Lunes, 31 de agosto de 2009
En los últimos días he leído dos novelas que alteran la percepción clásica del western. Si en El hombre que se enamoró de la luna me encontré con una historia a medio camino entre el sueño, la lujuria y la amoralidad, en Al otro lado del río descubrí un western salvaje, con elementos de terror y gore. Ambas novelas conservaban los paisajes, las figuras de los vaqueros errantes y los indios y sus espíritus y las prostitutas pero daban una vuelta de tuerca llena de sexualidad y crueldad.

En la contraportada de Al otro lado del río, Stephen King asegura: Ketchum se ha convertido en una especie de héroe para todos aquellos que escribimos relatos de terror y suspense. Es sencillamente uno de los mejores del género. Y en Al otro lado del río hay suspense, hay terror y, sobre todo una violencia salvaje, deshumanizada, cruel y sádica. Hay que tener estómago para aguantar algunas descripciones.

Un escritor que ejerce como periodista encuentra esa vida errante que pretende ser aventurera e idílica junto un corpulento hombre, “Madre” y un jugador de cartas, Hart, un trío que se dedica a reunir manadas de caballos salvajes. Todo cambia con el encuentro de una mexicana moribunda, Elena, secuestrada por una partida de mexicanos y yanquis y llevada a la fuerza al otro lado del río para servir como esclava sexual y doméstica junto con otras jóvenes. Al otro lado del río… como si en una orilla estuviera la cordura y la vida y en el otro la locura y el infierno…

Ketchum escribe con sequedad y crueldad, con mucha crueldad, sobre esa parte sombría del alma humana que es capaz de infringir un dolor nauseabundo en otro ser humano y divertirse con ello. Por momentos, Al otro lado del río me recordó a aquella pesadilla de McCarthy que era La carretera. De repente, en mitad de un párrafo, una imagen de sadismo y salvajismo te helaba la lectura, se hacía intolerable. También, los enfrentamientos remiten al final de Grupo salvaje, de Peckinpah, al leerlos casi se podía sentir los cuerpos caídos y masacrados a cámara lenta.

Ketchum escribe de forma magistral y dura, no te da respiro, desnuda la brutalidad y las tinieblas del ser humano y te hace parar a pensar en ellas. Libro corto, algo más de 100 páginas, Al otro lado del río es una pesadilla y Jack Ketchum un gran escritor.




El oeste no era como en Nellie, la hija del trapero, ni tampoco como en las aventuras de Pecos Bill. Que no son para nada terribles. El oeste era gangrena y sed, río rojos de sangre, y cielos tan grandes que podrían aplastarte como a un gusano.

( … )

No conocía la guerra de verdad.
Sólo la conocía por sus consecuencias. Pero mientras avanzaba por la escalera – Hart y Madre en el frente y Elena y yo detrás- sentí lo que imaginaba podía sentir cualquier soldado que a pesar de no haber estado nunca en una batalla no desconoce del todo sus consecuencias. Miedo, sí, por supuesto que mido. Una clara vibración en la cabeza y el cuerpo que acelera los latidos del corazón, adormece las piernas, y empasta y seca la garganta haciendo que sea casi imposible tragar. Por supuesto que miedo. Pero también un terror aplastante, una abrumadora reluctancia. Estaba a punto de arriesgar mi vida por el simple y terrible propósito de tomar la vida de los demás –y la mayor cantidad de vidas posibles-. Y a qué hombre en su sano juicio le hubiera gustado hacerlo.
Nuestro objetivo es despejar el lugar, Bell.
Hace mucho tiempo que me di cuenta que la guerra es una locura.
De lo que no me di cuenta es del carácter exacto en que esa locura se hace manifiesta en el alma del individuo.
Jack Ketchum
Al otro lado del río (traducción de Guillermo Daniel Galli. Ediciones El Andén)

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Publicado por elchicoanalogo @ 4:45  | Libros...
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