Domingo, 27 de septiembre de 2009
La bocina de un de un transatlántico me despierta a primerísima hora de la mañana. Sobresaltado, doy un salto de la cama. Abro las contraventanas y observo durante un instante la vista del Panteón. Luego, corro las cortinas de gasa y dejo que el sol lisboeta inunde las paredes blancas de la habitación.

Abro las ventanas para que el frescor del amanecer entre en el apartamento. Con el viento húmedo del Tajo se cuelan los murmullos próximos de los ‘gorras’ que se pelean por atraer la atención de los conductores que se acercan hasta la ‘Feria das ladras’.

Apenas amanece en Alfama pero el bullicio ya lo impregna todo en el barrio. Sentado sobre la cama, enciendo un cigarrillo más en el preciso instante en el que suena una canción de Dulce Pontes en el despertador del móvil: ‘Fado dos fados’. Recuerdo un paseo por el barrio de Graça, una cerveza en la terraza de un garito cerca del Convento de Sao Vicente de Fora, y otra más justo al paso del tranvía número 28, en aquel pequeño rincón cerquita de casa que tanto me gustó el primer día.

Lisboa es una ciudad maravillosa, amable y llena de luz por todos sus rincones. La gente se esfuerza por hacerse entender y al menor contratiempo te presta ayuda. Los edificios, aparentemente derruidos, esconden interiores alucinantes con estupendas vistas y ambientes enloquecidos. Los viejos azulejos de tonos azules y verdes que cubren las fachadas de las casas semidestrozadas dan paso a interiores que sorprenden y enloquecen. Sin duda, merece la pena.
Iñaki Calvo
Lisboa, apuntes


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Publicado por elchicoanalogo @ 4:04  | Voces amigas
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