Domingo, 30 de agosto de 2009
Después de la decepción de After Dark he tardado en volver a leer a Haruki Murakami. La sequedad descriptiva y cierto cansancio de su última novela publicada en España me dejaron con el paso cambiado. No era la historia que esperaba del autor japonés, sólo algunos diálogos reflexivos y surrealistas se ajustaban a aquello que buscaba. Es el peligro de escribir, tienes que contentar a demasiados lectores que buscan, cada uno, una historia y unos elementos diferentes.

La caza del carnero salvaje fue uno de los primeros libros escritos por Murakami, el que le dio fama y le permitió ahondar en su faceta de escritor. Ya se vislumbran algunos de los principios que caracterizarán su posterior obra, los treintañeros cansados y abúlicos que miran todo con cierta distancia reflexiva, melancólica y desencantada, las curiosas historias de amor, las imágenes oníricas, los gatos y esos párrafos extraños donde se cuestiona sobre la (ir)realidad del mundo.

Hitchcok utilizaba un “macguffin”, un misterio para arrancar sus películas, un objetivo que perseguían todos los protagonistas pero que, al final, era lo menos importante de la historia. Murakami hace algo parecido. Un treinteañero cansado de su vida, recién divorciado, recibe la extraña visita de un hombre que habla en nombre de una desconocida organización que domina la vida japonesa en la sombra. Debe descubrir el paradero de un carnero cuya imagen utilizó en una de sus campañas publicitarias, un carnero diferente a todos los demás, con una estrella en su lomo. Así arranca La caza del carnero salvaje.

Si en Kafka en la orilla sentí que no resolvía bien la historia por toda la carga de misterio acumulada al inicio del libro, acá no importa tanto la solución como el destino del personaje protagonista. Lo menos importante es el misterio en sí, descubrir qué esconde el carnero y las motivaciones de la organización clandestina, lo importante en el libro es ese viaje del narrador a través de Japón, su mirada ante lo que ve y siente, cómo reflexiona sobre su vida, sobre los límites de la realidad, sobre el pasado y la amistad, el vacío o el silencio de las casas después de un divorcio.

Y el amor. Hay una curiosa historia de amor entre el protagonista y una mujer cuyo atractivo reside en la perfección de sus orejas. Una historia de amor con altibajos, inesperada, llena de detalles sutiles, con esa leve melancolía que más adelante explotará en sus libros Murakami.

Me ha gustado este reencuentro con Haruki Murakami antes de su nuevo libro, 1Q84.




Podemos, si así lo deseamos, vagar sin rumbo por el inmenso océano del azar, justamente como las semillas aladas de ciertas plantas revolotean al impulso de la veleidosa brisa primaveral.
No obstante, no faltará quien afirme que hay que negar de entrada la existencia de lo que se suele llamar “azar”. Punto de vista basado en que lo ya sucedido, obviamente, se ha de dar por ya sucedido, sin más; y, claro está, lo aún no ocurrido, obviamente, se ha de dar por no ocurrido. En resumidas cuentas, nuestra existencia es una sucesión de instantes aprisionados entre el “todo” que queda a nuestra espalda y la “nada” que tenemos delante. Y ahí no hay lugar para el azar, ni tampoco para lo posible.

( … )

Sin un mal rasguño ni irregularidad alguna en su superficie, el espejo reflejaba fielmente la imagen del cuerpo entero, desde la coronilla hasta la punta de los pies. Plantado ante él, me dediqué un rato a mirar mi figura de cuerpo entero. No había nada especialmente nuevo en ella. Allí estaba yo, con esa expresión más bien boba que suelo levar encima. Sólo que la imagen del espejo era aún más nítida de lo deseable. Le faltaba la típica monotonía bidimensional que caracteriza a las imágenes de los espejos. Más que estar allí contemplando mi imagen reflejada en el espero, era cabalmente como si yo fuera esa imagen misma reflejada y ese yo del espejo estuviera contemplando a este yo de la realidad convertido a su vez en imagen reflejada de dos dimensiones. Levanté la mano derecha y me la puse ante la cara, y probé a limpiarme los labios con el dorso de la mano. El yo de dentro del espejo hizo el mismo gesto. Sin embargo, tal vez había sido un gesto propio de ese yo del espejo, que yo a mí vez había repetido. A estas alturas, no podía estar seguro de si aún me quedaba verdadera libertad de elección para limpiarme los labios con el dorso de la mano.
Haruki Murakami
La caza del carnero salvaje (traducción de Fernando Rodríguez-Izquierdo y Gavala. Anagrama)

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Publicado por elchicoanalogo @ 4:12  | Libros...
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Comentarios
La verdad es que no me ha gustado nada, vaya tonteria lo del carnero que entra en el cuerpo de otros, me encant? tokio blues y tenia ganas de leer mas, pero ha sido decepcionante. La historia es absurda, increible y lo peor fea, no le encuentro atractivo ninguno a todo el rollo de los carneros...
Publicado por Invitado
Domingo, 30 de agosto de 2009 | 18:59
A m? me gust? despu?s de aquello de After Dark. Lo de los carneros es secundario, prefiero la historia del protagonista y su amiga y el viaje que inica m?s que el misterio en s?. Si te gust? Tokio Blues tienes que leer Al sur de la frontera, al oeste del sol, el Murakami m?s melanc?lico y sin "ida de olla".
Saludos.
Publicado por elchicoanalogo
Domingo, 30 de agosto de 2009 | 19:02