Martes, 18 de agosto de 2009
Esta novela narra los primeros años de la vida de una niña obsesionada por el agua que, disconforme con su entorno, adopta la inerte forma de tubo como condición existencial. Con la crueldad, realismo y humor a que nos tiene acostumbrados, la autora rememora episodios de su infancia japonesa en un relato que, como su aplaudida novela Estupor y temblores, posee una gran carga autobiográfica y vuelve a deslumbrarnos con fogonazos de humor descarnado e impactante.

Llegué a Amélie Nothomb tras leer sobre ella en varios blogs y foros literarios. Incluso en mi página de anobii, donde guardo mi biblioteca, me recomendaron leer alguno de sus libros. De esas lecturas rápidas y salteadas me quedó la impresión de una escritora excéntrica.

Me hablaron de Metafísica de los tubos. Ya el título me llamó la atención. Y una vez leído tengo una sensación extraña, dividida entre la sorpresa de la narrativa de Nothomb y la historia en sí (inesperada, soñadora, ególatra) de una niña de tres años despierta, inteligente y filósofa. Al inicio estaba la nada. Y la nada tenía sus límites. Como los tubos. Y dios vivía en esa nada. Hasta que fue echado al mundo. Y durante sus dos primeros años dios fue inacción. Pero despertó. Y lo que despertó a dios fue el placer del chocolate. El placer en sí. Y desde ese instante dios buscó el mundo y miró hacia él. Y le gustó el mar. Y le aburrieron el teatro “no” y algunos hombres.

Libro corto, reflexivo, con un humor irónico y a veces cruel, algunos párrafos introspectivos y la historia autobiográfica de una niña que despierta al mundo y descubre el placer y el mar y la mirada.




Me comprendo. A los dos años, acaba de salir de mi entorpecimiento para descubrir que la vida era un valle de lágrimas en el que se comían zanahorias hervidas con jamón. Debería de haberme sentido estafada. ¿Para qué matarse a nacer si no es para experimentar el placer? Los adultos tienen acceso a todo tipo de voluptuosidades, pero para abrir las puertas del deleite a los niños sólo existen las golosinas.
Mi abuela me había llenado la boca de azúcar: de repente, el animal furioso había comprendido que existía una justificación a tanto aburrimiento, que el cuerpo y el espíritu servían para gozar y que, por tanto, no había que tomarla ni con el universo ni con uno mismo por el hecho de estar aquí. El placer aprovechó las circunstancias para dar nombre a su instrumento: lo llamó Yo, y es un nombre que todavía conservo.
Desde hace mucho tiempo, existe una inmensa secta de imbéciles que oponen sensualidad e inteligencia. Es un círculo vicioso: se privan de placeres para exaltar sus capacidades intelectuales, lo cual sólo contribuye a empobrecerles. Se convierten en seres cada vez más estúpidos, y eso les reconforta en su convicción de ser brillantes, ya que no se ha inventado nada mejor que la estupidez para creerse inteligente.
El deleite, en cambio, nos hace humildes y admirativos con lo que lo produce, el placer despierta la mente y la empuja tanto hacia la virtuosidad como hacia la profundidad. Se trata de una magia tan potente que, a falta de voluptuosidad, la sola idea de voluptuosidad resulta suficiente. Mientras existe esa noción, el ser está a salvo. Pero la frigidez triunfante está condenada a celebrar su propia insustancialidad.
Uno se cruza a veces con gente que, en voz alta y fuerte, presume de haberse privado de tal o cual delicia durante veinticinco años. También conocemos a fantásticos idiotas que se alaban por el hecho de no haber escuchado jamás música, por no haber abierto nunca un libro o no haber ido nunca al cine. También están los que esperan suscitar admiración a causa de su absoluta castidad. Alguna vanidad tienen que sacar de todo eso: es la única alegría que tendrán en la vida.
Amélie Nothomb
Metafísica de los tubos (traducción de Sergi Pàmies. Quinteto. Anagrama)

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Publicado por elchicoanalogo @ 16:00  | Libros...
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