Domingo, 02 de agosto de 2009
Las despedidas siempre son incompletas, extrañas, diferentes a las que aparecen en películas y libros, donde los personajes siempre tienen la palabra adecuada, el gesto apropiado, una última imagen que se funde a negro y te deja en un silencio reflexivo. No. Las despedidas en la realidad van a trompicones, las palabras no aparecen en su justa medida y no sabes qué hacer con las manos. Dejas a tu espalda a la un puñado de personas y empiezas a andar con una sensación tranquila y a la vez suavemente triste.

Aparecen imágenes y recuerdos de los dos últimos días a oleadas, se cruzan y se superponen las caras de Jesús o Sonia con la Gymnopédie número uno de Satie que mi amiga Alejandra me tocó por teléfono, a miles de kilómetros de distancia, como prólogo de mi viaje. Recuerdo cada nota de Satie y yo la adecuo al primer abrazo con Jesús, a la locura en los pasillos de la fnac, a la media docena de paradas para comer y hablar y reír. Como un caleidoscopio.

Apenas me detengo a mirar por la ventanilla la llanura castellana. Conozco el camino a Madrid, es como una prolongación del hogar. Los montes lejanos, los árboles solitarios en mitad de un campo amarillento, el cielo irrealmente bajo, las casas que parecen sacadas de tiempos lejanos. Me siento en casa en ese camino.

Deshice la mochila. Dejé el libro de Raymond Carver en la mesilla de noche. La habitación pequeña, acogedora, blanca. Fuera, un nuevo ruido. El tráfico de la gran vía, las conversaciones en voz alta, el ajetreo en las aceras. Me esperaba día y medio de encuentros y amigos, escenas ya vividas con anterioridad pero que siempre son diferentes en cada ocasión, encuentros que me dan fuerza y ánimo y alegría y vitalidad. Una forma de estar en el mundo.

El abrazo de bienvenida de Junior. Los abrazos de amigos son sanadores, generosos, dan empuje y energía. Hacía año y medio que no veía a uno de mis gaditanos favoritos pero el tiempo transcurrido no minó nuestra relación. En uno de los innumerables starbucks, delante de un necesario helado, retomamos la conversación donde la dejamos tiempo atrás. Me gusta la forma de hablar y expresarse de Jesús, su acento suave, las palabras tan bien escogidas, la tranquilidad y jovialidad que transmite y cómo la cara se acomoda a cada palabra. Un hombre tranquilo.

La sonrisa de Clara. La sonrisa abarcativa de Clara. En los últimos meses he descubierto una amiga necesaria en esta madrileña tierna. Es alguien cercano, amigable, de confianza. Sentados en una parada de autobús arreglamos el mundo, lo compusimos de una forma razonable y afín. Pasaban taxis, jóvenes de fiesta, una limusina blanca, y nosotros hablando de nuestra forma de entender la vida, las relaciones de pareja, nuestros anhelos. Pensaba en cada momento vivido en mitad de una habitación desconocida.

La mañana tranquila, el tráfico que se desperezaba, las calles casi desnudas a primera hora, las sombras de los edificios que cambiaban de una forma pausada y constante. Siempre me ha gustado perderme en las ciudades, echar a andar sin un rumbo fijado de antemano, callejear por el placer de encontrar nuevos edificios y esquinas y parques.

Creo que tanto Jesús y Clara como yo nos sentíamos nerviosos en mitad del desayuno. Este encuentro era especial, por fin podíamos romper la distancia con Sonia, y tenerla en persona. Nada de correos o teléfono. Sonia al alcance de la mirada. Y como en cada encuentro desde marzo de 2008 compruebo que siento que conozco a Sonia como si nos hubiéramos visto docenas de veces. Fue un encuentro hermoso, emotivo, esperado. Y Sonia, como no podía ser de otra manera, fue más, mucho más de lo que uno podía imaginar. Ese día se estaba convirtiendo en uno de los mejores de los dos últimos años.

La locura de la fnac. Sonia y Julio se sorprendieron por la febril actividad que Jesús, Clara, Auro y yo iniciamos en los pasillos de la librería. Íbamos y veníamos en busca de libros para regalar, una búsqueda caótica y acrobática. Las manos llenas de libros en complejo equilibrio, las preguntas que se sucedían, Julio que “me obligó” a encontrar un libro personal (y elegí Rock Springs, de Richard Ford, que en enero de 2008 me partió por la mitad).

Tras la librería, comida y charla y paseos y un poco de lluvia. Auro, como siempre, directa, entrañable, sincera, una mujer que me sobrepasa por su forma de ser, que me hace sentir cómodo y tranquilo. Julio fue todo un descubrimiento. A pesar de su “aparente” timidez se unió a las bromas y se dejó llevar. Un buen tipo. El tiempo pasaba entre risas y conversaciones cruzadas y la llegada de Oscar, el único no lector pero que es capaz de soportarnos con nuestras rarezas y desvaríos. Ése era el problema, la imposibilidad de capturar el tiempo, de hacerlo ir más lento.

Las despedidas torpes, los deseos de un pronto reencuentro, el viaje en metro con Clara y descubrir que realmente no hay despedidas.

Gracias por este día y medio.




Publicado por elchicoanalogo @ 19:21  | Great White Way
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Comentarios
Hola cari?o, me pasaba por aqu? para decirte que te dej? un regalo en mi blog, pasa por ?l.
Publicado por Aelo
Lunes, 03 de agosto de 2009 | 1:49
Me gusta verte asi
Aunque sea a traves de ti ver caras de personas que me resultan familiares. Un fuerte abrazo
Publicado por Julia
Lunes, 03 de agosto de 2009 | 2:22
Leslie, gracias por el premio, luego me paso por tu blog para comentar con tranquilidad.
Julia, est?n siendo unos buenos d?as, trabajo, viajes, amigos, estoy tranquilo y contento.
Muchos abrazos y cari?os a las dos
Publicado por elchicoanalogo
Lunes, 03 de agosto de 2009 | 14:41
Lindo relato, me abstrajo mucho
Publicado por Fran
Mi?rcoles, 12 de agosto de 2009 | 19:12
Linda gente con la que estuve.
Abrazos, Fran
Publicado por elchicoanalogo
Mi?rcoles, 12 de agosto de 2009 | 21:34