Lunes, 31 de agosto de 2009
Te he conocido por la luz de ahora,
tan silenciosa y limpia,
al entrar en tu cuerpo, en su secreto,
en la caverna que es altar y arcilla,
y erosión.
Me modela la niebla redentora, el humo ciego
ahí, donde nada oscurece.
Qué trasparencia ahí dentro,
luz de abril,
en este cáliz que es cal y granito,
mármol, sílice yagua. Ahí, en el sexo,
donde la arena niña, tan desnuda,
donde las grietas, donde los estratos,
el relieve calcáreo,
los labios crudos, tan arrasadores
como el cierzo, que antes era brisa,
ahí, en el pulso seco, en la celda del sueño,
en la hoja trémula
iluminada y traspasada a fondo
por la pureza de la amanecida.
Donde se besa a oscuras,
a ciegas, como besan los niños,
bajo la honda ternura de esta bóveda,
de esta caverna abierta al resplandor
donde te doy mi vida.
Ahí mismo: en la oscura
inocencia.
Claudio Rodríguez
Ahí mismo (en Poesía completa (1953-1991). Tusquets)

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Publicado por elchicoanalogo @ 9:33  | Poes?a
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En los últimos días he leído dos novelas que alteran la percepción clásica del western. Si en El hombre que se enamoró de la luna me encontré con una historia a medio camino entre el sueño, la lujuria y la amoralidad, en Al otro lado del río descubrí un western salvaje, con elementos de terror y gore. Ambas novelas conservaban los paisajes, las figuras de los vaqueros errantes y los indios y sus espíritus y las prostitutas pero daban una vuelta de tuerca llena de sexualidad y crueldad.

En la contraportada de Al otro lado del río, Stephen King asegura: Ketchum se ha convertido en una especie de héroe para todos aquellos que escribimos relatos de terror y suspense. Es sencillamente uno de los mejores del género. Y en Al otro lado del río hay suspense, hay terror y, sobre todo una violencia salvaje, deshumanizada, cruel y sádica. Hay que tener estómago para aguantar algunas descripciones.

Un escritor que ejerce como periodista encuentra esa vida errante que pretende ser aventurera e idílica junto un corpulento hombre, “Madre” y un jugador de cartas, Hart, un trío que se dedica a reunir manadas de caballos salvajes. Todo cambia con el encuentro de una mexicana moribunda, Elena, secuestrada por una partida de mexicanos y yanquis y llevada a la fuerza al otro lado del río para servir como esclava sexual y doméstica junto con otras jóvenes. Al otro lado del río… como si en una orilla estuviera la cordura y la vida y en el otro la locura y el infierno…

Ketchum escribe con sequedad y crueldad, con mucha crueldad, sobre esa parte sombría del alma humana que es capaz de infringir un dolor nauseabundo en otro ser humano y divertirse con ello. Por momentos, Al otro lado del río me recordó a aquella pesadilla de McCarthy que era La carretera. De repente, en mitad de un párrafo, una imagen de sadismo y salvajismo te helaba la lectura, se hacía intolerable. También, los enfrentamientos remiten al final de Grupo salvaje, de Peckinpah, al leerlos casi se podía sentir los cuerpos caídos y masacrados a cámara lenta.

Ketchum escribe de forma magistral y dura, no te da respiro, desnuda la brutalidad y las tinieblas del ser humano y te hace parar a pensar en ellas. Libro corto, algo más de 100 páginas, Al otro lado del río es una pesadilla y Jack Ketchum un gran escritor.




El oeste no era como en Nellie, la hija del trapero, ni tampoco como en las aventuras de Pecos Bill. Que no son para nada terribles. El oeste era gangrena y sed, río rojos de sangre, y cielos tan grandes que podrían aplastarte como a un gusano.

( … )

No conocía la guerra de verdad.
Sólo la conocía por sus consecuencias. Pero mientras avanzaba por la escalera – Hart y Madre en el frente y Elena y yo detrás- sentí lo que imaginaba podía sentir cualquier soldado que a pesar de no haber estado nunca en una batalla no desconoce del todo sus consecuencias. Miedo, sí, por supuesto que mido. Una clara vibración en la cabeza y el cuerpo que acelera los latidos del corazón, adormece las piernas, y empasta y seca la garganta haciendo que sea casi imposible tragar. Por supuesto que miedo. Pero también un terror aplastante, una abrumadora reluctancia. Estaba a punto de arriesgar mi vida por el simple y terrible propósito de tomar la vida de los demás –y la mayor cantidad de vidas posibles-. Y a qué hombre en su sano juicio le hubiera gustado hacerlo.
Nuestro objetivo es despejar el lugar, Bell.
Hace mucho tiempo que me di cuenta que la guerra es una locura.
De lo que no me di cuenta es del carácter exacto en que esa locura se hace manifiesta en el alma del individuo.
Jack Ketchum
Al otro lado del río (traducción de Guillermo Daniel Galli. Ediciones El Andén)

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Publicado por elchicoanalogo @ 4:45  | Libros...
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Domingo, 30 de agosto de 2009
Mi pretensión no era salir de casa. Sólo se trataba de una excusa para intentar encontrarme a mí mismo. Un tren aparecía como único obstáculo entre el entorno que odiaba en ese instante y aquél que quería construir a mi alrededor. Mi única compañía en este viaje se encontraba en un libro que hacía poco tiempo me había regalado Fernando, de esos que te hacen reflexionar sólo con el título, sin necesidad de índices, comtraportadas o consultas de páginas al azar. "Al sur de la frontera"... Así me sentía en los minutos sobre raíles. Quizás en nuestra mente no podamos establecer límites tan tajantes como los que nos ofrecen los mapas, pero de lo que sí estaba seguro era de que, si existían, me encontraba en el punto más lejano. Siempre aparecen los aledaños meridionales vinculados con la tristeza, la degradación, la decadencia. Craso error. Pero en este tren, éste era mi pensamiento. Me estaban haciendo sentir al sur de la frontera.

"En este mundo hay cosas que son recuperables, y otras no". Palabras que aparecían en alguna página perdida del libro. Sentencia indiscutible. En los últimos días, he sentido que hay cosas (personas) que no volverán a mi vida, al menos, no como antes. Es duro confirmar el paso de un sentimiento a una realidad. Crees tenerlo todo en una persona, todo lo que se puede pedir para rozar la felicidad: confianza, risas, miedos compartidos. Pero, de pronto, desaparece. ¿Cómo? Palabras mal dichas, gestos inadecuados, mentiras descubiertas. Todo ayuda al afianzamiento de esa realidad, hasta que duele. Pero el tiempo va pasando, y el dolor suele darle la mano a la indiferencia. No sé si he llegado ya a este estado (quizás no me dejan llegar), pero lo necesito. Preciso de ese tren interior (cercanías o larga distancia) que me aleje de los que me lastiman, y me acerquen a un mundo en el que encuentre conformidad. Esto es así.

Me marcho, el tren está a punto de salir, y ya he desperdiciado muchos billetes. Suerte que, en esta ocasión, sólo viajo con ida.

29 de agosto de 2009. 19:30 horas. O'Connells. Cádiz.
Jesús Martínez
Al sur de mi frontera

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Publicado por elchicoanalogo @ 13:20  | Voces amigas
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Después de la decepción de After Dark he tardado en volver a leer a Haruki Murakami. La sequedad descriptiva y cierto cansancio de su última novela publicada en España me dejaron con el paso cambiado. No era la historia que esperaba del autor japonés, sólo algunos diálogos reflexivos y surrealistas se ajustaban a aquello que buscaba. Es el peligro de escribir, tienes que contentar a demasiados lectores que buscan, cada uno, una historia y unos elementos diferentes.

La caza del carnero salvaje fue uno de los primeros libros escritos por Murakami, el que le dio fama y le permitió ahondar en su faceta de escritor. Ya se vislumbran algunos de los principios que caracterizarán su posterior obra, los treintañeros cansados y abúlicos que miran todo con cierta distancia reflexiva, melancólica y desencantada, las curiosas historias de amor, las imágenes oníricas, los gatos y esos párrafos extraños donde se cuestiona sobre la (ir)realidad del mundo.

Hitchcok utilizaba un “macguffin”, un misterio para arrancar sus películas, un objetivo que perseguían todos los protagonistas pero que, al final, era lo menos importante de la historia. Murakami hace algo parecido. Un treinteañero cansado de su vida, recién divorciado, recibe la extraña visita de un hombre que habla en nombre de una desconocida organización que domina la vida japonesa en la sombra. Debe descubrir el paradero de un carnero cuya imagen utilizó en una de sus campañas publicitarias, un carnero diferente a todos los demás, con una estrella en su lomo. Así arranca La caza del carnero salvaje.

Si en Kafka en la orilla sentí que no resolvía bien la historia por toda la carga de misterio acumulada al inicio del libro, acá no importa tanto la solución como el destino del personaje protagonista. Lo menos importante es el misterio en sí, descubrir qué esconde el carnero y las motivaciones de la organización clandestina, lo importante en el libro es ese viaje del narrador a través de Japón, su mirada ante lo que ve y siente, cómo reflexiona sobre su vida, sobre los límites de la realidad, sobre el pasado y la amistad, el vacío o el silencio de las casas después de un divorcio.

Y el amor. Hay una curiosa historia de amor entre el protagonista y una mujer cuyo atractivo reside en la perfección de sus orejas. Una historia de amor con altibajos, inesperada, llena de detalles sutiles, con esa leve melancolía que más adelante explotará en sus libros Murakami.

Me ha gustado este reencuentro con Haruki Murakami antes de su nuevo libro, 1Q84.




Podemos, si así lo deseamos, vagar sin rumbo por el inmenso océano del azar, justamente como las semillas aladas de ciertas plantas revolotean al impulso de la veleidosa brisa primaveral.
No obstante, no faltará quien afirme que hay que negar de entrada la existencia de lo que se suele llamar “azar”. Punto de vista basado en que lo ya sucedido, obviamente, se ha de dar por ya sucedido, sin más; y, claro está, lo aún no ocurrido, obviamente, se ha de dar por no ocurrido. En resumidas cuentas, nuestra existencia es una sucesión de instantes aprisionados entre el “todo” que queda a nuestra espalda y la “nada” que tenemos delante. Y ahí no hay lugar para el azar, ni tampoco para lo posible.

( … )

Sin un mal rasguño ni irregularidad alguna en su superficie, el espejo reflejaba fielmente la imagen del cuerpo entero, desde la coronilla hasta la punta de los pies. Plantado ante él, me dediqué un rato a mirar mi figura de cuerpo entero. No había nada especialmente nuevo en ella. Allí estaba yo, con esa expresión más bien boba que suelo levar encima. Sólo que la imagen del espejo era aún más nítida de lo deseable. Le faltaba la típica monotonía bidimensional que caracteriza a las imágenes de los espejos. Más que estar allí contemplando mi imagen reflejada en el espero, era cabalmente como si yo fuera esa imagen misma reflejada y ese yo del espejo estuviera contemplando a este yo de la realidad convertido a su vez en imagen reflejada de dos dimensiones. Levanté la mano derecha y me la puse ante la cara, y probé a limpiarme los labios con el dorso de la mano. El yo de dentro del espejo hizo el mismo gesto. Sin embargo, tal vez había sido un gesto propio de ese yo del espejo, que yo a mí vez había repetido. A estas alturas, no podía estar seguro de si aún me quedaba verdadera libertad de elección para limpiarme los labios con el dorso de la mano.
Haruki Murakami
La caza del carnero salvaje (traducción de Fernando Rodríguez-Izquierdo y Gavala. Anagrama)

Tags: caza del carnero salvaje, Haruki Murakami, Fernando Rodríguez, Anagrama

Publicado por elchicoanalogo @ 4:12  | Libros...
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Viernes, 28 de agosto de 2009
Hace poco me preguntaron por qué me gustaban las películas orientales. Respondí que, en mi caso, fue Akira Kurosawa quien hizo que me interesara por el cine de aquella tierra. Sus películas de samuráis me recordaron los westerns fordianos de mi infancia, Mifune como un Wayne errante y socarrón, pero con otro ritmo y otros elementos, paisajes boscosos, códigos de honor, silencios. A partir de Kurosawa llegué a Mizoguchi, Ozu, Kim Ki Duk o Wong Kar Wai. Me abrió a otro tipo de cine. Y no sólo cine, también literatura.

Ver una película de Kurosawa es como volver a casa. Me acompaña esa sensación de regreso al hogar tras meses fuera. Esta vez la película elegida fue Sanjuro de las camelias, donde el maestro japonés recupera el personaje principal de Yojimbo, esa historia que, sin buscarlo, inauguró el spaghetti western.  

Si Yojimbo se inicia con el samurai Sanjuro eligiendo el camino a elegir a través del azar de tirar un palo al aire, en Sanjuro de las camelias el samurai se encuentra descansando mientras escucha la conversación de nueve aprendices de samurai que intentan limpiar su pueblo de la corrupción de los poderosos. Novatos, casi estúpidos, los samuráis van hacia su perdición de no mediar la experiencia de Sanjuro. Algo ha cambiado en el personaje. Sigue siendo un hombre desastrado, poco lustroso, sin el porte de los demás personajes, barbudo, indómito y sarcástico. Pero no busca el beneficio y el dinero por encima de todo, no intenta crear una guerra para sacar provecho de todos los bandos. Sanjuro intenta ayudar a un grupo de inexpertos e inquietos samuráis que no son capaces de comprender las trampas y las dobleces del mundo en el que viven. Como dice una de las protagonistas, Sanjuro es como una espada desenvainada.

Sanjuro de las camelias tiene escenas de acción cortas y secas, un Mifune que domina la escena, que la llena por entero, un humor socarrón y divertido e imágenes prodigiosas, el inicio con el ataque a la casa de los nueve samuráis, el duelo final, silencioso, tenso, árido y austero. Kurosawa demuestra que nadie como él para contar una historia de samuráis, de clanes y lealtades, de hombres errantes y violentos, de un mundo de apariencia y caminos de tierra.

Sanjuro de las camelias se despide como un western. La tierra del camino. Y el personaje que se marcha del pueblo. A veces me pregunto si estos personajes errantes no serán como el predicador de El jinete pálido, fantasmas.

Información: http://www.filmaffinity.com/es/film471432.html




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Publicado por elchicoanalogo @ 21:35  | Cine
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Martes, 25 de agosto de 2009
Cada poco tiempo me preguntan qué significa eso de el chico análogo y por qué lo elegí como sobrenombre. La respuesta es sencilla. Hablo que es una mala traducción personal de la canción The Analog Kid; hablo de uno de mis grupos favoritos, Rush, y su capacidad para crear canciones complejas y, a la vez, cercanas; hablo de cómo el solo de guitarra de Alex Lifeson me hace sonreír esté donde esté; hablo de su extraña melodía y de la sorpresa de escuchar cómo el bajo y la guitarra cambian su rol dentro de la canción, bajo en primer término, guitarra en segundo, y la batería inquieta, siempre inquieta e investigadora de Neil Peart; hablo de cómo fue una canción que me golpeó desde el inicio. Como si un relámpago me partiera la columna. Hablo de la música. Y me quedo ahí. Porque la respuesta es más profunda. La respuesta es la letra.

La letra de The Analog Kid habla de mí. Como un juego de prestidigitación o de adivinación, Neil Peart escribió sobre mis veranos mientras estos sucedían, sobre parte de mis veranos y mis sentimientos cuando necesitaba estar solo y caminaba por los campos de trigo o maíz o me acostaba en la tierra a ver las estrellas con luz de luciérnagas. Alguien puso banda sonora a esos momentos de soledad y reflexión y sueños.

En la canción, un chaval pasea por los campos mientras se pregunta qué le esperará en el futuro, por una ciudad que intuye, por una chica de ojos aduladores que siempre, siempre, baila en el borde/abismo de sus sueños y a la que no consigue atrapar. Las imágenes vienen en oleadas con cada escucha de la canción. Ante mí, dentro de mí, el viento que separa la superficie del trigo como un buque corta el mar en dos, ante mí, dentro de mí, el sonido del viento y el olor de la hierba verde suave y acolchada, ante mí, dentro de mí, los sueños de un chaval que no sabe lo que le espera pero que intenta crear su futuro a partir de repetirlo en la cabeza. Porque si repites una imagen, la convocas y se hace presente. Me ha pasado. Reconstruir una imagen. Repetirla en mi cabeza. Verla en la realidad tiempo después.  

Recuerdo la sensación de sentirme perdido en medio de un campo de maíz, rodeado de los grandes tallos de hojas verdes y amarillas, recuerdo esconderme entre el trigo y tumbarme y mirar a un cielo soñador y pensar en lo que estaba por llegar, recuerdo las noches donde las estrellas se convertían en luciérnagas y las luciérnagas en estrellas. Y yo, en parte invisible, en parte corpóreo, paseaba entre dos tiempos, entre la realidad y la indefinición, entre el deseo y la mirada alrededor, entre imágenes tan lejanas como el vuelo de un águila.

Soñaba con viajes y tierras desconocidas, soñaba con las ciudades intuidas en las películas y los libros de mi infancia, con cabalgar al lado de los espíritus de los indios en el Monument Valley al encuentro del capitán Nathan Brittles, con las calles de Nueva York donde imaginaba se ocultaban uno y mil mafiosos, con olas de 30 metros y ciudades futuristas de edificios inacabables. Las nubes pasaban por encima de mí, sombreaban mi cara, cambiaban el escenario de mis sueños. Quería ser aventurero, quería irme, quería que mi vida fuera un viaje sin destino. Un hombre errante, como los personajes de un western.

Pasaron los veranos entre montes y bosques y campos de trigo, entre el ruido del río al anochecer y el crepitar de las estrellas. Los sueños se intensificaban, se multiplicaban. Viajes, la mujer de melena rizada, ciudades desconocidas, el destino que me esperaba, que cambiaba a cada paso que daba. Llegó el último verano. Ese último verano por el que todos hemos pasado y donde nos despojamos de parte de nuestra vida y nos transformamos y nos hacemos adultos, lo que sea que signifique hacerse adulto.



Tags: espacios en blanco, rush

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si no brota de ti a borbotones
a pesar de todo,
ni lo intentes.
a menos que te salga por voluntad propia
del corazón y la mente y la boca
y las entrañas,
ni lo intentes.
si tienes que permanecer horas sentado
mirando la pantalla del ordenador
o encorvado sobe la
máquina de escribir
en busca de palabras,
ni lo intentes.
si lo haces por el dinero o
la fama,
ni lo intentes.
si lo haces porque quieres
mujeres en la cama
ni lo intentes.
si tienes que sentarte y
rehacerlo una y otra vez,
ni lo intentes.
si sólo pensar en ello ya te cuesta trabajo,
ni lo intentes.
si quieres escribir como algún
otro,
olvídalo.

si tienes que esperar a que salga de ti
con un rugido,
entonces espera tranquilo.
si no llega a salir de ti con un rugido,
dedícate a otra cosa.
si primero se lo tienes que leer a tu esposa
o a tu novia o tu novio
a tus padres o quienquiera que sea,
no estás preparado.

no seas como tantos otros escritores,
no seas como tantos miles de
personas que se llaman escritores,
no seas soso, aburrido y
pretencioso, no te dejes consumir por el
narcisismo.
las bibliotecas del mundo
se han dormido de
aburrimiento
con los de tu calaña.
no lo empeores.
ni lo intentes.
a menos que te salga
del alma como un cohete,
a menos que creas que la inactividad
te llevaría a la locura o
al suicidio o al asesinato,
ni lo intentes.
a menos que el sol en tu interior te
abrase las entrañas,
ni lo intentes.

cuando de veras sea la hora,
y si estás entre los escogidos,
cobrará vida por
si mismo y seguirá cobrándola
hasta que mueras o muera
en ti.

no hay otra manera.

ni la hubo nunca.
Charles Bukowski
Así que quieres ser escritor, ¿eh?, en Escrutaba la locura en busca de la palabra, el verso, la ruta. (Traducción de Eduardo Iriarte Goñi. Visor)



so you want to be a writer?

if it doesn’t come bursting out of you
in spite of everything,
don’t do it.
unless it comes unasked out of your
heart and your mind and your mouth
and your gut,
don’t do it.
if you have to sit for hours
staring at your computer screen
or hunched over your
typewriter
searching for words,
don’t do it.
if you’re doing it for money or
fame,
don’t do it.
if you’re doing it because you want
women in your bed,
don’t do it.
if you have to sit there and
rewrite it again and again,
don’t do it.
if it’s hard work just thinking about doing it,
don’t do it.
if you’re trying to write like somebody
else,
forget about it.

if you have to wait for it to roar out of
you,
then wait patiently.
if it never does roar out of you,
do something else.

if you first have to read it to your wife
or your girlfriend or your boyfriend
or your parents or to anybody at all,
you’re not ready.

don’t be like so many writers,
don’t be like so many thousands of
people who call themselves writers,
don’t be dull and boring and
pretentious, don’t be consumed with self-
love.
the libraries of the world have
yawned themselves to
sleep over your kind.
don’t add to that.
don’t do it.
unless it comes out of
your soul like a rocket,
unless being still would
drive you to madness or
suicide or murder,
don’t do it.
unless the sun inside you is
burning your gut,
don’t do it.

when it is truly time,
and if you have been chosen,
it will do it by
itself and it will keep on doing it
until you die or it dies in you.

there is no other way.

and there never was.

Tags: Charles Bukowski, Visor, Escrutaba la locura, Eduardo Iriarte Goñi

Publicado por elchicoanalogo @ 10:19  | Poes?a
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Lunes, 24 de agosto de 2009
El hombre que se enamoró de la luna es un western extraño, onírico, surrealista, profundamente sexual, una sorpresa tras otra, una continua pasión por contar historias a través de imágenes mágicas que están en la frontera entre la realidad y el sueño. Es el amor por las historias. Por romper con la mirada tradicional, adquirida, aprendida e intentar darle la vuelta al mundo convencional. La lucha por sobrevivir en un mundo propio donde caben fantasmas, indios que succionan balas del corazón y se convierten en aliento que entra en otros hombres, prostitutas alcaldesas que filosofan sobre la realidad del mundo, un vaquero de ojos verdes, y un muchacho indio, afuera-en-el-cobertizo, que cuenta con un tono nostálgico una vida utópica en un pueblo de Idaho.

Afuera en el cobertizo es un muchacho que vive en un prostíbulo con su madre india e Ida Richilieu, la madame y alcaldesa del pueblo minero. Descubre su potencial sexual, el juego del teruteru, la compañía de personas ajenas a las convenciones sociales. Pero afuera en el cobertizo necesita conocer sus raíces, su historia, realiza un viaje iniciático que le lleva a Dellwood Barker, vaquero enamorado de la luna, su padre. Durante un tiempo afuera en el cobertizo vive una utopía hermosa junto a Ida, Alma Hatch, la mujer rosa, y Dellwood, una familia entregada al placer, el sexo, el alcohol, el opio y las historias. Su mayor droga son las historias. Una comunidad así sólo puede generar odio en los que les rodean. Y las utopías siempre han sido frágiles.

Me ha sorprendido Spanbauer, su forma tan poética de narrar esta historia, lirismo mezclado con partes soeces, algo así como un cruce de Baricco y Bukowski. Fábula y sexo. Sin fronteras. El sexo como un lugar mítico donde no hay mentiras, donde contamos nuestra historia más profunda, nuestros secretos y cargas, donde somos y nos desvanecemos en la luz de la luna.

Spanbauer convierte el lenguaje en una especie de ceremonia mística, en el lenguaje de la luna y el sueño. En espacios en blanco errantes y juguetones, en repeticiones como algunas imágenes de sueños. Como las ceremonias indias alrededor del fuego. Crea un puñado de personajes inolvidables, la alcaldesa y puta filósofa Ida, Alma, la mujer de cuerpo rosado, el vaquero Dellwood, otro filósofo de ojos verdes, Pluma de Búho, un espíritu indio, el diablo en forma de Billy Blizzard, los primeros habitantes del pueblo minero, cada uno más curioso que el anterior (Dave el maldito y su maldito perro, el doctor Ah Fong, Thor y Fern Hurdlika). Y afuera en el cobertizo. Esta es su historia. De cómo se enamoró de la luna.




Llamaba al juego teruteru por el pájaro del mismo nombre. En cierta ocasión había oído a mi madre decirle a un cliente que le gustaban los teruteru porque el teruteru era un artista del engaño. El engaño consistía en que el teruteru simulaba tener un ala rota para que el zorro o el coyote lo siguieran, alejándolos así del nido.
Un día vi un teruteru y lo seguí. Eso fue exactamente lo que hizo: simuló que tenía el ala rota para apartarme de su nido.
Lo consideraba un pájaro muy listo.
Yo me parecía mucho a ese pájaro.
El juego del teruteru nació de que yo buscaba algo sin saber qué estaba buscando. Lo que buscaba era teruteru.
El engaño consistía en que si actuabas como si estuvieras buscando teruteru, nunca encontrabas teruteru.
Tenías que ser teruteru.
Una cosa más sobre el juego de teruteru: si no querías que te vieran, no podían verte.
No podían atrapar al pájaro, no podían encontrar su nido, no podían verme.

( … )

Para mí Dellwood Barker no sólo es el hombre que se enamoró de la luna, sino aquel que me descubrió que el ojo derecho sólo ve los que queremos ver, y el ojo izquierdo es el ojo del alma. Desde entonces, cuando tengo a alguien enfrente, trato de mirarle a su ojo izquierdo, a ver qué me desvela.

( … )

El cuerpo de Alma era zarzaparrilla o azúcar o un paste. Algo tan dulce, rosado y pegajoso que te impregnaba entero. Algo con lo que una vez que empezabas no podías parar hasta empacharte. Y en todo momento olía a rosas... rosas mezcladas con olor a mujer. Alma Hatch siempre se ponía agua de rosas. Detrás de las orejas, debajo de los brazos, en las muñecas. A veces se sentaba sobre un charco y dejaba que el agua de rosas subiera por ella. Si entrabas en una habitación y Alma Hatch había estado en ella en las últimas veinticuatro horas, lo sabías por el olor a rosas. Rosas de color rosa. No rojas, ni blancas, ni amarillas... rosas. Los pezones eran de color rosa; su agujero, de color rosa; sus labios, rosados. Juro que Alma no era una mujer blanca. Era una mujer rosa.

( … )

- ¿A qué se parece el sonido de la luna cuando te habla? – pregunté.
- A la respiración – dijo-, como los latidos del corazón. – Y a continuación-: acércate y te lo enseñaré. ¡Escucha!
Cuando su mano me tocó detrás del cuello me incliné despacio hacia él, su mano guiando mi cara hacia el vello de su estómago. Doblé la cabeza, mi oreja firmemente apoyada contra su pecho: piel de oreja contra piel de pecho. Delante de mi ojo bueno se encontraba su pezón, y su lenta respiración recorría mi interior a toda prisa, igual que el corazón, y la sangre me bajaba hasta los huevos para volver a subir. Momentos después el ritmo de mi respiración y el de mis latidos se había acompasado al suyo.
Con la oreja presionada contra él, la escuché: la luna. El sonido pleno y cálido del corazón, de alguien más allí.

( … )

La mayoría de los hombres, la mayoría de los pobres hombres, cuentan siempre la vieja historia de erecciones y eyaculaciones, y siempre son el que la mete a fondo. La mayoría de las mujeres, la mayoría de las pobres mujeres cuentan esta historia, que en realidad poco tiene de historia, tú habla que yo te escucho, avísame cuando hayas terminado. Siempre acaban siendo aquellas a quienes se la meten a fondo. Pero cuando follas las cosas no son así. Follar bien implica permutarse, luchar, intercambiar relatos y contar mentiras hasta acceder a la verdad. Allí arriba, en Cabeza de Búfalo, cuando se la metí a fondo a Dellwood Barker, el hombre que creía que era mi padre, yo era un chico cuyo cometido era follar, por lo que me dediqué a follar…, aunque el diablo lo sabía, aunque yo bien sabía que uno no folla con su padre.

( … )

De nuevo en la parte superior de la diligencia, de nuevo en la carretera, observé cómo la planicie se rompía en piezas –piezas que se desplazaban- que en su mayoría acababan en cúspides de montañas llamadas mesas. A última hora de la tarde empezaron a dejarse ver los árboles: familias de árboles agrupadas cerca del río; álamos y olivos primero, y pinos, píceas y enebro a mayor altura. El cielo había vuelto al lugar que le correspondía –la copa de los árboles más altos. Y el aire refrescó hasta alcanzar la frescura que se le supone en una tarde de principios de junio. La diligencia se ladeaba en cada curva. La tierra caía en picado a cada lado y yo sonreía porque el viento me envolvía, porque el espíritu de Falsa-Montaña empezaba a poseerme, porque me dirigía a casa.

( … )

Ellos no eran yo. Yo era el tipo con un agujero en el corazón, sujetándose el pecho, mirando a la luna.

( … )

Ida no era simplemente una prostituta.
Era la oscuridad de ellos.
Para ver la luz se necesita la oscuridad.

( … )

La historia es la siguiente: la vida es un sueño.
Todo es una historia que nos contamos a nosotros mismos. Las cosas son sueños, sólo sueños, cuando no están delante de nuestros ojos. Lo que se encuentra delante de nuestros ojos ahora, aquello que puedes alcanzar y tocar, ahora, pasará a ser un sueño.
Lo único que evita que el viento se nos lleve son nuestras historias. Ellas nos dan un nombre y nos colocan en un lugar, nos permiten seguir tocando.

( … )

- Siempre he dicho que primero haces que la historia suceda en tu cabeza y luego, antes o después, el mundo la hace realidad.

( … )

- Estoy harto de oírte decir siempre esa basura, Ida. Pobre Ida Richilieu; las cartas están marcadas en su contra pero sigue marchando; la vida es un oso pardo, e ida una mujer valiente y dura - dijo Dellwood-. Estoy harto de oírlo. La gente tiene lo que se merece. El mundo sólo hace lo que le dices que haga. El mundo te trata así porque tú mismo te cuentas historias así. Si quieres cambiar este maldito mundo, Ida, tienes que empezar por cambiar la visión que tienes del mundo.

( … )

- Mujer Loca, el berdaje, me salvó de los lobos. Me puso en una camilla y me llevó a rastras hasta la Cabeza de Búfalo, en donde me curó, me explicó lo que eran los Mueve Mueve, cómo curar con Mueve Mueve, me enseñó quién era el Loco Lunático, me enseñó a follar.
Me enseñó: hasta el extremo de que no me conocía, no conocía el mundo. Me enseñó: la diferencia entre las cosas y el significado de las cosas. Me enseñó: no se puede entender el significado de las cosas hasta que entiendes a ese yo que intenta entender el significado de las cosas. Me enseñó: yo era la historia que me contaba a mí mismo. Me enseñó: cómo escudriñar la historia que me contaba. Me enseñó: escucha tu corazón, confía en tu corazón. Me enseñó: el conocimiento se convertirá en comprensión cuando muera, y la muerte tendrá que sentarse y esperar mientras yo bailo y cuanto mi historia humana.
Tom Spanbauer

El hombre que se enamoró de la luna
(traducción de Claudio López de Lamadrid. Quinteto. El Aleph editores)

Tags: Tom Spanbauer, Claudio López, Quinteto, El Aleph editores

Publicado por elchicoanalogo @ 19:25  | Libros...
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ya que navegas por mi sangre y conoces mis límites y me despiertas en la mitad del día para acostarme en tu recuerdo y eres furia de mí paciencia para mí dime qué diablos hago por qué te necesito quién eres muda sola recorriéndome razón de mi pasión por qué quiero llenarte solamente de mí y abarcarte acabarte mezclarme a tus huesitos y eres única patria contra las bestias el olvido 
Juan Gelman
Preguntas (en Debí decir te amo. Sus mejores poemas de amor. Antología Personal. Planeta)

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He recibido en dossier de prensa sobre la antología de relatos de terror “Déjame salir”. Lo fusilo por entero y lo dejo aquí:

El libro:
«La emoción más antigua y más intensa de la humanidad es el miedo, y el más antiguo y más intenso de los miedos es el miedo a lo desconocido». Así define uno de los magos del terror, H.P. Lovecraft, al miedo. Un miedo que vive en el folklore popular de todas las culturas, y en el subconsciente más profundo de cada persona. Desde el Romanticismo de finales del s. XVIII y principios del XIX, el cuento de terror ha estado presente, y de forma muy aplaudida, en el panorama literario.
Los relatos de Edgar Allan Poe o del mencionado Howard Phillips Lovecraft han desvelado las noches más oscuras de millones de lectores a lo largo de los años, y aún lo siguen haciendo, ahora con la ayuda de genios como Clive Barker, Anne Rice o Stephen King, que han dotado al género de las novedades propias de nuestro mundo actual, pero sin dejar de mirar a esos pioneros que nos sobrecogieron, hurgando en nuestros miedos interiores, en nuestras pesadillas, y en nuestra mente.
“Déjame salir” pretende ser un homenaje al terror, a esos cuentos que no podíamos dejar de leer, pero con la luz encendida; a esos fanzines ochenteros de horror; a esas películas que veías medio tapado con las sábanas, a la espera de un susto que llegaba cuando menos lo esperabas.
23 relatos que no te dejarán escapar. Déjate atrapar por los cuentos finalistas del I Certamen de Relatos de Terror de la Editorial Círculo Rojo. Te sorprenderás. Con Prólogo de Teo Rodríguez (Diarios del Miedo).

La historia:
Los miedos más profundos, los más cotidianos, los que te atormentan cuando estás solo, los monstruos (reales o no)que te persiguen en cada una de tus pesadillas... se incluyen en esta I Antología de Relatos de Terror que publica Editorial Círculo Rojo con los 23 finalistas de su certamen anual. Asesinos en serie, fobias, vampiros, monstruos ancestrales, fantasmas, terror psicológico, y hasta las nuevas tendencias del género que mezclan el terror con la crítica social, están presentes en “Déjame salir”. Ya estás atrapado, no podrás dejar de leer esta selección de historias y relatos que harán las delicias de los amantes de una forma de literatura muy de moda en la actualidad.

DÉJAME SALIR incluye estos 23 relatos:
- La bruja Lusa de Darío Vilas Cosuelo (Vigo, Pontevedra).
- Bienvenida, hermana de Laura López Alfranca (Madrid).
- La huella de Ángela Medina Parra (Madrid).
- La ilusión de Baltasar Menéndez de Santiago Girón Fernández (El Ejido, Almería).
- Cachorros de Iván Mourin Rodríguez (Calafell, Tarragona).
- Amarillo fosforito de Aránzazu Sanz Seligrat (Madrid).
- La taberna oscura de José Ángel Muriel González (Sevilla).
- Mediterráneo indirecto de Antonio Guerrero Ruíz (El Ejido, Almería).
- La ciudad de Catalina Isis Millán Scheiding (Valencia).
- El espíritu de la guerra de José Nicolás González Criado (El Ejido, Almería).
- Dolor, reflejo de Julián Muñoz Carrasco (Galdácano, Vizcaya).
- Gnomos, pimientos y cebolla de Ana Cordón Trujillo (Madrid).
- El día de los muertos de Francisco Escaño Sánchez (Olivella, Barcelona).
- Luna nueva (homenaje) de Yolanda Galve Campos (Castellón de la Plana).
- Juego perverso de Antonio Blázquez Madrid (Madrid).
- La cosecha del padre Damián de José Manuel Frías (Málaga).
- Pesadilla de Jesús Muñoz Fernández (Almería).
- La cinta métrica que perdió diez metros de Juan F. Jordán Montés (Murcia).
- La huida de Matías Ramón González Díaz (Sevilla).
- El descampado de David Yagüe Cayero (Madrid).
- Habla el comandante de Salvador Perán Mesa (Churriana, Málaga).
- No como los demás de Vanessa Hernáez Amez (Gijón, Asturias).
- Maniquíes de Gustavo Prieto García (Madrid).

Autores:
Laura López Alfranca (Madrid, España 1983). Estudiante de informática y escritora vocacional. Ha publicado en varias revistas de Internet y conseguido diferentes puestos en otros tantos concursos literarios. Actualmente busca editorial para publicar sus novelas.
Ángela Medina nació en 1981 en San Fernando (Cádiz). Es licenciada en Publicidad y Relaciones Públicas y cursó el Master en Escritura Creativa en el Centro de Estudios Hotel Kafka. En la actualidad, trabaja como copywriter en una agencia de publicidad interactiva y colabora como redactora y crítica literaria en una web de recomendaciones culturales.
Antonio Guerrero (El Ejido, 1971). Diplomado en Relaciones Laborales por la Universidad de Huelva. Actualmente estudia Filología inglesa en la UNED. Sus relatos han sido publicados en los libros “Festival de relatos de Oria” (2008), “Agenda Mágica Literaria 2009” (Laberinto de Papel), “Colección de relatos. Cuéntanos tu mensaje” (Diputación de Almería, 2008) y en diversas revistas literarias como “Salamandria 2007” o “El coloquio de los perros”. Además, ganó el concurso de relato corto “La Gaceta del Condado” (2005), y fue segundo premio en el “Concurso de relato corto: Biblioteca Central de El Ejido” (2007 y 2008).
Santiago Girón. Dibujante y guionista de cómic metido a editor de literatura convencional. A lo mejor lo recordáis por "Tartessos", "Operación Gorrión", "De perros y jabalíes" y alguna otra publicación. Colabora asiduamente en el fanzine LA DUNA y coordina la línea de narrativa breve de LAGARTOS EDITORES.
Aránzazu Sanz Seligrat (Madrid, 1982). Licenciada en Periodismo en el año 2005, en 2008 termina el Máster en Periodismo Digital de la Universidad de Alcalá de Henares. Siempre le ha encantado leer y ha sido aficionada a escribir desde que tiene memoria. Ha realizado los cursos 'Escritura creativa' (2007) y 'Relato breve' (2009), ambos en la Escuela de Escritores de Madrid. Además, ha publicado en los volúmenes IV y VII de la antología anual que edita la escuela con los textos de los alumnos. GANADORA DEL CERTAMEN DE RELATOS DE TERROR.
Darío Vilas Cosuelo (Vigo, 1979). Se considera escritor desde que imaginó su primera historia, aunque ni tan siquiera la plasmase sobre el papel. Ha publicado sus relatos en diferentes revistas literarias, tanto digitales como en papel, y ha participado en varios libros recopilatorios. En la actualidad se encuentra inmerso en el ilusionante proyecto de editar su propio fanzine de terror (Horror Hispano), ya que es el género en el que se desenvuelve de forma natural, llevando a ese terreno casi cualquier idea que su imaginación le regala. Ha publicado, junto con Rafa Rubio, el libro de relatos “Imperfecta Simetría” (Ed. Círculo Rojo, 2009).
Ivan Mourin Rodríguez nació en Barcelona en 1980 y desde los nueve años supo que quería ser escritor, y forense. Se diplomó en Criminología y ha trabajado hasta hace bien poco como técnico especialista en anatomía patológica. Además de algún relato, ha publicado dos novelas: “Niños perdidos” (Nuevos Autores, 2005) y “Sociedad Tepes” (Atlantis, 2009).
José Manuel Frías (Málaga, 1977) se dedica al periodismo de investigación desde hace quince años y, después de recorrer medio mundo, trabaja para diferentes medios de comunicación de televisión y radio, nacionales y extranjeros, como presentador, reportero, guionista, asesor y corresponsal. Es habitual articulista de las revistas Más Allá, AÑO/CERO y Sexologies. Ha publicado “Málaga Insólita. La ruta del misterio” (Ed. Círculo Rojo, 2009).
José Nicolás González Criado (El Ejido, 1967). Desarrolla su vida laboral en su empresa de artes gráficas y publicidad desde 1990. Reacio a participar en concursos y actividades públicas relacionadas con la literatura hasta hace muy poco, en 2008 y 2009 ha publicado varios relatos en libros colectivos, y el prólogo a la novela “El almendro en flor Roja” de Pepe Criado. Últimamente está publicando críticas y reseñas de libros en su blog: montaigneenlaplaya.blogspot.com y en www.queleoahora.com.
Yolanda Galve Campos (Castellón, 1.975) es Licenciada en Administración y Dirección de Empresas. Sus aficiones son leer, escribir ocasionalmente, viajar y el cine. Algunos de sus relatos han sido publicados en los recopilatorios de “¡Ábrete libro!” e “Historias de la historia”.
Francisco Manuel Escaño Sánchez (Barcelona, 1971) es Licenciado en Filosofía por la Universidad de Barcelona. Fue durante su primer año de carrera, cuando decidió dedicarse a la literatura. Desde entonces, ha escrito cinco novelas, entre ellas “La calle del quebrado” (Septem Ediciones, 2006), y tres libros de cuentos, uno de los cuales quedó finalista en el Premio de Literatura Amateur Planeta Agostini en diciembre de 1999. Actualmente, compagina su labor literaria con su trabajo como maquinista de Renfe.
Juan Jordán (Hellín, Albacete, 1958). Doctor arqueólogo, prospector de serranía en el Alto Segura y especialista en arte rupestre postpaleolítico. Ha escrito “Mont Elín de los Caballeros” (Editora Regional de Murcia, 2007), novela ambientada en el siglo XV en una villa del reino de Murcia. Entre sus trabajos de investigación destacan: Mentalidad y tradición en la serranía de Yeste y Nerpio; Los tambores de Semana Santa; El imaginario del viejo reino de Murcia;...
Salvador Perán Mesa (1944, Granada). Es profesor Titular de Bioquímica y Biología Molecular en la Facultad de Medicina de Málaga y Jefe del Laboratorio de Hormonas del Hospital Regional de Málaga. Ha publicado alrededor de un centenar de trabajos científicos siendo su aportación más importante la introducción en España en 1974, la Prueba del Talón para la Detección Precoz del Hipotiroidismo Congénito. Sus aficiones son el deporte y la literatura.
Julián Muñoz Carrasco (Bilbao, 1976) En los 70 y 80 muchas familias tuvieron que dejar atrás sus raíces y buscar un futuro mejor; él es uno de los niños de esa generación. En el 2007, una crisis de los 30 mal llevada le impulsó a recuperar una afición largo tiempo olvidada: la escritura, que no ha hecho más que darme alegrías desde entonces. Fue finalista del Certamen Villa de Trijueque (2007), participó en la sección “Relatos de los oyentes” en “La Rosa de los Vientos de Juan Antonio Cebrián”, de Onda Cero (2008), seleccionado en el I Concurso Algazara de Microrrelatos (2009) y finalista del I Certamen de Microrrelatos Balcones de Oleana.
Vanesa Hernández Amez (Gijón, 1978). Actualmente, residente en Tarragona. Doctora en Filología Española por la Universidad de Oviedo. Profesora de Lengua Castellana y Literatura en el IES Ramón de la Torre (Torredembarra).
Catalina Isis Millán (Bilbao, 1982). Ha vivido en diversas localidades de España y el extranjero hasta residir en Valencia. Ha cursado estudios de Filología Hispánica y Arte Dramático, pero dedica su ámbito laboral a sus dos pasiones, la escritura y la música, como una reconocida figura de prensa musical, promotora de eventos musicales y culturales y pinchadiscos. Con numerosos poemas publicados, desde hace un año ha empezado su orientación hacia la narrativa y el relato.
Matías Ramón González Díaz (Cortegana, Huelva, 1963). Licenciado en Filología Hispánica, actualmente ejerce como profesor de Lengua y Literatura en el I.E.S. María Moliner de Sevilla.
David Yagüe Cayero (Madrid, 1982) es licenciado en Periodismo y Comunicación Audiovisual y ha ejercido esa profesión en radio e Internet hasta llegar a su actual trabajo en el diario 20minutos. También colabora habitualmente en revistas digitales de cultura como Best Seller Español y comentariosdelibros.com.
Antonio Blázquez Madrid (Salamanca, 1952). De profesión por obligación: asesor financiero, y por vocación: escritor de cuentos y relatos. Algunos premios: Primer Premio III Certamen literario de Membrilla, Primer Premio IV Concurso de Relatos A.Cultural Cerdá y Rico, Premio IV Concurso de Cuentos UDP- Caja Madrid.
José Ángel Muriel González (Sevilla, 1972). Licenciado en Matemáticas por la Facultad de Sevilla y actualmente Gerente en una empresa de consultoría de sistemas. Siempre le gustó escribir. A partir de 2004 consiguió publicar algunos relatos y sus primeras novelas, "Ladrones de Atlántida" y "El talismán cósmico".
Ana Cordón Trujillo (Madrid, 1982). Licenciada en periodismo por la Universidad Carlos III, en la actualidad trabaja como consultora de prensa en una agencia de comunicación de la capital, compaginando este trabajo con colaboraciones en diferentes publicaciones culturales.
Jesús Muñoz Fernández (Almería, 1981). Amante del género de terror desde que era pequeño, se considera un escritor amateur que ha crecido leyendo a Stephen King y disfrutando de la época dorada del cine de terror de los ochenta. Compagina su trabajo de economista con la escritura y la lectura. Se confiesa especialmente influido por Stephen King, Clive Barker, Dean Koontz y las ambientaciones de Lovecraft.
Gustavo Prieto
(Valladolid, 1979).Técnico de Imagen. Desde pequeño ya escribía su rimbombante diario, práctica que dejó en su etapa juvenil. Tanto la inquietud de escribir y del cine se unieron cuando llegó a Madrid donde estudió guión cinematográfico. Actualmente está volcado en la escritura de guiones y relatos.

GANADOR DEL CONCURSO DE FOTOGRAFÍA
Juan B. Gauna (Mendoza, Argentina, 1979). Es el fotógrafo ganador del concurso y su obra es la que da vida a la composición de la cubierta del libro. Se titula “Ira” y forma parte de un proyecto destinado a plasmas los 7 pecados capitales. Sus primeros pasos con la fotografía fueron a los diez años con una Praktica MTL 3 de su padre, por lo que más tarde se volcaría en estudiar diseño gráfico publicitario y fotografía profesional. Participó en varias muestras colectivas e individuales de fotografía. Actualmente se encuentra trabajando de forma freelance y algunos de sus trabajos se pueden ver en www.flickr.com/photos/juancitox.


Editorial Círculo rojo




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Publicado por elchicoanalogo @ 4:33  | Libros...
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Domingo, 23 de agosto de 2009
Conocí el cine de Aki Kaurismäki gracias a un ciclo que le dedicó la cinemateca bilbaína. Durante un par de semanas me sumergí en el peculiar mundo de este gran director finlandés protagonizado por perdedores melancólicos y hieráticos, el constante humo de los cigarrillos, el alcohol, las cárceles, los bajos fondos, gangsters de poca monta, retazos de comedia negra y disparatada, las indescriptibles aventuras de Leningrad Cowboys, un hombre que contrata a un asesino a sueldo para que le mate, artistas pedidos en París, la chica de la fábrica de cerillas, los rostros de Kati Outinen, Matti Pellonpää y Sam Fuller. Películas austeras y adustas, con interpretaciones secas, ajustadas, sin apenas movimientos de cámara o gestos actuados. Una pared de ladrillo o un bar, un plano fijo, un personaje que fuma y mira o actúa o se cruza con otro personaje taciturno y serio. Y a pesar de toda esta austeridad, de todos estos silencios y miradas y gestos reprimidos, de unos paisajes grises, las películas de Kaurismäki trasmiten calidez y cercanía y afinidad, un humor a ratos cruel, a ratos desternillante. Humanidad. Así siento el cine de Kaurismäki.

Luces al atardecer tiene todo lo que uno espera en las películas de Kaurismaki. Koistinen es un perdedor nato, como lo define uno de los personajes, un guarda de seguridad gris, aburrido, apagado, que cena solo con la televisión de fondo. Una vida gris en un paraje gris. Tan gris que una banda de gángsteres lo utiliza para cometer un robo.

Toda la película recae en el personaje de Koistinen, su trabajo y su vida aburridos, temporales, su amor por una mujer que lo enamora y lo usa para cargarle un robo (impagable la escena donde los gangsters juegan la póquer y la pretendida mujer fatal pasa la aspiradora), sus paseos nocturnos y solitarios y su melancolía. Koistinen tiene esa esperanza de los personajes de Kaurismaki de mejorar su futuro, de dar un paso que lo aleje de su rutina.

Película sin apenas diálogos, con humo de cigarrillos y el sabor a vodka, alguna escena de humor hilarante, unos mafiosos de poca monta, un perdedor, los tangos de Gardel, silencio y austeridad y un final entrañable, Luces al atardecer es una buena película, tal vez no llegue al nivel de Nubes pasajeras o Un hombre sin pasado, pero cada película de Kaurismäki es una celebración.

Información: http://www.filmaffinity.com/es/film934800.html


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Publicado por elchicoanalogo @ 10:02  | Cine
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S?bado, 22 de agosto de 2009
No soy yo quien escucha
ese trote llovido que atraviesa mis venas.

No soy yo quien se pasa la lengua entre los labios,  
al sentir que la boca se me llena de arena.

No soy yo quien espera,
enredado en mis nervios,
que las horas me acerquen el alivio del sueño,
ni el que está con mis manos, de yeso enloquecido,
mirando, entre mis huesos, las áridas paredes.

No soy yo quien escribe estas palabras huérfanas.
Oliverio Girondo
Nocturno 1 (en Persuasión de los días)

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Publicado por elchicoanalogo @ 4:45  | Oliverio Girondo
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Viernes, 21 de agosto de 2009
Despedidas se llevó el oscar a la mejor película de habla no inglesa. Años atrás lo ganaron Kinugasa con su Puerta del infierno o Kurosawa con esas deslumbrantes películas que son Rashomon y Dersu Uzala. No creo que Despedidas llega a la altura de estas dos últimas películas, es más accesible y directa, a veces se queda en la superficie de una hermosa historia donde se descubre la vida a través de la muerte.

Daigo, un violonchelista que acaba de ver cómo la orquesta donde tocaba ha sido disuelta, regresa a su pueblo natal y descubre una pulsión y un objetivo vital en el ritual de amortajar cadáveres. Él, que vio cómo su padre desaparecía cuando era un niño que miraba las formas de las piedras, que despilfarró su dinero en un lujoso violonchelo, regresa al inicio para encontrar un camino nuevo y diferente. Viaja a la vida a través de la muerte.

Entonces.

Entonces las primeras imágenes de Daigo en mitad de una orquesta son sustituidas por otras donde ayuda a amortajar y preparar a los muertos antes de ser enterrados. Sus manos, delicadas, artistas, desvisten y lavan los cadáveres con minuciosidad y mimo, explica cada paso a los familiares, los maquilla y los prepara y los embellece ante un público pequeño y humilde que se despiden en lágrimas de agradecimiento por un acto tan puro y bello.

Despedidas aborda esa parte de la vida que es la muerte, cómo nos enfrentamos a ella, cómo no tiene por qué ser un momento únicamente desgarrador, sino un rito donde nos despedimos con sinceridad y recogimiento de la persona amada, donde vemos cómo unas manos sutiles nos evocan la belleza que aún contiene en su rostro silenciado.

Yojiro Takita combina con acierto el humor con el drama (porque la vida es eso, un cruce de lloros y risas), la meticulosidad de las diferentes ceremonias y muertos, cómo Daigo aprende a encontrar su lugar en el mundo y cómo pasa de auditorios silenciosos y distantes a un público cercano y sensible.




Tags: Despedidas, Okuribito, Yojiro Takita

Publicado por elchicoanalogo @ 4:10  | Cine
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Jueves, 20 de agosto de 2009
No es en este volcán que hay debajo de mi lengua falaz donde te busco,
ni es esta espuma azul que hierve y cristaliza en mi cabeza,
sino en esas regiones que cambian de lugar cuando se nombran,
como el secreto yo y las indescifrables colonias de otro mundo.
Noches y días con los ojos abiertos bajo el insoportable parpadeo del sol,
atisbando en el cielo una señal,
la sombra de un eclipse fulgurante sobre el rostro del tiempo,
una fisura blanca como un tajo de Dios en la muralla del planeta.
Algo con que alumbrar las sílabas dispersas de un código perdido
Para poder leer en estas piedras mi costado invisible.

Pero ningún pentecostés de alas ardientes desciende sobre mí.
¡Variaciones del humo, retazos de tinieblas con máscaras de plomo,
meteoros innominados que me sustraen la visión entre un batir de puertas!
Noches y días fortificada en la clausura de esta piel,
escarbando en la sangre como un topo,
removiendo en los huesos las fundaciones y las lápidas,
en busca de un indicio como de un talismán que me revierta la división y la caída.
¿Dónde fue sepultada la semilla de mi pequeño verbo aún sin formular?
¿En que Delfos perdido en la corriente
suben como el vapor las voces desasidas que reclaman mi voz para manifestarse?
¿Y cómo asir el signo a la deriva -ese y no cualquier otro-
en que debe encarnar cada fragmento de este inmenso silencio?
No hay respuesta que estalle como una constelación entre harapos nocturnos,
¡Apenas si fantasmas insondables de las profundidades,
territorios que comunican con pantanos,
astillas de palabras y guijarros que se disuelven en la insoluble nada!

Sin embargo
ahora mismo
o alguna vez
no sé
quién sabe
puede ser
a través de las dobles espesuras que cierran la salida
o acaso suspendida por un error de siglos en la red del instante
creí verte surgir como una isla
quizás como una barca entre las nubes o un castillo en el que alguien canta
o una gruta que avanza tormentosa con todos los sobrenaturales fuegos encendidos.

¡Ah las manos cortadas,
los ojos que encandilan y el oído que atruena!
¡Un puñado de polvo, mis vocablos!
Olga Orozco
Densos velos te cubren, poesía

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Publicado por elchicoanalogo @ 4:26  | Poes?a
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Mi?rcoles, 19 de agosto de 2009
Glen es un cantante callejero. Regresó a Dublín tras su ruptura. Por el día toca canciones conocidas y reconocibles y arregla aspiradoras. Al anochecer se deja llevar por sus composiciones, canciones que hablan de pérdida, dolor, miedos, fracturas emocionales, amores en punto muerto y palabras nunca pronunciadas. Marketa llegó desde Chequia. Es pequeña y parece frágil. Vende flores y toca el piano. Glen y Marketa se cruzan en las calles dublinesas en una pequeña y cálida historia, Once (una vez), que avanza con las canciones de Glen.

No hacen falta muchos diálogos, las letras de las canciones desgranan el pasado y los sentimientos de los protagonistas, las caras diferentes del amor, cómo dos desconocidos encuentran un punto de apoyo en el otro, una forma de avanzar por su vida itinerante y frágil. Una conmovedora historia de amor que no llega a nada. Glen y Marketa. Y en medio, una docena de canciones sobre eso tan difícil de definir que es el amor y todos los estados por los que pasa.

Hay una escena especialmente conmovedora. Glen y Marketa en una tienda de instrumentos musicales donde ella ensaya al piano y, por primera vez, tocan juntos una canción, Falling Slowly, una declaración de principios.

Once es otro tipo de cine musical, sin bailes pero con canciones que hacen avanzar la historia, que son el corazón de la película. Una hermosa historia.

Información: http://www.filmaffinity.com/es/film726030.html






Falling Slowly (Glen Hansard)




I don't know you
But I want you
All the more for that
Words fall through me
And always fool me
And I can't react
And games that never amount
To more than they're meant
Will play themselves out

Take this sinking boat and point it home
We've still got time
Raise your hopeful voice you have a choice
You'll make it now

Falling slowly, eyes that know me
And I can't go back
Moods that take me and erase me
And I'm painted black
You have suffered enough
And warred with yourself
It's time that you won

Take this sinking boat and point it home
We've still got time
Raise your hopeful voice you had a choice
You've made it now
Falling slowly sing your melody
I'll sing along




Tags: Once, una vez, John Carney, Glen Hansard, Markéta Irglová

Publicado por elchicoanalogo @ 4:17  | Cine
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Martes, 18 de agosto de 2009
Esta novela narra los primeros años de la vida de una niña obsesionada por el agua que, disconforme con su entorno, adopta la inerte forma de tubo como condición existencial. Con la crueldad, realismo y humor a que nos tiene acostumbrados, la autora rememora episodios de su infancia japonesa en un relato que, como su aplaudida novela Estupor y temblores, posee una gran carga autobiográfica y vuelve a deslumbrarnos con fogonazos de humor descarnado e impactante.

Llegué a Amélie Nothomb tras leer sobre ella en varios blogs y foros literarios. Incluso en mi página de anobii, donde guardo mi biblioteca, me recomendaron leer alguno de sus libros. De esas lecturas rápidas y salteadas me quedó la impresión de una escritora excéntrica.

Me hablaron de Metafísica de los tubos. Ya el título me llamó la atención. Y una vez leído tengo una sensación extraña, dividida entre la sorpresa de la narrativa de Nothomb y la historia en sí (inesperada, soñadora, ególatra) de una niña de tres años despierta, inteligente y filósofa. Al inicio estaba la nada. Y la nada tenía sus límites. Como los tubos. Y dios vivía en esa nada. Hasta que fue echado al mundo. Y durante sus dos primeros años dios fue inacción. Pero despertó. Y lo que despertó a dios fue el placer del chocolate. El placer en sí. Y desde ese instante dios buscó el mundo y miró hacia él. Y le gustó el mar. Y le aburrieron el teatro “no” y algunos hombres.

Libro corto, reflexivo, con un humor irónico y a veces cruel, algunos párrafos introspectivos y la historia autobiográfica de una niña que despierta al mundo y descubre el placer y el mar y la mirada.




Me comprendo. A los dos años, acaba de salir de mi entorpecimiento para descubrir que la vida era un valle de lágrimas en el que se comían zanahorias hervidas con jamón. Debería de haberme sentido estafada. ¿Para qué matarse a nacer si no es para experimentar el placer? Los adultos tienen acceso a todo tipo de voluptuosidades, pero para abrir las puertas del deleite a los niños sólo existen las golosinas.
Mi abuela me había llenado la boca de azúcar: de repente, el animal furioso había comprendido que existía una justificación a tanto aburrimiento, que el cuerpo y el espíritu servían para gozar y que, por tanto, no había que tomarla ni con el universo ni con uno mismo por el hecho de estar aquí. El placer aprovechó las circunstancias para dar nombre a su instrumento: lo llamó Yo, y es un nombre que todavía conservo.
Desde hace mucho tiempo, existe una inmensa secta de imbéciles que oponen sensualidad e inteligencia. Es un círculo vicioso: se privan de placeres para exaltar sus capacidades intelectuales, lo cual sólo contribuye a empobrecerles. Se convierten en seres cada vez más estúpidos, y eso les reconforta en su convicción de ser brillantes, ya que no se ha inventado nada mejor que la estupidez para creerse inteligente.
El deleite, en cambio, nos hace humildes y admirativos con lo que lo produce, el placer despierta la mente y la empuja tanto hacia la virtuosidad como hacia la profundidad. Se trata de una magia tan potente que, a falta de voluptuosidad, la sola idea de voluptuosidad resulta suficiente. Mientras existe esa noción, el ser está a salvo. Pero la frigidez triunfante está condenada a celebrar su propia insustancialidad.
Uno se cruza a veces con gente que, en voz alta y fuerte, presume de haberse privado de tal o cual delicia durante veinticinco años. También conocemos a fantásticos idiotas que se alaban por el hecho de no haber escuchado jamás música, por no haber abierto nunca un libro o no haber ido nunca al cine. También están los que esperan suscitar admiración a causa de su absoluta castidad. Alguna vanidad tienen que sacar de todo eso: es la única alegría que tendrán en la vida.
Amélie Nothomb
Metafísica de los tubos (traducción de Sergi Pàmies. Quinteto. Anagrama)

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Lunes, 17 de agosto de 2009
Hace más de diez años descubrí una película japonesa alejada de las historias de samuráis que solía ver. Cuentos de Tokio. Yasujiro Ozu. Donde un viejo matrimonio visitaba a sus hijos y cómo estos se desentendían de sus padres. Una historia familiar pausada y delicada, contada en planos largos donde Ozu dejaba tiempo al espectador para adentrarse en los sentimientos y la mirada de los personajes. Una de esas películas imperecederas, en un blanco y negro brumoso y melancólico.

En Caminando son los hijos quienes visitan la casa paterna para celebrar el aniversario de la muerte del hermano mayor. La tranquilidad de la puesta en escena, los planos de larga duración, la cámara que la mayoría de las veces se colocaba a la altura de la mirada de los protagonistas, cómo la historia fluye sin trompicones, con una naturalidad calmosa, me hicieron recordar aquella primera vez de Cuentos de Tokio. Un retrato familiar, los secretos que salen a la luz, las conversaciones alrededor de una mesa plagada de comida, la mirada entre dura y tierna sobre los padres e hijos, cómo parece que no pasa nada y en ese día que comparte la familia se cuenta todo un pasado de silencios, deseos interrumpidos, pérdida, muerte y ritos.

Me gusta este tipo de cine japonés donde parece que el tiempo se detiene y tienes la oportunidad de pensar en la historia y mirar dentro de ti y comparar y recordar. Hirokazu Kore-eda se centra en la preparación de los manjares, en los silencios, en los recuerdos inertes de la habitación del hijo muerto, en cómo sobrelleva el segundo hijo varón la ausencia de su hermano y su posición en la familia tras casarse con una viuda (qué hermosa Natsukawa Yui). Todo pasa con serenidad y lentitud. La vida es así, una mesa, comida, y un grupo de personas que se miran y se hablan y recuerdan al ausente y, a veces, surge el conflicto en pequeñas frases al azar.

Hermosa película.

Información: http://www.filmaffinity.com/es/film700505.html






Tags: Still Walking, Caminando, Hirokazu Kore-eda

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Domingo, 16 de agosto de 2009
La lectura de Dientes blancos me ha descubierto a una escritora de estilo exuberante, detallista, irónico y expansivo. Como un río con numerosos afluentes, Zadie Smith toma a un puñado de personas inolvidables y cruza sus vidas en un barrio londinense donde se mezclan las culturas, los acentos, las religiones. La vida de inmigrantes bengalíes y jamaicanos, cómo llegan hasta Inglaterra, su forma de sobrevivir, de acomodarse a su nuevo país y sus costumbres, las raíces y el pasado, las leyendas e historias familiares, todo un pasado que arrastran con ellos, que confrontan con su vida actual fuera de su tierra natal.

Y esa confrontación de las raíces familiares con el presente es uno de los temas de Dientes blancos. Cómo los hijos de los inmigrantes se encuentran en una extraña tierra de nadie, nacidos en un país diferente al de sus antepasados, con la sensación propia de desarraigo y, a la vez, de separación con la forma de vida de sus padres.

El enfrentamiento entre padres que intentan conservar sus raíces y costumbres y los hijos que rompen con todo el pasado que llevan a sus espaldas está narrado con ironía, con gusto por el detalle. La historia de Archie y Samad, dos amigos que se conocieron en plena guerra mundial, se bifurca en docenas de personas y tiempos diferentes, las anécdotas se suceden, como los lugares y los personajes curiosos.

Dividida en cuatro partes, que toman el punto de vista de los diferentes personajes, Zadie Smith construye un gran fresco sobre la inmigración y su adaptación a la nueva tierra, los conflictos paternos filiales, el desarraigo, el pasado y la importancia de las raíces, cómo un pequeño barrio londinense se convierte en un microcosmos de culturas diferentes.
 
Dientes blancos se ha convertido en una de las mejores sorpresas de este año.




- Nuestros hijos nacerán de nuestros actos. Nuestras acciones se traducirán en sus destinos. Sí; los actos permanecen. Lo que importa es lo que uno hace en el momento crucial, cuanto se han hecho las apuestas, cuando cae la bola. Cuando las paredes se derrumban, y el cielo está oscuro, y el suelo tiembla. En ese momento, nuestros actos nos definirán. Y no importa si Alá, Jesús o Buda nos están mirando o no. En los días fríos, un hombre puede ver su aliento, y en los días cálidos no. Pero el hombre respira siempre.

( … )

Éste ha sido el siglo de los forasteros, morenos, amarillos y blancos. Ha sido el siglo del gran experimento de los inmigrantes. Hasta el presente no se podía entrar en un parque infantil y encontrar a Isaac Leung junto al estanque, a Danny Rahman en el campo de fútbol, a Quang O´Rourke botando una pelota de baloncesto y a Irie Jones tarareando una canción. Niños con nombres y apellidos disonantes, en rumbo de colisión. Nombres y apellidos que hablan de éxodos masivos, de barcos y aviones repletos, de fríos recibimientos, de revisiones médicas. Sólo en el presente, y posiblemente sólo en Willesden, se puede encontrar a dos amigas inseparables como Sita y Sharon, cuyos nombres todos confunden porque Sita es blanca (su madre se encaprichó del nombre) y Sharon es paquistaní (su madre lo prefirió así, para evitar complicaciones). Sin embargo, a pesar de la mezcla, a pesar de que nos hemos habituado a vivir juntos con relativa comodidad (como el hombre que vuelve a la cama de su amante, después de un paseo de medianoche), a pesar de todo, aún resulta difícil reconocer que no hay nadie más ingles que el indio ni nadie más indio que el inglés.
Pero el inmigrante no puede menos que reírse al oír los temores del nacionalista, que teme la contaminación, la infiltración, el mestizaje, porque esto son bagatelas, chorradas, comparado con lo que teme el inmigrante, que es la disolución, la desaparición. Incluso la imperturbable Alsana Iqbal se había despertado más de una noche bañada en sudor, después de soñar que Millat (genéticamente bb, siendo “b” símbolo de “bengalí” ) se casaba con una muchacha llamada Sarah (genéticamente aa, siendo “a” símbolo de “aria” ) y tenían un hijo llamado Michael (ba) que, a su vez, se casaba con una muchacha llamada Lucy (aa), y daba a Alsana un legado de bisnietos irreconocibles (¡Aaaaaa!), con su sangre bengalí completamente diluida, y el genotipo oculto por el fenotipo. Es a un tiempo el sentimiento más irracional y más natural del mundo. En Jamaica, esto se refleja hasta en la gramática: no existe diversidad de pronombres personales, no hay diferencia entre yo, tú o ellos: sólo el puro y homogéneo yo. Cuando Hortense Bowden, que era medio blanca, se enteró del matrimonio de Clara, se presentó en la casa y dijo desde el umbral de la puerta: “Que quede claro: desde ahora, yo y yo no nos hablamos”; dio media vuelta y mantuvo su palabra. Después de todo lo que se había esforzado Hortense para casarse con un negro, a fin de salvar sus genes desde el mismo borde del precipicio, ahora su hija traería al mundo una descendencia más descolorida todavía.
Zadie Smith
Dientes Blancos (traducción de Ana María de la Fuente. Salamandra)

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S?bado, 15 de agosto de 2009
Se van tus manos sobre mi mirada
la sostienes, la sueltas.
Embistes mi hombro izquierdo,
lo sitias desde el cuello,
lo asaltas con las flechas de tu boca.
Embistes mi hombro izquierdo
feroz y dulcemente a dentelladas.
con su modo redondo
de hacer pasar el tiempo entre los besos
y somos dos volutas de humo
flotando en el espacio
llenándolo con chasquidos y murmullos
o suavemente quedándonos callados
para explorar el secreto profundo de los poros
para penetrarlos en un afán de invasión
de descorrer la piel
y encontrar nuestros ojos
mirándonos desde la interioridad de la sangre.
Hablamos un lenguaje de jeroglíficos
y me vas descifrando sin más instrumentos
que la ternura lenta de tus manos,
desenredándome sin esfuerzo,
alisándome como una sábana recién planchada,
mientras yo te voy dando mi universo;
todos los meteoritos y las lunas
que han venido gravitando en la órbita de mis sueños,
mis dedos llenos del deseo de tocar las estrellas
los soles que habitan en mi cuerpo.
Una mansa sonrisa empieza a subirme por los tobillos,
se va riendo en mis rodillas
sube recorriendo mi corteza de árbol
llenándome de capullos reventados de gozo transparente.
El aire que sale de mis pulmones va risueño
a vivir en el viento de la noche
mientras de nuevo embistes mi hombro izquierdo,  
feroz
y dulcemente
a dentelladas.
Giconda Belli
Se van tus manos sobre mi mirada

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El Principito fue uno de los libros de mi infancia, uno de esos libros que nos elegía mi madre en la revista de Círculo de lectores. Luego, años más tarde, desapareció de casa. Hasta que mi amiga Mariola tuve el buen tino de regalármelo por mi cumpleaños. En cierta forma es como si la historia volviera a mí años después de aquellas noches donde aún no sabía leer y me entretenía con los dibujos de un elefante dentro de una serpiente. Nada más recibirlo, lo leí. Es imposible recuperar la misma sensación de años atrás, la inocencia de la niñez, la idea de un niño viajero y aventurero. Ves mucho más allá.

Me gustó la relectura, me hizo apreciar mejor la sencillez de la historia. Se juzgan esas reglas incoherentes de los adultos, la preocupación por las cifras, por las posesiones materiales a las que no somos útiles, se hace un canto a la amistad, a la belleza de las pequeñas cosas, a mirar 43 puestas de sol...

A veces olvidamos que la vida se nutre de otras materias, que hay algo como y que hay que mirar más allá. La rutina nos convierte en los mismos gestos, el mismo camino. Nos acostumbramos a ver un sombrero cuando lo que en verdad tenemos delante de nosotros es una serpiente que se ha tragado un elefante. El miedo a vivir de otra forma, a ver con otra mirada.

Mi amiga Mariola y yo coincidimos en nuestro capítulo favorito, el XXIII.


- Buenos días - dijo el principito.
- Buenos días - dijo el vendedor.
Era un vendedor de píldoras perfeccionadas, de las que apagan la sed. Tomando una a la semana, ya no se tiene necesidad de beber.
- ¿Por qué vendes esto? - dijo el principito.
- Supone una gran economía de tiempo - dijo el vendedor -. Los expertos han hecho cálculos. Se ahorran cincuenta y tres minutos a la semana.
- ¿Y qué se hace con esos cincuenta y tres minutos?
- Se hace lo que se quiere...
 “Yo - se dijo el principito -. si tuviera cincuenta y tres minutos para gastar, andaría despacito hacia una fuente...”
 Antoine de Saint-Exupéry
El principito (traducción de Bonifacio del Carril. Salamandra)

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Jueves, 13 de agosto de 2009
Un tallito de verdes y un añoso algarrobo
las veinticuatro horas y el instante bisagra
una vislumbre dicha por las manos de un ciego
el amor es un centro con extrañas filiales

clausura y campo abierto
los barcos que dialogan tras la niebla
musgo y cáliz del sexo
la fogata en el ángelus inmóvil
las tiernas recompensas
las durísimas penas
el amor es un centro con extrañas filiales

todo eso y mucho más
y mucho menos y otros rubros
sintetizando yo diría
que así en la guerra como en los celos
el amor es también una alcachofa
que va perdiendo sus emblemas
hasta que queda una fruición
una esperanza
un fantasmita
Mario Benedetti
El amor es un centro (en Viento del exilio)


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Martes, 11 de agosto de 2009
Perdí la pista a Arthur C. Clarke tras leerme sus odiseas espaciales y sus cuentos. Me dejé llevar por los clásicos europeos y norteamericanos. Por Ray Bradbury y Richard Matheson como otra mirada a la ciencia ficción. Hasta hace una semana.

Tenía ganas de volver a Clarke. Mientras leía las últimas páginas de El fin de la infancia comprendí la razón por la que Kubrick buscó a Clarke como ayuda para 2001, una odisea espacial. Esas páginas estaban repletas de imágenes poderosas sobre la humanidad y su relación con el universo. Y es que este libro podría ser la antesala del viaje interestelar que llevará a la humanidad hasta un nuevo límite. En El fin de la infancia, unos extraterrestres aparecen en la tierra no con el objetivo de conquistar el planeta sino como ayuda para vigilar la evolución de la humanidad. Desaparecen las fronteras, las guerras, el dolor, se cierran las puertas al espacio (como se dice en el libro, sería como dejar a un hombre de la edad de piedra ante una ciudad moderna), el ser humano se convierte en alguien sin metas ni intereses más que disfrutar de su bienestar.

El fin de la infancia es una interesante reflexión sobre el hombre y el universo, cómo interactuamos con él y cuál podría ser uno de nuestros futuros y finales. A medida que leía me preguntaba por ese mundo y esa humanidad futuras que plantea Clarke, la melancolía que desprende su visión no sólo de la humanidad, también de esos extraterrestres que sólo son guardianes sin destino. Imágenes oníricas de otros mundos y otros seres a la par que la tristeza por un final enigmático. Me gustó volver a Clarke.




- Usted sabe por qué Wainwright y los hombres como él me tienen miedo, ¿no es así? - preguntó Karellen. Hablaba ahora con una voz apagada, como un órgano que deja caer sus notas desde la alta nave de una catedral - Hay seres como él en todas las religiones del universo. Saben muy bien que nosotros representamos la razón y la ciencia, y por más que crean en sus doctrinas, temen que echemos abajo sus dioses. No necesariamente mediante un acto de violencia, sino de un modo más sutil. La ciencia puede terminar con la religión no sólo destruyendo sus altares, sino también ignorándolas. Nadie ha demostrado, me parece, la no existencia de Zeus o de Thor, y sin embargo tienen pocos seguidores ahora. Los Wainwrights temen, también, que nosotros conozcamos el verdadero origen de sus religiones. ¿Cuánto tiempo, se preguntan, llevan observando a la humanidad? ¿Habremos visto a Mahoma en el momento en que iniciaba su hégira o a Moisés cuando entregaba las tablas de la ley a los judíos? ¿No conoceremos la falsedad de las historias en que ellos creen?
- ¿Y la conocen ustedes? - murmuró Stormgren, casi para sí mismo.
- Ese, Rikki, es el miedo que los domina, aunque nunca lo admitirán abiertamente.
Créame, no nos causa ningún placer destruir la fe de los hombres, pero todas las religiones del mundo no pueden ser verdaderas, y ellos lo saben. Tarde o temprano, el hombre tendrá que admitir la verdad; pero ese tiempo no ha llegado aún.
Arthur C. Clarke
El fin de la infancia (traducción de Luís Doménech. Minotauro)

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Lunes, 10 de agosto de 2009
A orillas de las aguas recogidas
en la luz regular del suelo unidas
como si juntas siempre caminaran,
solas, parecería que se amaran,
en la sal de la espuma con estrellas,
sobre la arena bajo el sol las huellas
de nuestros pies desnudos
tan lejanos, y mudos.
Dejando una promesa dibujada
nuestra voz entretanto ensimismada
se divide en el aire y atraviesa
la azul crueldad de la naturaleza
mientras solos cruzamos
la playa y nos hablamos.
Silvina Ocampo
Las huellas

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Mi primer acercamiento a la literatura balcánica es este fresco de Ivo Andric, Un puente sobre el drina, crónica de la ciudad de Visegrad articulada en un puente monumental que fue testigo de la vida de sus habitantes, sus conversaciones distraídas, los cambios y las brutalidades de los diferentes ejércitos.

Un puente sobre el Drina se centra en una ciudad bosnia que pasa por manos otomanas, austro-húngaras y serbias, diferentes ocupaciones que deja una mezcla de creencias y religiones y leyendas. Cada aspecto de la vida está visto desde diferentes puntos, la construcción del puente crea héroes propios de cada comunidad que se encuentra a ambos lados del río, una historia y sentimientos distintos sobre un mismo hecho.

Andric sigue el puente en todos esos siglos, no se centra en una familia como recurso para contar la historia y el crecimiento de la ciudad, a la explicación del contexto histórico siguen retazos de algunos habitantes de la ciudad, de sus leyendas, de sus conversaciones en la kapia del puente, ese lugar donde se ensancha y se reúnen los ciudadanos para sentarse en el sofá de piedra y dejar que la vida pase. Mujeres que se rebelan contra un matrimonio, torturadores y torturados empalados en mitad del puente, comerciantes, los hombres que son tomado como bufones del pueblo y caminan sobre las partes peligrosas del puente, estudiantes que traen de Sarajevo la política y los cambios que producirán en la vida de la ciudad, la llegada del tren y cómo es un anticipo del final del puente, maestras enamoradas de quien no deben, los diferentes referentes de la fe.

Un puente sobre el Drina es un buen paso para adentrarse en la cultura balcánica, sus héroes y leyendas, las distintas ocupaciones, Andric mezcla la novela histórica con la fábula, los grandes acontecimientos con la intimidad de algunos personajes de la ciudad y se centra en el periodo que va de mediados del XIX hasta la primera guerra mundial. Tiene partes muy hermosas. Gran libro.




Pero en la kapia, situada entre el cielo, el río y las montañas, las generaciones sucesivas aprendieron a no afligirse en exceso por lo que llevaban consigo las aguas turbias del Drina. Allí aprendieron a adoptar la filosofía inconsciente de la pequeña ciudad: la vida es un milagro incomprensible; se gasta y se diluye sin cesar, y no obstante, dura y permanece sólidamente "como el puente sobre el Drina".

( … )

Las gentes se dividieron en perseguidos y perseguidores. La bestia hambrienta que vive dentro de los hombres, y que no se atreve a aparecer en tanto no queden eliminados los obstáculos que representan las buenas costumbres y las leyes, quedó en libertad. Los actos de violencia, el pillaje e incluso el asesinato, como suele ocurrir en la historia de la humanidad, no sólo quedaron en silencio, sino que fueron autorizados con la condición de que se llevasen a cabo en nombre de intereses elevados y al amparo de una serie de palabras que representaban el orden.
Ivo Andric
Un Puente Sobre el Drina (traducción de Luis del Castillo. Debolsillo)

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Publicado por elchicoanalogo @ 4:29  | Libros...
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Ty Tabor es el guitarrista de King´s X, grupo de rock estadounidense que tuvo cierto éxito a principios de los 90 con discos como Gretchen goes to Nebraska o Dogman. Hay retazos de Rush en su música, sólo retazos, soul, mucho rock, pop influenciado por los Beatles. Un disco que recomendaría de King´s X es Tape Head, buena forma de iniciarse.

Ty Tabor lleva unos cuantos discos en solitario, más sus participaciones en otros grupos como Jelly Jam o Platypus. Me gustan sus melodías, cómo en un mismo disco puedes encontrar una canción pop y otra contundente. Anger es una de mis favoritas.

Anger (Ty Tabor)




She was a girl from the carnival
She had a laugh she did she did
She thought that life was a festival
With the poison additive

Anger – if I think about it…
If I think about it
Anger – if I think about it…
If I think about it but
I´m alright
I can see the end of the roller coaster
I´m alright

I can see the end of the roller ride
It was the end of the carnival
I hit the wall it was because
And I felt old in the middle of
All the magazine applause
So I pretend to be the king
And everyone believed believed
And for a moment I felt the arms
Of my own naivety

Anger – if I think about it…
If I think about it
Anger – if I think about it…
If I think about it but
I´m alright

I can see the end of the roller coaster
I´m alright
I can see the end of the roller ride

Tags: Anger, Ty Tabor

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Domingo, 09 de agosto de 2009
En el amor, y en el boxeo
todo es cuestión de distancia
Si te acercas demasiado me excito
me asusto
me obnubilo           digo tonterías
me echo a temblar
pero si estás lejos
sufro entristezco
me desvelo
y escribo poemas.
Cristina Peri Rossi
Distancia justa (en Otra vez eros)

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S?bado, 08 de agosto de 2009
Verano de 1954. El agente federal Teddy Daniels llega a Shutter Island, isla en la que está ubicado el hospital Ashecliffe, un centro penitenciario para enfermos mentales. Junto con su compañero, Chuck Aule, se propone encontrar a una paciente desaparecida, una asesina llamada Rachel Solando, a medida que un huracán azota la isla. No obstante, nada es lo que parece en el hospital Ashecliffe. Y Teddy Daniels tampoco. ¿Ha ido hasta allí para encontrar a una paciente desaparecida? ¿O le han enviado para investigar los rumores acerca de los radicales métodos psiquiátricos que se utilizan en esa institución? Unos métodos que posiblemente incluyan la experimentación con drogas, pruebas quirúrgicas terribles, contraataques mortales en la guerra encubierta en contra de los lavados de cerebro soviéticos...

Hace un año empecé con Shutter Island, pero la historia no me convenció. Lo intenté un par de veces más pero parecía que había una especie de muro entre lo que se contaba y yo. Hoy leí las últimas 200 páginas del tirón. A veces hay que esperar el momento oportuno para leer un libro.

Me ha gustado esta novela de misterio con tintes de novela negra. Y lo que más me gusta de este tipo de novelas, más allá del misterio bien enlazado y con algún giro sorprendente, es el dibujo de los diferentes personajes y decorados. De Hammett o Chandler me quedo el mundo que retratan, siempre poniendo su mirada en una parte de la sociedad que nadie quiere mirar.

En este caso, me sorprende la capacidad que tiene Lehane para concentrar en cuatro días un misterio extraño, encerrar a sus personajes en un medio hostil, un manicomio en una isla en mitad de un huracán, y dosificar la información que te hace replantearte continuamente lo leído. Y, además, está su personaje principal, Teddy Daniels, un agente federal incapaz de olvidar a su mujer muerta, la guerra donde se vio envuelto en una cadena de barbaridades atroces. Personaje atractivo y torturado.

Me ha enganchado Shutter Island, cómo Lehane domina la acción y la creación de decorados y personajes memorables. Gracias por la recomendación, Sonia.




- ¿No piensa nunca en ello?
- ¿En su mente?
- En la mente – respondió-. En la mía, en la suya, en la de cualquiera. En esencia, es un motor. Eso es lo que es. Un motor complejo y muy delicado. Y está formada por muchas piezas: engranajes, tornillos, bisagra. Y ni siquiera sabemos para qué sirve la mitad de esas piezas. Pero cuando falla en engranaje, uno solo… ¿Han pensado en eso alguna vez?
- Últimamente, no.
- Pues deberían hacerlo, es como un coche. No hay ninguna diferencia. Si falla un engranaje o se rompe un tornillo, entonces se estropea todo el sistema. ¿Pueden vivir sabiendo una cosa así? – Se dio un golpecito en la sien-. ¿Qué todo está ahí dentro, que no tiene acceso y que tampoco pueden controlarlo? Es la mente la que nos controla, ¿no creen?
Dennis Lehane
Shutter Island (traducción de María Vía. RBA)

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Alice Munro evoca el poder devastador de los viejos amores que resucitan en este conjunto de relatos, que le valieron a la autora el W.H Smith Award y que el New York Times eligió como uno de los mejores libros de su año. Por aquí transitan una joven desaparecida sin rastro, una novia por contrato, una solitaria excéntrica que, sin proponérselo, consigue un pretendiente millonario, y una mujer que quiere escapar del marido y también del amante. Resuenan en estos Secretos a voces el humor, la pena y la sabiduría que confirman, una vez más, las palabras de Jonathan Franzen: «Munro es quien mejor escribe en América del Norte hoy en día».

Al buscar información sobre Alice Munro descubrí que acababa de recibir el premio Man Broker, un premio que han recibido escritores como Iris Murdoch, J. M. Coetzee, Kazuo Ishiguro o John Banville.

Munro coloca a los personajes de los cuentos de Secretos a voces en el pueblecito canadiense Carstairs en diferentes épocas. Y uno ve cómo crece ese pueblo en los diferentes relatos, como un protagonista más. Pasa de los bosques a las tierras desbrozadas y a la ciudad industrial. Y en ese territorio las historias de un puñado de mujeres, sobre todo mujeres, y su relación con los hombres, con su pasado, con la forma de sentir y afrontar la vida.

Alice Munro escribe con sobriedad y profundidad, no se deja llevar por el exceso descriptivo ni por los detalles superfluos. Cada palabra tiene su importancia y no deja nada al azar. Vidas de mujeres que se enamoran por carta o que encuentran, sin buscarlo, un novio millonario y acaban pilotando aviones en Australia. Niñas que desaparecen sin dejar rastro y una mujer que se recorre medio planeta para seguir a su ex marido, casado con una mujer más joven que ella, la epopeya de una mujer a mediados del XIX, casada por contrato, y que tiene que vivir en mitad de una tierra salvaje.

Me gusta cómo escribe Munro, cómo fragmenta los relatos y cambia continuamente de tiempo, atrás y adelante, un puzzle intenso e interesante, cómo no lo explica todo y deja que los relatos se apaguen de improviso.




Me dio la impresión de que los cambios del edificio me transmitían una especie de mensaje. Algo se había esfumado. Sabía que Charlotte y Gjurdhi no se habían esfumado: estaría en alguna parte, vivos o muertos. Pero para mí era como si se hubiesen desvanecido. Y por aquel hecho – no realmente porque los hubiera perdido-, me invadió una congoja más angustiosa que las punzadas de remordimiento que había experimentado el año anterior. Había perdido el norte. Tenía que volver a la librería para que se marchase la dependienta, pero me sentía como si pudiera tomar cualquier otra dirección, ir a cualquier otro sitio. Mis puntos de referencia se encontraban en peligro; nada más. A veces nos ocurre, que parecen deshacerse, casi desaparecer. Calles y paisajes se niegan a reconocernos; nos falta el aire. Entonces, ¿no sería mejor tener un destino al que someterse, algo que nos reclamase, cualquier cosa, en lugar de unas posibilidades tan tenues, unos días tan arbitrarios?

( … )

Cuando Hill se fue, a Gail le dio la impresión de que se tienda se llenaba d emujeres. No necesariamente para comprar ropa. Eso no le importaba. Era como en tiempos pasados, antes de Hill. Las mujeres se sentaban en sillones muy viejos, junto a la tabla de planchar y el tablero de cortar, detrás de las descoloridas cortinas de batik, y tomaban café. Gail empezó a moler los granos, como antes. Al cabo de poco tiempo, el maniquí estaba recubierto de abalorios y pintadas bastante escandalosas. Se contaban historias sobre hombres, por lo genera sobre hombres que se habían marchado. Mentiras e injusticias y enfrentamientos. Traiciones tan espantosas –y al mismo tiempo tan triviales- que te morías de la risa al oírlas. Los hombres pronunciaban discursos ridículos. “Lo siento, pero ya no me considero comprometido con nuestro matrimonio”. Se ofrecían a revender a sus mujeres muebles y coches que habían pagado por ellas. Se pavoneaban todos satisfechos por haber conseguido fecundar a un ejemplar del sexo femenino más joven que sus propios hijos. Eran diabólicos e infantiles. ¿Qué se podía hacer con ellos sino dejarlos? Con orgullo, con dignidad, para autoprotegerse.

( … )

Las palabras más deseadas pueden cambiar. Algo puede ocurrirles, mientras se espera. “Amor, necesidad, perdón. Amor, necesidad, para siempre”. El sonido de esas palabras puede convertirse en un tumulto, un ruido de taladradoras en la calle. Y lo único que se puede hacer es echar a correr, para no someterse a ellas por la fuerza de la costumbre.
Alice Munro
Secretos a voces (traducción de Flora Casas. RBA)

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Viernes, 07 de agosto de 2009
Empire es mi disco favorito de Queensrÿche, un disco lleno de intensidad, buenas canciones y unos músicos en estado de gracia que buscaban dar un paso más allá tras la excelente acogida de su anterior Operation: Mindcrime. Después de Empire las cosas cambiaron. El grupo sacó un puñado de discos irregulares, aburridos y predecibles (el consabido disco de versiones, la segunda parte de Operation: Mindcrime), pero Empire es uno de esos discos mágicos que se escuchan del tirón

Esta vez me decanto por Della Brown, una canción donde sobresalen el trabajo de los dos guitarristas, Chris de Garmo y Michael Wilton



Della Brown (Queensrÿche)





You've got a cardboard house.
Live there all the time.
Keep your memories tied with string
The face that many once-adored,
twenty years gone maybe more.
Somewhere you lost your dream.
Mama watched your every move,
but now you're all alone.
She's been gone for awhile.
Daddy left some time ago,
fading years pass too slow.
He's the only one, could make you smile.

--oh, you're still crying--

Big city bound.
Gonna make your mark.
Read your name in the lights.
All the ads and people say,
beauty lets you get your way.
Tried your best to prove them right.
But living on the streets ain't bad,
sad people make you glad.
Pardon me, could you spare some change?

--oh, you're still crying--

Street corner girl.
Watch the crowd go by,
fill your tin can with life.
Summer days tend to slip away
like your men you couldn't make them stay.
Hard to choose, whiskey or a wife.
Sometimes you wonder where's the end.
Where you goin' where you been?
Happiness seems so hard to win.
Most never care to find,
Della Brown sees it all the time.
Looking for that man
to make her smile again



Tags: Della Brown, Empire, Queensrÿche

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Sandra Foster estudia las modas, desde las muñecas Barbie hasta el grunge: cómo empiezan y qué significan. Bennett O´Reilly es un especialista en teoría del caos que observa la conducta de un grupo de monos. Aunque ambos trabajan para la corporación Hitek, no se conocen hasta el día que se produce un error en la entrega de un paquete. Es un momento de sincronía que les sumerge en un sistema caótico propio con todo tipo de equívocos, una beca de investigación de un millón de dólares, café con leche, tatuajes, pelo corto, y una serie de coincidencias que dejan a Bennett sin monos, sin dinero y casi sin trabajo. Sandra acude al rescate aportando un rebaño de ovejas y una idea para un nuevo proyecto conjunto. ¿Qué otro animal podría ilustrar mejor la teoría del caos y la mentalidad de rebaño que tan a menudo caracteriza la conducta humano y su aceptación de los modos? Pero los descubrimientos científicos rara vez son directos y nunca resultan simples. Los contratiempos y desastres, los corazones rotos y los callejones sin salida abundan. Y las posibles soluciones son escasas.

Oveja mansa es la segunda novela que leo de Connie Willis tras Tránsito. Si en ésta trataba sobre las experiencias cercanas a la muerte, en Oveja mansa Connie Willis reflexiona sobre las modas, el espíritu gregario de la sociedad, los avances científicos, la teoría del caos y todas esas casualidades que son el motor de nuevos descubrimiento.

De inicio lento y con una buena dosis de comedia, la novela se lee con una sonrisa en la cara, tiene un toque de comedia loca de los años 30 y 40 y algunas situaciones que te hacen recordar a Tom Sharpe y sus peculiares personajes destrozones.

La doctora Foster intenta encontrar el inicio de la moda del pelo corto en las mujeres allá por la década de los años 20. En su camino se tropieza con una ayudante torpe, despistada y paradigma del espíritu gregario que necesitan las modas para asentarse, una corporación científica que sólo busca acrónimos y nuevas formas de interacción entre sus empleados y un científico despistado inmune a las modas.

Me gusta la novela, cómo parece que no cuenta nada pero se para en reflexionar sobre el papel de la ciencia en la vida y las modas tan peregrinas y extrañas que nunca se sabe cómo empiezan pero que enseguida asumimos (cada capítulo se inicia con la descripción de alguna moda pasajera, desde el cubo de Rubik a los maratones de baile).

Siempre he pensado que la comedia es uno de los géneros más difíciles de la literatura. Y bajo el manto de comedia se puede poner en solfa nuestras creencias y formas de actuar. Esta Oveja mansa es un ejemplo. Un libro divertido y con mala leche.

Connie Willis
Oveja mansa (traducción de Rafael Marín Trechera. Ediciones B)

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Jueves, 06 de agosto de 2009
Una mujer madura, condenada a muerte por un cáncer de huesos, escribe una larga carta a su hija, quien vive en Estados Unidos alejada del infierno en el que se ha convertido su país natal y residencia de su madre: Sudáfrica, un escenario escabroso bajo el régimen del apartheid. El día en que la protagonista regresa del medio con pésimas noticias descubre a un vagabundo negro refugiado en su cobertizo, y así da comienzo una relación íntima y ambigua. Ni amigos ni amantes, ambos personajes se acompañan en una etapa personal e histórica especialmente dura. Este es el hilo conductor que sirve a J.M. Coetzee para denunciar la violencia de una sociedad y sus consecuentes miserias humanas, y lo hace a través de una narrativa elegante y afinada, propia de un gran escritor.

Me empieza a superar la capacidad de Coetzee para escribir. Aborda temas profundos, reflexivos y abstractos con una narración sutil, simbólica, un monólogo interior de una mujer en los últimos días de su vida. Utiliza la técnica epistolar no para mostrarnos una historia de ajuste de cuentas familiares o un secreto largos años escondido, sino para seguir las reflexiones de una enferma de cáncer sobre la vida y la muerte, Sudáfrica, la segregación, la violencia, el mundo que cambia y se desmorona mientras ella muere.

En la larga carta que escribe la señora Curren a su hija somos testigos de la injusticia de una sociedad dividida y en combate, de los miedos y la indefensión y las continuas preguntas sobre el estado del país, cuándo abandonará esa edad de hierro para avanzar a otra época más luminosa, menos depredadora, de una peculiar historia de amistad y compañía entre una mujer blanca y un vagabundo negro, una especie de ángel caído que sirve de apoyo, de presencia, de objeto cercano en el que volcar el miedo de un cáncer que roe desde dentro hasta el más pequeño hueso y sentimiento. Una mujer muerta que escribe sobre un país en llamas. Y que en esa escritura intenta comprender, poner un muro a la muerte, convertirse en palabras y que las palabras le lleven hasta su hija, hasta la (comprensión de) la vida y el dolor que le carcome cada día.

La edad de hierro es un libro duro, intrigante, una continua reflexión sobre la vida y un intento de comprender y preguntarse sobre una época tan dolorosa como el apartheid sudafricano.




¡Cómo eché de menos que estuvieras aquí, para abrazarme, para reconfortarme! Empiezo a entender el verdadero significado del abrazo, abrazamos para que nos abracen. Abrazamos a nuestros hijos para ser rodeados por los brazos del futuro, para llevarnos a nosotros mismos más allá de la muerte, para ser transportados.

( … )

Hombre, casa, perro: la palabra no importa, a través de ella extiendo una mano hacia ti. En otro mundo no necesitaría palabras. Aparecería en tu umbral. <<He venido a hacerte una visita>>, te diría, y ahí se acabarían las palabras: te abrazaría y tú me abrazarías a mí. Pero en este mundo, en esta época, tengo que llegar a ti con palabras. Así que todos los días me transformo en palabras y envuelvo las palabras en papel como si fueran dulces; dulces para mi hija, por su cumpleaños, recordando el día en que nació. Palabras salidas de mi cuerpo, gotas de mí misma, para que ella las desenvuelva en su propia época, para que las recoja, las sorba, las absorba.

( … )

- No sé si tiene usted hijos. Ni siquiera sé si es lo mismo para un hombre. Pero cuando llevas a una criatura en tu cuerpo le das la vida a esa criatura. Por encima de todo al primero, al primogénito. Tu vida ya no está contigo, ya no es tuya, está con la criatura. Por eso no morimos realmente: simplemente cedemos nuestra vida, la vida que estuvo en nosotros durante una temporada, y nos quedamos atrás. Solamente soy un caparazón, el caparazón que mi hija ha dejado atrás. No importa lo que me pase. No importa lo que les pase a los viejos. Con todo, y hablo aunque no puedo esperar que me entienda, pero da igual, da mucho miedo estar a punto de marcharse. Aunque solamente sea el contacto de una yema con otra yema: uno no quiere renunciar a él.
J. M. Coetzee
La edad de hierro (traducción de Javier Calvo. Debolsillo)

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Hace años, de madrugada, vi Abismos de pasión, febril película de Luis Buñuel que adaptaba parte de Cumbres borrascosas. Recuerdo imágenes en blanco y negro de una historia de amor desesperada y con tintes góticas.

He tardado varios años en leer Cumbres borrascosas. Ya conocía parte de la historia de Heathcliff y Catherine y aún así me ha atrapado desde el primer instante esta historia de sentimientos extremos y desgarradores. Bien escrito, con un tono de confesión, en Cumbres borrascosas desfila una galería de personajes increíble que se dejan llevar por el amor y el odio y las ansias de venganza de una manera cruel.

Hay quien me dice que eso es precisamente lo bueno, que parecen personajes reales por sus imperfecciones, y quien me asegura que en este tipo de novelas los buenos son muy buenos y los malos muy malos. Creo que estoy más con la primera opinión, me gusta que los personajes tengan fallas, errores y aspectos oscuros. Todos llevamos una sombra dentro.

La sensación tras terminar el libro es haber leído una historia de una pasión incontenible. La llegada de un chico pobre como Heathcliff a la mansión, su cercanía con Catherine, los paisajes que les rodean (los páramos, el valle, la niebla sobre ellos, las rocas en el camino son un personaje más), la relación que se retuerce con la aparición de los linton… Todo avanza como por un acantilado o una cuerda floja.

Es apasionante el personaje de Heathcliff, su capacidad de amor y odio es similar, sus ansias de venganza, cómo, aunque su amada desaparece, todo lo que tiene alrededor es un recuerdo constante de ella. Me gusta ese final errabundo entre imágenes sombrías y fantasmales. Su amada Catherine es un personaje curioso, entre niña mimada y amante. Los hijos que ambos tuvieron con los hermanos Linton, uno una marioneta, la otra intenta encontrar una vida diferente. Y Nelly. La sirviente Nelly. Que todo lo ve.

Tal vez el final sea demasiado feliz, o está cerrado de una manera tranquila, creo que se debe a la influencia del antiguo folletín, pero, no sé, me ha cautivado Cumbres borrascosas, esa forma de amar y odiar y vivir en penumbras.




No lo puedo expresar, pero seguro que tú, y cualquiera, tiene la idea de que hay, o debe haber, una existencia más allá de ti misma. ¿De qué serviría mi creación si yo estuviera toda, enteramente contenida aquí? Mis grandes sufrimientos en este mundo han sido los sufrimientos de Heathcliff, los he visto y sentido cada uno desde el principio. El gran pensamiento de mi vida es él. Si todo pereciera y él quedara, yo seguiría existiendo, y si todo quedara y él desapareciera, el mundo sería del todo extraño, no parecería que soy parte de él. Mi amor por Linton es como el follaje de los bosques: el tiempo lo cambiará, yo ya sé que el invierno muda los árboles. Mi amor por Heathcliff se parece a las eternas rocas profundas, es fuente de escaso placer visible, pero necesario. Nelly, yo soy Heathcliff, él esta siempre, siempre, en mi mente; no como un placer, como yo no soy un placer para mí misma, sino como mi propio ser. Así pues, no hables de separación de nuevo, es imposible y…
Emily Brontë
Cumbres borrascosas (traducción de Rosa Castillo. Alianza editorial)





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Lunes, 03 de agosto de 2009
El hombre ilustrado se inicia con un encuentro en mitad de la noche de dos caminantes. Uno de ellos descubre su secreto al otro, las ilustraciones que le cubren el cuerpo y que cobran vida y cuentan cuentos y adivinan el futuro. Bradbury utiliza dieciocho ilustraciones del hombre para contar historias donde se entremezclan los viajes interplanetarios, la soledad en el abismo del espacio, las invasiones extraterrestres algunas con terror y otras con humor, la vida en otros planetas, el miedo ante la deshumanización de una vida dominada por las máquinas. En cada relato, Bradbury, con su sencillez y poesía, nos regala cuentos sobre la muerte y los viajes, sobre la historia y el futuro de la raza humana, todo con esas imágenes absorbentes y líricas que son propias de él.

La pradera… Una habitación virtual que construye las imágenes que idean dos niños. Y los niños descubren la crueldad.

Calidoscopio… Los astronautas de una nave que acaba de desintegrarse se desperdigan por el espacio en sus trajes. Mientras se alejan los unos de los otros, hablan de sus recuerdos y asumen su muerte, ser tumbas eternas en constante viaje por el espacio. Hollis caerá sobre la tierra, como un meteoro que se convierte en estrella fugaz.

El otro pie... Una noticia asombrosa sacude Marte, la llegada de un cohete con un hombre blanco. La población está compuesta por negros que huyeron de la tierra para encontrar una vida mejor. Se unen las ganas de revancha con el miedo. Hay ansías de revancha. Valiente cuento escrito en los años 50.

La carretera… un campesino ve cómo cientos de coches huyen por la carretera. Se acerca una guerra. ¿Qué mundo está en peligro?

El hombre… una expedición que se dedica a ir de planeta en planeta en busca de explotaciones y minas que comprar llegan un día después de la aparición de cristo. Un relato sobre la búsqueda de la fe de quienes no la tuvieron.

La larga lluvia… una expedición perdida en Venus, la lluvia constante, imparable, la búsqueda de una cápsula solar y las gotas que golpean la cara de los personajes cada segundo, haciéndolas blancas. Un cuento desasosegante.

El hombre del cohete… Un adolescente recuerda a su padre piloto, cómo llegaba cada tres meses, se quedaba en casa y a los pocos días levantaba la mirada hacia las estrellas para marcharse de nuevo. Nostálgico y hermoso relato, muy poético. Miraba las estrellas que giraban en la noche, y los ojos, como cristales grises, reflejaban la luna.

La última noche del mundo… curioso relato. Todo el planeta sueña con el fin del mundo y se preparan para pasar su última noche en la tierra.

Los desterrados… como dice Bradbury en el prólogo: ¿Qué pasaría si todos los autores favoritos de tu infancia vivieran escondidos en Marte porque los libros que han escrito están siendo quemados en la Tierra? Original idea, todos los autores y escritores que cultivaron lo fantástico viven como fantasmas en Marte, como pequeñas luces que existen porque aún hay alguien en la tierra que piensa en ellos, aún existe un ejemplar de sus libros. Poe y Briece y Shackespeare y la máscara de la muerte roja y cuento de navidad, todos como una marea contra el olvido en mitad de los desiertos marcianos.

Una noche o una mañana cualquiera… el abismo de un viaje espacial, la incapacidad de agarrarse a los recuerdos, a la existencia, a la vida, y el querer abismarse en la nada del espacio.

El zorro y el bosque… un matrimonio huye de su presente en guerra al México de los años 30.

El visitante… De nuevo, Marte, y allí, desterrados, enfermos incurables que agonizan en sus desiertos. Todo cambia con la aparición de un hombre capaz, mediante hipnosis, de llevar a los enfermos a Nueva York a los paisajes de su infancia. Entonces, el deseo se cruza con la locura de poseer al visitante.

La mezcladora de cemento… la otra cara de una invasión marciana. Irónica y con mala leche, el ejército marciano se asombra al ver el recibimiento pacífico que les brinda el planeta. Sólo sabía que si se quedaba en la Tierra pasaría a ser el esclavo de un montón de cosas que zumbaban, roncaban, silbaban y emitían nubes de humo y malos olores. Y en seis meses sería el propietario de una úlcera rosada, grande y sensible; una presión arterial de dimensiones algebraicas; una miopía próxima a la ceguera, y unas pesadillas profundas como océanos e infectadas de intestinos de increíble longitud a través de los cuales tendría que abrirse paso a la fuerza durante todas las noches. No, no.

Marionetas S.A… Otro relato irónico. Un hombre compra un robot réplica de sí mismo para poder tener tiempo y realizar su sueño de viajar a Río. Pero el robot se enamora de la mujer de su dueño…

La ciudad… una expedición en mitad de una ciudad viva y desértica. La ciudad quiere vengarse de los humanos por sus pasados desmanes. Buen relato con una pizca de terror.

La hora cero… nueva invasión extraterrestre, pero en esta ocasión buscan aliados en donde menos se espera, los niños menores de diez años.

El cohete… hermoso, muy hermoso cuento donde un hombre dueño de una chatarrería truca un cohete para hacer creer a sus hijos que viajaron a Marte. Emotivo final. Un cuento sencillo, tierno y poético.

El hombre ilustrado… el relato que da nombre al libro, un hombre se deja tatuar por una extraña mujer. Los tatuajes, ilustraciones, cobran vida, y en ellas se mezcla el horror con la predicción del futuro.



En Calidoscopio: La vida termina como el resplandor de un film, una chispa en una pantalla. Todos los prejuicios y pasiones se reducen y se encienden por un instante en el espacio, y antes que se pueda gritar: - Aquél fue un día feliz, aquel otro un día desgraciado, aquélla era una cara malvada, aquella otra una cara bondadosa -, sólo quedan del film unas cuantas cenizas. La pantalla se oscurece.
En esa orilla extrema de su vida. Hollis tenía una única pena, y sólo por eso deseaba seguir viviendo. ¿Sentían lo mismo todos los agonizantes, como si no hubiesen vivido nunca? ¿Les parecía la vida algo que pasa y termina aun antes de tomar aliento? ¿Les parecía a todos la vida algo tan inverosímil y abrupto, o únicamente a él, aquí, en este momento, con solo unas horas por delante para pensar y deliberar?

( ... )

En Los desterrados: Me pregunto quién soy. ¿En qué mente terrestre existo esta noche? ¿En alguna choza africana? ¿Algún ermitaño estará leyendo mis obras? ¿Será él la única luz que el huracán del tiempo y la ciencia ha dejado encendida? ¿La llama vacilante que alimenta este exilio rebelde? ¿Ser él? ¿O algún niño que me encuentra, justo a tiempo, en una olvidada bohardilla? Oh, anoche me sentí enfermo, enfermo hasta la médula, pues existe también un cuerpo del alma, lo mismo que un cuerpo del cuerpo, y este cuerpo del alma me dolía, todo este cuerpo luminoso. Anoche me sentí como una vela goteante... ¡Y de pronto me incorporé difundiendo una luz nueva! Como si algún niño hubiese encontrado en un granero terrestre, enmohecido y polvoriento, uno de mis agusanados ejemplares, manchado por los años. ¡Y tuve así un nuevo respiro!
Ray Bradbury
El hombre ilustrado (Traducción de Francisco Abelenda. Minotauro)

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Domingo, 02 de agosto de 2009
Las despedidas siempre son incompletas, extrañas, diferentes a las que aparecen en películas y libros, donde los personajes siempre tienen la palabra adecuada, el gesto apropiado, una última imagen que se funde a negro y te deja en un silencio reflexivo. No. Las despedidas en la realidad van a trompicones, las palabras no aparecen en su justa medida y no sabes qué hacer con las manos. Dejas a tu espalda a la un puñado de personas y empiezas a andar con una sensación tranquila y a la vez suavemente triste.

Aparecen imágenes y recuerdos de los dos últimos días a oleadas, se cruzan y se superponen las caras de Jesús o Sonia con la Gymnopédie número uno de Satie que mi amiga Alejandra me tocó por teléfono, a miles de kilómetros de distancia, como prólogo de mi viaje. Recuerdo cada nota de Satie y yo la adecuo al primer abrazo con Jesús, a la locura en los pasillos de la fnac, a la media docena de paradas para comer y hablar y reír. Como un caleidoscopio.

Apenas me detengo a mirar por la ventanilla la llanura castellana. Conozco el camino a Madrid, es como una prolongación del hogar. Los montes lejanos, los árboles solitarios en mitad de un campo amarillento, el cielo irrealmente bajo, las casas que parecen sacadas de tiempos lejanos. Me siento en casa en ese camino.

Deshice la mochila. Dejé el libro de Raymond Carver en la mesilla de noche. La habitación pequeña, acogedora, blanca. Fuera, un nuevo ruido. El tráfico de la gran vía, las conversaciones en voz alta, el ajetreo en las aceras. Me esperaba día y medio de encuentros y amigos, escenas ya vividas con anterioridad pero que siempre son diferentes en cada ocasión, encuentros que me dan fuerza y ánimo y alegría y vitalidad. Una forma de estar en el mundo.

El abrazo de bienvenida de Junior. Los abrazos de amigos son sanadores, generosos, dan empuje y energía. Hacía año y medio que no veía a uno de mis gaditanos favoritos pero el tiempo transcurrido no minó nuestra relación. En uno de los innumerables starbucks, delante de un necesario helado, retomamos la conversación donde la dejamos tiempo atrás. Me gusta la forma de hablar y expresarse de Jesús, su acento suave, las palabras tan bien escogidas, la tranquilidad y jovialidad que transmite y cómo la cara se acomoda a cada palabra. Un hombre tranquilo.

La sonrisa de Clara. La sonrisa abarcativa de Clara. En los últimos meses he descubierto una amiga necesaria en esta madrileña tierna. Es alguien cercano, amigable, de confianza. Sentados en una parada de autobús arreglamos el mundo, lo compusimos de una forma razonable y afín. Pasaban taxis, jóvenes de fiesta, una limusina blanca, y nosotros hablando de nuestra forma de entender la vida, las relaciones de pareja, nuestros anhelos. Pensaba en cada momento vivido en mitad de una habitación desconocida.

La mañana tranquila, el tráfico que se desperezaba, las calles casi desnudas a primera hora, las sombras de los edificios que cambiaban de una forma pausada y constante. Siempre me ha gustado perderme en las ciudades, echar a andar sin un rumbo fijado de antemano, callejear por el placer de encontrar nuevos edificios y esquinas y parques.

Creo que tanto Jesús y Clara como yo nos sentíamos nerviosos en mitad del desayuno. Este encuentro era especial, por fin podíamos romper la distancia con Sonia, y tenerla en persona. Nada de correos o teléfono. Sonia al alcance de la mirada. Y como en cada encuentro desde marzo de 2008 compruebo que siento que conozco a Sonia como si nos hubiéramos visto docenas de veces. Fue un encuentro hermoso, emotivo, esperado. Y Sonia, como no podía ser de otra manera, fue más, mucho más de lo que uno podía imaginar. Ese día se estaba convirtiendo en uno de los mejores de los dos últimos años.

La locura de la fnac. Sonia y Julio se sorprendieron por la febril actividad que Jesús, Clara, Auro y yo iniciamos en los pasillos de la librería. Íbamos y veníamos en busca de libros para regalar, una búsqueda caótica y acrobática. Las manos llenas de libros en complejo equilibrio, las preguntas que se sucedían, Julio que “me obligó” a encontrar un libro personal (y elegí Rock Springs, de Richard Ford, que en enero de 2008 me partió por la mitad).

Tras la librería, comida y charla y paseos y un poco de lluvia. Auro, como siempre, directa, entrañable, sincera, una mujer que me sobrepasa por su forma de ser, que me hace sentir cómodo y tranquilo. Julio fue todo un descubrimiento. A pesar de su “aparente” timidez se unió a las bromas y se dejó llevar. Un buen tipo. El tiempo pasaba entre risas y conversaciones cruzadas y la llegada de Oscar, el único no lector pero que es capaz de soportarnos con nuestras rarezas y desvaríos. Ése era el problema, la imposibilidad de capturar el tiempo, de hacerlo ir más lento.

Las despedidas torpes, los deseos de un pronto reencuentro, el viaje en metro con Clara y descubrir que realmente no hay despedidas.

Gracias por este día y medio.




Publicado por elchicoanalogo @ 19:21  | Great White Way
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