en blanco donde están el silencio, lo impronunciado, un camino con millones de bifurcaciones. Hablamos con libreros de acento sudamericano (librería Murga), escritores (Jerónimo Tristante nos adelantó su próximo libro), curioseamos entre las casetas historias aún desconocidas, acariciamos libros, deseos, futuras compras, intercambiamos recomendaciones y regalos mientras llenábamos nuestras bolsas. La feria se agitaba, aumentaba de tamaño, parecía moverse, como el mar, una oleada tras otra.

Óscar… el apretón de manos de Oscar, firme y directo. Óscar no es lector, le gustan las motos. Siempre me preguntó cómo se sienten los no-lectores en una reunión de lectores, si están cómodos o asombrados o recelosos. Óscar es un hombre cercano, agradable, hablador y bromista, un hombre tranquilo. La tardé pasó con charlas, risas, consejos, recuerdos, preguntas, política y libros.

Fuera de la ventanilla del autobús los relámpagos clareaban la madrugada, como los recuerdos del día vivido.

Tags: Madrid

Publicado por elchicoanalogo @ 19:24  | Great White Way
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Comentarios
Me encanta, ha sido como estar all? y que tambien me abrazaran a mi.
Publicado por ujiana
Mi?rcoles, 17 de junio de 2009 | 18:08
Uji, pues espero que te puedas unir a alg?n encuentro y as? los abrazos ser?n en persona (como los pellizcos a Arturo, qu? bueno fue conocerle).
Cari?os
Publicado por elchicoanalogo
Mi?rcoles, 17 de junio de 2009 | 18:50