Martes, 21 de julio de 2009
Hace año y medio tenía dos opciones. Hundirme o salir adelante. En mi adolescencia me hundí, demasiado miedo, demasiada fragilidad (demasiadas cosas en la cabeza, demasiados sentimientos, ¿recuerdas?). Entonces, como ya pasé por esa experiencia, no era lógico repetir el mismo error. Así que intenté salir adelante. Moverme. Cualquier cosa que me hiciera salir de ese estado cataléptico en el que me había sumido, que fue una de las causas de la ruptura. Me daba igual el destino, necesitaba viajar a aquellos lugares donde hubiera una mano amiga. Madrid. Cádiz. Valladolid. Necesitaba sentirme arropado y contenido.

Echo la vista atrás y veo que sí, que he cambiado. Era inevitable. Toda crisis lleva a un cambio, lo quieras o no. Pero me hubiera gustado llegar a este punto de otra manera. Sin perderte. Hice muchas cosas, descubrí todo lo insano que había dentro de mí, algunas cosas las arreglé, otras imagino que no, es imposible ser perfecto y si preguntara a cada persona que conozco saldrían muchas de esas imperfecciones que ni sé que tengo. A veces me siento solo. Entonces desempolvo la mochila roja que ahora está a mis espaldas. Todo este cambio y movimiento lo inicié para no sentir el dolor, para no sentirte dentro de mí como nunca antes te había sentido. Hay una parte de mí que está vacía, perdida y desamparada, la siento quejarse a veces, como un animal dentro de mí, pero está rodeada de otras partes donde ya no hay miedo y me pinchan para que no me adormezca y me hacen dar paso tras paso.

Esa foto con Verica en el aeropuerto de Belgrado simboliza mucho más que un viaje cultural y de amistad, hace años era imposible que yo protagonizara una foto así. Tuvo que pasar algo terrible para llegar hasta ese momento donde Nenad quiso pillarme desprevenido nada más aterrizar en Serbia. Yo en Serbia, yo el extranjero. Impensable. Me gusta mucho esa foto. La mochila roja, mi aspecto físico cambiado, el aeropuerto y una amiga que me recibe con los brazos abiertos. Visto así es una linda vida. En la realidad tengo una vida normal (que ya es mucho) con momentos especialmente hermosos.

Ahora, mi vida, es así. Me levanto a las seis de la mañana. Trabajo hasta las dos y media. Lo primero que hago al llegar a casa es beberme una coca cola y luego me tumbo en el sofá a leer (ahora estoy con Ray Bradbury), intento superar este calor que hacía tiempo no vivía acá, un verano que por primera vez en años no se convertirá en invierno por arte de magia y de mujeres voladoras. Me voy temprano a la cama, cuando todavía hay luz. Y me siento bien dentro de estos límites. Los necesitaba.

He conocido otras personas y países. Espero seguir conociendo personas y países nuevos. Como dicen por ahí, la vida es un viaje. Mejor quedarse a mitad de camino que nunca iniciarlo. No sé qué será de mi vida dentro de un año (mirar a cinco años vista es imposible), sólo espero que esto que soy hoy, con todos mis defectos (egoísmo, nerviosismo, el desaparecer y distanciarme de todo y todos por etapas, cierta inmadurez, mi sempiterno calzonazos interior), siga avanzando.

No hay que temer mirar atrás. Porque siempre descubres que la vida, tu vida, se ha movido, que no estás en el mismo punto, que algo ha cambiado, que algo has perdido. Puedes hacer el mismo ejercicio. Recuerda cómo te sentías dos años atrás, en qué lugar estabas, qué hacías. Mírate ahora. Hay algo nuevo, diferente. Un avance. Hacia delante. Y quiero eso para ti, que te muevas, que encuentres tu lugar y que tengas aquello que más anhelas, esa vida donde te sientas a gusto con ella y contigo. Tú puedes y tú lo mereces.

Una de las cosas que nunca logré fue hacerte ver que durante cuatro años fuiste la única mujer sobre este planeta. Se lo dije el otro día a Arantza (sin licencia literaria). Durante cuatro años las mujeres se “invisibilizaron”. Nunca conseguí que lo sintieras, que te sintieras especial por eso. La próxima vez que un hombre sienta eso por ti, aprovéchalo. Siente eso.

La vida, al final, es eso, una mezcla de cambio y pérdida.




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