Viernes, 18 de septiembre de 2009
En una remota provincia de China, las mujeres crearon hace siglos un lenguaje secreto para comunicarse libremente entre sí: el nu shu. Aisladas en sus casas y sometidas a la férrea autoridad masculina, el nu shu era su única vía de escape. Mediante sus mensajes, escritos o bordados en telas, abanicos y otros objetos, daban testimonio de un mundo tan sofisticado como implacable.

En el reino exterior, el reino de los hombres, el caos y la inestabilidad y los cambios de poder. En el reino interior, el reino de las mujeres, las tradiciones, los ritos, la serenidad y la invisibilidad. Lisa See se centra en ese reino interior donde viven las mujeres, unas mujeres invisibles que deben enclaustrarse en el segundo piso de las casas y que ven la vida y el horizonte a través de las ventanas de las habitaciones.

Lirio Blanco, en esa edad cercana a la muerte donde uno mira hacia atrás con distancia y nostalgia y con el ánimo de contar la verdad, recuerda su vida en un pueblecito chino y cómo, por ser mujer, debe atenerse a unas tradiciones duras donde la mujer ocupa un lugar secundario y casi invisible en la vida del hogar.

El abanico de seda es una conmovedora historia, contada como un susurro, como un largo monólogo nostálgico donde Lirio Blanco rememora todas las etapas que tuvo que vivir como mujer (el vendado de sus pies para empequeñecerlos, el casamiento con un desconocido… ) y su amistad con su alma gemela, Flor de nieve, una amistad hermosa y, a la vez, turbulenta porque nunca conseguimos dominar nuestros sentimientos ni nos ponemos en la piel del otro, siempre hay un punto de egoísmo que nos hace mirar únicamente nuestras emociones hasta que es demasiado tarde. Una amistad que se apoya en el lenguaje secreto de las mujeres escrito en abanicos o ropas, un lenguaje secreto y, a la vez, a la vista del mundo.

Narrado con sencillez y calidez, El abanico de seda se lee con emoción y, a la vez, con interés por todos esos ritos de la cultura china, ritos que caen sobre las mujeres. Cada ceremonia es una sorpresa, cada acto social tiene un rito, un canto, unas reglas.

Uno de los puntos que me han parecido curiosos de esta novela es el trato de las mujeres entre sí, cómo muchas de ellas están tan apegadas a las tradiciones que creen que su única bendición es tener un hijo varón. También, el encierro en el piso de arriba en cuanto empieza el vendado.

Buen libro, conmovedor, y con un final muy emotivo.



Al año siguiente empezó en serio mi educación en la habitación de las mujeres, aunque yo ya sabía muchas cosas. Sabía que los hombres casi nunca entraban allí; era una pieza reservada para nosotras, donde podíamos hacer nuestro trabajo y compartir nuestros pensamientos. Sabía que pasaría casi toda mi vida en una habitación como aquélla. También sabía que la diferencia entre nei —el reino interior del hogar— y wai —el reino exterior de los hombres— constituía el núcleo de la sociedad confuciana. Tanto si eres rico como si eres pobre, emperador o esclavo, la esfera doméstica pertenece a las mujeres y la esfera exterior a los hombres. Las mujeres no deben salir de sus cámaras interiores ni siquiera mediante la imaginación. Entendía asimismo los dos ideales confucianos que gobernaban nuestra vida. El primero lo formaban las Tres Obediencias: «Cuando seas niña, obedece a tu padre; cuando seas esposa, obedece a tu esposo; cuando seas viuda, obedece a tu hijo.» El segundo correspondía a las Cuatro Virtudes, que definen el comportamiento, la forma de hablar, el porte y la ocupación de las mujeres: «Sé sobria, comedida, sosegada y recta en tu actitud; sé serena y agradable en tus palabras; sé contenida y exquisita en tus movimientos; sé perfecta en la artesanía y el bordado.» Si las niñas no se apartan de esos principios, se convierten en mujeres virtuosas.

( … )

Pienso a menudo en los primeros meses de nuestro vendado. Recuerdo que mi madre, mi tía, mi abuela y hasta Hermana Mayor repetían ciertas frases para animarnos. Una de ellas era: “Si te casas con un pollo, te quedas con un pollo; si te casas con un gallo, te quedas con un gallo”. Como solía ocurrirme en aquella época con muchas cosas, yo oía esas palabras pero no entendía su significado. El tamaño de mis pies determinaría mis probabilidades de contraer un buen matrimonio. Mis diminutos pies serían ofrecidos a mis futuros suegros como prueba de mi disciplina personal y de mi capacidad para soportar los dolores del parto y cualquier desgracia que pudiera sobrevenirme. Mis diminutos pies demostrarían a todo el mundo la obediencia que guardaba a mi familia natal, y sobre todo a mi madre, lo cual también causaría una buena impresión en mi futura suegra. Los zapatos que bordaba simbolizarían para mis futuros suegros mi habilidad para la costura y, por extensión, para el resto de las tareas domésticas. Y aunque en aquella época yo no lo sabía, mis pies serían algo que fascinaría a mi esposo durante los momentos más íntimos y privados entre un hombre y una mujer. Su deseo de verlos y tenerlos en las manos no disminuyó nunca en los años que vivimos juntos, ni siquiera después de que yo hubiera parido cinco hijos, ni siquiera después de que el resto de mi cuerpo hubiera dejado de ser un estímulo para el trato carnal.

( … )

Os preguntaréis por qué estaba tan afligida sin iba a volver al hogar paterno al cabo de tres días. La explicación es sencilla: la expresión que utilizamos para “casarse” es buluo fujia, que significa “no caer inmediatamente en la casa del esposo”. La partícula luo significa “caer”, como caen las hojas en otoño o como caer muerto. Y en nuestro dialecto local la palabra “esposa” se pronuncia igual que “huésped”. Durante el resto de mi vida yo no sería más que un huésped en la casa de mi esposo, no de la clase de huésped que se agasaja con manjares, regalos y cariño o con blandas camas, sino de esos que siempre se contemplan como extraños y sospechosos.
Lisa See
El abanico de seda (traducción de Gemma Rovira Ortega. Salamandra. Quinteto)

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Publicado por elchicoanalogo @ 4:39  | Libros...
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