S?bado, 08 de agosto de 2009
Alice Munro evoca el poder devastador de los viejos amores que resucitan en este conjunto de relatos, que le valieron a la autora el W.H Smith Award y que el New York Times eligió como uno de los mejores libros de su año. Por aquí transitan una joven desaparecida sin rastro, una novia por contrato, una solitaria excéntrica que, sin proponérselo, consigue un pretendiente millonario, y una mujer que quiere escapar del marido y también del amante. Resuenan en estos Secretos a voces el humor, la pena y la sabiduría que confirman, una vez más, las palabras de Jonathan Franzen: «Munro es quien mejor escribe en América del Norte hoy en día».

Al buscar información sobre Alice Munro descubrí que acababa de recibir el premio Man Broker, un premio que han recibido escritores como Iris Murdoch, J. M. Coetzee, Kazuo Ishiguro o John Banville.

Munro coloca a los personajes de los cuentos de Secretos a voces en el pueblecito canadiense Carstairs en diferentes épocas. Y uno ve cómo crece ese pueblo en los diferentes relatos, como un protagonista más. Pasa de los bosques a las tierras desbrozadas y a la ciudad industrial. Y en ese territorio las historias de un puñado de mujeres, sobre todo mujeres, y su relación con los hombres, con su pasado, con la forma de sentir y afrontar la vida.

Alice Munro escribe con sobriedad y profundidad, no se deja llevar por el exceso descriptivo ni por los detalles superfluos. Cada palabra tiene su importancia y no deja nada al azar. Vidas de mujeres que se enamoran por carta o que encuentran, sin buscarlo, un novio millonario y acaban pilotando aviones en Australia. Niñas que desaparecen sin dejar rastro y una mujer que se recorre medio planeta para seguir a su ex marido, casado con una mujer más joven que ella, la epopeya de una mujer a mediados del XIX, casada por contrato, y que tiene que vivir en mitad de una tierra salvaje.

Me gusta cómo escribe Munro, cómo fragmenta los relatos y cambia continuamente de tiempo, atrás y adelante, un puzzle intenso e interesante, cómo no lo explica todo y deja que los relatos se apaguen de improviso.




Me dio la impresión de que los cambios del edificio me transmitían una especie de mensaje. Algo se había esfumado. Sabía que Charlotte y Gjurdhi no se habían esfumado: estaría en alguna parte, vivos o muertos. Pero para mí era como si se hubiesen desvanecido. Y por aquel hecho – no realmente porque los hubiera perdido-, me invadió una congoja más angustiosa que las punzadas de remordimiento que había experimentado el año anterior. Había perdido el norte. Tenía que volver a la librería para que se marchase la dependienta, pero me sentía como si pudiera tomar cualquier otra dirección, ir a cualquier otro sitio. Mis puntos de referencia se encontraban en peligro; nada más. A veces nos ocurre, que parecen deshacerse, casi desaparecer. Calles y paisajes se niegan a reconocernos; nos falta el aire. Entonces, ¿no sería mejor tener un destino al que someterse, algo que nos reclamase, cualquier cosa, en lugar de unas posibilidades tan tenues, unos días tan arbitrarios?

( … )

Cuando Hill se fue, a Gail le dio la impresión de que se tienda se llenaba d emujeres. No necesariamente para comprar ropa. Eso no le importaba. Era como en tiempos pasados, antes de Hill. Las mujeres se sentaban en sillones muy viejos, junto a la tabla de planchar y el tablero de cortar, detrás de las descoloridas cortinas de batik, y tomaban café. Gail empezó a moler los granos, como antes. Al cabo de poco tiempo, el maniquí estaba recubierto de abalorios y pintadas bastante escandalosas. Se contaban historias sobre hombres, por lo genera sobre hombres que se habían marchado. Mentiras e injusticias y enfrentamientos. Traiciones tan espantosas –y al mismo tiempo tan triviales- que te morías de la risa al oírlas. Los hombres pronunciaban discursos ridículos. “Lo siento, pero ya no me considero comprometido con nuestro matrimonio”. Se ofrecían a revender a sus mujeres muebles y coches que habían pagado por ellas. Se pavoneaban todos satisfechos por haber conseguido fecundar a un ejemplar del sexo femenino más joven que sus propios hijos. Eran diabólicos e infantiles. ¿Qué se podía hacer con ellos sino dejarlos? Con orgullo, con dignidad, para autoprotegerse.

( … )

Las palabras más deseadas pueden cambiar. Algo puede ocurrirles, mientras se espera. “Amor, necesidad, perdón. Amor, necesidad, para siempre”. El sonido de esas palabras puede convertirse en un tumulto, un ruido de taladradoras en la calle. Y lo único que se puede hacer es echar a correr, para no someterse a ellas por la fuerza de la costumbre.
Alice Munro
Secretos a voces (traducción de Flora Casas. RBA)

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Publicado por elchicoanalogo @ 4:05  | Libros...
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