Lunes, 24 de agosto de 2009
El hombre que se enamoró de la luna es un western extraño, onírico, surrealista, profundamente sexual, una sorpresa tras otra, una continua pasión por contar historias a través de imágenes mágicas que están en la frontera entre la realidad y el sueño. Es el amor por las historias. Por romper con la mirada tradicional, adquirida, aprendida e intentar darle la vuelta al mundo convencional. La lucha por sobrevivir en un mundo propio donde caben fantasmas, indios que succionan balas del corazón y se convierten en aliento que entra en otros hombres, prostitutas alcaldesas que filosofan sobre la realidad del mundo, un vaquero de ojos verdes, y un muchacho indio, afuera-en-el-cobertizo, que cuenta con un tono nostálgico una vida utópica en un pueblo de Idaho.

Afuera en el cobertizo es un muchacho que vive en un prostíbulo con su madre india e Ida Richilieu, la madame y alcaldesa del pueblo minero. Descubre su potencial sexual, el juego del teruteru, la compañía de personas ajenas a las convenciones sociales. Pero afuera en el cobertizo necesita conocer sus raíces, su historia, realiza un viaje iniciático que le lleva a Dellwood Barker, vaquero enamorado de la luna, su padre. Durante un tiempo afuera en el cobertizo vive una utopía hermosa junto a Ida, Alma Hatch, la mujer rosa, y Dellwood, una familia entregada al placer, el sexo, el alcohol, el opio y las historias. Su mayor droga son las historias. Una comunidad así sólo puede generar odio en los que les rodean. Y las utopías siempre han sido frágiles.

Me ha sorprendido Spanbauer, su forma tan poética de narrar esta historia, lirismo mezclado con partes soeces, algo así como un cruce de Baricco y Bukowski. Fábula y sexo. Sin fronteras. El sexo como un lugar mítico donde no hay mentiras, donde contamos nuestra historia más profunda, nuestros secretos y cargas, donde somos y nos desvanecemos en la luz de la luna.

Spanbauer convierte el lenguaje en una especie de ceremonia mística, en el lenguaje de la luna y el sueño. En espacios en blanco errantes y juguetones, en repeticiones como algunas imágenes de sueños. Como las ceremonias indias alrededor del fuego. Crea un puñado de personajes inolvidables, la alcaldesa y puta filósofa Ida, Alma, la mujer de cuerpo rosado, el vaquero Dellwood, otro filósofo de ojos verdes, Pluma de Búho, un espíritu indio, el diablo en forma de Billy Blizzard, los primeros habitantes del pueblo minero, cada uno más curioso que el anterior (Dave el maldito y su maldito perro, el doctor Ah Fong, Thor y Fern Hurdlika). Y afuera en el cobertizo. Esta es su historia. De cómo se enamoró de la luna.




Llamaba al juego teruteru por el pájaro del mismo nombre. En cierta ocasión había oído a mi madre decirle a un cliente que le gustaban los teruteru porque el teruteru era un artista del engaño. El engaño consistía en que el teruteru simulaba tener un ala rota para que el zorro o el coyote lo siguieran, alejándolos así del nido.
Un día vi un teruteru y lo seguí. Eso fue exactamente lo que hizo: simuló que tenía el ala rota para apartarme de su nido.
Lo consideraba un pájaro muy listo.
Yo me parecía mucho a ese pájaro.
El juego del teruteru nació de que yo buscaba algo sin saber qué estaba buscando. Lo que buscaba era teruteru.
El engaño consistía en que si actuabas como si estuvieras buscando teruteru, nunca encontrabas teruteru.
Tenías que ser teruteru.
Una cosa más sobre el juego de teruteru: si no querías que te vieran, no podían verte.
No podían atrapar al pájaro, no podían encontrar su nido, no podían verme.

( … )

Para mí Dellwood Barker no sólo es el hombre que se enamoró de la luna, sino aquel que me descubrió que el ojo derecho sólo ve los que queremos ver, y el ojo izquierdo es el ojo del alma. Desde entonces, cuando tengo a alguien enfrente, trato de mirarle a su ojo izquierdo, a ver qué me desvela.

( … )

El cuerpo de Alma era zarzaparrilla o azúcar o un paste. Algo tan dulce, rosado y pegajoso que te impregnaba entero. Algo con lo que una vez que empezabas no podías parar hasta empacharte. Y en todo momento olía a rosas... rosas mezcladas con olor a mujer. Alma Hatch siempre se ponía agua de rosas. Detrás de las orejas, debajo de los brazos, en las muñecas. A veces se sentaba sobre un charco y dejaba que el agua de rosas subiera por ella. Si entrabas en una habitación y Alma Hatch había estado en ella en las últimas veinticuatro horas, lo sabías por el olor a rosas. Rosas de color rosa. No rojas, ni blancas, ni amarillas... rosas. Los pezones eran de color rosa; su agujero, de color rosa; sus labios, rosados. Juro que Alma no era una mujer blanca. Era una mujer rosa.

( … )

- ¿A qué se parece el sonido de la luna cuando te habla? – pregunté.
- A la respiración – dijo-, como los latidos del corazón. – Y a continuación-: acércate y te lo enseñaré. ¡Escucha!
Cuando su mano me tocó detrás del cuello me incliné despacio hacia él, su mano guiando mi cara hacia el vello de su estómago. Doblé la cabeza, mi oreja firmemente apoyada contra su pecho: piel de oreja contra piel de pecho. Delante de mi ojo bueno se encontraba su pezón, y su lenta respiración recorría mi interior a toda prisa, igual que el corazón, y la sangre me bajaba hasta los huevos para volver a subir. Momentos después el ritmo de mi respiración y el de mis latidos se había acompasado al suyo.
Con la oreja presionada contra él, la escuché: la luna. El sonido pleno y cálido del corazón, de alguien más allí.

( … )

La mayoría de los hombres, la mayoría de los pobres hombres, cuentan siempre la vieja historia de erecciones y eyaculaciones, y siempre son el que la mete a fondo. La mayoría de las mujeres, la mayoría de las pobres mujeres cuentan esta historia, que en realidad poco tiene de historia, tú habla que yo te escucho, avísame cuando hayas terminado. Siempre acaban siendo aquellas a quienes se la meten a fondo. Pero cuando follas las cosas no son así. Follar bien implica permutarse, luchar, intercambiar relatos y contar mentiras hasta acceder a la verdad. Allí arriba, en Cabeza de Búfalo, cuando se la metí a fondo a Dellwood Barker, el hombre que creía que era mi padre, yo era un chico cuyo cometido era follar, por lo que me dediqué a follar…, aunque el diablo lo sabía, aunque yo bien sabía que uno no folla con su padre.

( … )

De nuevo en la parte superior de la diligencia, de nuevo en la carretera, observé cómo la planicie se rompía en piezas –piezas que se desplazaban- que en su mayoría acababan en cúspides de montañas llamadas mesas. A última hora de la tarde empezaron a dejarse ver los árboles: familias de árboles agrupadas cerca del río; álamos y olivos primero, y pinos, píceas y enebro a mayor altura. El cielo había vuelto al lugar que le correspondía –la copa de los árboles más altos. Y el aire refrescó hasta alcanzar la frescura que se le supone en una tarde de principios de junio. La diligencia se ladeaba en cada curva. La tierra caía en picado a cada lado y yo sonreía porque el viento me envolvía, porque el espíritu de Falsa-Montaña empezaba a poseerme, porque me dirigía a casa.

( … )

Ellos no eran yo. Yo era el tipo con un agujero en el corazón, sujetándose el pecho, mirando a la luna.

( … )

Ida no era simplemente una prostituta.
Era la oscuridad de ellos.
Para ver la luz se necesita la oscuridad.

( … )

La historia es la siguiente: la vida es un sueño.
Todo es una historia que nos contamos a nosotros mismos. Las cosas son sueños, sólo sueños, cuando no están delante de nuestros ojos. Lo que se encuentra delante de nuestros ojos ahora, aquello que puedes alcanzar y tocar, ahora, pasará a ser un sueño.
Lo único que evita que el viento se nos lleve son nuestras historias. Ellas nos dan un nombre y nos colocan en un lugar, nos permiten seguir tocando.

( … )

- Siempre he dicho que primero haces que la historia suceda en tu cabeza y luego, antes o después, el mundo la hace realidad.

( … )

- Estoy harto de oírte decir siempre esa basura, Ida. Pobre Ida Richilieu; las cartas están marcadas en su contra pero sigue marchando; la vida es un oso pardo, e ida una mujer valiente y dura - dijo Dellwood-. Estoy harto de oírlo. La gente tiene lo que se merece. El mundo sólo hace lo que le dices que haga. El mundo te trata así porque tú mismo te cuentas historias así. Si quieres cambiar este maldito mundo, Ida, tienes que empezar por cambiar la visión que tienes del mundo.

( … )

- Mujer Loca, el berdaje, me salvó de los lobos. Me puso en una camilla y me llevó a rastras hasta la Cabeza de Búfalo, en donde me curó, me explicó lo que eran los Mueve Mueve, cómo curar con Mueve Mueve, me enseñó quién era el Loco Lunático, me enseñó a follar.
Me enseñó: hasta el extremo de que no me conocía, no conocía el mundo. Me enseñó: la diferencia entre las cosas y el significado de las cosas. Me enseñó: no se puede entender el significado de las cosas hasta que entiendes a ese yo que intenta entender el significado de las cosas. Me enseñó: yo era la historia que me contaba a mí mismo. Me enseñó: cómo escudriñar la historia que me contaba. Me enseñó: escucha tu corazón, confía en tu corazón. Me enseñó: el conocimiento se convertirá en comprensión cuando muera, y la muerte tendrá que sentarse y esperar mientras yo bailo y cuanto mi historia humana.
Tom Spanbauer

El hombre que se enamoró de la luna
(traducción de Claudio López de Lamadrid. Quinteto. El Aleph editores)

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Publicado por elchicoanalogo @ 19:25  | Libros...
Comentarios (2)  | Enviar
Comentarios
Esta es una de mis eternas lecturas pendientes... Me entran ganas de intentarla otra vez Sonrisa
pd: ando enganchad?sima a 'antes de morirme' de jenny downham (salamandra)
Publicado por sylvia
Mi?rcoles, 26 de agosto de 2009 | 14:11
Saludos, Sylvia,

El libro me dej? boquiabierto, lo que cuenta, la forma que tiene de contarlo, como de ceremonia india y leyenda. Y luego esa parte sexual. Diligencias y cobertizos, leyendas y sexo. Como si hubieran mezclado Centauros del desierto con El imperio de los sentidos…
Tomo nota de antes de morirme… ahhh, esto es un sin vivir, tantos libros, tantas recomendaciones y yo que soy f?cil y digo que s? a todo…
Abrazos
Publicado por elchicoanalogo
Mi?rcoles, 26 de agosto de 2009 | 14:27