Domingo, 04 de octubre de 2009
Acompañaba a mi padre al médico. Yo, de pie, observaba las líneas inquietas de la ciudad. Mi padre, sentado, señalaba una fábrica y me decía que trabajó en ella en el año 62. Hice cálculos. En el año 62 mi padre acababa de llegar a Euskadi, quedaban unos cuantos años para que se reencontrara con mi madre. Su historia de amor serviría para un libro corto, emotivo y conmovedor.

Mi padre y yo no nos hicimos grandes confesiones ni liberamos tensiones ni intenté sacar de mí algún trauma pasado. No. Durante algo más de media hora fuimos juntos en el autobús, hablamos de cosas intrascendentes y recuerdos fugaces. A veces estar junto a alguien que quieres no requiere de grandes diálogos, su sola presencia basta para definir ese tiempo como algo precioso e inolvidable.

Me sentía asustado. Mi padre es mayor, se reencontró con mi madre ya con 30 años en una época donde las parejas se casaban nada más cumplir la mayoría de edad. Al amar nos rodeamos de preocupaciones y dolores futuros. El dolor a la pérdida, a que alguien que quieras sufra o desaparezca, a quedarte desubicado y con el paso cambiado; la  preocupación porque todo aquel que quieres esté tranquilo, sin problemas, sin lágrimas. A lo largo de la vida tu alma se nutre con pedazos de otras personas que te habitan en las entrañas.

Sé que he tenido suerte con mis padres. Lo bueno que pueda haber en mí y la educación recibida se lo debo a ellos. Mi madre era una gran lectora hasta que aparecimos los tres bebés que la dejamos sin tiempo. De ella nació esta pasión por leer, por devorar historia tras historia. Es una mujer dulce, una dulzura que nunca alcanzaré. Mi padre sólo lee el periódico o las revistas del corazón y le apasiona el western, mezcla extraña e interesante. Me corregía mis fallos de educación, me decía que respetase a los demás, me mostraba un sacrificio por el trabajo que parece que sólo puede darse en personas de otra época y otro lugar.

Mi padre nació en la posguerra en una aldea gallega. Es decir, pobreza, malnutrición y muerte. Si tuviera que imaginar esa época lo haría en un blanco y negro apagado y sombrío. Mi padre es carpintero (aunque aquí, en Ortuella, es conocido como “el cartero” ). Sé que una profesión no nos define. Pero no siempre es así. Mi padre aprendió su oficio de mi abuelo, un conocimiento que pasó de mano a mano. Desde niño acompañaba a su padre por las casas de las diferentes aldeas. Cuando me encarno en un fantasma o una sombra y regreso a Galicia hay quien me enseña los muebles que hicieron. Y siempre, siempre, paso mi mano por su superficie, en un intento de que nuestras huellas de distintos tiempos se unan en la madera. Por tanto, mi padre es carpintero porque hablaba y se definía ante el mundo a través de sus manos. Tal vez por eso sea un hombre parco en palabras.

Tengo cientos de fotos suyas, fotos en un blanco y negro diferente al que yo imagino para su época. Y en esas fotos de las distintas fiestas se mezclan bailes y caras sonrientes y trajes que parecen de una talla más grande que el cuerpo que visten. Me gustan las manos y la cara de mi padre en esas fotos, su gesto divertido, despreocupado, su belleza inocente, su actitud ante la vida, una actitud donde primaba el trabajo y aprovechar lo bueno que se tenía en la vida.

Mientras leía una revista en la sala de espera pensaba en cómo han cambiado las tornas, ahora soy yo quien acompaña a mis padres al médico, quien debe cuidar de ellos, quien se preocupa y se pasa la noche preguntándose por cómo estarán. Curioso cambio de papeles.

Vista desde fuera, la tarde con mi padre puede parecer una simple tarde, vista desde dentro, el recuerdo del viaje en autobús, de las pequeñas conversaciones, de la espera en el médico, de la cafetería compartida, esa tarde, en definitiva, se ha convertido en una pequeña foto inolvidable. Una foto en un blanco y negro brillante, lechoso y con una pizca de melancolía.

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