Martes, 11 de agosto de 2009
Perdí la pista a Arthur C. Clarke tras leerme sus odiseas espaciales y sus cuentos. Me dejé llevar por los clásicos europeos y norteamericanos. Por Ray Bradbury y Richard Matheson como otra mirada a la ciencia ficción. Hasta hace una semana.

Tenía ganas de volver a Clarke. Mientras leía las últimas páginas de El fin de la infancia comprendí la razón por la que Kubrick buscó a Clarke como ayuda para 2001, una odisea espacial. Esas páginas estaban repletas de imágenes poderosas sobre la humanidad y su relación con el universo. Y es que este libro podría ser la antesala del viaje interestelar que llevará a la humanidad hasta un nuevo límite. En El fin de la infancia, unos extraterrestres aparecen en la tierra no con el objetivo de conquistar el planeta sino como ayuda para vigilar la evolución de la humanidad. Desaparecen las fronteras, las guerras, el dolor, se cierran las puertas al espacio (como se dice en el libro, sería como dejar a un hombre de la edad de piedra ante una ciudad moderna), el ser humano se convierte en alguien sin metas ni intereses más que disfrutar de su bienestar.

El fin de la infancia es una interesante reflexión sobre el hombre y el universo, cómo interactuamos con él y cuál podría ser uno de nuestros futuros y finales. A medida que leía me preguntaba por ese mundo y esa humanidad futuras que plantea Clarke, la melancolía que desprende su visión no sólo de la humanidad, también de esos extraterrestres que sólo son guardianes sin destino. Imágenes oníricas de otros mundos y otros seres a la par que la tristeza por un final enigmático. Me gustó volver a Clarke.




- Usted sabe por qué Wainwright y los hombres como él me tienen miedo, ¿no es así? - preguntó Karellen. Hablaba ahora con una voz apagada, como un órgano que deja caer sus notas desde la alta nave de una catedral - Hay seres como él en todas las religiones del universo. Saben muy bien que nosotros representamos la razón y la ciencia, y por más que crean en sus doctrinas, temen que echemos abajo sus dioses. No necesariamente mediante un acto de violencia, sino de un modo más sutil. La ciencia puede terminar con la religión no sólo destruyendo sus altares, sino también ignorándolas. Nadie ha demostrado, me parece, la no existencia de Zeus o de Thor, y sin embargo tienen pocos seguidores ahora. Los Wainwrights temen, también, que nosotros conozcamos el verdadero origen de sus religiones. ¿Cuánto tiempo, se preguntan, llevan observando a la humanidad? ¿Habremos visto a Mahoma en el momento en que iniciaba su hégira o a Moisés cuando entregaba las tablas de la ley a los judíos? ¿No conoceremos la falsedad de las historias en que ellos creen?
- ¿Y la conocen ustedes? - murmuró Stormgren, casi para sí mismo.
- Ese, Rikki, es el miedo que los domina, aunque nunca lo admitirán abiertamente.
Créame, no nos causa ningún placer destruir la fe de los hombres, pero todas las religiones del mundo no pueden ser verdaderas, y ellos lo saben. Tarde o temprano, el hombre tendrá que admitir la verdad; pero ese tiempo no ha llegado aún.
Arthur C. Clarke
El fin de la infancia (traducción de Luís Doménech. Minotauro)

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Publicado por elchicoanalogo @ 4:41  | Libros...
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