jueves, 01 de octubre de 2009
Hace nueve años vi El hijo de la novia. Recuerdo que no entendí los primeros 15 minutos dialogados de la película, me perdía en el acento, la rapidez del diálogo, las expresiones argentinas. Nueve años después… nueves años después consigo ubicar en el mapa Jujuy, por ejemplo, entender los diálogos y el acento, emocionarme con los detalles cotidianos, y reírme con los chistes locales. Entre ambas cintas de Campanella, mi propia historia de amor (chico conoce chica, chico pierde chica, ambos salen adelante, porque esto es la vida, no arte).
Creo que fui el único espectador del cine que tuvo los ojos acuosos y húmedos más allá de la historia que ofrece El secreto de sus ojos. Una emoción cercana al reencuentro con una parte de mi vida a la que en ocasiones no he tratado bien en mis recuerdos. Por un momento la vida y el cine se me cruzaban en la pantalla, expresiones y objetos que me llevaban a mis propios recuerdos, a mi mundo, que saltaban de la pantalla a la realidad como aquel moderno Sherlock Holmes de Buster Keaton. Una frase o la forma de las tazas de café desencadenaban imágenes propias, imposibles de proyectar fuera de mí.
El secreto de sus ojos también es una historia de recuerdos, de cruce de tiempos, de amores perdidos y de reencuentros. Campanella ha logrado su mejor película hasta la fecha. El paso por la serie House le ha otorgado mayor control en la forma de narrar la historia, menos dispersiones emocionales (algunas sensibleras) y más fuerza dramática y documental.
Benjamín Expósito, secretario judicial ya retirado, decide quemar sus fantasmas interiores escribiendo una novela con el caso Morales, un caso que cambió su vida, allá por los 70, justo antes de la dictadura militar. La escritura de esa novela, el exorcismo de sus fantasmas personales, hace que se mezcle el pasado con el presente, que ese pliegue en el tiempo le acerque al amor de su vida, un amor silenciado pero evidente, uno de esos amores de cine y literatura, de personaje perdedor de cigarrillo en la boca y vaso de whisky.
Sorprende la contención de Campanella, y cómo no sólo cruza dos épocas de una vida, también géneros cinematográficos. Salta del drama al cine negro de raíces de las novelas de Hammett, pasando por ese cine de emociones que le es tan cercano, pero sin dejarse llevar como antaño (salvo en el final, que podría ser una escena de El hijo de la novia o El mismo amor, la misma lluvia). La puesta en escena es sobria, la historia, contada en forma de puzzle, avanza como uno de esos trenes que aparecen en la película, el final es inmejorable, una vuelta de tuerca donde se cuestiona el papel de la justicia. También se pueden disfrutar esos diálogos irónicos, afilados y humorísticos de las películas de Campanella y el enrarecido ambiente anterior al golpe militar.
Campanella reúne a los protagonistas de El mismo amor… un inconmensurable Ricardo Darín, una contenida y cercana Soledad Villamil. El lugar de Eduardo Blanco lo ocupa el sorprendente Guillermo Franchella. O no tan sorprendente. Franchella es un buen actor, un cómico encasillado en series de humor básico y chabacano. Su actuación es soberbia.
El secreto de sus ojos es una de las mejores películas que he disfrutado este año. Emociona, intriga, te deja sin aliento.

Me revolví en el asiento del cine en varias ocasiones. Ver esta película fue un dolor dulce. Dolor por todo aquello que se quedó en el camino, dulzura por haber vivido precisamente eso que se quedó en el camino. El tiempo ha ejercido de cedazo y ha apartado lo malo, lo cancerígeno, de los buenos momentos.
Al final, el chico se quedó con esos buenos momentos y siguió adelante con su vida, sintiéndose enriquecido y agradecido.

Información:
http://www.elsecretodesusojos.com/
http://www.filmaffinity.com/es/film313601.html



Tags: El secreto de sus ojos, Juan José Campanella, Ricardo Darín, Soledad Villamil, Pablo Rago, Guillermo Francella

Publicado por elchicoanalogo @ 20:27  | Cine
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