A veces las islas desaparecen, se volatilizan o se alzan por encima del cielo, como aquella isla voladora de Laputa que descubre Gulliver en uno de sus viajes/naufragios. Islas que se convierten en sombras, cenizas y marcas de ausencias y vacíos.
La púa llevaba la firma de John Wesley, músico que acompaña a Porcupine Tree en sus giras. Me la tendió Iratxe, hermana de Carolina, y al ver mi cara de asombro me la regaló.
Hacía año y medio que no estaba con Carolina. Siempre que nos encontramos hablamos para rellenar esos espacios en blanco en que nos convertimos para el otro. Se suceden los recuerdos con las puestas al día, los libros con las costumbres de su vida en Tallahassee. Carolina es filóloga, estudia las lenguas en extinción, y me habló de una tribu en el Amazonas que no pensaba en el futuro ni tenían mitos ni dioses para explicar el origen del hombre, no conocían los números ni habían puesto nombre a los colores. Aceptaban cada día como llegaba. Y eran felices.
Apenas sé nada de los Balcanes. Mis primeros recuerdos de aquellas tierras son las lecciones de historia, la primera guerra mundial y nombres como Drazen Petrovic, Toni Kukok o Vlade Divac. Más cerca, las noticias de la guerra en los telediarios, tardes gallegas donde veíamos desfilar misiles, cráteres y seres famélicos que recordaban otras épocas. Y en cine, Kusturica y Paskaljevic.
Empecé Un puente sobre el Drina, de Ivo Andric no sólo con la idea de disfrutar de un buen libro, también con las ganas de descubrir algo más de esa tierra, su cultura, sus leyendas, su forma de entender la vida, e intentar comprender las causas de la guerra que viví en mi adolescencia a través de la televisión. Una tierra tan cercana y a la vez tan desconocida.
La vida en Visegrad se articula en el puente sobre el Drina, las diferentes comunidades viven a su alrededor, y desde las primeras páginas se ve cómo cada comunidad tiene sus propias leyendas y héroes sobre el puente y su construcción. Un mismo hecho visto desde distintos puntos de vista, una forma de tomar distancia con los otros, de iniciar la grieta y la separación. El puente es un punto de encuentro, de vida y de cruce, un lugar bullicioso. Me gusta el inicio. Intento comprender.
A lo largo de la mayor parte de su curso, el Drina discurre a través de estrechas gargantas, entre montañas abruptas, o atraviesa profundos cañones entre ribazos verticales. Solamente en algunos lugares, sus orillas se abren en amplios valles y forman, ya sobre uno, ya sobre los dos ribazos, extensiones de terrenos fértiles, en parte llanas y en parte onduladas, propicias al cultivo y a la población. Una de esas llanuras comienza aquí, en Visegrad, en el lugar en que el Drina surge, describiendo una inesperada curva, del profundo y estrecho desfiladero que forman las peñas de Butkovo y las montañas de Uzavnik. El ángulo que en este lugar forma el Drina es extraordinariamente agudo, y las montañas de ambos lados son tan escarpadas y están tan próximas unas de otras que parecen un macizo cerrado del que el río brota como de un muro sombrío. Pero, súbitamente, las montañas se separan y forman un anfiteatro irregular cuyo diámetro, en el lugar más ancho, no excede de unos quince kilómetros a vista de pájaro.
En el punto en donde el Drina surge con todo el peso de su masa de agua verde y espumosa, fuera del conjunto, en apariencia cerrado, de las montañas negras y escarpadas, se yergue un gran puente de piedra armoniosamente tallado, con once ojos de ancha abertura. Desde ese puente, como si fuese una base, se despliega en abanico un valle ondulante con la pequeña ciudad de Visegrad y sus alrededores, con algunas aldeas colgadas de los flancos de las colinas, cubierto de campos, de pastos y de grandes extensiones plantadas de ciruelos, cortados por cercas y salpicado de sotos y de unos escasos bosques de abetos. De este modo, cuando se contempla desde el fondo del horizonte parece que, bajo los amplios ojos del puente blanco, corre y se extiende no sólo el verde Drina, sino todo aquel terreno soleado y cultivado, con cuanto en él crece y con el cielo meridional por techo.
En la orilla derecha del río, iniciándose en el mismo puente, se encuentra el centro de la ciudad con su mercado turco, situado, en parte, en la llanura y, en parte, sobre la falda de las colinas. Al otro lado del puente y a lo largo de la orilla izquierda, se extiende la llanura de Mlukhine, arrabal cuyas casas están dispersas en torno a la carretera que conduce a Sarajevo. Por tanto, el puente que une los dos tramos de la carretera de Sarajevo, une también la ciudad a su arrabal.
Realmente, cuando decimos "une", lo hacemos con tanta exactitud como cuando se dice: el sol sale por la mañana para que los hombres podamos ver en torno nuestro y dedicarnos a nuestros asuntos, y se pone por la tarde para que durmamos y descansemos de las fatigas del día. En efecto: ese enorme puente de piedra, construcción preciosa y de una belleza tal que ciudades mucho más ricas y comerciales no poseen nada semejante -"en todo y por todo, no hay más que dos de ese tipo en el Imperio", se decía antaño-, ese puente es el único paso permanente y seguro a lo largo de todo el curso medio y superior del Drina, y es, al mismo tiempo, el nudo indispensable de la carretera que une Bosnia con Servia, y aún más lejos, con las restantes partes del Imperio otomano hasta Estambul. Ahora bien, una ciudad pequeña y su arrabal son las únicas aglomeraciones que necesariamente han de desarrollarse en los principales puntos de comunicación y a ambos lados de los puentes importantes.
Ivo Andric
Un puente sobre el Drina

This Kind Of Life Keeps Breaking Your Heart (Hammock)Tags: Un puente sobre el Drina, Ivo Andric, Hammock