S?bado, 12 de septiembre de 2009
El primer acercamiento a La roja insignia del valor se lo debo a la versión cinematográfica que realizó John Huston en los años 50 en una de sus películas menos conocidas, una película maltratada por los productores con abundantes cortes y que aún así tenía una fuerza excepcional y la maestría propia de ese gran contador de historias que era Huston.

La roja insignia del valor está considerado uno de los grandes clásicos de la literatura norteamericana. Stephen Crane la escribió con algo más de 20 años y en ella narra las andanzas de un muchacho que se alista en el ejército para combatir en la guerra civil. Mientras espera entrar por primera vez en la batalla el muchacho piensa en la guerra, ese ideal romántico de quienes nunca han combatido y se pregunta cómo será su actitud en mitad del combate. Cuando llega la oportunidad de responder a sus dudas huye de la batalla. Y en la huída, las reflexiones y el monólogo interior del personaje.

Crane escribe con maestría las dudas de un muchacho que sale por primera vez de su pueblo para combatir, el caos que significa toda guerra, esa cosa extraña que es la cobardía o el valor y cómo cualquier persona puede caer de un lado o del otro sin preverlo. En la primera parte del libro el muchacho intenta buscar las dudas que él tiene en sus compañeros de armas y se prepara para la contienda. En mitad de la primera batalla el muchacho huye y comprueba el grado de crueldad y locura de la guerra, una guerra en mitad de una naturaleza que es ajena a ella. El muchacho deambulará entre cadáveres y el sonido de cañones y moribundos mientras intenta encontrar una justificación a su huida, a la guerra, a un mundo imprevisible. Sin pretenderlo, el muchacho encontrará su batallón y se reintegrará a él en una irónica segunda oportunidad.

Escrito con agudeza, La roja insignia del valor se luce en las reflexiones del torturado protagonista, en los combates, en esa naturaleza que es testigo del desvarío humano (una naturaleza que a veces me recordó a la posterior La delgada línea roja… el edén sacudido por el infierno… ). Una gran historia antibelicista, una de las primeras y que dio pie a las que vinieron en el siglo XX.




Una vez la línea se encontró con el cuerpo de un soldado muerto. Yacía de espaldad, con los ojos fijos en el cielo. Iba vestido con un extraño traje de un marrón amarillento. El muchacho pudo ver que las suelas de sus zapatos estaban gastadas hasta ser delgadas como el papel, y por un enorme desgarrón en una de ellas surgía el pie del muerto desoladamente. Y era como si el destino hubiera traicionado al soldado. Una vez muerto, descubría a sus enemigos la pobreza que durante él había, quizá, ocultado a sus amigos.

( … )

Al pasear la mirada por su alrededor, el muchacho sintió una llamarada de asombro al ver el cielo azul y puro y el sol que brillaba entre los árboles y los campos. Era sorprendente que la naturaleza hubiera continuado avanzando tranquilamente en su dorado proceso en medio de tanta destrucción.
Stephen Crane
La roja insignia del valor (traducción de Micaela Misiego. Anaya)


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Publicado por elchicoanalogo @ 20:33  | Libros...
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