Domingo, 16 de agosto de 2009
La lectura de Dientes blancos me ha descubierto a una escritora de estilo exuberante, detallista, irónico y expansivo. Como un río con numerosos afluentes, Zadie Smith toma a un puñado de personas inolvidables y cruza sus vidas en un barrio londinense donde se mezclan las culturas, los acentos, las religiones. La vida de inmigrantes bengalíes y jamaicanos, cómo llegan hasta Inglaterra, su forma de sobrevivir, de acomodarse a su nuevo país y sus costumbres, las raíces y el pasado, las leyendas e historias familiares, todo un pasado que arrastran con ellos, que confrontan con su vida actual fuera de su tierra natal.

Y esa confrontación de las raíces familiares con el presente es uno de los temas de Dientes blancos. Cómo los hijos de los inmigrantes se encuentran en una extraña tierra de nadie, nacidos en un país diferente al de sus antepasados, con la sensación propia de desarraigo y, a la vez, de separación con la forma de vida de sus padres.

El enfrentamiento entre padres que intentan conservar sus raíces y costumbres y los hijos que rompen con todo el pasado que llevan a sus espaldas está narrado con ironía, con gusto por el detalle. La historia de Archie y Samad, dos amigos que se conocieron en plena guerra mundial, se bifurca en docenas de personas y tiempos diferentes, las anécdotas se suceden, como los lugares y los personajes curiosos.

Dividida en cuatro partes, que toman el punto de vista de los diferentes personajes, Zadie Smith construye un gran fresco sobre la inmigración y su adaptación a la nueva tierra, los conflictos paternos filiales, el desarraigo, el pasado y la importancia de las raíces, cómo un pequeño barrio londinense se convierte en un microcosmos de culturas diferentes.
 
Dientes blancos se ha convertido en una de las mejores sorpresas de este año.




- Nuestros hijos nacerán de nuestros actos. Nuestras acciones se traducirán en sus destinos. Sí; los actos permanecen. Lo que importa es lo que uno hace en el momento crucial, cuanto se han hecho las apuestas, cuando cae la bola. Cuando las paredes se derrumban, y el cielo está oscuro, y el suelo tiembla. En ese momento, nuestros actos nos definirán. Y no importa si Alá, Jesús o Buda nos están mirando o no. En los días fríos, un hombre puede ver su aliento, y en los días cálidos no. Pero el hombre respira siempre.

( … )

Éste ha sido el siglo de los forasteros, morenos, amarillos y blancos. Ha sido el siglo del gran experimento de los inmigrantes. Hasta el presente no se podía entrar en un parque infantil y encontrar a Isaac Leung junto al estanque, a Danny Rahman en el campo de fútbol, a Quang O´Rourke botando una pelota de baloncesto y a Irie Jones tarareando una canción. Niños con nombres y apellidos disonantes, en rumbo de colisión. Nombres y apellidos que hablan de éxodos masivos, de barcos y aviones repletos, de fríos recibimientos, de revisiones médicas. Sólo en el presente, y posiblemente sólo en Willesden, se puede encontrar a dos amigas inseparables como Sita y Sharon, cuyos nombres todos confunden porque Sita es blanca (su madre se encaprichó del nombre) y Sharon es paquistaní (su madre lo prefirió así, para evitar complicaciones). Sin embargo, a pesar de la mezcla, a pesar de que nos hemos habituado a vivir juntos con relativa comodidad (como el hombre que vuelve a la cama de su amante, después de un paseo de medianoche), a pesar de todo, aún resulta difícil reconocer que no hay nadie más ingles que el indio ni nadie más indio que el inglés.
Pero el inmigrante no puede menos que reírse al oír los temores del nacionalista, que teme la contaminación, la infiltración, el mestizaje, porque esto son bagatelas, chorradas, comparado con lo que teme el inmigrante, que es la disolución, la desaparición. Incluso la imperturbable Alsana Iqbal se había despertado más de una noche bañada en sudor, después de soñar que Millat (genéticamente bb, siendo “b” símbolo de “bengalí” ) se casaba con una muchacha llamada Sarah (genéticamente aa, siendo “a” símbolo de “aria” ) y tenían un hijo llamado Michael (ba) que, a su vez, se casaba con una muchacha llamada Lucy (aa), y daba a Alsana un legado de bisnietos irreconocibles (¡Aaaaaa!), con su sangre bengalí completamente diluida, y el genotipo oculto por el fenotipo. Es a un tiempo el sentimiento más irracional y más natural del mundo. En Jamaica, esto se refleja hasta en la gramática: no existe diversidad de pronombres personales, no hay diferencia entre yo, tú o ellos: sólo el puro y homogéneo yo. Cuando Hortense Bowden, que era medio blanca, se enteró del matrimonio de Clara, se presentó en la casa y dijo desde el umbral de la puerta: “Que quede claro: desde ahora, yo y yo no nos hablamos”; dio media vuelta y mantuvo su palabra. Después de todo lo que se había esforzado Hortense para casarse con un negro, a fin de salvar sus genes desde el mismo borde del precipicio, ahora su hija traería al mundo una descendencia más descolorida todavía.
Zadie Smith
Dientes Blancos (traducción de Ana María de la Fuente. Salamandra)

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Publicado por elchicoanalogo @ 20:44  | Libros...
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