El viaje a Serbia fue como una hoja en blanco, como un territorio inexplorado del que no esperaba nada salvo el paso que estaba dando en ese momento, sin previsiones ni cálculos, sin ideas preconcebidas ni planes férreamente trazados. El viaje como la aventura por la aventura, la pura indefinición, que cada paso conlleve miles de opciones, elegir una y adentrarse en lo desconocido.
A veces hay que desaparecer, evaporarse, verlo todo a vista de pájaro y tomar distancia de nuestro mundo, de esos límites que nos imponemos y que no sabemos cómo resquebrajar. Rejuvenecer porque no estamos entre las cuatro paredes de cada día, porque nos quitamos las máscaras y las cargas, los recuerdos y el futuro, nos convertimos en un espacio en blanco, un espacio donde se encuentra lo indecible, lo intuido, una tierra sin cuerpo ni límites. Es sano desaparecer, convertirse en invisible, que todos aquellos que te conocen te pierdan la pista.
Este viaje comenzó hace un par de meses. Por una casualidad. Un par de búsquedas en la red, Porpetta y Cortázar, y Verica encontró mi blog. Un cruce de caminos inesperado, impensable. Nos hicimos amigos a través de correos y llamadas. Una de esas amistades como las encontradas en Clara, en Auro, en Jesús o Álex. A veces la virtualidad trae estas sorpresas.
Verica me invitó a su tierra. Tardé un día en decidirme. Llevaba meses sin viajar realmente, sin moverme a lo desconocido, sin desperezarme ni sentirme perdido. Quería desaparecer. Y conocer. La cultura, la historia, la gastronomía. Aclarar el lío que hace más de diez años originó la guerra de los Balcanes. Descubrir un ápice de la realidad serbia. ¿Por qué no? ¿Por qué seguir en esta burbuja que tanto me hastía y me ahoga? La aventura por la aventura…
Ser el extranjero, colocarse en el otro lado e intentar sentir las emociones de los inmigrantes del este de Europa. Un idioma desconocido y mi bloqueo para hablar en inglés.
Verica y Nenad en el aeropuerto. Las presentaciones. El serbio mezclado con el español y el inglés. La lluvia alrededor. Las autopistas sin curvas, una continua recta bajo la tormenta cegadora. Las nubes y la niebla que tapaban el paisaje. Las gotas que se metían por el hueco de la ventanilla. Como avanzar por un sueño. Las primeras palabras. Dobre dan. Zdravo. Hvala. Jebiga. El Plazma con leche fría y un reloj parado.
La gente de Mitrovica. Cercana, cálida, agradable. Latina. La lluvia de la mañana y el café junto al río Sava. La conversación ininterrumpida con Verica. Gustos, recuerdos, anécdotas, chistes, dudas sobre el español, la forma de encarar la vida. Comparar España y Serbia. Pasta y Ćevapi, una carne deliciosa. El puente sobre el río Sava. Un puente peatonal y un bar sobre el río donde se baila salsa. Las ruinas romanas. Lugares comunes.
Belgrado. Entre los edificios de hace siglos, un par de edificios bombardeados. Los boquetes en las paredes, la ruina, los escombros. Y en mitad del caos, un árbol que crece, impasible. Verica que dibuja en un mantel los límites de la antigua Yugoslavia e intenta explicarme la pasada guerra. Llego a la superficie de sus explicaciones, los diferentes imperios, las invasiones de hace siglos, los cambios, las comunidades mezcladas. Un polvorín. Todos contra todos. Porque en las guerras las barbaridades no son exclusividad de un solo bando. Intento explicar la situación del País Vasco pero sé que siempre me muevo por la superficie, no consigo que nadie entienda la complejidad de esta tierra. Belgrado desde la fortaleza. La confluencia del Sava con el Danubio bajo la lluvia. Un vals improvisado. El poso de petróleo del café turco y los juegos con Lazaros. No tengo futuro. Es algo que sé desde hace año y medio. Ando por la cuerda floja y, debajo, la nada. El tren más lento del mundo. La tierra que me recuerda a Castilla, la llanura de trigo y maíz, pequeños árboles solitarios y disgregados por el paisaje.
Las clases de español. Iniciar conversiones pausadas y tranquilas. Hola. Buenas noches. ¿Cómo estás? Verica que anota las expresiones que desconoce en un cuaderno. Chirimiri. Tiquismiquis. No dar bola. España y Argentina. Siempre Argentina dentro de mí, hay un vacío que siempre pertenecerá a Argentina, que siempre estará entre mis entrañas, una herida que normalmente no sangra aunque late en el momento más inesperado. Una herida: Gabriela. La noche en Mitrovica, suave, con chirimiri. Verica y Ana.
Novi Sad. Los puentes reconstruidos. Los edificios nuevos junto a las sinagogas y las iglesias católicas y ortodoxas. El Danubio y el puente a Petrovaradin. Y en Petrovaradin el reloj de la torre parado por un rayo y las pequeñas galerías donde los pintores locales tienen sus talleres y venden sus cuadros.
Pecinci. El campo. Retazos de Galicia. Una mesa llena de comida, carne, ensalada, puré de patatas, postres, frambuesas con nata. La hospitalidad de la gente del campo. Y una tormenta de madrugada.
La despedida en Belgrado. El apretón de manos de Jovica y el abrazo de Verica mientras me decía que era un “hombre bueno”. Un año después me dicen que soy “un hombre bueno”. No sé asimilar esas palabras. Algo dentro de mí me lo impide.
Mi hoja en blanco se llenó con una divertida clase de salsa, un vals junto al Danubio, muchos paseos por calles desconocidas, dulces y carne, tres ciudades hermosas y bulliciosas, los amigos y la familia y los alumnos de Verica, una tarde en el campo, las tormentas de la noche. Y la amistad con Verica…
Not all who wander are lost...



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