S?bado, 18 de julio de 2009
Lo confieso. Compré este libro porque en la contraportada una crítica aseguraba que era el Richard Ford de su generación. Y Richard Ford es uno de esos escritores a los que siempre vuelvo. Así que el inicio de este Club de los pirómanos me despistó. Porque, de repente, desde las primeras páginas, empecé a sonreír con las desventuras de un metepatas, Sam, que incendió accidentalmente la casa de Emily Dickinson. Escrito en un tono desenfadado, divertido (a veces recuerda a Twain, a veces a Sharpe), uno se deja llevar por la particular forma de entender la vida de Sam y sus disparatadas reflexiones sobre la literatura, el amor, los incendios y la familia.

Sam incendia la casa de Emily Dickinson y tras pasar diez años en la cárcel rehace su vida con mentiras. Consigue una mujer, una familia, un trabajo estable. Pero regresa al pueblo de sus padres y todo se derrumba. Se enfrenta con el hijo de la pareja que murió en el incendio, con nuevos y extraños intentos de incendios, con personajes a ratos surrealistas, a ratos inolvidables, con la destrucción de todo eso que consiguió a base de omitir su pasado.

Se mezclan la comedia y el misterio con la parodia de las novelas de detectives y algunas burlas hacia la literatura y los lectores. En cierta forma, Sam recuerda a “El nota” de los hermanos Coen, comparten su incapacidad de hacer las cosas bien, su torpeza y palabrería y su manera de hacer justo lo contrario que deberían hacer.

La acción se enreda, pero lo que importa, más allá de aclarar el misterio de la quema de casas, es ver cómo Sam madura, toma conciencia de sus acciones, de su pasado, de la vida familiar e intenta dejar de ser un metepatas. A lo largo del libro se suceden agudas reflexiones sobre la vida con un tono de comedia desenfadada.

Lo bueno de la comedia es que se puede hablar de una manera profunda de la vida. Al final sí que hay algo de Richard Ford en esta novela.




Yo, Sam Pulsifer, soy el hombre que incendió sin querer la casa museo de Emily Dickinson en Amherst, Massachussets, y el que, como consecuencia de ellos, mató a dos personas, por lo que pasé diez años en la cárcel y por lo que, según leo en cartas de alumnos de Literatura Norteamericana, seguiré pagando un alto precio con un futuro no demasiado halagüeño. Esta historia ha llegado a ser bastante conocida en el ámbito local, y no abundaré en ella. tal vez baste con decir que, en el podio de las grandes desgracias, de las horribles tragedias que han tenido lugar en Massachussets, primero están los Kennedy, después viene la famosa parricida Lizzie Borden y su hacha, a continuación figura la quema de las brujas de Salem, y luego aparezco yo.
Brock Clarke
El club de los pirómanos para incendiar casas de escritores (traducción de Juanjo Estrella. Duomo)

Tags: El club de los pirómanos, Brock Clarke, Duomo, Juanjo Estrella

Publicado por elchicoanalogo @ 0:39  | Libros...
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