Jueves, 06 de agosto de 2009
Una mujer madura, condenada a muerte por un cáncer de huesos, escribe una larga carta a su hija, quien vive en Estados Unidos alejada del infierno en el que se ha convertido su país natal y residencia de su madre: Sudáfrica, un escenario escabroso bajo el régimen del apartheid. El día en que la protagonista regresa del medio con pésimas noticias descubre a un vagabundo negro refugiado en su cobertizo, y así da comienzo una relación íntima y ambigua. Ni amigos ni amantes, ambos personajes se acompañan en una etapa personal e histórica especialmente dura. Este es el hilo conductor que sirve a J.M. Coetzee para denunciar la violencia de una sociedad y sus consecuentes miserias humanas, y lo hace a través de una narrativa elegante y afinada, propia de un gran escritor.

Me empieza a superar la capacidad de Coetzee para escribir. Aborda temas profundos, reflexivos y abstractos con una narración sutil, simbólica, un monólogo interior de una mujer en los últimos días de su vida. Utiliza la técnica epistolar no para mostrarnos una historia de ajuste de cuentas familiares o un secreto largos años escondido, sino para seguir las reflexiones de una enferma de cáncer sobre la vida y la muerte, Sudáfrica, la segregación, la violencia, el mundo que cambia y se desmorona mientras ella muere.

En la larga carta que escribe la señora Curren a su hija somos testigos de la injusticia de una sociedad dividida y en combate, de los miedos y la indefensión y las continuas preguntas sobre el estado del país, cuándo abandonará esa edad de hierro para avanzar a otra época más luminosa, menos depredadora, de una peculiar historia de amistad y compañía entre una mujer blanca y un vagabundo negro, una especie de ángel caído que sirve de apoyo, de presencia, de objeto cercano en el que volcar el miedo de un cáncer que roe desde dentro hasta el más pequeño hueso y sentimiento. Una mujer muerta que escribe sobre un país en llamas. Y que en esa escritura intenta comprender, poner un muro a la muerte, convertirse en palabras y que las palabras le lleven hasta su hija, hasta la (comprensión de) la vida y el dolor que le carcome cada día.

La edad de hierro es un libro duro, intrigante, una continua reflexión sobre la vida y un intento de comprender y preguntarse sobre una época tan dolorosa como el apartheid sudafricano.




¡Cómo eché de menos que estuvieras aquí, para abrazarme, para reconfortarme! Empiezo a entender el verdadero significado del abrazo, abrazamos para que nos abracen. Abrazamos a nuestros hijos para ser rodeados por los brazos del futuro, para llevarnos a nosotros mismos más allá de la muerte, para ser transportados.

( … )

Hombre, casa, perro: la palabra no importa, a través de ella extiendo una mano hacia ti. En otro mundo no necesitaría palabras. Aparecería en tu umbral. <<He venido a hacerte una visita>>, te diría, y ahí se acabarían las palabras: te abrazaría y tú me abrazarías a mí. Pero en este mundo, en esta época, tengo que llegar a ti con palabras. Así que todos los días me transformo en palabras y envuelvo las palabras en papel como si fueran dulces; dulces para mi hija, por su cumpleaños, recordando el día en que nació. Palabras salidas de mi cuerpo, gotas de mí misma, para que ella las desenvuelva en su propia época, para que las recoja, las sorba, las absorba.

( … )

- No sé si tiene usted hijos. Ni siquiera sé si es lo mismo para un hombre. Pero cuando llevas a una criatura en tu cuerpo le das la vida a esa criatura. Por encima de todo al primero, al primogénito. Tu vida ya no está contigo, ya no es tuya, está con la criatura. Por eso no morimos realmente: simplemente cedemos nuestra vida, la vida que estuvo en nosotros durante una temporada, y nos quedamos atrás. Solamente soy un caparazón, el caparazón que mi hija ha dejado atrás. No importa lo que me pase. No importa lo que les pase a los viejos. Con todo, y hablo aunque no puedo esperar que me entienda, pero da igual, da mucho miedo estar a punto de marcharse. Aunque solamente sea el contacto de una yema con otra yema: uno no quiere renunciar a él.
J. M. Coetzee
La edad de hierro (traducción de Javier Calvo. Debolsillo)

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Publicado por elchicoanalogo @ 12:22  | Libros...
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