Martes, 06 de octubre de 2009
Cada lectura de Bolaño es un cruce de caminos con sus otros libros. Si la mayoría de escritores tienen un mundo propio al que regresar, Bolaño parece que tenía en mente un único libro con numerosos afluentes, cada historia suya parece una pieza de un gran puzzle.

Amuleto podría definirse como reescritura. Tomando algunos personajes y una historia que aparecen en Los detectives salvajes, Bolaño arma una novela corta, intensa, llena de esas digresiones tan cercanas y certeras del escritor chileno. A cada página, pequeñas historias que ejercen como cruce de caminos.

Auxilio Lacouture se queda encerrada en los baños de la universidad mientras ésta es tomada por la policía. En ese minúsculo espacio del baño, con la luna paseándose por las baldosas, Auxilio inicia un largo monólogo donde le tiempo se fragmento, se cruza el pasado con el futuro, los recuerdos con los sueños, las pequeñas historias con personajes reales. Uruguaya perdida en México, Auxilio se dedica a trabajar para los poetas españoles exiliados y, a su vez, ser la madre de la nueva poesía mexicana (de nuevo, aparece Arturo Belano en un libro de Bolaño)

Bolaño escribe de una manera magistral, hipnótica, te hace seguir sus reflexiones y digresiones con la boca abierta, entras en un mundo ya conocido pero no por ello menos sorprendente. Me gusta esa capacidad suya de parar la narración y dejar seguir el curso de una reflexión hasta agotarlo. Y, también, la melancolía. Melancolía por una tierra desgarrada por las dictaduras, los desaparecidos, los hombres y mujeres que nunca alcanzaron la libertad.

Siempre escojo a Roberto Bolaño tras alguna historia densa o para terminar con una crisis lectora. Lo he convertido en mi escritor comodín.





Después, en 1973, él decidió volver a su patria a hacer la revolución y yo fui la única, aparte de su familia, que lo fue a despedir a la estación de autobuses, pues Arturito Belano se marchó por tierra, un viaje largo, larguísimo, plagado de peligros, el viaje iniciático de todos los pobres muchachos latinoamericanos, recorrer este continente absurdo que entendemos mal o que de plano no entendemos. Y cuando Arturito se asomó a la ventanilla del autobús para hacernos adiós con la mano, no sólo su madre lloró, yo también lloré, inexplicablemente, se me llenaron los ojos de lágrimas, corno si ese muchacho también fuera hijo mío y temiera que aquélla fuera la última vez que lo iba a ver.
Esa noche dormí en casa de su familia, más que nada para hacerle compañía a su mamá, y recuerdo que estuvimos hablando hasta tarde de cosas de mujeres aunque mis temas de conversación no son propiamente los típicos de las mujeres; hablamos de los hijos que crecen y salen a jugar al ancho mundo, hablamos de la vida de los hijos que se separan de sus padres y salen en busca de lo desconocido al ancho mundo. Después hablamos del ancho mundo en su mismidad.

( … )

¿Pero qué clase de amor pudieron conocer ellos?, pensé cuando el valle se quedó vacío y sólo su canto seguía resonando en mis oídos. El amor de sus padres, el amor de sus perros y de sus gatos, el amor de sus juguetes, pero sobre todo el amor que se tuvieron entre ellos, el deseo y el placer.
Y aunque el canto que escuché hablaba de la guerra, de las hazañas heroicas de una generación entera de jóvenes latinoamericanos sacrificados, yo supe que por encima de todo hablaba del valor y de los espejos, del deseo y del placer.
Y ese canto es nuestro amuleto.
Roberto Bolaño
Amuleto (Anagrama)

Tags: Amuleto, Roberto Bolaño, anagrama

Publicado por elchicoanalogo @ 4:59  | Libros...
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