Martes, 30 de junio de 2009
De todo esto yo soy el único que parte.
De este banco me voy, de mis calzones,
de mi gran situación, de mis acciones,
de mi número hendido parte a parte,
de todo esto yo soy el único que parte.
De los Campos Elíseos o al dar vuelta
la extraña callejuela de la Luna,
mi defunción se va, parte mi cuna,
y, rodeada de gente, sola, suelta,
mi semejanza humana dase vuelta
y despacha sus sombras una a una.
Y me alejo de todo, porque todo
se queda para hacer la coartada:
mi zapato, su ojal, también su lodo
y hasta el doblez del codo
de mi propia camisa abotonada.
César Vallejo
Poema

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A un discípulo de Mesmer le encargan que cure el hipo que sufre un sudamericano pobre abandonado en un hospital de París en la primavera de 1938. En apariencia, nada puede pasar. Sin embargo el mesmerista Pierre Pain se verá envuelto en una intriga en donde se planea un asesinato ritual de proporciones planetarias.


En una nota preliminar Bolaño explica la aventura de su libro Monsieur Pain. Escrito a principios de los 80 obtuvo un par de premios en dos concursos literarios. Toda esa aventura la recoge en uno de los cuentos de Llamadas telefónicas. A finales de los 90 salió a la luz tras el éxito del escritor.

Monsieur Pain es un libro extraño, de una rara atracción, una historia que mezcla lo detectivesco con lo sobrenatural, los seguimientos por las calles de París con el mesmerismo, Poe y Kafka con el Auster de La trilogía de Nueva York.

Acuden a Pain para que visite a un moribundo, el poeta peruano César Vallejo, en la Francia de antes de la segunda guerra mundial. Se suceden los encuentros inesperados, las calles en penumbra, la mezcla de realidad y sueño, un hospital que parece sacado de una pesadilla kafkiana, todo cruzado con una sensación continua de irrealidad, de búsqueda de lo indecible, de lo intangible, de cierta cordura en la ilógica de la historia.





Ya no llovía. De alguna manera, pensé, las personas que nos sirven de puente hacia los pacientes revelan el estado más profundo de éstos. Los intermediarios como radiografías. La teoría, ciertamente, era aventurada y en el fondo no creía en ella. ¿Qué me había revelado madame Reynaud de mi futuro paciente si no su propio deseo, un deseo morboso, de verme curar por fin a alguien? ¿Y qué significaba esto si no el justificado deseo de afianzar su confianza en mí? Puesto que no había salvado a su esposo, y ése era mi papel y mi misión cuando aparecí en su vida, debía salvar ahora al esposo de su amiga y dar fe con este acto de una realidad, de un orden lógico y superior dentro del cual podíamos seguir siendo quienes éramos. Tal vez llegar, finalmente, a reconocernos, y tras el reconocimiento cambiar, en mi caso aspirar a la felicidad. (Una felicidad razonable, parecida a la diligencia y a la confianza.) Sin embargo había algo que no calzaba, que intuía en los silencios de madame Reynaud, en mi propio estado sensorial, alerta por razones que desconocía. Un malestar extraordinario subyacía detrás de las cosas más nimias. Creo que vislumbraba el peligro, pero ignoraba su naturaleza.
Roberto Bolaño
Monsieur Pain (Anagrama)

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El viaje a Serbia fue una hoja en blanco, un territorio inexplorado del que no esperaba nada salvo el paso que estaba dando en ese momento, sin previsiones ni cálculos, sin ideas preconcebidas ni planes férreamente trazados. El viaje como aventura por la aventura, la pura indefinición, cada paso miles de opciones, elegir una y adentrarse en lo desconocido.

A veces hay que desaparecer, evaporarse, verlo todo a vista de pájaro y tomar distancia, quitarse las máscaras y las cargas, los recuerdos y el futuro, un espacio donde se encuentra lo indecible.

Este viaje comenzó por una casualidad. Un par de búsquedas en la red, Porpetta y Cortázar, y Verica encontró mi blog. Nos hicimos amigos a través de correos y llamadas. Verica me invitó a su tierra. Tardé un día en decidirme. Llevaba meses sin viajar realmente. Quería desaparecer. Y conocer. La cultura, la historia, la gastronomía. Aclarar el lío que hace más de diez años originó la guerra de los Balcanes. Descubrir un ápice de la realidad serbia.

Ser el extranjero, colocarse en el otro lado e intentar sentir las emociones de los inmigrantes del este de Europa. Un idioma desconocido y mi bloqueo para hablar en inglés.

Verica y Nenad en el aeropuerto. Las presentaciones. El serbio mezclado con el español y el inglés. La lluvia alrededor. Las autopistas sin curvas, una continua recta bajo la tormenta cegadora. Las nubes y la niebla que tapaban el paisaje. Las gotas que se metían por el hueco de la ventanilla. Como avanzar por un sueño. Las primeras palabras. Dobre dan. Zdravo. Hvala. Jebiga. El Plazma con leche fría y un reloj parado.

La gente de Mitrovica. Cercana, cálida, agradable. La lluvia de la mañana y el café junto al río Sava. La conversación ininterrumpida con Verica. Gustos, recuerdos, anécdotas, chistes, dudas sobre el español, la forma de encarar la vida. Comparar España y Serbia. Pasta y Ćevapi, una carne deliciosa. El puente sobre el río Sava. Un puente peatonal y un bar sobre el río donde se baila salsa. Las ruinas romanas. Lugares comunes.

Belgrado. Entre los edificios de hace siglos, un par de edificios bombardeados. Los boquetes en las paredes, la ruina, los escombros. Y en mitad del caos, un árbol que crece, impasible. Verica que dibuja en un mantel los límites de la antigua Yugoslavia e intenta explicarme la pasada guerra. Llego a la superficie de sus explicaciones, los diferentes imperios, las invasiones de hace siglos, los cambios, las comunidades mezcladas. Un polvorín. Intento explicar la situación del País Vasco pero sé que siempre me muevo por la superficie, no consigo que nadie entienda la complejidad de esta tierra. Belgrado desde la fortaleza. La confluencia del Sava con el Danubio bajo la lluvia. Un vals improvisado. El poso de petróleo del café turco (no tengo futuro) y los juegos con Lazaros. Ando por la cuerda floja y, debajo, la nada. El tren más lento del mundo. La tierra que me recuerda a Castilla, la llanura de trigo y maíz, pequeños árboles solitarios y disgregados por el paisaje.

Las clases de español. Iniciar conversiones pausadas y tranquilas. Hola. Buenas noches. ¿Cómo estás? Verica que anota las expresiones que desconoce en un cuaderno. Chirimiri. Tiquismiquis. No dar bola. España y Argentina. Siempre Argentina dentro de mí. La noche en Mitrovica, suave, con chirimiri. Verica y Ana.

Novi Sad. Los puentes reconstruidos. Los edificios nuevos junto a las sinagogas y las iglesias católicas y ortodoxas. El Danubio y el puente a Petrovaradin. Y en Petrovaradin el reloj de la torre parado por un rayo y las pequeñas galerías donde los pintores locales tienen sus talleres y venden sus cuadros.

Pecinci. El campo. Retazos de Galicia. Una mesa llena de comida, carne, ensalada, puré de patatas, postres, frambuesas con nata. La hospitalidad de la gente del campo. Y una tormenta de madrugada.

La despedida en Belgrado. El apretón de manos de Jovica y el abrazo de Verica mientras me decía que era un hombre bueno.

Mi hoja en blanco se llenó con una divertida clase de salsa, un vals junto al Danubio, muchos paseos por calles desconocidas, dulces y carne, tres ciudades hermosas y bulliciosas, los amigos y la familia y los alumnos de Verica, una tarde en el campo, las tormentas de la noche. Y la amistad con Verica…


Not all who wander are lost...









Prizivanje kiše (Slobodan Trkulja)


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Lunes, 29 de junio de 2009
Existen entre los números primos algunos aún más especiales. Son aquellos que los matemáticos llaman primos gemelos, pues entre ellos se interpone siempre un número par. Así, números como el 11 y el 13, el 17 y el 19, o el 41 y el 43, permanecen próximos, pero sin llegar a tocarse nunca. Esta verdad matemática es la hermosa metáfora que el autor ha escogido para narrar la conmovedora historia de Alice y Mattia, dos seres cuyas vidas han quedado condicionadas por las consecuencias irreversibles de sendos episodios ocurridos en su niñez. Desde la adolescencia hasta bien entrada la edad adulta, y pese a la fuerte atracción que indudablemente los une, la vida erigirá entre ellos barreras invisibles que pondrán a prueba la solidez de su relación.


La soledad de los números primos es un libro triste, duro, amargo, con un evidente poso de tristeza, en ocasiones pensé en Tokio Blues por esas vidas solitarias de los personajes, Mattia y Alice, vidas paralelas que nunca se cruzan totalmente, que no se rearmarán tras unos acontecimientos dolorosos en el pasado que marcarán su trayectoria vital. Una historia que se lee con un nudo en la garganta, donde planea la soledad con un aliento inquebrantable, casi matemático, de dos vidas que andan por la cuerda floja, pasos siempre titubeantes y abismados.

Alice sufre un accidente es esquí en su infancia. Mattia deja sola a su hermana gemela en un parque y desaparece sin dejar rastro. Desde las primeras páginas asistimos al motor de la soledad y de las barreras que los protagonistas se ponen con ellos mismos y con los demás, unas vidas llevadas al límite, la anorexia extrema de Alice, la autoflagelación de Mattia en unos brazos llenos de cicatrices, su nulo acercamiento hacia los demás, son como compartimentos estancos, como esos números primos que están cerca, sin tocarse.

Alice y Mattia se reconocen en esa soledad, en sus traumas del pasado y cómo ha deformado sus vidas y su forma de ser, en esa sensación de estar tras una barrera impenetrable, siempre unos pasos detrás de la vida, sin llegar a alcanzar su significado, los sentimientos contrarios al dolor y el fracaso y la soledad.

Libro de sombras, de dolor, de soledades, está narrado sin alardes innecesarios.





Mattia era deliberadamente muy silencioso en todos sus movimientos. Aunque sabía que el desorden del mundo no puede sino aumentar, que el ruido de fondo crecerá hasta cubrir toda señal coherente, creía que si ejecutaba con cuidado todos sus actos tendría menos culpa en esta lenta desintegración.

( … )

En el primer curso de la universidad había estudiado ciertos números primos más especiales que el resto, y a los que los matemáticos llaman primos gemelos: son parejas de primos sucesivos, o mejor, casi sucesivos, ya que entre ellos siempre hay un número par que les impide ir realmente unidos, como el 11 y el 13, el 17 y el 19, el 41 y el 43. Si se tiene paciencia y se sigue contando, se descubre que dichas parejas aparecen cada vez con menos frecuencia. Lo que encontramos son números primos aislados, como perdidos en ese espacio silencioso y rítmico hecho de cifras, y uno tiene la angustiosa sensación de que las parejas halladas anteriormente no son sino hechos fortuitos, y que el verdadero destino de los números primos es quedarse solos. Pero cuando, ya cansados de contar, nos disponemos a dejarlo, topamos de pronto con dos gemelos estrechamente unidos. Es convencimiento general entre los matemáticos que, por muy atrás que quede la última pareja, siempre acabará apareciendo otra, aunque hasta ese momento nadie pueda predecir dónde.
Mattia pensaba que él y Alice eran eso, dos primos gemelos solos y perdidos, próximos pero nunca juntos. A ella no se lo había dicho. Cuando se imaginaba confiándole cosas así, la fina capa de sudor que cubría sus manos se evaporaba y durante los siguientes diez minutos era incapaz de tocar nada.
Paolo Giordano
La soledad de los números primos (Juan Manuel Salmerón Arjona. Salamandra)

Tags: Paolo Giordano, Juan Manuel Salmerón, Salamandra

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Domingo, 28 de junio de 2009
El arte de perder no es muy difícil;
tantas cosas contienen el germen
de la pérdida, pero perderlas no es un desastre.
Pierde algo cada día. Acepta la inquietud de perder
las llaves de las puertas, la horas malgastadas.
El arte de perder no es muy difícil.

Después intenta perder lejana, rápidamente:
lugares, y nombres, y la escala siguiente
de tu viaje. Nada de eso será un desastre.

Perdí el reloj de mi madre. ¡Y mira! desaparecieron
la última o la penúltima de mis tres queridas casas.
El arte de perder no es muy difícil.

Perdí dos ciudades entrañables. Y un inmenso
reino que era mío, dos ríos y un continente.
Los extraño, pero no ha sido un desastre.

Ni aun perdiéndote a ti (la cariñosa voz, el gesto
que amo) me podré engañar. Es evidente
que el arte de perder no es muy difícil,
aunque pueda parecer (¡escríbelo!) un desastre.
Elizabeth Bishop
Un arte


One Art

The art of losing isn’t hard to master;
so many things seem filled with the intent
to be lost that their loss is no disaster.

Lose something every day. Accept the fluster
of lost door keys, the hour badly spent.
The art of losing isn’t hard to master.

Then practice losing farther, losing faster:
places, and names, and where it was you meant
to travel. None of these will bring disaster.

I lost my mother’s watch. And look! my last, or
next-to-last, of three loved houses went.
The art of losing isn’t hard to master.

I lost two cities, lovely ones. And, vaster,
some realms I owned, two rivers, a continent.
I miss them, but it wasn’t a disaster.

—Even losing you (the joking voice, a gesture
I love) I shan’t have lied. It’s evident
the art of losing’s not too hard to master
though it may look like (Write it!) like disaster.

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Viernes, 26 de junio de 2009
La madre de Zazie, para poder estar con su amante, la manda a París a quedarse con unos familiares. A sus doce años de edad, la niña prefiere prescindir de los cuidados que se le ofrecen y se escapa por la capital a recorrer y conocer lugares y gentes nuevos. (Filmaffinity)


Ascensor para el cadalso, Calcuta, Atlantic City o Vania en la calle 42 son algunas de mis películas favoritas del director francés Louis Malle. Aún tengo guardadas media docena de sus películas sin ver. Y cada vez que desempolvo una de ellas es una pequeña celebración.

Zazie en el metro es una comedia tierna por momentos, delirante, surrealista, vanguardista. Y como toda vanguardia envejece mal. Zazie es una niña que pasa un día en París y quiere viajar en metro, pero una inesperada huelga imposibilita su sueño. Se escapa de los cuidados de su extravagante tío (un jovencísimo Philippe Noiret) y callejea por un París de estrambóticos personajes, un policía con diversas encarnaciones, una mujer enamoradiza, un coche atrapado en un gran atasco, una pareja de inquietos enamorados.

Malle rueda la película con abundantes planos de persecuciones a cámara rápida, al modo del cine mudo, cortes extraños en los planos dentro una misma escena (Godard), se permite jugar con el tiempo y el espacio en un conjunto onírico que pierde fuerza a medida que avanza la película.

Porque aunque descoloque la forma de narrar esta aventura en la gran ciudad, la primera media hora se disfruta por su juguetona manera de contarnos las travesuras de Zazie, pero luego decae en escenas inconexas y extrañas.

De esta película me quedo con el tratamiento del color, la sonrisa de Zazie, alguna persecución divertida, los dos enamorados que se besan en una tienda que cambia de decorado a cada paso y dos de los personajes estrambóticos que conoce Zazie y que se abrazan en una fuente, con un paraguas abierto para no mojarse la cabeza.



Tags: Zazie en el metro, Louis Malle, Philippe Noiret

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Viernes, 19 de junio de 2009
En los años de entreguerras, un trasatlántico, el Virginian, recorría las rutas entre Europa y América, con su carga de millonarios, de turistas, de emigrantes... En el Virginian tocaba cada noche un pianista extraordinario, llamado Novecento, con una técnica maravillosa, capaz de arrancar notas mágicas, inauditas. Se hablaba de su inusitado duelo pianístico nada menos que con Jelly Roll Morton, el inventor del jazz... Se decía que el melancólico pianista había nacido en el barco, del que jamás habría descendido. Se decía que nadie sabía la razón.


Novecento es un monólogo sobre uno de esos personajes oníricos que tan bien construye Baricco, un pianista que nace en un barco y nunca llegará a pisar tierra. De nuevo la atracción por el mar y la música, por personajes soñadores, poéticos y locos. Tal vez la forma de monólogo le reste la poesía y las imágenes líricas y el tono de fábula de otras historias de Baricco, pero se disfruta esta historia que se lee en una hora, conmueve y arranca más de un momento entrañable. Tiene esa escritura abstracta tan propia de Baricco.

Danny Boodman es un pianista con dos caras, la tranquila y forma de los conciertos en la primera plata, la caótica e inventiva de los conciertos improvisados en la planta de los inmigrantes. En cada viaje entre Europa y América ve pasar el mundo en forma de mil o dos mil pasajeros, un mundo finito, entre la realidad y la imaginación, de tal forma que llega a conocer todos aquellos lugares que nunca ha visto, conoce el olor de las calles de París por otras palabras que hace suyas. Toca de una manera única, tiene que hacerlo si su mirada siempre se topa con un horizonte de mar, una música que atrapa y que alucina, que emociona y es febril.

Es un libro pequeño y hermoso.




Sabía escuchar. Y sabía leer. No los libros, eso lo sabe hacer cualquiera, sabía leer a la gente. Los signos que la gente lleva encima: lugares, ruidos, olores, su tierra, su historia… Toda escrita encima. Leía y, con infinita atención, catalogaba, clasificaba, ordenaba… Cada día añadía un pequeño retazo a aquel inmenso mapa que estaba dibujándose en la cabeza, inmenso, el mapa del mundo, del mundo entero, de una punta a la otra, ciudades enormes y esquinas de bar, largos ríos, charcos, aviones, leones, un mapa fantástico. Después viajaba por su superficie de maravilla, mientras sus dedos se deslizaban por las teclas, acariciando las curvas de un ragtime.
Alessandro Baricco
Novecento (traducción de Xavier González Rovira. Anagrama)

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Este amor que se va, que se me pierde,
esta oscura certeza de vacío:
mi corazón, mi corazón ya es mío
sin nada que le implore ni recuerde.

De pronto, vuelve a ser un fruto verde
sin madurez, ni aroma en el rocío:
ay del que quiere apresurar su estío,
ay de aquél que lo besa o que lo muerde.

Yo sé que algo persiste, todavía.
Pero no existen ya ni la alegría
ni la embriaguez radiante ni la lumbre

ardiendo en la mirada y en los labios.
Ni exaltación ni búsqueda ni agravios:
apenas una cálida costumbre.
Julia Prilutzky
Este amor que se va, que se me pierde

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Jueves, 18 de junio de 2009
El narrador vio por primera vez a aquel hombre en 1971, o 1972, cuando Allende aún era presidente de Chile. Entonces se hacía llamar Ruiz-Tagle y se deslizaba con la distancia y la cautela de un gato por los talleres literarios de la universidad de Concepción. Escribía poemas también distantes y cautelosos, seducía a las mujeres, despertaba en los hombres una indefinible desconfianza. Volvió a verlo después del Golpe. Pero en esa ocasión el narrador aún ignoraba que aquel aviador, Wieder, que escribía con humo versículos de la Biblia con un avión de la Segunda Guerra Mundial, y Ruiz-Tagle, el aprendiz de poeta, eran uno y el mismo.


Estrella distante es un juego de máscaras, huidas, viajes, poesía, espejos, exilio y laberintos. Todo parte de un taller de poesía en el Chile de inicios de los 70, de un hombre que atrae a las mujeres de los cursos, un hombre que parece tímido, frío, extraño, una de sus encarnaciones de hombre de mil caras.

Como en otras novelas de Bolaño (Los detectives salvajes y el misterio de Cesárea Tinarejo), el narrador cuenta la búsqueda de un poeta desaparecido. Me gusta este juego de Bolaño, la historia de un hombre que antes del golpe militar se adentra en los círculos literarios para encontrar a futuras víctimas, un paso previo para su particular y sádica concepción de la literatura. Y este es un libro que sigue al hombre de las mil caras, asesino, frío, distante, que escribe poemas en el cielo con su pequeño avión, pero también a otras sombras que se quedaron en mitad del camino, poetas revolucionarios o perdedores o que alcanzan inesperadamente la fama, chilenos exiliados con esa nostalgia del que quiere volver a su país pero que no puede.

Me fascina el mundo de Bolaño, cómo hay lugares comunes y sus libros parecen entrecruzarse los unos con los otros, como si en cada uno de ellos dejara un rastro de migas por el que poder regresar una y otra vez. La forma de escribir de Bolaño es sorprendente, leí estas 157 páginas de Estrella distante del tirón, sin pausas, asombrado por este escritor febril y apasionado.





En un momento de la cena-homenaje, tal vez a los postres, le gritó a Wieder: ¡Carlos, mañana te vas a matar! A todos les pareció de pésimo gusto. Entonces ocurrió el incidente con el marino. Luego hubo discursos y a la mañana siguiente, después de dormir tres o cuatro horas, Wieder voló hasta el Polo Sur. El viaje fue pródigo en incidentes y en más de una ocasión estuvo a punto de cumplirse el pronóstico de la desconocida, a la que por cierto ninguno de los invitados volvió a ver. Cuando regresó a Punta Arenas Wieder declaró que el mayor peligro había sido el silencio. Ante el estupor fingido o real de los periodistas, explicó que el silencio eran las olas del Cabo de Hornos estirando sus lenguas hacia el vientre del avión, olas como descomunales ballenas melvilleanas o como manos cortadas que intentaron tocarlo durante todo el trayecto, pero silenciosas, amordazadas, como si  en  aquellas latitudes  el sonido fuera materia exclusiva de los hombres. El silencio es como la lepra, declaró Wieder, el silencio es como el comunismo, el silencio es como una pantalla blanca que hay que llenar. Si la llenas, ya nada malo puede ocurrirte. Si eres puro, ya nada malo puede ocurrirte. Si no tienes miedo, ya nada malo puede ocurrirte. Según Bibiano, aquélla era la descripción de un ángel. ¿Un ángel fieramente humano?, pregunté. No, huevón, respondió Bibiano, el ángel de nuestro infortunio.
Roberto Bolaño
Estrella distante (Anagrama)


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Martes, 16 de junio de 2009
Música de Elvis Presley

Nosotros
los adolescentes de los años 50
los del jopo en la frente
y el pucho en la comisura

los bailatines de rock and roll
al compás del reloj

los jóvenes coléricos
maníacos discomaníacos

dónde estamos ahora
que la vida es de minutos nada más

asilados en qué Embajada
en qué país desterrados

enterrados
en qué cementerio clandestino

Porque no somos nada
sino perros sabuesos

Nada
sino perros
Hotel de las nostalgias
Óscar Hahn

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Lunes, 15 de junio de 2009
Una pareja bailaba en el andén de Ríos Rosas en pequeños círculos íntimos. La música invisible, el abrazo cerrado e impenetrable, las caras que se acariciaban en un suave roce, los labios se movían y deslizaban murmullos secretos y tiernos. De madrugada, sentado en las escaleras de la entrada del intercambiador de Avenida América, el leve viento cálido que me rodeaba como los brazos de la pareja del andén, los pasajeros que se reencontraban o se despedían, los adolescentes en sus primeras noches de verano y La edad de hierro, de Coetzee. Y entre esas dos imágenes, la feria del libro de Madrid.

Clara... Sentí el abrazo de Clara tranquilo, amistoso, protector, una buena forma de desperezarse tras el viaje y tomar fuerzas y dejarse llevar por ese momento donde estás contenido en otra persona. Clara como límite de la realidad. Desayunamos en el café Hernani, rodeados de pasteles y dulces y el olor casero del café.

Auro… Sentí el abrazo de Auro nuevo, enérgico, afable y directo, fue ella quien me pidió el abrazo ante mi evidente timidez. Y mientras la abrazaba pensé en cómo necesitaba esta cercanía, cómo sanan y liberan estos abrazos, meses enteros de soledad o distanciamiento o pasos invisibles que se esfumaban en el aire.

La feria del libro… mediodía. Hacía calor, un calor pegajoso, avasallador, desmedido, un calor de los que te golpean y te amodorran. Las casetas atiborradas de curiosos, de otros lectores anónimos y desconocidos que dentro de sí llevan miles de historias y personajes y palabras y espacios en blanco entre esas palabras. Esos espacios en blanco donde están el silencio, lo impronunciado, un camino con millones de bifurcaciones. Hablamos con libreros de acento sudamericano (librería Murga), escritores (Jerónimo Tristante nos adelantó su próximo libro), curioseamos entre las casetas historias aún desconocidas, acariciamos libros, deseos, futuras compras, intercambiamos recomendaciones y regalos mientras llenábamos nuestras bolsas. La feria se agitaba, aumentaba de tamaño, parecía moverse, como el mar, una oleada tras otra.

Óscar… el apretón de manos de Oscar, firme y directo. Óscar no es lector, le gustan las motos. Siempre me preguntó cómo se sienten los no-lectores en una reunión de lectores, si están cómodos o asombrados o recelosos. Óscar es un hombre cercano, agradable, hablador y bromista, un hombre tranquilo. La tardé pasó con charlas, risas, consejos, recuerdos, preguntas, política y libros.

Fuera de la ventanilla del autobús los relámpagos clareaban la madrugada, como los recuerdos del día vivido.

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Publicado por elchicoanalogo @ 19:24  | Great White Way
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Domingo, 14 de junio de 2009
He aquí uno de los relatos más tiernos y cercanos de Paul Auster, la historia de un peculiar maestro y su discípulo en el arte de levitar y volar y cómo el encuentro entre ambos mejora sus vida a través de cientos de penalidades que los unen y les ayuda e, inesperadamente, encuentran una familia. Porque uno de los temas de este libro es la familia y cómo la encuentras no en la sangre sino en otras personas con las que te cruzas y poco a poco se convierten en indispensables, en parte de tu corazón.

Walt narra su vida desde el momento en que conoce a su maestro a los nueve años y le propone un curioso trato, si no consigue enseñarle a volar y ganar mucho dinero con sus actuaciones él podrá cortarle la cabeza de un hachazo. Walt es un raterillo de Saint Louis, vive con sus tíos, dos seres anodinos, grises y maltratadores, y acepta la propuesta del estrafalario personaje que tiene en frente. Se trasladan a una apartada granja de Kansas para iniciar su aprendizaje, allí tendrá un hermano en un chico etíope que se prepara para la universidad y una mujer india que ejercerá de madre. A partir de ahí seguimos la historia de Walt y el maestro, sus giras con el espectáculo, su relación con la entrañable viuda Whiterspoon, las penas y el dolor que les sobreviene, también cómo el madurar corta de raíz ese espacio a la fantasía, el instinto de supervivencia y qué hacer con la vida cuando el punto álgido estuvo en la adolescencia y fue en esa época donde se cumplieron todos lo sueños.

Una de los puntos fuertes de esta novela es cómo Auster consigue darle un tinte realista a una historia de fábula, cómo no nos sorprendemos de los bailes aéreos de Walt, no resulta extraño y forzado sino parte de la vida. También cómo repasa por algunos puntos de la historia Norteamérica, la depresión, la ley seca, la época dorada de los gángster, la segunda guerra mundial. Y, sobre todo, una galería de personajes entrañables, sinceros y cercanos. Por una vez, sólo se toca Nueva York de refilón.

Mister Vértigo es un gran libro, hay humor, ternura, aventura, fábula y drama mezclados en la dosis justa, como la vida. Y qué mejor que la escritura cristalina de Auster para hablar de vuelos a tres metros del suelo y sueños que se convierten en pesadillas y vidas que intentan salir a flote a pesar de todo…





Dios, que feliz fui viajando por aquellas carreteras con él. Simplemente ir de un sitio a otro bastaba para mantener mi espíritu alegre, pero cuando añadimos todos los demás ingredientes –las multitudes, las actuaciones, el dinero que ganábamos– aquellos primeros meses fueron, con mucha diferencia, los mejores que yo había vivido nunca. Incluso después de que la excitación inicial fuera pasando y yo me acostumbrara a la rutina, no quería que aquello se acabara. Las camas incómodas, las ruedas pinchadas, la mala comida, todas las suspensiones por mal tiempo y los ratos aburridos no eran nada para mí, simples piedrecitas que rebotan en la piel de un rinoceronte. Montábamos en el Ford y salíamos de la ciudad, con otros setenta o cien dólares guardados en el baúl, y seguíamos tranquilamente hasta la próxima parada, viendo cómo el paisaje se deslizaba por la ventanilla mientras comentábamos detalladamente los mejores puntos de la última actuación. El maestro era un príncipe para mí, siempre animándome y aconsejándome y escuchando lo que yo tenía que decir, y nunca hacía que me sintiera ni un ápice menos importante que él. Tantas cosas habían cambiado entre nosotros desde el verano, que era como si ahora tuviésemos una nueva relación, como si hubiésemos alcanzado una especie de equilibro permanente. Él hacía su trabajo y yo el mío, y juntos conseguíamos que la cosa saliera adelante.

( … )

Yo ya no era sólo un robot, un mono entrenado que hacía la misma serie de trucos en cada espectáculo: me estaba convirtiendo en un artista, un verdadero creador que actuaba tanto para su propio placer como para el placer de otros. Era este carácter imprevisible lo que me excitaba, la aventura de no saber nunca qué iba a suceder de un espectáculo al siguiente. Si tu única motivación es ser amado, congraciarte con la multitud, es inevitable que caigas en malas costumbres, y al final el público se cansa de ti. Tienes que continuar poniéndote a prueba, desarrollando tu talento al máximo. Lo haces por ti mismo, pero al final es esta lucha por mejorar lo que más aprecian tus admiradores. Ésa es la paradoja. La gente empieza a intuir que estás ahí arriesgándote por ellos. Les permites compartir el misterio, participar en ese algo sin nombre que te impulsa a hacerlo, y cuando eso sucede, ya no eres simplemente un ejecutante, vas camino de convertirte en una estrella. En el otoño de 1928, ahí es exactamente donde estaba yo: al borde de convertirme en una estrella.
Paul Auster
Mister Vértigo (Maribel de Juan. Anagrama)

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Publicado por elchicoanalogo @ 4:36  | Libros...
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Viernes, 12 de junio de 2009
Las carreteras, los coches, la soledad y la aventura empapan estas Crónicas de motel, un libro de «historias rotas», fragmentos autobiográficos, relatos y poemas admirablemente servidos por una escritura rápida y escueta.


En Crónicas de motel no hay una estructura convencional ni una historia, el libro está formado por fragmentos, sensaciones, poemas, palabras que describen un viaje tanto exterior e interior de unos personajes que parecen diferentes encarnaciones de Sam Shepard, el actor, el escritor, el hijo, el creador, el observador, el vaquero.

Libro de emociones y miradas, de soledad, desarraigo, tristeza, abstracción, se lee a impulsos, como esos poemas que se entrelazan con los fragmentos/miradas y que a veces parecen ser como golpes en el estómago. Hay soledad, desarraigo, sexo, hay una mirada honda, desiertos que parece pueden con todo, el polvo en las ventanas de un hotel, los deseos truncados, hay las palabras justas, el tono austero, compacto.

Me sorprende la forma de escribir de Shepard, directa, desnuda, sin excesos ni afectación, este libro son sentimientos, son pensamientos fugaces y fragmentados, imágenes de carreteras, desiertos, moteles, trenes y mujeres que andan sin zapatos, un viaje y un cruce de caminos.




 
Se queda junto a la reventada maleta, contemplando las que fueran sus pertenencias. Aplastadas pastillas de jabón que se llevó del baño de los moteles. Chatas latas de judías. Un magullado mapa de Utah. El recalentado alquitrán negro empaña la blanquísima toalla que se guardaba para el primer baño a fondo de todo un mes.
De un extremo a otro de la carretera, nada se mueve. Ni un solo tallo se agita. Ni siquiera se mueve la solitaria pluma de alondra enganchada en el clavo del poste de la valla.
Avanza con la puntera de la bota por la negra pista de caucho quemado del patinazo. Sigue con la vista el brusco y enloquecido viraje de los neumáticos. El acre olor del caucho. El dulce olor de la arena abrasada.
Ahora salta un lagarto. Deja una estela pisciforme con la cola. Desaparece. Tragada por el mar de arena.
¿Debería esforzarse por salvar alguna cosa? Un simple botón de muestra. ¿Un par de calcetines? ¿Las pilas de la linterna? Debería tratar de recoger alguna cosa para llevársela a ella a su regreso. Algún detalle. Un recuerdo para que ella no pueda creer que no ha estado haciendo absolutamente nada. Que se ha pasado todos estos meses errando de un lado para otro.
Revuelve los restos de una rama de mezquite. Busca un regalo. No parece que valga la pena salvar ninguna cosa. Ni siquiera las que no se han estropeado. Ni siquiera la ropa que lleva puerta. El anillo de Turquesa. Las botas de punta afilada. La Hebilla india.
Lo arroja todo al montón de chatarra. Se queda sentado en cuclillas, completamente desnudo, en medio de la ardiente arena. Prende fuego a los restos. Después se pone en pie. Vuelve la espalda a la Highway 608. Se pone a caminar hacia las desiertas extensiones.
17/2/80
Santa Rosa, Ca.


( … )

me encontré con la doble de la Estrella
al abrirse hacia los lados la puerta del ascensor
y yo salía
y ella entraba
a las cuatro de la madrugada
y vi que estaba absolutamente pirada
le pregunté qué había tomado
dijo 6 Valium y Vino Blanco
porque hoy era el último día de rodaje
y le pareció que había que celebrarlo
jodiendo con algún tío del equipo
y colocándose
porque éste era su pueblo
y ella iba a quedarse
mientras nosotros nos íbamos
y la tortura de no ser más que una doble
dejada atrás
en un pueblo en el que le dolía haber nacido
estaba destrozándola ahora
de verdad
y eso hizo que volviera a avergonzarme
de trabajar como actor en una película
y provocar ilusiones tan estúpidas
de modo que me la llevé a mi habitación
sin planes respecto a su cuerpo
y ella se sintió desesperadamente decepcionada
intentó arrojarse por la ventana
y le dije que no valía la pena
no es más que una película estúpida
no tan estúpida, dijo ella, como la vida
1/11/81
Seattle, Wa


Sam Shepard

Crónicas de motel (traducción de Enrique Murillo. Anagrama)


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Mi?rcoles, 10 de junio de 2009
¿Aún ríe tu cuerpo con la intensa caricia
de la mano o del aire y en ocasiones reencuentra
en el aire otros cuerpos? Muchos de ellos retornan
con un temblor de la sangre, con una nada. También
     el cuerpo
que se tendió a tu flanco te busca en esta nada.

Era un juego liviano pensar que un día
la caricia del alba emergería de nuevo
cual inesperado recuerdo en la nada. Tu cuerpo
despertaría una mañana, enamorado
de su propia tibieza, bajo el alba desierta.
Un intenso recuerdo te atravesaría
y una intensa sonrisa. ¿No regresa aquel alba?

Aquella fresca caricia se habría apretado a tu cuerpo
en el aire, en la íntima sangre,
y habrías sabido que el tibio instante
respondía en el alba a un temblor distinto,
un temblor de la nada. Lo habrías sabido
igual que, un día lejano, supiste que un cuerpo
se tendía a tu lado.
                                            Dormías con ligereza
bajo un aire risueño de efímeros cuerpos,
enamorada de una nada. Y la intensa sonrisa
te atravesó abriéndote los ojos asombrados.
¿Nunca más regresó, de la nada, aquel alba?
Cesare Pavese
Sueño (Versión de Carles José i Solsora)

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Lunes, 08 de junio de 2009
Oskar, un niño solitario y triste que vive en los suburbios de Estocolmo, tiene una curiosa afición: le gusta coleccionar recortes de prensa sobre asesinatos violentos. No tiene amigos y sus compañeros de clase se mofan de él y le maltratan. Una noche conoce a Eli, su nueva vecina, una misteriosa niña que nunca tiene frío, despide un olor extraño y suele ir acompañada de un hombre de aspecto siniestro. Oskar se siente fascinado por Eli y se hacen inseparables. Al mismo tiempo, una serie de crímenes y sucesos extraños hace sospechar a la policía local de la presencia de un asesino en serie. Nada más lejos de la realidad.

Hay un momento en un abrazo inesperado donde el que lo recibe está rígido, distante y sorprendido. Y cuando nota el contacto y que la otra persona es diferente, un amigo, abandona su cuerpo al abrazo y deja al otro entrar en él. Déjame entrar ha sido una de las mayores sorpresas de los últimos años, un libro donde se mezcla el terror y la ternura, las escenas crueles y los momentos de paz, las sombras y las luces. Como un abrazo y una dentellada.

Oskar es un niño tímido y retraído que recibe las humillaciones de sus compañeros, un chaval de 12 años con un miedo constante, hermético y que colecciona recortes de asesinatos y actos crueles e inhumanos. Eli tiene más de 200 años pero la apariencia de una niña de la edad de Oskar. Siente la soledad de su extraña condición y vive con un hombre que le consigue la sangre que le da la supervivencia a través de los asesinatos que comete, un hombre que sólo anhela poseerla.

El encuentro entre Oskar y Eli es como un abrazo, reconocer en el otro a alguien cercano, alguien con quien estar y sentir esperanza y otra mirada fuera de la oscuridad. Oskar aprenderá a madurar y defenderse, a hacerse duro y a centrarse en un amor inesperado y difícil. Eli tendrá alguien con quien compartir sus noches, su condición, una presencia impensada que no pide nada a cambio y que no tiene miedo.

Oskar y Eli, los parajes nevados y gélidos, los matones de la clase, el asesino ritual, la panda de amigos perdedores que se reúnen en un bar y su vida da un vuelco por la aparición de un vampiro (en especial Locke y Virgina y su imposible historia de amor y el sacrificio mutuo), los vecinos de Oskar que se dedican a esnifar pegamento y robar, la investigación policial, las imágenes crueles y el terror desasosegante, el abrazo compartido y el final conmovedor de la historia. Dolor, ternura, inquietud y horror.

John Ajvide Lindsqvist construye un libro magnético y atractivo, unos personajes inolvidables en mitad de un duro invierno nórdico, una historia de vampiros con tintes reales (me recuerda a ese terror japonés donde las historias transcurren en pleno día y no se necesitan los lugares tópicos de caserones, sombras y penumbras), a una escena dura de vampirismo se sucede otra de esperanza y amor, todo narrado de manera magistral, sorprendente e intimista y con un ritmo a veces calmo, a veces endiablado. Uno de mis libros de este año.





¿Qué le iba a decir a Eli si salía aquella tarde?
Estaba relacionado. Lo que le iba a decir dependía de lo que él fuera para ella. Eli era nueva para él y por eso tenía la posibilidad de ser otro, de decirle cosas diferentes de las que decía a los demás.
¿Cómo hace uno en realidad? ¿Para conseguir gustarle a otro?
John Ajvide Lindsqvist
Déjame entrar (traducción de Gemma Pecharromán Miguel. Espasa)


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S?bado, 06 de junio de 2009
En los últimos días me acompaña el disco de Hammock Maybe They Will Sing for Us Tomorrow, música ambiental, reflexiva, evocadora, con cierto parecido a los soundscapes más melancólicos de Robert Fripp. Un disco que se puede considerar como un todo, una larga composición instrumental donde prima la sensación de nostalgia, de viaje interior, una mezcla de vigilia y respiración entrecortada.

He escuchado ese disco en mis caminatas bajo el sol, en la playa, en lugares iluminados y vitales, era extraña esa sensación de antítesis, de compensación de la música melancólica con el mundo tranquilo de alrededor. Es interesante el contraste de escuchar música nostálgica para días suaves y música impulsiva para días tristes.

Mono no aware es, tal vez, el mejor video clip que he visto en los últimos años, alejado de esos vídeos de imágenes deslavazadas e inconexas donde sólo importa la velocidad. Ahora que estoy a punto de terminar el excelente libro Déjame entrar, de John Ajvide Lindqvist, siento que ese vídeo y esa música podrían ser la perfecta banda sonora del libro. 

Mono No Aware (Hammock)





Más información en http://www.hammockmusic.com/site/

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Viernes, 05 de junio de 2009
El tren llevó la política a Visegrad en los jóvenes que estudiaban fuera de la ciudad. Los cambios del mundo exterior que empezaron a hacer mella en la comunidad, a preocupar a los ciudadanos que temen más peligros y ocupaciones, a que las conversaciones en la Kapia, antes charlas despreocupadas y alegres, orbiten alrededor de las diferentes opciones políticas. Se mina uno de los pilares del puente y se oyen rumores lejanos de guerras, se acerca el gran cambio que traerán los cañones apostados a ambos lados de la ciudad.

Los habitantes de Visegrad se encuentran en una encrucijada, su frontera ha cambiado en mil kilómetros, la noticia del asesinato del archiduque Francisco Fernando crea múltiples tensiones, los serbios son perseguidos, la placidez ha abandonado a la población, todo parece a punto de estallar, no sólo el puente lleva una mina en uno de sus pilares. Los cañonazos se suceden sobre sus cabezas.

Ya no hay tiempo para los encuentros en la Kapia, los habitantes de la ciudad, cristianos, musulmanes, judíos, se sienten desprotegidos, temerosos ante algo que se les escapa de la mano, que no llegan a comprender la fuerza destructiva del hombre.

Y todo vuela, el puente, la paz, la precaria estabilidad.

Un puente sobre el Drina ha sido un viaje desde el s. XVI hasta principios del XX, un primer paso para conocer las tierras balcánicas e intentar comprender. Ahora sólo falta seguir en ese camino, dar más pasos hasta que pueda empezar a aclarar aquellas imágenes bélicas de los años 90.





Y así llegó el otoño del año 1912, y a continuación el año 1913, con las guerras balcánicas y las victorias servias. Y por una rara excepción, lo que tenía una enorme importancia para el destino del puente, para la ciudad y para todos cuantos en ella vivían, pasó en silencio y sin que nadie se enterase.
Los días de octubre, rojos al principio y al final del mes, auros a mediados, discurrieron en la ciudad que aguardaba la cosecha de maíz y el aguardiente nuevo. Todavía resultaba agradable sentarse en la kapia, a primeras horas de la tarde, y recibir la caricia del sol. Parecía como si el tiempo hubiese detenido el viento en la ciudad. Justamente en aquel momento tuvo lugar el gran suceso.
Antes de que las gentes que sabían leer y escribir hubiesen podido sacar algo en limpio de las noticias contradictorias que daban los periódicos, había estallado la guerra entre Turquía y los cuatro Estados balcánicos. Y antes de que el mundo hubiese comprendido exactamente el sentido de aquella guerra y medido su alcance, la contienda había terminado con la victoria de las armas serbias y cristianas. Todo había ocurrido lejos de Visegrad, sin tiros ni estrépito de cañones en la frontera, sin ejecuciones en la kapia. Como suele suceder en las ciudades comerciales, los acontecimientos que habían tenido lugar lejos quedaron lejos e ignorados. Allá, en algún lugar del mundo, alguien juega a la lotería o se libra un combate; y es así, por curioso que parezca, cómo se decide el destino de cada uno de nosotros.

( … )

Desapareció el punto en que se encontraban las fronteras de Austria, Turquía y Serbia. La frontera turca, que todavía ayer se hallaba a unos 15 km de Visegrad, retrocedió bruscamente a más de 1.000 km, a un lugar situado más allá de Iedrena.
Tan numerosos y grandes cambios, realizados en un brevísimo espacio de tiempo, conmovieron a la ciudad hasta sus cimientos.
El trastorno tuvo fatales consecuencias para el puente sobre el Drina. Como ya hemos visto, el lazo ferroviario con Sarajevo había reducido a la nada su calidad de vínculo con Occidente, y, ahora, en un abrir y cerrar de ojos, dejó de servir de unión con Oriente. En verdad, aquel Oriente que lo había creado y que hacía aún unas horas mostraba, a orillas del río, su presencia, aunque debilitada, no menos real que el cielo y que la tierra, aquel Oriente se acababa de desvanecer como un espectro. El puente ya sólo unía las dos mitades de la ciudad y una veintena de pueblos situados a ambas orillas del Drina.
El gran puente de piedra que, según la idea y la piadosa decisión del visir de Sokolovice, debía poner en contacto las dos partes del Imperio y, "por amor a Dios", facilitar el paso de Occidente a Oriente y viceversa, aquella maravillosa obra había quedado separada de Oriente y de Occidente y abandonada a sí misma, como un barco que naufraga o una capilla inutilizada. Durante tres siglos, el puente había soportado todo y sobrevivido a todo e, inalterado, había cumplido lealmente con sus fines; pero las necesidades humanas se habían desviado y las cosas habían cambiado en el mundo: ahora, su propio deber lo traicionaba. Teniendo en cuenta sus proporciones, su solidez y su belleza, las tropas habrían podido pasar por él y las caravanas sucederse unas a otras, durante siglos; pero he aquí que, a causa del juego eterno e imprevisto de las relaciones humanas, la fundación pía del visir se vio de pronto arrojada y puesta al margen de la corriente principal de la vida. El papel del puente ya no correspondía a su aspecto eternamente joven ni a sus proporciones, aunque gigantes, armoniosas.
Sin embargo, continuó erguido, tal y como el visir lo vio en su mente y tal como lo había creado su arquitecto: poderoso, bello y sólido, inaccesible a cualquier variación.

( … )

En el verano del año 1914, cuando los dueños de los destinos humanos condujeron a la humanidad europea desde el escenario del derecho al sufragio universal al circo, previamente preparado, del servicio militar obligatorio, la ciudad de Visegrad dio un ejemplo modesto, pero elocuente, de los primeros síntomas de un mal que, con el tiempo, iba a llegar a ser europeo y, más tarde, mundial. Fue un período situado en el límite de dos épocas de la historia de la humanidad, y se vio con mucha más claridad el final de la época que concluía que el principio de la que se iniciaba. Por aquel tiempo, se buscaba todavía una justificación a la violencia y se encontraba para los actos de salvajismo algún nombre tomado del tesoro espiritual de los siglos pasados. Todo lo que sucedía conservaba aún una apariencia de dignidad y el atractivo de lo nuevo, ese atractivo espantoso, efímero e indecible que desapareció después, radicalmente, hasta el extremo de que aquellos que lo experimenta-ron entonces en su carne, ya no pueden evocarlo en el recuerdo.

( … )

Fue entonces cuando empezó una verdadera caza de serbios y de todo lo que se relacionaba con ellos. Las gentes se dividieron en perseguidos y perseguidores. La bestia hambrienta que vive dentro del hombre y que no se atreve a aparecer en tanto no quedan eliminados los obstáculos que representan las buenas costumbres y las leyes, quedó en libertad. Los actos de violencia, el pillaje e incluso el asesinato, como suele ocurrir en la historia de la humanidad, no sólo quedaron en silencio, sino que fueron autorizados con la condición de que se llevasen a cabo en nombre de intereses elevados y al amparo de una serie de palabras que representaban el orden. Tales fechorías se desencadenaron sobre un reducido número de personas de nombre y convicciones precisas. El hombre que por aquel entonces logró conservar la claridad del espíritu y los ojos abiertos, pudo asistir a la realización de semejante milagro y ver cómo una sociedad se transformaba de la noche a la mañana. En unos instantes fue borrado el barrio del comercio que descansaba sobre una tradición secular, tras la cual siempre había habido odios ocultos, envidias, supersticiones, accesos de intolerancia religiosa, de grosería y de crueldad; pero aquella tradición también había encerrado valor, humanidad, afición a la medida y al orden, toda una serie de sentimientos, en suma, que mantenían dentro de los límites de lo soportable todos los malos instintos y los hábitos groseros, y que terminaban por calmarlos y someterlos a los intereses generales de la vida en común. Algunos hombres que, durante cuarenta años, habían estado a la cabeza del barrio del comercio, dejaron de existir en el espacio de una noche, como si hubiesen muerto bruscamente, al mismo tiempo que las costumbres, las concepciones y las instrucciones que personificaban.

( … )

- Querido Alí-Hodja, hemos llegado a un extremo en que no sabemos dónde vamos a meternos. Sólo Dios puede ver lo que mi difunto padre y yo hemos hecho para permanecer puros en nuestra fe y en nuestras costumbres musulmanas. Mi abuelo murió en Ujitsa y quizá ya no exista ni la más ligera huella de su tumba. Enterré a mi padre en Nova Varoch, y ni siquiera sé si su sepultura habrá sido hollada por ese rebaño de cristianos. Yo pensaba que, al menos, yo moriría aquí, en este lugar en el que aún puede oírse la llamada a la oración, pero me parece que está escrito que nuestra descendencia será reducida a la nada y que nadie llegará a ver los sepulcros de su familia. Sin embargo, Dios quiere que sea así. Me doy cuenta de que ya no podemos ir a ninguna parte. Ha llegado la época en que la verdadera fe no tiene más remedio que devorar sus propias entrañas. Y, ¿qué puedo hacer yo? ¿Irme con Nail-Bey y con sus Schutzkorps y perecer con un fusil alemán en las manos: deshonrarme ante este mundo y el otro o permanecer así, esperando a que lleguen los servios y aceptar aquello de lo que durante cincuenta años hemos venido huyendo?
( … )
"Está bien", se decía Pavlé, "está bien: la iglesia, el poder y tu propia razón te enseñan y te impulsan a trabajar y a economizar. Y tú obedeces y avanzas prudentemente y llevas una vida justa o, para ser más exactos, no vives, pero trabajas, economizas, te preocupas; y, así, se te pasa la vida. Después, sin más ni más, todo ese juego se hace incomprensible; y llega una época en que todo el mundo se burla de la razón, y en la que la iglesia cierra sus puertas y se encierra en el silencio, mientras que las autoridades son reemplazadas por la fuerza bruta; y los que han ganado su dinero honrada y duramente, pierden sus bienes y su tiempo; y las violencias triunfan. Nadie reconoce tus esfuerzos, nadie acude a ayudarte ni a darte consejos sobre el modo en que has de defender los bienes que adquiriste y que supiste mantener.  ¿Es posible? ¿Es posible que el mundo sea así?"
( … )
"Quizá", pensó, "aquí se destruye y en otros sitios se edifica. Tal vez existan todavía regiones apacibles y gentes razonables que respeten la voluntad de Dios. Si Él ha abandonado a esta desdichada ciudad, probablemente no habrá dejado de su mano al mundo entero. Y estos seres no seguirán haciendo lo mismo hasta el fin de los siglos. Pero, ¡quién sabe! (¡Ay, si pudiera respirar mejor!) ¡Quién sabe! Puede ser que esta fe impura que se pone a ordenar, que limpia, que repara y perfecciona para, a continuación, devorarlo y destruirlo todo de un golpe, puede ser que esta fe impura llegue a extenderse por la tierra, puede ser que convierta este mundo de Dios en un campo desierto aniquilado por sus construcciones insensatas y por sus ruinas dignas de un verdugo; puede ser que transforme el suelo en pasto para saciar su hambre sin fin y sus apetitos incomprensibles. Todo es posible, pero hay una cosa que no lo es: no llegarán a desaparecer del todo y para siempre los hombres grandes, prudentes y de alma elevada que construyen en honor a Dios monumentos eternos con los que se embellece la tierra y el hombre alcanza una vida mejor y más fácil. Si esos hombres desapareciesen significaría que el amor de Dios se habría extinguido y borrado del mundo. Eso es un absurdo."
Ivo Andric
Un puente sobre el Drina (Luis del Castillo. Debolsillo)



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Jueves, 04 de junio de 2009
Hembra que entre mis muslos callabas
            de todos los favores que pude prometerte
te debo la locura.
Leopoldo María Panero
Hembra, en El último hombre

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Publicado por elchicoanalogo @ 19:27  | Poes?a
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A finales del s. XIX los habitantes de Visegrad tienen que amoldarse a los nuevos tiempos bajo el orden del imperio austro-húngaro. En un principio las diferentes comunidades de la ciudad bosnia se sienten temerosas y reticentes ante la ocupación. Los representantes de la fe (cristiana, turca, judía) deben dar la bienvenida a las nuevas fuerzas. Poco a poco la vida retoma su cariz habitual con los cambios que conllevan la llegada de las tropas y los extranjeros que se ocupan de los trabajos administrativos. De nuevo, Andric cuenta toda esta parte de la ocupación a retazos, intercala pequeñas historias de los habitantes de la ciudad con un estudio de la época, de los diferentes poderes que mandan en la ciudad, fuera de ella. En Visegrad, turcos y cristianos se sorprenden por el ajetreo de los extranjeros, por su forma de vida siempre ocupada, por sus continuas obras que llevan a buen término. Las costumbres se mezclan, los extranjeros adquieren las expresiones de los habitantes de Visegrad y éstos las nuevas modas y formas que descubren en aquellos.

Los grandes proyectos continúan. Y uno de ellos cambiará el punto de comunicación único y vital entre las fronteras. El puente trae la modernidad, también los nuevos movimientos políticos y sociales, noticias perturbadoras y cierta sensación de peligro del exterior. Se acercan las guerras interiores y la primera guerra mundial.





Después que hubieron pasado los primeros anos de desconfianza, de incertidumbre, de duda y de inseguridad, la ciudad empezó a encontrar su sitio en el nuevo orden de cosas. El pueblo hallaba en él paz, beneficios y seguridad. Y eso bastaba para que la vida, la vida exterior, empezase también a marchar por la vía del perfeccionamiento y del progreso. Todo lo demás quedaba relegado a ese segundo plano oscuro del conocimiento, en el que habitan y bullen los sentimientos elementales, las creencias imprescindibles de las diversas razas, religiones y castas, creencias que, aun pareciendo muertas y enterradas, preparan para épocas ulteriores y lejanas cambios y catástrofes inesperados, de los cuales, según parece, no pueden prescindir los pueblos y, sobre todo, el pueblo de este país.
Tras los primeros errores y los primeros conflictos, el nuevo gobierno produjo en las gentes una impresión neta de firmeza y de continuidad. (El mismo estaba impregnado por esa ilusión sin la cual no existe un poder permanente y fuerte.) Era impersonal, ejercía su poder de un modo indirecto y, en consecuencia, resultaba más fácilmente soportable que el antiguo régimen turco. Todo lo que en él había de crueldad y de rapacidad, estaba cubierto por una capa de decoro, por el esplendor y por las formas tradicionales. La gente temía a las autoridades, pero del mismo modo que se teme a la muerte o a la enfermedad, y no como se tiembla ante la maldad, la desgracia y la violencia. Los representantes del nuevo gobierno, tanto militares como civiles, eran en su mayoría extranjeros y no conocían al pueblo de nuestro país. Resultaban insignificantes, pero se veía que eran los minúsculos engranajes de un gran mecanismo, y que cada uno tenía tras de sí, formando largas filas constituidas por innumerables escalones, una serie de hombres más poderosos y de instituciones más altas. Aquello les daba un carácter que excedía en mucho a su personalidad, y una influencia mágica a la cual todos se sometían fácilmente. A causa de sus títulos, que en la ciudad parecían importantes, de su impasibilidad y de sus costumbres europeas, inspiraban a aquel pueblo, del que eran tan diferentes, confianza y respeto, y no provocaban ni envidia ni críticas, aunque, en el fondo, no resultasen simpáticos ni se los quisiese.
Por otra parte, al cabo de cierto tiempo, aquellos extranjeros llegaron a sentir, de algún modo, la influencia del extraño medio oriental en el cual tenían que vivir. Sus hijos introducían entre los niños de la ciudad expresiones y nombres extranjeros y llevaban al puente juegos nuevos y nuevos juguetes; pero, en su contacto con los chiquillos del país, adoptaban nuestras canciones, nuestro modo de hablar y de jurar y nuestros antiguos juegos, tales como el salto a piola, etc. Lo mismo ocurría con los adultos.  Ellos también ofrecían un orden diferente de cosas, expresiones y costumbres desconocidas; sin embargo, al mismo tiempo, se iba introduciendo en su lenguaje y en su manera de vivir algo que era propio de los indígenas. En verdad es que nuestras gentes, sobre todo los cristianos y los judíos, comenzaron a parecerse, cada día más, en sus vestidos y en su comportamiento, a los extranjeros que había traído la ocupación; pero también es verdad que los extranjeros no dejaban de sentir la influencia del medio en que vivían. Muchos de aquellos funcionarios, el enérgico magiar, el polaco altivo, cruzaban el puente con angustia y penetraban con disgusto en la ciudad en la que, al principio, formaban grupo aparte, como las gotas de aceite en el agua. Pero, algunos años después, pasaban largas horas sentados en la kapia, fumaban con sus gruesas boquillas de ámbar y, como viejos habitantes de la ciudad, veían desvanecerse el humo, que se perdía bajo el cielo azul en el aire inmóvil del crepúsculo, o bien esperaban la llegada de la tarde en compañía de nuestros notables y de nuestros beys, situados todos en una verde meseta y teniendo ante ellos un manojo de albahaca; y, en el curso de una conversación lenta, sin gravedad ni sentido particular, bebían despacio y tomaban de vez en cuando un poco de albahaca, como sólo saben hacerlo las gentes de Visegrad. Y entre aquellos extranjeros, hubo algunos funcionarios o artesanos que se casaron en nuestra ciudad, firmemente decididos a no abandonarla jamás.

( … )

Sólo entonces, una vez que el ferrocarril hubo sido construido y puesto en funcionamiento, la gente se dio cuenta de lo que significaba para el puente, para el papel que desempeñaba dentro de la vida de la ciudad y para su suerte en general. La vía ascendía junto al Drina, en dirección contraria a la de la corriente, a lo largo de la orilla escarpada que se encuentra bajo el Meïdan; penetrando en la colina, rodeaba la ciudad y bajaba hasta la llanura, cerca de las últimas casas, yendo a parar a la orilla del Rzav. Allí se hallaba la estación. Todas las comunicaciones, tanto para el público como para las mercancías, con Sarajevo y, desde Sarajevo, con el resto del mundo occidental, partían de la orilla derecha del Drina. La orilla izquierda y, con ella, el puente quedaron completamente paralizados. Ya sólo cruzaban por él las gentes que venían de los pueblos situados en la orilla izquierda del río; todo se reducía a algunos campesinos con sus caballos cargados en exceso y sus carretas uncidas de bueyes que transportaban madera del bosque a la estación.
La carretera que, a partir del puente, subía a través de la colina de Lieska hacia el Semetch y de allí, por Glasinats y Romanía, conducía a Sarajevo, aquella carretera que antiguamente retumbaba con los cantos de los cocheros y con los cascabeles de los caballos, empezó a cubrirse de hierba y de ese delgado musgo verde que acompaña la lenta agonía de algunos caminos, de algunos edificios. Ya no se usaba el puente para viajar, ni se acompañaba a nadie hasta él, ni se despedía a los viajeros que lo cruzaban al iniciar su ruta, ni era atravesado a caballo, ni se bebía en él el aguardiente de la partida.
Los carreteros, los caballos, las calesas cubiertas y los pequeños simones pasados de moda en los que se iba antaño a Sarajevo, quedaron sin trabajo. El viaje ya no duraba, como antes, dos días enteros, con parada en Rogatitsa para pasar la noche. Ahora se empleaban cuatro horas. Aquellas cifras obligaban a la gente a meditar. Se calculaba con emoción todos los beneficios y las economías que la velocidad proporciona ai hombre. Se miraban como si fuesen fenómenos a los primeros vichegradeses, que, habiendo ido a Sarajevo para arreglar algún asunto, volvían a casa al atardecer del mismo día de su marcha.
Ivo Andric
Un puente sobre el Drina (Luis del Castillo. Debolsillo)


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Mi?rcoles, 03 de junio de 2009

a trini

Defender la alegría como una trinchera
defenderla del escándalo y la rutina
de la miseria y los miserables
de las ausencias transitorias
y las definitivas

defender la alegría como un principio
defenderla del pasmo y las pesadillas
de los neutrales y de los neutrones
de las dulces infamias
y los graves diagnósticos

defender la alegría como una bandera
defenderla del rayo y la melancolía
de los ingenuos y de los canallas
de la retórica y los paros cardiacos
de las endemias y las academias

defender la alegría como un destino
defenderla del fuego y de los bomberos
de los suicidas y los homicidas
de las vacaciones y del agobio
de la obligación de estar alegres

defender la alegría como una certeza
defenderla del óxido y de la roña
de la famosa pátina del tiempo
del relente y del oportunismo
de los proxenetas de la risa

defender la alegría como un derecho
defenderla de dios y del invierno
de las mayúsculas y de la muerte
de los apellidos y las lástimas
del azar
            y también de la alegría.
Mario Benedetti
Defensa de la alegría (en Cotidianas)


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Publicado por elchicoanalogo @ 11:43  | Mario Benedetti
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La vida en Visegrad transcurre con la rutina que es propia a todas las comunidades. Se suceden las riadas, las sequías, y el puente siempre en pie, a veces debajo de las aguas torrenciales, pero resiste el paso del tiempo y el ser humano. Andric escribe: Pero en la kapia, situada entre el cielo, el río y las montañas, las generaciones sucesivas aprendieron a no afligirse en exceso por lo que llevaban consigo las aguas turbias del Drina. Allí aprendieron a adoptar la filosofía inconsciente de la pequeña ciudad: la vida es un milagro incomprensible; se gasta y se diluye sin cesar, y no obstante, dura y permanece sólidamente "como el puente sobre el Drina.

La tierra alrededor del puente es un conjunto de comunidades frágiles, de seres separados por sus creencias y sus culturas, en confrontación suave a veces, dura en otras, se suceden las rebeliones contra el imperio turco, la necesidad de una nueva frontera, la llegada del imperio austro-húngaro, los turcos pasan de dominadores a temer al extranjero, cambios que se aceptan con resignación o con derrota. Y en mitad de estos cambios políticos retazos de la vida de los habitantes de la zona, Fata, una mujer de extraordinaria belleza que se rebela contra su matrimonio, Alí-Hodja que se resiste a una guerra inútil, Salik el tuerto, huérfano e hijo de toda la comunidad, los ricos mercaderes que hablan en la Kapia del puente, el sofá piedra, la fortaleza de madera en mitad del puente y a sus lados estacas con la cabeza de los decapitados, migraciones por enfermedad. No hay personajes en este libro, aparecen y desaparecen como la corriente, son pequeñas historias que se mezclan entre sí, que hacen avanzar la historia, que nos hablan de un puente como testigo inmutable de los cambios de Visegrad.





Con ocasión de las slavas, de fiestas de Navidad o durante las noches del ramadán, los padres de familia ya maduros, reposados y cuidadosos, se animaban y se volvían locuaces en el momento en que la conversación abordaba el suceso más importante y más penoso de sus vidas: "La inundación". Después de quince o veinte años durante los cuales se habían reparado de nuevo las casas, el recuerdo de la inundación llegaba como algo terrible, grande, querido y próximo. Constituía un lazo íntimo entre los hombres todavía vivos, pero cada vez más escasos, de aquella generación, porque nada une tanto a las personas como una desgracia vivida, atravesada conjuntamente y superada con ventura. Y se sentían fuertemente vinculados por el recuerdo de la prueba pasada. Por eso amaban tan intensamente las remembranzas del más trágico de los hechos que había perturbado su existencia y, al volver la vista atrás, encontraban un placer, incomprensible para los jóvenes. Sus recuerdos no llegaban a agotarse, y ellos continuaban, infatigables, evocándolos. En el curso de sus conversaciones, completaban mutuamente sus respectivos relatos y se despertaban unos a otros la memoria. Se miraban a los ojos seniles, de amarillenta esclerótica, y llegaban a ver lo que los jóvenes no eran siquiera capaces de presentir. Se entusiasmaban con sus propias palabras y ahogaban sus preocupaciones presentes y cotidianas, en el recuerdo de mayores preocupaciones que felizmente hacía mucho tiempo que habían desaparecido. Sentados en las habitaciones bien calientes de sus casas, por las cuales pasara antaño la inundación, narraban por centésima vez, con especial placer, ciertas escenas conmovedoras o trágicas.

( … )

Aquel resplandor y aquellos fuegos desiguales, dispersos sobre el fondo sombrío de una noche de verano en la que el cielo se había convertido en algo semejante a una montaña, dieron la sensación a los servios de una constelación nueva en la cual, ávidamente, leían presagios atrevidos y adivinaban, estremeciéndose, su suerte y los acontecimientos futuros. Para los turcos, fueron las primeras olas que, tras haber sumergido Serbia, se estrellaban ahora contra las alturas que circundaban la ciudad. Durante aquellas noches de verano, los deseos y las oraciones de unos y otros gravitaban alrededor de aquellos fuegos, sólo que en direcciones opuestas. Los servios rogaban a Dios, pidiendo que aquella llama salutífera, idéntica a la que, desde siempre, llevaban y escondían cuidadosamente en el fondo de sí mismos, se extendiese también de este lado, sobre nuestras colinas; en tanto, los turcos suplicaban a Dios en sus plegarias que detuviese, que rechazase y extinguiese la llama, para burlar las intenciones subversivas de los infieles y restablecer el viejo orden de las cosas y la buena paz que asegura la verdadera fe. Las noches estaban llenas de murmullos prudentes y apasionados que daban lugar a oleadas invisibles de deseos y de sueños audaces. Los pensamientos, los planes más inverosímiles se entrecruzaban, triunfaban, se quebraban en las tinieblas azules que cubrían la ciudad. Pero al día siguiente, cuando apuntaba el día, turcos y servios acudían a sus asuntos, se encontraban, mostrando una mirada apagada y unos rostros sin expresión, y se saludaban y hablaban empleando los cientos de fórmulas habituales de la cortesía provinciana que, siempre, circulaban por la ciudad e iban de uno a otro como una moneda falsa y que, empero, hacían posibles y facilitaban las relaciones sociales.
Ivo Andric
Un puente sobre el Drina (Luis del Castillo. Debolsillo)



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Martes, 02 de junio de 2009
Tras el primer capítulo Andric me habla de Visegrad antes de la construcción del puente, de la figura casi legendaria del barquero que unía las dos orillas, de cómo sólo había unas pocas casas y figuras desmembradas. Y del “tributo de sangre”. Cada pocos años los turcos se hacían con un puñado de niños cristianos para islamizarlos. Uno de esos niños cruza el río Drina y el paraje se le queda en mitad del pecho, la sensación de desprotección le acompañará hasta que se convierte en el visir Mehmed-Pachá Sokoli y decide la construcción del puente. La parte de la construcción esta narrada de forma rápida, magistral, se cuenta esa realidad que con el paso de los siglos se convierte en leyenda, los jefes turcos inmisericordes y crueles, la pequeña resistencia de unos pocos hombres para castigar la crueldad de sus jefes, los actos de sabotaje y las torturas a los saboteadores, el puente que va tomando forma y el jefe cruel que es cambiado por uno honrado y sonriente. Cada página me sorprendía, la aventura se cruzaba con los datos históricos y esa sociedad dividida por la religión. El puente como el gran personaje del libro, como un símbolo de unión entre las dos orillas.





Cuando se acercaban demasiado, los caballeros del aga, aullando, las dispersaban a fustazos lanzando sobre ellas sus caballos. Huían entonces y se escondían en los bosques que bordeaban el camino, pero, poco después, se reunían de nuevo tras el convoy y se esforzaban por ver una vez más, con sus ojos arrasados de lágrimas, la cabeza del niño que les había sido arrebatado. Las más tenaces y difíciles de contener eran las madres. Corrían a marchas forzadas y sin mirar dónde ponían los pies, con el pecho desnudo, desgreñadas, olvidando todo lo que las rodeaba. Lloraban y se lamentaban como ante un cadáver. Otras, medio locas, gemían, aullaban como si su matriz se rasgase con los dolores del parto y, cegadas por las lágrimas, iban a dar de cabeza contra los látigos de los caballeros. Respondían a cada fustazo con una pregunta insensata: - ¿Adónde los lleváis?

( … )

Una desgracia enorme e incomprensible se cernía sobre la ciudad y toda la región, una catástrofe cuyo fin no se podía prever. En primer lugar, se empezó a talar el bosque y a transportar la madera. Se amontonaron tantas vigas sobre las dos orillas del Drina que, durante mucho tiempo, la gente pensó que el puente iba a ser construido de madera. Después, se iniciaron los trabajos de nivelación, las excavaciones y la perforación de la orilla rocosa. Aquellos trabajos se ejecutaron en su mayor parte gracias a la leva. Y todo continuó de este modo hasta avanzado el otoño, época en la que se suspendieron provisionalmente los trabajos, una vez concluida la primera parte de las obras.
Se hacía todo bajo el control de Abidaga y bajo la amenaza de aquella larga vara verde que llegó a ser tomada como tema de una canción popular. Aquel a quien señalaba con la vara, por haber notado que perdía el tiempo, o que no trabajaba como era preciso, aquél era cogido por los guardianes inmediatamente y lo apaleaban en el mismo lugar. Cuando la víctima se desvanecía, envuelta en sangre, la rociaban con agua y la enviaban de nuevo al trabajo.

( … )

Hermanos, ya hemos soportado bastante, tenemos que defendernos. Como podéis ver, esta construcción va a enterrarnos y a devorarnos. Y también nuestros hijos serán víctimas del mismo trabajo, si es que alguno llega a sobrevivir. Lo que están tramando es nuestra exterminación y no otra cosa. Los indigentes y los cristianos no tienen necesidad de un puente. Son los turcos los que lo quieren. Nosotros no desplazamos ejércitos, no tenemos grandes negocios y con la barca nos basta. Algunos de nosotros nos hemos puesto de acuerdo para ir, en las noches oscuras, a echar abajo, y a deteriorar, en la medida que nos sea posible, lo que haya sido construido. Y haremos correr la voz de que es una hada la causante y de que no permitirá que se alce un puente sobre el Drina. Ya veremos si esto sirve para algo, no tenemos otros medios a nuestro alcance y es preciso hacer algo.
Ivo Andric
Un puente sobre el Drina (Luis del Castillo. Debolsillo)

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Lunes, 01 de junio de 2009
Empecé Un puente sobre el Drina, de Ivo Andric no sólo con la idea de disfrutar de un buen libro, también con las ganas de descubrir algo más de esa tierra, su cultura, sus leyendas, su forma de entender la vida, e intentar comprender las causas de la guerra que viví en mi adolescencia a través de la televisión. Una tierra tan cercana y a la vez tan desconocida.

La vida en Visegrad se articula en el puente sobre el Drina, las diferentes comunidades viven a su alrededor, y desde las primeras páginas se ve cómo cada comunidad tiene sus propias leyendas y héroes sobre el puente y su construcción. Un mismo hecho visto desde distintos puntos de vista, una forma de tomar distancia con los otros, de iniciar la grieta y la separación. El puente es un punto de encuentro, de vida y de cruce, un lugar bullicioso. Me gusta el inicio. Intento comprender.
 




A lo largo de la mayor parte de su curso, el Drina discurre a través de estrechas gargantas, entre montañas abruptas, o atraviesa profundos cañones entre ribazos verticales. Solamente en algunos lugares, sus orillas se abren en amplios valles y forman, ya sobre uno, ya sobre los dos ribazos, extensiones de terrenos fértiles, en parte llanas y en parte onduladas, propicias al cultivo y a la población. Una de esas llanuras comienza aquí, en Visegrad, en el lugar en que el Drina surge, describiendo una inesperada curva, del profundo y estrecho desfiladero que forman las peñas de Butkovo y las montañas de Uzavnik. El ángulo que en este lugar forma el Drina es extraordinariamente agudo, y las montañas de ambos lados son tan escarpadas y están tan próximas unas de otras que parecen un macizo cerrado del que el río brota como de un muro sombrío. Pero, súbitamente, las montañas se separan y forman un anfiteatro irregular cuyo diámetro, en el lugar más ancho, no excede de unos quince kilómetros a vista de pájaro.
En el punto en donde el Drina surge con todo el peso de su masa de agua verde y espumosa, fuera del conjunto, en apariencia cerrado, de las montañas negras y escarpadas, se yergue un gran puente de piedra armoniosamente tallado, con once ojos de ancha abertura. Desde ese puente, como si fuese una base, se despliega en abanico un valle ondulante con la pequeña ciudad de Visegrad y sus alrededores, con algunas aldeas colgadas de los flancos de las colinas, cubierto de campos, de pastos y de grandes extensiones plantadas de ciruelos, cortados por cercas y salpicado de sotos y de unos escasos bosques de abetos. De este modo, cuando se contempla desde el fondo del horizonte parece que, bajo los amplios ojos del puente blanco, corre y se extiende no sólo el verde Drina, sino todo aquel terreno soleado y cultivado, con cuanto en él crece y con el cielo meridional por techo.
En la orilla derecha del río, iniciándose en el mismo puente, se encuentra el centro de la ciudad con su mercado turco, situado, en parte, en la llanura y, en parte, sobre la falda de las colinas. Al otro lado del puente y a lo largo de la orilla izquierda, se extiende la llanura de Mlukhine, arrabal cuyas casas están dispersas en torno a la carretera que conduce a Sarajevo. Por tanto, el puente que une los dos tramos de la carretera de Sarajevo, une también la ciudad a su arrabal.
Realmente, cuando decimos "une", lo hacemos con tanta exactitud como cuando se dice: el sol sale por la mañana para que los hombres podamos ver en torno nuestro y dedicarnos a nuestros asuntos, y se pone por la tarde para que durmamos y descansemos de las fatigas del día. En efecto: ese enorme puente de piedra, construcción preciosa y de una belleza tal que ciudades mucho más ricas y comerciales no poseen nada semejante -"en todo y por todo, no hay más que dos de ese tipo en el Imperio", se decía antaño-, ese puente es el único paso permanente y seguro a lo largo de todo el curso medio y superior del Drina, y es, al mismo tiempo, el nudo indispensable de la carretera que une Bosnia con Servia, y aún más lejos, con las restantes partes del Imperio otomano hasta Estambul. Ahora bien, una ciudad pequeña y su arrabal son las únicas aglomeraciones que necesariamente han de desarrollarse en los principales puntos de comunicación y a ambos lados de los puentes importantes.
Ivo Andric
Un puente sobre el Drina (Luis del Castillo. Debolsillo)

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