Mi?rcoles, 14 de octubre de 2009

El ladrón de chicles me atrae tanto por su forma, se mezclan las cartas, los correos electrónicos, las notas y el bosquejo de un libro que está escribiendo el protagonista (nunca un encuentro fuera de una hoja), como por su contenido, un puñado de perdedores que hablan y reflexionan sobre sus vidas y la mirada sobre ellos con una lucidez extrema, divertida y, a la vez, dolorosa.

Una de las partes sorprendentes del libro es ver cómo la frescura y comicidad de la historia puede llevarte a que la sonrisa que te acompaña ante los desvaríos de los personajes se tuerza cuando profundizas en sus palabras. Sonrisas congeladas o que se quedan a medio camino. Porque a veces maldita gracia tiene la vida.

Roger es un gran perdedor. Cuarentón, fuera de forma, trabaja en un impersonal almacén de material de oficina después de deambular por trabajos y más trabajos temporales, perder a su hijo mayor en un accidente de tráfico y la paciencia de su esposa, cansada de su alcoholismo y complacencia. Roger escribe un diario como terapia, y junto a sus opiniones intercala capítulos de un demencial libro sobre el encuentro de dos parejas en una cena e inventa entradas escritas por Bethany, una compañera de trabajo, gótica, solitaria y obsesionada con la muerte. Hasta que Bethany descubre el diario y empieza a responder a Roger en cartas y notas. A partir de ese instante se inicia una relación epistolar conmovedora a la vez que irónica, tan lúcida como divertida. Y en mitad de esa correspondencia se unen otros personajes tan al límite como ellos y los personajes no tan irreales o de ficción de la novela que está escribiendo Roger, en un ejercicio donde creación y vida se cruzan de tal manera que sus fronteras se difuminan.

Coupland escribe un libro inteligente, mordaz, divertido y doloroso sobre la soledad, la incomunicación, el dolor, las perspectivas vitales, un libro realista donde uno no supera al dolor sino que se acostumbra a él y donde no se sabe cómo cambiar el desastroso rumbo de una vida.

El ladrón de chicles ha sido toda una sorpresa.




Hace unos años caí en la cuenta que todo el mundo a partir de una cierta edad sueña más o menos constantemente con una vía de escape a su vida. Ya no quieren ser los mismos. Quieren largarse. Esta lista incluye a Thurston Howell III, Ann_Magret, el elenco de Rent, Václav Havel, los astronautas del Space Shuttle y Snuffleupagus. Es algo universal.
¿Quieres largarte? ¿A menudo piensas que ojalá pudieras ser alguien, quienquiera que sea, diferente de quién eres? - ¿esa persona que tiene trabajo y mantiene a la familia? ¿Esa persona que vive en una casa relativamente digna y que aún se esfuerza por mantener sus amistades?-. En otras palabras, esa persona que eres tú y que se va a quedar más o menos como está hasta que estire la pata.
No hay nada de malo en aceptar que yo soy yo o que tú eres tú. Y, al final, la vida se hace bastante llevadera, ¿no es así? Bueno, ya me las arreglaré. Eso decimos todos. No te preocupes por mí. A lo mejor me emborracho o me pongo a hacer comprar en eBay a las once de la noche y quizá me compre todo tipo de tonterías por las que ni siquiera me acordaré que he pujado a la mañana siguiente, como una bolsa de cinco kilos de monedas del mundo o una cinta pirata de Joni Mitchell actuando en el Calgary Saddledome en 1981.
Douglas Coupland
El ladrón de chicles (traducción de Bruno Menéndez. Quinteto. El Aleph Editores)

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Publicado por elchicoanalogo @ 4:36  | Libros...
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