Martes, 28 de julio de 2009
Manuel Roca y sus dos hijos viven en el campo, en una vieja granja aislada. Un día, un Mercedes viejo con cuatro hombres dentro sube por el camino polvoriento que lleva a la casa. Como si desde siempre hubiera esperado ese momento, Manuel Roca llama a sus hijos sin perder un segundo. Algo tan terrible como indescriptible está a punto de suceder, algo que cambiará la vida de todos ellos de manera irremediable, sobre todo la vida de la pequeña Nina.

Novela corta de Baricco, Sin sangre es la antítesis de Seda. Si en Seda la historia tenía el tono poético y de fábula, Sin sangre es una historia dura, austera, seca y directa, sin los alardes poéticos de Baricco, una historia que se articula sobre el horror, el dolor, el infierno, la venganza y la forma de sobrevivir ante todo eso.

Nina, una niña escondida en el suelo de una granja, asiste al asesinato de su padre y su hermano. El inicio se parece a Forajidos, aquella historia de Hemingway donde un boxeador espera que lo encuentren y lo maten cansado ya de su constante huida. Nina es descubierta por uno de los asesinos, que la mira en silencio y no avisar a sus compañeros. Desde ese instante, Nina intentará encontrar a ese hombre para sentirse segura.

Baricco escribe una historia violenta y a la vez enigmática, dura y desgarradora, una forma de enfrentarse al infierno de cada uno. Novela corta, se lee en apenas una hora con un nudo en la garganta. En la larga conversación entre una Nina envejecida y el único asesino vivo de su familia se juega con la idea de mito y realidad, con el ajuste de cuentas, con los miedos y la tranquilidad de saber que llegó el final, una conversación que desemboca en una escena inesperada y tierna.

(Gracias por el libro, Jacqui)




Entonces pensó que, por mucho que la vida sea incomprensible, probablemente la atravesamos con el único deseo de regresar al infierno que nos creó, y de habitar en el mismo junto a quien, en una ocasión, nos salvó de aquel infierno. Intentó preguntarse de dónde procedía esa absurda fidelidad al horror, pero descubrió que no tenía respuestas. Sólo comprendía que nada es más fuerte que ese instinto de volver donde nos desgarraron, y de seguir repitiendo ese instante años y años. Pensando tan sólo que quien nos salvó en una ocasión puede después hacerlo para siempre. En un largo infierno idéntico a aquel del que venimos. Pero de pronto, clemente. Y sin sangre.
Alessandro Baricco
Sin sangre (Traducción de Xavier González Rovira. Quinteto. Anagrama)


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Mi?rcoles, 22 de julio de 2009

...y las muchachas andan con las piernas desnudas:
¿por qué las utilizan
para andar?
Mentalmente repaso
oficios convincentes
para ellas -las piernas-,
digamos: situaciones
más útiles al hombre
que las mira
despacio,
silbando entre los dientes
una canción recuperada
apenas
           -ese oficio no me gusta…-
en el acantilado del olvido.
Si bien se mira, bien se ve que todas
son bellas: las que pasan
llevando hacia otro sitio
cabellos, voces, senos,
ojos, gestos, sonrisas;
las que permanecen
cruzadas,
dobladas como ramas bajo el peso
de la belleza cálida, caída
desde el dulce abandono de los cuerpos sentados;
las esbeltas y largas;
las tersas y bruñidas; las cubiertas
de leve vello, tocadas por la gracia
de la luz, color miel, comestibles
y apetitosas como frutas frescas;
y también -sobre todo- aquellas que demoran
su pesado trayecto hasta el tobillo
en el curvo perfil que delimita
las pueriles, alegres, inocentes,
irreflexivas, blancas pantorrillas.
Pensándolo mejor, duele mirarlas:
tanta gracia dispersa, inaccesible,
abandonada entre la primavera,
abruma el corazón del conmovido
espectador
que siente la humillante quemadura
de la renuncia,
y maldice en voz baja,
y se apoya en la verja del estanque,
y mira el agua,
y ve su propio rostro,
y escupe distraído, mientras sigue
con los ojos los círculos
que trazan en la tensa superficie
su soledad, su miedo, su saliva.
Ángel González
Jardín público con piernas particulares (en Tratado de urbanismo)


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Saul Bellow escribió Carpe Diem a finales de los años 50. La guerra había quedado atrás, y más atrás, la miseria de los años 30 tras el crack del 29. Nueva York era uno de los centros importantes de Estados Unidos junto a Los Ángeles. En un ajado hotel residencial de Broadway ocupado por jubilados vive Wilhelm, un hombre de algo más de cuarenta años cuya vida está sobre la cuerda floja.

La historia de Carpe Diem se condensa en un día en la vida de Wilhelm, un hombre que poco a poco ha perdido el trabajo, ha abandonado a su mujer y se está quedando sin dinero. Es un hombre inocente, iluso, un hombre que comete error tras error de una manera ciega, desde su sueño de ser actor en su juventud hasta la esperanza depositada en un psicólogo embaucador que se queda con sus últimos 700 dólares.

Carpe Diem sigue a Wilhelm en un día, sus reflexiones, sus recuerdos, la forma en la que ha llegado hasta una situación que está a punto de ahogarle. Es un niño grande, se comporta y siente como tal, y como niño grande espera que, por arte de magia, jugar en la bolsa le salve de sus problemas, de un matrimonio que hizo aguas y la mujer que lo desprecia y le impide el divorcio para casarse con su nuevo amor, unos hijos que crecen sin su presencia, un padre egoísta y distante que no piensa ayudarle, un trabajo perdido por su orgullo.

Wilhelm es uno de eso perdedores que pueblan la literatura y el cine norteamericanos, un hombre para el que parece no hay una segunda oportunidad. Mientras avanzaba en la historia pensaba en las películas de John Huston y Sam Peckinpah, esos personajes torturados que viven en un tiempo ajeno a ellos. El texto es angustioso por momentos, se mezcla un humor despiadado con la sobriedad de la forma de escribir de Bellow, que se detiene en la psicología de su personaje y lo retrata a veces con cariño a veces con severidad, y siempre con profundidad.

Me ha sorprendido este primer libro que leo de Saul Bellow, la descripción de las calles y los hoteles de Broadway mezclada con la del mundo interno de Wilhelm, cómo evita cualquier superficialidad y se centra en la angustia de un hombre que se siente andar sobre el filo de un abismo.

La catarsis final es uno de los finales más emotivos y apabullantes que recuerde. Muy recomendable este Carpe Diem de Saul Bellow.




Había puesto mucho empeño en todo, pero eso no era lo mismo que trabajar duramente ¿verdad? Y si de joven había cogido un camino equivocado se debió a aquella misma cara. A principios de los años treinta, alguien consideró, fijándose en su atractivo aspecto, que tenía madera de estrella, y Wilhelm se marchó a Hollywood. Allí, durante siete años, tercamente, trató de convertirse en artista de la pantalla. Aunque había perdido la ambición y las ilusiones mucho antes, por orgullo y quizá también por pereza se quedó en California. Acabó dedicándose a otras cosas, pero aquellos siete años de perseverancia y derrota lo habían incapacitado, en cierto modo, para el comercio y los negocios, y entonces ya era tarde para ponerse a hacer carrera en algo. Le había costado mucho madurar, y había perdido terreno, de manera que no había estado en condiciones de liberar su energía; estaba convencido de que eso era lo que más le había perjudicado.

( … )

- A la gente se le olvida lo sensacionales que son las cosas que hace. No las toman en consideración. Todo se funde en el trasfondo de su vida cotidiana.

( … )

En Broadway hacía una tarde luminosa y el aire enrarecido permanecía casi inmóvil bajo el plúmbeo sol, y había pisadas en el serrín que alfombraba el umbral de carnicerías y fruterías. Y la inmensa, la gran multitud, el inacabable flujo de millones de seres de toda raza y especie seguía su curso, apretadamente, gente de todas las edades, de toda condición, poseedora de todos los secretos humanos, antiguos y futuros, y en cada rostro la quintaesencia de un afán particular: trabajo, gasto, lucho, pienso, amo, insisto, retengo, cedo, envidio, ansío, desprecio, muero, escondo, quiero.
Saul Bellow
Carpe Diem (traducción de Benito Gómez Ibáñez. Galaxia Gutenberg)

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Martes, 21 de julio de 2009
Se quebraron los bordes del polígono
y se hicieron flexibles las aristas.
La mañana es redonda y en sus curvas
hay labios circulares y sonrisas.

¡Oh, los giros del monte, los recodos
de las aguas plurales, cristalinas!
¡Oh, las aves que vuelan y consiguen
amenizar silentes geometrías!

¡Contornos de mujer. Pechos que buscan
el hueco justo y frágil de la brisa!
¡Caderas de metal, muslos guijarros,
oscuros ojos y mejillas nítidas!

Todo gira, se mece, se transforma,
su vuelve luz en la fragancia tibia
de la rosa de abril que se abre y vive,
porque vivir es causa curvilínea.

Como un coso de fiestas y clamores
quedó en la luz la curva concebida:
metamorfosis de la línea recta;
principio y fin de cuerpos y de aristas.
Enrique Morón
Oda a la circunferencia (en Odas numerales)

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Hace año y medio tenía dos opciones. Hundirme o salir adelante. En mi adolescencia me hundí, demasiado miedo, demasiada fragilidad (demasiadas cosas en la cabeza, demasiados sentimientos, ¿recuerdas?). Entonces, como ya pasé por esa experiencia, no era lógico repetir el mismo error. Así que intenté salir adelante. Moverme. Cualquier cosa que me hiciera salir de ese estado cataléptico en el que me había sumido, que fue una de las causas de la ruptura. Me daba igual el destino, necesitaba viajar a aquellos lugares donde hubiera una mano amiga. Madrid. Cádiz. Valladolid. Necesitaba sentirme arropado y contenido.

Echo la vista atrás y veo que sí, que he cambiado. Era inevitable. Toda crisis lleva a un cambio, lo quieras o no. Pero me hubiera gustado llegar a este punto de otra manera. Sin perderte. Hice muchas cosas, descubrí todo lo insano que había dentro de mí, algunas cosas las arreglé, otras imagino que no, es imposible ser perfecto y si preguntara a cada persona que conozco saldrían muchas de esas imperfecciones que ni sé que tengo. A veces me siento solo. Entonces desempolvo la mochila roja que ahora está a mis espaldas. Todo este cambio y movimiento lo inicié para no sentir el dolor, para no sentirte dentro de mí como nunca antes te había sentido. Hay una parte de mí que está vacía, perdida y desamparada, la siento quejarse a veces, como un animal dentro de mí, pero está rodeada de otras partes donde ya no hay miedo y me pinchan para que no me adormezca y me hacen dar paso tras paso.

Esa foto con Verica en el aeropuerto de Belgrado simboliza mucho más que un viaje cultural y de amistad, hace años era imposible que yo protagonizara una foto así. Tuvo que pasar algo terrible para llegar hasta ese momento donde Nenad quiso pillarme desprevenido nada más aterrizar en Serbia. Yo en Serbia, yo el extranjero. Impensable. Me gusta mucho esa foto. La mochila roja, mi aspecto físico cambiado, el aeropuerto y una amiga que me recibe con los brazos abiertos. Visto así es una linda vida. En la realidad tengo una vida normal (que ya es mucho) con momentos especialmente hermosos.

Ahora, mi vida, es así. Me levanto a las seis de la mañana. Trabajo hasta las dos y media. Lo primero que hago al llegar a casa es beberme una coca cola y luego me tumbo en el sofá a leer (ahora estoy con Ray Bradbury), intento superar este calor que hacía tiempo no vivía acá, un verano que por primera vez en años no se convertirá en invierno por arte de magia y de mujeres voladoras. Me voy temprano a la cama, cuando todavía hay luz. Y me siento bien dentro de estos límites. Los necesitaba.

He conocido otras personas y países. Espero seguir conociendo personas y países nuevos. Como dicen por ahí, la vida es un viaje. Mejor quedarse a mitad de camino que nunca iniciarlo. No sé qué será de mi vida dentro de un año (mirar a cinco años vista es imposible), sólo espero que esto que soy hoy, con todos mis defectos (egoísmo, nerviosismo, el desaparecer y distanciarme de todo y todos por etapas, cierta inmadurez, mi sempiterno calzonazos interior), siga avanzando.

No hay que temer mirar atrás. Porque siempre descubres que la vida, tu vida, se ha movido, que no estás en el mismo punto, que algo ha cambiado, que algo has perdido. Puedes hacer el mismo ejercicio. Recuerda cómo te sentías dos años atrás, en qué lugar estabas, qué hacías. Mírate ahora. Hay algo nuevo, diferente. Un avance. Hacia delante. Y quiero eso para ti, que te muevas, que encuentres tu lugar y que tengas aquello que más anhelas, esa vida donde te sientas a gusto con ella y contigo. Tú puedes y tú lo mereces.

Una de las cosas que nunca logré fue hacerte ver que durante cuatro años fuiste la única mujer sobre este planeta. Se lo dije el otro día a Arantza (sin licencia literaria). Durante cuatro años las mujeres se “invisibilizaron”. Nunca conseguí que lo sintieras, que te sintieras especial por eso. La próxima vez que un hombre sienta eso por ti, aprovéchalo. Siente eso.

La vida, al final, es eso, una mezcla de cambio y pérdida.




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S?bado, 18 de julio de 2009
¿Y si nos vamos anticipando
de sonrisa en sonrisa
hasta la última esperanza?

¿Y qué?
¿Y qué me das a mí,
a mí que he perdido mi nombre,
el nombre que me era dulce sustancia
en épocas remotas, cuando yo no era yo
sino una niña engañada por su sangre?

¿A qué, a qué
este deshacerme, este desangrarme,
este desplumarme, este desequilibrarme
si mi realidad retrocede
como empujada por una ametralladora
y de pronto se lanza a correr,
aunque igual la alcanzan,
hasta que cae a mis pies como un ave muerta?
Quisiera hablar de la vida.
Pues esto es la vida,
este aullido, este clavarse las uñas
en el pecho, este arrancarse
la cabellera a puñados, este escupirse
a los propios ojos, sólo por decir,
sólo por ver si se puede decir:
"¿es que yo soy? ¿ verdad que sí ?
¿no es verdad que yo existo
y no soy la pesadilla de una bestia?".

Y con las manos embarradas
golpeamos a las puertas del amor.
Y con la conciencia cubierta
de sucios y hermosos velos,
pedimos por Dios.
Y con las sienes restallantes
de imbécil soberbia
tomamos de la cintura a la vida
y pateamos de soslayo a la muerte.

Pues esto es lo que hacemos.
Nos anticipamos de sonrisa en sonrisa
hasta la última esperanza.
Alejandra Pizarnik
Mucho más allá

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Lo confieso. Compré este libro porque en la contraportada una crítica aseguraba que era el Richard Ford de su generación. Y Richard Ford es uno de esos escritores a los que siempre vuelvo. Así que el inicio de este Club de los pirómanos me despistó. Porque, de repente, desde las primeras páginas, empecé a sonreír con las desventuras de un metepatas, Sam, que incendió accidentalmente la casa de Emily Dickinson. Escrito en un tono desenfadado, divertido (a veces recuerda a Twain, a veces a Sharpe), uno se deja llevar por la particular forma de entender la vida de Sam y sus disparatadas reflexiones sobre la literatura, el amor, los incendios y la familia.

Sam incendia la casa de Emily Dickinson y tras pasar diez años en la cárcel rehace su vida con mentiras. Consigue una mujer, una familia, un trabajo estable. Pero regresa al pueblo de sus padres y todo se derrumba. Se enfrenta con el hijo de la pareja que murió en el incendio, con nuevos y extraños intentos de incendios, con personajes a ratos surrealistas, a ratos inolvidables, con la destrucción de todo eso que consiguió a base de omitir su pasado.

Se mezclan la comedia y el misterio con la parodia de las novelas de detectives y algunas burlas hacia la literatura y los lectores. En cierta forma, Sam recuerda a “El nota” de los hermanos Coen, comparten su incapacidad de hacer las cosas bien, su torpeza y palabrería y su manera de hacer justo lo contrario que deberían hacer.

La acción se enreda, pero lo que importa, más allá de aclarar el misterio de la quema de casas, es ver cómo Sam madura, toma conciencia de sus acciones, de su pasado, de la vida familiar e intenta dejar de ser un metepatas. A lo largo del libro se suceden agudas reflexiones sobre la vida con un tono de comedia desenfadada.

Lo bueno de la comedia es que se puede hablar de una manera profunda de la vida. Al final sí que hay algo de Richard Ford en esta novela.




Yo, Sam Pulsifer, soy el hombre que incendió sin querer la casa museo de Emily Dickinson en Amherst, Massachussets, y el que, como consecuencia de ellos, mató a dos personas, por lo que pasé diez años en la cárcel y por lo que, según leo en cartas de alumnos de Literatura Norteamericana, seguiré pagando un alto precio con un futuro no demasiado halagüeño. Esta historia ha llegado a ser bastante conocida en el ámbito local, y no abundaré en ella. tal vez baste con decir que, en el podio de las grandes desgracias, de las horribles tragedias que han tenido lugar en Massachussets, primero están los Kennedy, después viene la famosa parricida Lizzie Borden y su hacha, a continuación figura la quema de las brujas de Salem, y luego aparezco yo.
Brock Clarke
El club de los pirómanos para incendiar casas de escritores (traducción de Juanjo Estrella. Duomo)

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Mi?rcoles, 15 de julio de 2009

Mi madre decía: a mí me gustan las personas rectas

A mí me gustan las personas curvas,
las ideas curvas,
los caminos curvos,
porque el mundo es curvo
y la tierra es curva
y el movimiento es curvo;
y me gustan las curvas
y los pechos curvos
y los culos curvos,
los sentimientos curvos;
la ebriedad: es curva;
las palabras curvas:
el amor es curvo;
¡el vientre es curvo!;
lo diverso es curvo.

A mí me gustan los mundos curvos;
el mar es curvo,
la risa es curva,
la alegría es curva,
el dolor es curvo;
las uvas: curvas;
las naranjas: curvas;
los labios: curvos;
y los sueños; curvos;
los paraísos, curvos
(no hay otros paraísos);
a mí me gusta la anarquía curva.
El día es curvo
y la noche es curva;
¡la aventura es curva!

Y no me gustan las personas rectas,
el mundo recto,
las ideas rectas;
a mí me gustan las manos curvas,
los poemas curvos,
las horas curvas:
¡contemplar es curvo!;
(en las que puedes contemplar las curvas
y conocer la tierra);
los instrumentos curvos,
no los cuchillos, no las leyes:
no me gustan las leyes porque son rectas,
no me gustan las cosas rectas;
los suspiros: curvos;
los besos: curvos;
las caricias: curvas.

Y la paciencia es curva.

El pan es curvo
y la metralla recta.

No me gustan las cosas rectas
ni la línea recta:
se pierden
todas las líneas rectas;
no me gusta la muerte porque es recta,
es la cosa más recta, lo escondido
detrás de las cosas rectas;
ni los maestros rectos
ni las maestras rectas:
a mí me gustan los maestros curvos,
las maestras curvas.
No los dioses rectos:
¡libérennos los dioses curvos de los dioses rectos!

El baño es curvo,
la verdad es curva,
yo no resisto las verdades rectas.
Vivir es curvo,
la poesía es curva,
el corazón es curvo.
A mí me gustan las personas curvas
y huyo, es la peste, de las personas rectas.
Jesús Lizano
Las personas curvas (en Novias, mamíferos y caballitos [A la Acracia por la inocencia])


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Domingo, 12 de julio de 2009
Hablar con Arantza es un ejercicio de memoria, de viaje en el tiempo, de confrontar los recuerdos con la realidad, saber que todo lo que vivimos y sentimos está difuminado y es extraño en este presente, incapaces de recuperar nuestros sentimientos y pensamientos añejos, incapaces de reencarnarnos en los que fuimos y hemos ido dejando por el camino, como restos de un naufragio o de un viaje siempre inconcluso, a la deriva, sin destino final claro.

A veces, dos horas al teléfono es un suspiro. Dos horas y sólo pudimos hablar de recuerdos compartidos o solitarios, de viejos relatos que guardamos en los cajones y que retomamos poco a poco o dejamos que agonicen en silencio, de nuestras perspectivas para este verano, de amores. Siempre de amores (y Arantza que rió a carcajadas con mi “el amor es una mierda” ).

Entre calada y calada Arantza me recordó una declaración de amor escrita años atrás. Ella me había enviado el inicio de un cuento. Visual. Cinematográfico. Y yo le devolví un escrito de la época en la que ella no estuvo en mi vida. Hacía tiempo que no pensaba en él. Quiero, si fuera posible… Releerlo fue complicado. Porque ya no existía ese sentimiento que me impulsó a escribir semejante declaración de amor febril y desvariada. Leía con los ojos del presente. Y entonces, la quiebra. Sentía las palabras distantes, ajenas a mí. Como si todo aquello no fuera conmigo, como si leyera los sentimientos de otra persona.

Entonces. Entonces, mientras hablaba con Arantza (y luego, cuando le envié la declaración de amor escrita una madrugada de hace cuatro años), fue como intentar capturar todos los hombres que he sido, todas esas piezas que he perdido en el pasado. Mi vida anterior. O mi otra vida. O “a life I used to live”.

En mi vida anterior fui cámara, es extraño recordarlo, pero trabajé más de seis años en una televisión local, estaba enamorado, sentía que me encaminaba a un punto crucial en mi vida, tenía límites y horarios. Algo por lo que levantarme. Más atrás. Más atrás era un hombre predecible, austero, quieto y tranquilo. Pasaba mi tiempo libre en el cine o la cinemateca bilbaína, siempre rodeado de historias. Un poco más adelante. Mis viajes a Tucumán, la sensación de movimiento, de ir a alguna parte. Hace mucho tiempo, la soledad casi absoluta. Seis años atrás, el primer síntoma de cansancio vital, un viaje solitario a Lisboa. Y la imagen de hombre predecible, austero, quieto y tranquilo se rompió. Ahora me dicen que me creen capaz de cualquier cosa, no se extrañan si desparezco unos días y al regresar digo que he estado en Serbia. Hace un año y medio. Un grito ahogado de madrugada, sin nadie a quien abrazarme y el inicio de un gran cambio, desempolvar mi mochila roja para dejarme llevar por la vida.

Not all who wander are lost


Mi vida actual: siete espacios en blanco.






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Los nervios se me adhieren
al barro, a las paredes,
abrazan los ramajes,
penetran en la tierra,
se esparcen por el aire,
hasta alcanzar el cielo.

El mármol, los caballos
tienen mis propias venas.
Cualquier dolor lastima
mi carne, mi esqueleto.
¡Las veces que me he muerto
al ver matar un toro!...

Si diviso una nube
debo emprender el vuelo.
Si una mujer se acuesta
yo me acuesto con ella.
Cuántas veces me he dicho:
¿Seré yo esa piedra?

Nunca sigo un cadáver
sin quedarme a su lado.
Cuando ponen un huevo,
yo también cacareo.
Basta que alguien me piense
para ser un recuerdo.
Oliverio Girondo
Comunión plenaria (en Persuasión de los días)

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S?bado, 11 de julio de 2009
La lluvia antes de caer es la voz de Rosamond. Y 20 fotografías familiares que abarcan 50 años de exilios en el campo en tiempos de guerra, amistades truncadas, sueños de niñez, pasiones inesperadas y rotas, complicadas relaciones materno filiales y la confrontación con el propio ser, con esa sombra que son los recuerdos, reales pero siempre inexactos, imperfectos e imposibles de alcanzar.

Rosamond, antes de morir, graba cuatro cintas para Imogen, el último eslabón de una cadena que le unía a su prima y hermana de sangre Beatrix, a su pasado, a una historia laberíntica. Imogen es ciega, desapareció tiempo atrás de su vida y con su larga confesión quiere decirle de dónde viene, la vida de las mujeres que lleva dentro.

Escoge 20 fotografías para hablar sobre ellas, sobre lo evidente, lo que retrata, y lo invisible, las pequeñas historias familiares que esconden recuerdos que van de los entrañables a los oscuros y dolorosos, de los momentos de puro amor al odio exacerbado e imparable.

Jonathan Coe escribe esta larga carta oral con sencillez y esa cercanía que da el monólogo de la protagonista, un monólogo al interior y, a la vez, a la nada. Una novela protagonizada por mujeres, por una voz que se entrecorta, que tiene que coger aire en los momentos difíciles y sonríe con pasados amores y se desploma en las rupturas, en las desapariciones que a lo largo de los años ha tenido que soportar Rosamond. Este libro es lo más parecido a una voz.




Una foto no es mucha cosa, la verdad. Sólo puede capturar un momento entre millones de momentos de la vida de una persona, o de la vida de una casa. Pero estas fotos que tengo delante, las que pretendo describirte…, tienen cierto valor, creo, aunque sólo sea porque me ayudan a recordar. Son la prueba de que las cosas de las que me acuerdo (o algunas de esas cosas, por lo menos) sucedieron de verdad y no son vagos recuerdos, ni fantasías, ni imaginaciones. ¿Pero qué pasa con los recuerdos de los que no hay fotos, ni prueba, ni confirmación posible?

( … )

“No me importa que llueva en verano. Hasta me gusta. Es mi lluvia favorita”. “¿Tu lluvia favorita?”, dejo Thea. Recuerdo que frunció el ceño sopesando aquellas palabras, y luego exclamó: “Pues la mía es la lluvia antes de caer”. Rebecca se sonrió al oír aquello, pero yo dije (en plan pedante, supongo); “Pero, cielo, antes de caer, en realidad no es lluvia”. Y Thea me dijo: “¿Y entonces qué es?” Y yo le expliqué: “Pues es sólo humedad. Humedad en las nubes”. Thea bajó la vista y se concentró una vez más en escoger los guijarros de la playa; cogió dos y se puso a golpearlos uno contra otro. Parecía que el ruido y la sensación le gustaban. Yo seguí: “¿Entiendes entonces que no existe la lluvia antes de caer? Tiene que caer para que sea lluvia”: era una tontería explicarle aquello a una niña pequeña; casi me arrepentía de haber empezado. Pero por lo visto Thea no tenía ningún problema en captar la idea; más bien al revés, porque al poco rato se quedó mirándome y meneó la cabeza con gesto de pena, como si discutir aquellas cosas con una idiota estuviera poniendo a prueba su paciencia. “Ya sé que no existe”, dijo. “Por eso es mi favorita. Porque no hace falta que algo sea de verdad para hacerte feliz, ¿no?”
Jonathan Coe
La lluvia antes de caer (traducción de Javier Lacruz. Anagrama)

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Me envolví en una toalla el pene ensangrentado y telefoneé al consultorio del médico. Tuve que descolgar y marcar con la misma mano con que sujetaba el teléfono descolgado, mientras con la otra aguantaba la toalla. Y mientras marcaba el número, una mancha roja comenzó a empapar la toalla. Se puso la recepcionista del consultorio.
—Ah, señor Chinaski, es usted. ¿Qué le pasa ahora? ¿Ha vuelto a perder los tapones dentro de los oídos?
—No, esto es un poquito más grave. Necesito que me dé hora inmediatamente.
—¿Qué le parece mañana por la tarde a las cuatro?
—Señorita Simms, es una situación de emergencia.
—¿Pero de qué naturaleza?
—Por favor, debo ver al doctor inmediatamente.
—Está bien. Venga y procuraremos que le vea.
—Gracias, señorita Simms.
Me fabriqué un vendaje provisional haciendo tiras de una camisa limpia. Por suerte, tenía un poco de esparadrapo, pero era viejo y estaba amarillento y no pegaba bien. No me resultó fácil ponerme los pantalones. Era como si tuviera una erección gigante. Sólo pude subirme la cremallera hasta la mitad.
Logré llegar al coche, sentarme y salir hacia el consultorio. Al salir del aparcamiento, dejé estremecidas a dos señoras viejas que salían del oftalmólogo de la planta baja. Logré entrar en el ascensor solo y llegar a la tercera planta. Vi que venía alguien por el corredor, me volví de espaldas y fingí beber agua de un pilón metálico. Luego, enfilé el pasillo y llegué al consultorio. La sala de espera estaba llena de gente sin problemas serios: gonorrea, herpes, sífilis, cáncer o cosas por el estilo. Me fui directo a la recepcionista.
—Hola, señor Chinaski...
—¡Por favor, señorita Simms, no es ninguna broma! Es una emergencia, se lo aseguro. ¡Dése prisa!
—Podrá entrar usted, en cuanto el doctor acabe con el paciente que está atendiendo ahora.
Me quedé plantado junto a la pared divisoria que separaba la recepción de la sala de espera y esperé. En cuanto salió el paciente, entré como una bala en el consultorio del médico.
—¿Qué pasa, Chinaski?
—Una emergencia, doctor.
Me quité los zapatos, los calcetines, pantalones y calzoncillos, me eché sobre la camilla.
—¿Qué tiene usted aquí? ¡Vaya vendaje!
No contesté. Con los ojos cerrados sentía al médico quitarme el vendaje.
—Sabe —dije—, conocí a una chica en un pueblecito. Tenía menos de veinte años y estaba jugando con una botella de Coca Cola. Se la metió por allí y no podía sacarla. Tuvo que ir al médico. Ya sabe cómo son los pueblos. La cosa se corrió. Le destrozó la vida. Quedó condenada. Nadie se atrevería ya a tocarla. La chica más guapa del pueblo. Acabó casándose con un enano que iba en silla de ruedas porque tenía una especie de parálisis.
—Esa es una vieja historia —dijo el médico, desprendiendo el último trozo del vendaje—. ¿Cómo le ha pasado esto?
—Bueno, se llamaba Bernadette, 22 años, casada. Cabello largo y rubio; se le cae continuamente sobre la cara y tiene que retirárselo...
—¿Veintidós años?
—Sí, vaqueros...
—Es una fea herida.
—Llamó a la puerta. Preguntó si podía entrar. «Claro», le dije. «Estoy lista», dijo. Y entró corriendo en mi cuarto de baño, y sin cerrar la puerta del todo se bajó los vaqueros y las bragas, se sentó y se puso a mear. ¡OOH! ¡JESÚS!
—Calma, calma. Estoy desinfectando la herida.
—Sabe, doctor, la sabiduría llega a una hora infernal... cuando la juventud se ha ido, la tormenta se ha alejado y las chicas se han marchado a su casa.
—Muy cierto.
—¡AY! ¡UY! ¡JESÚS!
—Por favor. Hay que limpiarlo bien.
—Salió y me dijo que anoche, en su fiesta, yo no había resuelto el problema de su desdichada aventura amorosa. Que, en vez de eso, había emborrachado a todo el mundo y me había caído sobre un rosal. Que me había rasgado los pantalones, me había caído de espaldas y me había dado en la cabeza con un pedrusco. Un tal Willy me había llevado a casa y se me habían caído los pantalones y luego los calzoncillos, pero que no había resuelto el problema amoroso. Dijo que el problema había desaparecido, de todos modos, y que al menos yo había dicho un par de verdades.
—¿Dónde conoció a esa chica?
—Vino a la lectura de poesía en Venice. La conocí después, en el bar de al lado.
—¿Puede recitarme un poema?
—No, doctor. En fin, ella dijo: «No puedo más, hombre.» Se sentó en el sofá. Me senté enfrente en la butaca. Ella bebió su cerveza y me lo explicó: «Le quiero, sabes, pero no puedo establecer ningún contacto. No habla. Le digo: "¡Háblame!", pero, santo cielo, no hay forma, no habla. Me dice: "No se trata de ti, es otra cosa." Y no hay modo de sacarle de ahí.»
—Ahora voy a coserle, Chinaski. No será agradable.
—Sí, doctor. En fin, se puso a hablarme de su vida. Me dijo que se había casado tres veces. Le dije que no parecía tan gastada. Y me dijo: «¿No? Pues he estado dos veces en un manicomio.» Le dije: «¿Tú también?» Y ella dijo: «¿Has estado en un manicomio?» Y yo dije: «Yo no; algunas mujeres que he conocido.»
—Ahora —dijo el médico—, un poquito de hilo. Eso es todo. Hilo. Trabajo de aguja.
—Hostias, ¿no hay otra forma?
—No, es una fea herida.
—Me dijo que se había casado a los quince años. La llamaban puta por ir con aquel tipo. Sus padres le decían que era una puta, así que se casó con el tipo, para fastidiarles. Su madre era una borracha que iba de manicomio en manicomio. Su padre le pegaba sin parar. ¡OOOOHH DIOS SANTO! ¡POR FAVOR! ¿QUE HACE?
—Chinaski, no he conocido a ningún hombre que tuviera tantos problemas como usted con las mujeres.
—Luego, conoció a la lesbiana. La lesbiana la llevó a un bar homosexual. Dejó a la lesbiana y se fue con un chico homosexual. Vivieron juntos. Discutían por el maquillaje. ¡Oh! ¡Dios mío! ¡Por favor!
Ella le robaba el lápiz de labios a él y luego se lo robaba él a ella. Luego, se casaron...
—Habrá que dar bastantes puntos. ¿Cómo se lo hizo?
—Estoy explicándoselo, doctor. Tuvieron un hijo. Luego se divorciaron y él se largó y la dejó con el crío. Consiguió un trabajo, tenía un canguro para el niño, pero el trabajo no le rendía mucho y después de pagar el canguro apenas le quedaba dinero. Tenía que salir de noche y hacer la calle. Diez billetes por polvo. Siguió así un tiempo. Pero aquello no tenía salida. Luego, un día, en el trabajo (trabajaba para Avon) empezó a gritar y no había forma de pararla. La llevaron a un manicomio. ¡CUIDADO! ¡CUIDADO! ¡HOMBRE, POR FAVOR!
—¿Cómo se llama la chica?
—Bernadette. Salió del manicomio, vino a Los Angeles y conoció a Karl y se casó con él. Me contó que le gustaba mi poesía y que se quedaba admirada al verme conducir mi coche por la acera a noventa por hora después de mis lecturas. Luego dijo que tenía hambre y la invité a una hamburguesa con patatas fritas, así que me llevó a un MacDonald. ¡HOMBRE, POR FAVOR! ¡VAYA MÁS DESPACIO! ¡O BUSQUE UNA AGUJA BIEN AFILADA, POR DIOS!
—Ya casi he terminado.
—En fin, nos sentamos a una mesa con nuestras hamburguesas, las patatas fritas, el café, y entonces Bernadette me contó lo de su madre. Estaba preocupada por su madre. Estaba preocupada también por sus dos hermanas. Una hermana era muy desgraciada y la otra era simplemente tonta y se sentía satisfecha. Luego, estaba el crío y a ella le preocupaban las relaciones de Karl con el crío...
El doctor bostezó y dio otra puntada.
—Le dije que llevaba demasiada carga sobre las espaldas, que lo que tenía que hacer era dejar que la gente se las apañara. Entonces me di cuenta de que la chica estaba temblando y le dije que sentía haberle dicho aquello. Le cogí una mano y empecé a acariciársela. Luego le acaricié la otra. Deslicé sus manos por mis muñecas arriba, por debajo de las mangas de la chaqueta. «Lo siento —le dije—. Lo único que haces es preocuparte por los demás, eso no tiene nada de malo.»
—¿Pero cómo fue? ¿Cómo se hizo usted esto?
—Bueno, cuando bajábamos las escaleras, la llevaba cogida de la cintura. Ella aún parecía una estudiante de bachiller, una colegiala, aquel pelo largo y rubio y sedoso; aquellos labios tan sensibles y atractivos... El único sitio donde asomaba el infierno era en sus ojos. Estaban en un perpetuo estado de conmoción.
—Por favor, vaya a los hechos —dijo el médico—. Ya casi he terminado.
—Bueno, el caso es que cuando llegamos a mi casa, había en la acera un imbécil, con un perro. Le dije que siguiera con el coche un poco más arriba. Aparcó en doble fila y le eché la cabeza hacia atrás y la besé. Le di un largo beso, retiré los labios y luego le di otro. Ella me llamó hijo de puta. Le dije que le diera una oportunidad a un viejo. La besé otra vez. Un beso de verdad. «Eso no es un beso —dijo—. ¡Eso es lujuria, casi una violación!»
—¿Y qué pasó entonces?
—Salí del coche y ella dijo que me telefonearía a la semana siguiente. Entré en casa y entonces fue cuando sucedió.
—¿Cómo?
—¿Puedo ser franco con usted, doctor?
—Pues claro.
—Pues, en fin, de mirar aquel cuerpo, y aquella cara, el pelo, los ojos..., oírle hablar, luego los besos, me puse... muy caliente.
—¿Y?
—Entonces fue cuando cogí el jarrón. Es de mi medida, me va perfecto. Así que la metí y empecé a pensar en Bernadette. Todo iba muy bien hasta que el maldito chisme se rompió. Ya lo había usado antes varias veces, pero supongo que esta vez estaba demasiado excitado... Es una mujer tan atractiva...
—No se le ocurra nunca meter el chisme en nada que sea de cristal.
—¿Me curaré, doctor?
—Sí, podrá usted volver a utilizarlo. Ha tenido suerte.
Me vestí y me fui. Aún me hacía daño el roce con los calzoncillos. Subiendo por Vermont paré en la tienda. No tenía nada de comer. Hice un recorrido con el carro y compré hamburguesas, pan, huevos. Tengo que contárselo algún día a Bernadette. Si me lee, lo sabrá. Lo último que he sabido de ella es que se fue con Karl a Florida. Quedó embarazada. Karl quería que abortase. Ella no quiso. Se separaron. Ella sigue aún en Florida. Vive con el amigo de Karl, Willy. Willy hace pornografía. Me escribió hace un par de semanas. Aún no le he contestado.
Charles Bukowski
Exactamente no fue Bernadette (en Música de cañerías.  Traducción de J.M. Álvarez y Ángela Pérez. Anagrama)


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Publicado por elchicoanalogo @ 19:51  | Libros...
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Viernes, 10 de julio de 2009
En los 60, el inclasificable director Chris Marker dirigió La jetee, un cortometraje a base de fotos fijas sobre la historia de amor de un viajero en el tiempo y una mujer (años más tarde Terry Gilliam versionaría ese largometraje para su película 12 monos). Audrey Niffenegger explora esa vía del amor entre un viajero en el tiempo y una mujer en La mujer del viajero en el tiempo.

Henry viaja en el tiempo, no utiliza ni máquinas ni grandes trucos, sólo se desvanece en el presente y aparece en su pasado o en su futuro. Su vida no es normal, no hay una línea temporal clara y los tiempos se mezclan, como los recuerdos, se ve a sí mismo con otras edades, puede interactuar con sus otros yo temporales. Clare es una niña de seis años que a finales de los 70 se encuentra con un hombre desnudo en su jardín. Le dice que es un viajero en el tiempo. Y la niña le cree. Es uno de tantos primeros encuentros que Henry y Clare tendrán a lo largo de su vida (si el tiempo se pliega y retrocede o avanza es difícil saber exactamente cuándo es la primera vez para todo). A partir de entonces recibirá la visita de varios Henrys de diferentes edades. Un continuo cruce que nunca acabará.

Narrado como un puzzle, La mujer del viajero en el tiempo no se detiene tanto en las paradojas del tiempo o en encontrar una explicación a los viajes de Henry, es una historia de amor de dos seres que llevan todo el tiempo juntos. Es eso, una historia de cómo una mujer se entrega a un amor anormal y vive para ese amor sin barreras temporales. Se alternan los puntos de vista de los dos protagonistas, los diferentes Henrys que viajan adelante y atrás, que se encuentran entre sí, las escenas se completan a lo largo del libro en un puzzle, uno le va tomando cariño a esta relación tan extraña.

(Clara, gracias por el regalo)




Henry sabía muchísimas cosas que no quería contarme, y la mayor parte del tiempo no me permitía que me acercara a él. Por lo tanto, a mí siempre me embargaba la sensación de estar profundamente insatisfecha. Cuando, al final, lo encontré en el presente, pensé que sería como antes; pero, de hecho, en cierto sentido ha sido muchísimo mejor. En primer lugar, y sobre todo, ya no se niega a tocarme, al contrario, Henry me acaricia, me besa y me hace el amor constantemente. Me siento como si me hubiera convertido en una persona diferente, en alguien que se sumerje en un cálido estanque de placer. Además, ¡me cuenta cosas! Todo lo que le pregunto sobre él, su vida y su familia... me lo cuenta, con nombres, lugares y fechas. Sucesos que me parecían del todo misteriosos de pequeña se me revelan como perfectamente lógicos. No obstante, lo mejor de todo es que lo veo durante largos períodos de tiempo: horas y días. Sé dónde encontrarlo. Va a trabajar y regresa a casa. A veces abro mi agenda solo para mirar la entrada donde dice: Henry DeTamble, Dearborn, 714, 11°, Chicago, Illinois-60610, 312-431-8313. Un apellido, una dirección, un número de teléfono. ¡Puedo llamarlo por teléfono! Es un milagro. Me siento como Dorothy el día que su casa aterrizó en Oz y el mundo pasó de ser en blanco y negro a convertirse en un mundo en color. Hemos dejado atrás Kansas.
Audrey Niffenegger
La mujer del viajero en el tiempo (traducción de Silvia Alemany Vilalta. Debolsillo)

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Publicado por elchicoanalogo @ 4:52  | Libros...
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Jueves, 09 de julio de 2009

Porque te tengo y no
porque te pienso
porque la noche está de ojos abiertos
porque la noche pasa y digo amor
porque has venido a recoger tu imagen
y eres mejor que todas tus imágenes
porque eres linda desde el pie hasta el alma
porque eres buena desde el alma a mí
porque te escondes dulce en el orgullo
pequeña y dulce
corazón coraza

porque eres mía
porque no eres mía
porque te miro y muero
y peor que muero
si no te miro amor
si no te miro

porque tú siempre existes dondequiera
pero existes mejor donde te quiero
porque tu boca es sangre
y tienes frío
tengo que amarte amor
tengo que amarte
aunque esta herida duela como dos
aunque te busque y no te encuentre
y aunque
la noche pase y yo te tenga
y no.
Mario Benedetti
Corazón Coraza (en Noción de patria)


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Publicado por elchicoanalogo @ 5:00  | Mario Benedetti
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Domingo, 05 de julio de 2009
Imagina. Eres un tipo de unos treinta años, te fuiste a Los Ángeles con tu mejor amigo y te masturbas con las fotos de su novia. Perdiste tus pertenencias en un accidente en Arizona, en mitad de la nada. Estás solo, tu chica te dejó tiempo atrás y sólo sueñas con escuchar su voz una vez más. A veces le escribes correos que no envías, que los cambias por otros que son cortos, una sucesión de momentos felices. Mentiras. No consigues superarlo. Eres guionista. O eso pretendes. Pero hace tiempo que no trabajas en nada. Así que te conviertes en alguien amargado, cínico, con una pizca de humor negro. Es nochevieja. Ese momento donde tienes que buscar a alguien y besarlo para que ese gesto abra un año diferente y mejor que el año de mierda que has vivido. En la última semana del año las inscripciones a match y otras páginas de encuentros aumentan un 300 por ciento. Tu amigo, ése que te descubre meneándotela con la foto de su novia, te inscribe en una de esas páginas. Y escribes un mensaje. Directo y sincero. Eres misántropo. Buscas a misántropa para no pasar solo la última noche del año. Y misántropa te llama. Tienes cinco minutos para convencerla. Y, no sabes cómo, te dejas arrastrar por su locura a través de las calles de Los Ángeles.

Buscando un beso a medianoche es una película conmovedora, tierna, fresca e inteligente. El amor es sensual, divertido, solitario, adulto y doloroso. Porque no hay amor sin dolor. Porque el amor es una noria. Todo se sustenta en una historia bien construida y el buen hacer de la pareja protagonista, en ese encuentro entre dos personalidades antagónicas que se reconocen mientras deambulan por una ciudad, Los Ángeles, diferente a la captada en otras películas, sin glamour artificial, una ciudad filmada en un bello blanco y negro, los teatros abandonados, las azoteas, las calles desconocidas, el atardecer y la nochevieja en el interior de un coche.

Dicen que se parece a Manhattan de Woody Allen. Que es la mejor película indie en años. No sé. Sólo sé que he visto una historia de amor cercana, realista y a la vez diferente, que la historia y los personajes han ido creciendo poco a poco dentro de mí hasta llegar a un final donde explota y te deja sin aliento y sientes toda la tristeza y toda la felicidad que sólo el amor puede darte.

Información sobre la película: http://www.filmaffinity.com/es/film649952.html












Tags: Buscando, un beso a medianoche, In Search of, a Midnight Kiss, Alex Holdridge

Publicado por elchicoanalogo @ 1:01  | Cine
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S?bado, 04 de julio de 2009
Son pocos.
La primavera está muy prestigiada, pero
es mejor el verano.
Y también esas grietas que el otoño
forma al interceder con los domingos
en algunas ciudades
ya de por sí amarillas como plátanos.
El invierno elimina muchos sitios:
quicios de puertas orientadas al norte,
orillas de los ríos,
bancos públicos.
Los contrafuertes exteriores
de las viejas iglesias
dejan a veces huecos
utilizables aunque caiga nieve.
Pero desengañémonos: las bajas
temperaturas y los vientos húmedos
lo dificultan todo.
Las ordenanzas, además, proscriben
la caricia ( con exenciones
para determinadas zonas epidérmicas
-sin interés alguno-
en niños, perros y otros animales)
y el «no tocar, peligro de ignominia»
puede leerse en miles de miradas.
¿Adónde huir, entonces?
Por todas partes ojos bizcos,
córneas torturadas,
implacables pupilas,
retinas reticentes,
vigilan, desconfían, amenazan.
Queda quizá el recurso de andar solo,
de vaciar el alma de ternura
y llenarla de hastío e indiferencia,
en este tiempo hostil, propicio al odio.
Ángel González
Inventario de lugares propicios al amor (en Tratado de urbanismo)

Tags: lugares propicios al amor, Tratado de urbanismo, Ángel González

Publicado por elchicoanalogo @ 4:35  | ?ngel Gonz?lez
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Viernes, 03 de julio de 2009
La historia del amor. Nicole Krauss. O cómo aún se pueden encontrar historias que emocionan y conmueven sin buscar la sensiblería en una historia laberíntica donde prima la búsqueda, la pérdida, las diferentes caras del amor, el amor perdido, el amor único que dura toda una vida, que sostiene toda una vida y que le da sentido aún en su ausencia, el amor por los que ya murieron pero su sombra está dentro de nosotros, siempre dentro, el amor por la escritura y la literatura, el amor que se desvanece, los primeros amores, los primeros roces que son como una descarga eléctrica y a la vez la desolación y la pureza de lo desconocido, el amor que a la vez es felicidad y tristeza (porque nada me hace más feliz y nada me entristece más que tú ).

Qué forma tan extraordinaria de narrar el encuentro entre seres desconocidos, separados en años y en experiencias vitales. Encuentros que a veces se suceden o que llegan demasiado tarde, con la muerte siempre presente. Me ha dejado boquiabierto Nicole Krauss con su escritura como de puzzle y laberinto, donde se van cruzando las historias y los personajes en las hojas, no en sus vidas, y poco a poco descubres que todo está unido, que convergen en un mismo final, que forman parte de la historia del amor.

Krauss crea una galería de personajes entrañables y cercanos, una historia con muchas capas, muchos cruces de camino, todo parece enredado con un halo de misterio inquebrantable.

Leo es un emigrante polaco que está en el final de sus días. Intenta hacerse notar para no morir solo, invisible. Tuvo un amor en su vida, sólo un amor. Alma. Se separaron en plena guerra mundial. Y la pérdida encontró un lugar junto al amor en Leo. Era escritor y cada palabra era (para) Alma. La siguió a América demasiado tarde. Y deambula por la vida mientras escribe Palabras para todas las cosas.

Bruno es una sombra, el mejor amigo de Leo.

Alma es una adolescente que recibió su nombre del personaje de un extraño libro semi desconocido: la historia del amor. Todas las mujeres de ese libro se llamaban Alma. Su padre lo compró en una librería de viejo en Buenos Aires y se regaló a su mujer. Alma se inicia en el amor. Recuerda a cada instante a su padre muerto. Intenta encontrar el camino en su vida. Y una respuesta. ¿Quién era esa Alma del libro La historia del amor? Su madre no busca otro hombre. Su hermano se cree un elegido de dios.

Zvi Litvinoff tuvo que huir de los nazis y viajó a Valparaíso. Sólo llevaba un maletín con un manuscrito. Allí tenía una vida gris hasta que encontró lo inesperado, el amor de Rosa. Escribe en español un libro, La historia del amor. Una historia que conecta a los personajes, que es el motor de un encuentro y de una ilusión, de fantasmas que se hacen tangibles y preguntas que obtienen respuestas que dan lugar a más preguntas.

Krauss cruza a los personajes y su historia, la fragilidad de Leo con la búsqueda de la adolescente Alma, el miedo a la muerte con el miedo al amor, la inocencia y el final, Hitchcok y Kafka y Borges con Saint-Exupery. Hay páginas en este libro que parecen pequeños cuentos, fábulas, páginas donde sientes un nudo en el estómago por su belleza sencilla y a la vez dolorosa. Felicidad y tristeza unidas. Hay páginas que son como susurros y otras como gritos.

La historia del amor es un libro extraordinario, de esos que se leen con el estómago encogido y no quieres que se acaben y los personajes se cuelan dentro de ti y hay frases que parecen sacadas de tu vida y se suceden los recuerdos y tienes que parar a tomar aliento.

A veces leer es una experiencia triste y feliz al mismo tiempo. Como el amor. Gran libro.




Érase una vez un niño que amaba a una niña, y la risa de ella era como una pregunta que el quería pasar la vida contestando. Cuando tenían diez años, le pidió que se casara con él. Cuando tenían once, le dio el primer beso. Cuando tenían trece, se pelearon y estuvieron tres semanas sin hablarse. Cuando tenían quince, ella le enseñó la cicatriz del pecho izquierdo. Su amor era un secreto que no revelaron a nadie. Él le prometió que no querría a ninguna otra en toda su vida. “¿Y su yo me muero?”, preguntó ella. “Ni aun entonces”, dijo él. El día en que ella cumplía dieciséis años, él le regaló un diccionario de inglés y juntos aprendían las palabras. “¿Esto qué es?”, preguntaba él resiguiéndole el tobillo con el índice, y ella buscaba la palabra. “¿Y esto?”, preguntaba él dándole un beso en el codo. “Elbow” “¿qué palabra es ésa?”, y entonces él lo lamía y ella se reía bajito. “¿Y esto qué es?, preguntaba él rozándole con el dedo la suave piel detrás de la oreja. “No lo sé”, respondía ella, apagando la linterna y echándose de espaldas con un suspiro. Cuando tenían diecisiete años hicieron el amor por primera vez sobre un montón de paja, en un granero. Después, cuando ocurrieron cosas que nunca hubieron podido imaginar, ella le escribió una carta: “¿cuándo aprenderás que no hay una palabra para cada cosa?”

( … )

Porque nada me hace más feliz y nada me entristece más que tú.

( … )

Al final, lo único que queda de ti son tus cosas. Quizá por eso nunca he podido tirar nada. Quizá por eso he acumulado tantas cosas: por la ilusión de que, a mi muerte, la suma de mis pertenencias sugiera una vida más grande que la vivida por mí.

( … )

Aprendió a vivir con la verdad. No a aceptarla, sino a vivir con ella.

( … )

Perdí a Fritzy. Estaba estudiando el Vilna, tateh... alguien que conocía a alguien que conocía a alguien me dijo que lo habían visto por última vez en un tren. Perdí a Sari y Hanna por los perros. Perdí a Herschel por la lluvia. Perdí a Josef por una grieta del tiempo. Perdí el sonido de la risa. Perdí unos zapatos que me quité para dormir, los zapatos que me había dado Herschel habían desaparecido cuando desperté, anduve descalzo varios días hasta que me rendí y robé los zapatos a otro. Perdí a la única mujer a la que quise amar en mi vida. Perdí años. Perdí libros. Perdí la casa en que nací. Y perdí a Isaac. Así pues, ¿quién me asegura que, por el camino, sin darme cuenta, no he perdido también la razón?
Nicole Krauss
La historia del amor (traducción de Ana María de la Fuente. Salamandra)

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Publicado por elchicoanalogo @ 4:57  | Libros...
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Jueves, 02 de julio de 2009
Show of Hands fue el primer disco que encontré de Robert Fripp y su League Of Crafty Guitarists. Estaba en una época donde necesitaba descubrir los proyectos paralelos de King Crimson, tapar los huecos de esos años donde el grupo no existía y cada uno de sus miembros se dedicaba a investigar en su percepción de la música. 

Me gusta esta orquesta de guitarristas, cómo se enfoca la guitarra desde un punto de vista contemporáneo y arriesgado, sin caer en el virtuosismo vacuo e innecesario, las melodías complejas, las guitarras que por momentos se asemejan al sonido de una ola que llega incesante. Es un disco que se disfruta con auriculares, tiene muchos tamices, muchos detalles.

Dejo algunas composiciones de ese primer disco comprado, es en estudio, tal vez no tan bueno como los que conseguí en directo, pero interesante.



Askesis





Bicycling To Afghanistan





An Easy Way





Circulation





Asturias





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Publicado por elchicoanalogo @ 13:17  | Canciones
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El acto del amor es lo más parecido
a un asesinato.
En la cama, en su terror gozoso, se trata de borrar
el alma del que está,
hombre o mujer,
debajo.
Por eso no miramos.
Eyacular es ensuciar el cuerpo
y penetrar es humillar con la
verga la
erección de otro yo.
Borrar o ser borrados, tando da, pero
en un instante, irse
dejarlo
una vez más
entre sus labios.
Leopoldo María Panero
Necrofilia (Poesía 1970 - 1985)


Tags: Necrofilia, Leopoldo María Panero

Publicado por elchicoanalogo @ 9:40  | Poes?a
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Te dije que tengo miedo del papel blanco.
Me dijiste que sólo hay que escribir lo que piensas.
Vale.
Estaba pensando en los nexos que unen y apartan a los hombres.

Se dice que el siglo XX fue el siglo de una expansión de los diferentes medios comunicativos, sobre todo audio-visuales. Un 95 por ciento de la población mundial ve la televisión. Aproximadamente un 40 por ciento lee los periódicos y cada día más y más personas utilizan Internet.

Noticias internacionales de hoy: Golpe en Honduras, El régimen iraní inicia la purga de rivales políticos, Rusia dice adiós a los casinos y casas de juego…

Supongo que a un campesino de Serbia, que está preocupado por tanta lluvia que le va a destruir la producción de trigo, no le interesa ni un bledo qué pasa en Honduras. Los pobres del Congo nunca van a entrar en un casino y un adolescente de Alabama no tiene ni idea dónde está Serbia. La mayoría de gente es así. No sale de su patio, la pantalla les diseña las opiniones, actitudes, deseos. Les entorpece y atonta. Pero no les juzgo. Dentro de su mundo ellos viven sus vidas. Menos mal que no todos son así. Menos mal que hay aquellos con la mente viva y abierta, curiosa.    

La ciudad en la que vivo en un tiempo muy lejano se llamaba Sirmium. Durante un período fue la capital del Imperio Romano. Hoy es una ciudad tranquila, muy hermosa en la orilla del río Sava, arruinada económicamente. Los jóvenes, mis alumnos, dicen que aquí no pasa nada. A veces intento discutirlo. Hoy les podría decir, por ejemplo, que en los últimos dos meses por aquí pasaron un austriaco y un español. ¿A qué se debe eso? ¿A las circunstancias o a los individuos?

Si conoces a un serbio no tarda mucho en invitarte a su casa. “Pasa. Te mostraré mi mundo” Ante lo desconocido ¿cómo reaccionas? ¿Te gustaría probar las hormigas gigantes? ¿Tienes ganas de intentar bailar salsa con dos piernas izquierdas en frente del público? ¿Te atreves a hacer puenting?  ¿Entras en los callejuelos de una ciudad en la que acabas de llegar? Serbia no es un riesgo a muerte. Tampoco es un territorio salvaje o exótico. Está arraigada en Europa, en su historia y es parte de su civilización. ¿Y cómo pudo ocurrir que al final del siglo XX un país europeo fue bombardeado? ¿Para castigar a quien? ¿A un hombre enloquecido, a un grupo político, o a la gente inocente?

Los serbios son gente abierta, amistosa y afectuosa, de buenos deportistas y comida muy rica. Una población sufrida y empobrecida pero inventiva y con muchas ganas de salir de este “cárcel” en el que estamos por causas políticas. Parece que el mayor error que hicimos es haber construido la casa en la mitad del camino. Y en esta casa nos habíamos peleado, porque somos a veces envidiosos, temperamentales y nos creemos más inteligentes de lo que somos.

Además, Fernando y yo llegamos a la conclusión de que Serbia es una isla dislocada y perdida de España. Encontramos muchas similitudes entre nuestros países, tanto en los aspectos buenos como en los malos. Queríamos conocernos. Los papeles, ficheros, videos guardan informaciones, pero los hombres los componen y transmiten.


Tags: serbia

Publicado por elchicoanalogo @ 9:08  | Voces amigas
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Mi?rcoles, 01 de julio de 2009
Yo fui.
Columna ardiente, luna de primavera.
Mar dorado, ojos grandes.

Busqué lo que pensaba;
pensé, como al amanecer en sueño lánguido,
lo que pinta el deseo en días adolescentes.
Canté, subí,
fui luz un día
arrastrado en la llama.

Como un golpe de viento
que deshace la sombra,
caí en lo negro,
en el mundo insaciable.

He sido.
Luis Cernuda
Yo Fui


Tags: Yo Fui, Luis Cernuda

Publicado por elchicoanalogo @ 20:52  | Poes?a
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Un autobús no es el mejor sitio para ver una película. Una pantalla pequeña con las luces de las farolas reflejadas en ella, mal audio… pero era madrugada, no podía dormir y me atrajo el título, Odette, una comedia sobre la felicidad.

Y es eso, una película sobre algo tan abstracto como la felicidad. El tono de la historia, los personajes secundarios, las escenas, hasta algunos movimientos de cámara me hicieron pensar en Amelie. A quien le guste el cuento de hadas que es Amelie disfrutará con esta sencilla y tierna historia de una dependienta de cosméticos que conoce a su escritor favorito y le ayuda a alcanzar esa felicidad que ella encontró en sus libros.

El tono es de cuento, las escenas cotidianas están pasadas por un filtro onírico donde los personajes bailan y cantan con gracia y sin esa milimétrica precisión de los bailarines profesionales, es una de esas películas que se ve con una sonrisa tierna, de esas que te regalan la alegría de vivir.

Odette es feliz con lo que tiene, sus dos hijos, su trabajo, los libros de Balsan, aunque no esté todo en orden ni sea idílico. Hermoso canto de amor por la literatura, por cualquier clase de literatura, por su poder sanador e imaginativo, por cómo encontramos en ella una parte salvadora y cercana y nos hace, literalmente, levitar.

Balsan, en cambio, es un escritor de éxito, famoso, rico, con una mujer hermosa pero que es frágil (si no fuera frágil no podría escribir, asegura), pero todo está desordenado, los críticos no lo consideran un escritor serio, su matrimonio haces aguas y él se hunde en la depresión.

Y se cruzan. Ella, que ha aprendido a ser feliz a través de los libros del escritor, ayuda a éste a encontrar su propia felicidad.

Odette es una película pequeña, sencilla y tierna con una deliciosa Catherine Frot.



Tags: Odette, sobre la felicidad, Eric-Emmanuel Schmitt

Publicado por elchicoanalogo @ 4:57  | Cine
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