Viernes, 28 de agosto de 2009
Hace poco me preguntaron por qué me gustaban las películas orientales. Respondí que, en mi caso, fue Akira Kurosawa quien hizo que me interesara por el cine de aquella tierra. Sus películas de samuráis me recordaron los westerns fordianos de mi infancia, Mifune como un Wayne errante y socarrón, pero con otro ritmo y otros elementos, paisajes boscosos, códigos de honor, silencios. A partir de Kurosawa llegué a Mizoguchi, Ozu, Kim Ki Duk o Wong Kar Wai. Me abrió a otro tipo de cine. Y no sólo cine, también literatura.

Ver una película de Kurosawa es como volver a casa. Me acompaña esa sensación de regreso al hogar tras meses fuera. Esta vez la película elegida fue Sanjuro de las camelias, donde el maestro japonés recupera el personaje principal de Yojimbo, esa historia que, sin buscarlo, inauguró el spaghetti western.  

Si Yojimbo se inicia con el samurai Sanjuro eligiendo el camino a elegir a través del azar de tirar un palo al aire, en Sanjuro de las camelias el samurai se encuentra descansando mientras escucha la conversación de nueve aprendices de samurai que intentan limpiar su pueblo de la corrupción de los poderosos. Novatos, casi estúpidos, los samuráis van hacia su perdición de no mediar la experiencia de Sanjuro. Algo ha cambiado en el personaje. Sigue siendo un hombre desastrado, poco lustroso, sin el porte de los demás personajes, barbudo, indómito y sarcástico. Pero no busca el beneficio y el dinero por encima de todo, no intenta crear una guerra para sacar provecho de todos los bandos. Sanjuro intenta ayudar a un grupo de inexpertos e inquietos samuráis que no son capaces de comprender las trampas y las dobleces del mundo en el que viven. Como dice una de las protagonistas, Sanjuro es como una espada desenvainada.

Sanjuro de las camelias tiene escenas de acción cortas y secas, un Mifune que domina la escena, que la llena por entero, un humor socarrón y divertido e imágenes prodigiosas, el inicio con el ataque a la casa de los nueve samuráis, el duelo final, silencioso, tenso, árido y austero. Kurosawa demuestra que nadie como él para contar una historia de samuráis, de clanes y lealtades, de hombres errantes y violentos, de un mundo de apariencia y caminos de tierra.

Sanjuro de las camelias se despide como un western. La tierra del camino. Y el personaje que se marcha del pueblo. A veces me pregunto si estos personajes errantes no serán como el predicador de El jinete pálido, fantasmas.

Información: http://www.filmaffinity.com/es/film471432.html




Tags: Sanjuro de las camelias, Tsubaki Sanjuro, Akira Kurosawa

Publicado por elchicoanalogo @ 21:35  | Cine
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