Viernes, 27 de noviembre de 2009
En El país de las últimas cosas Paul Auster imagina una ciudad donde todo se derrumba, desde los edificios hasta la memoria, de las palabras a los sentimientos, un infierno moderno donde no hay reglas ni naturaleza. Como la neo lengua de 1984, la supresión de las palabras lleva consigo la supresión de los objetos o los sentimientos que definían (y una barrera para los habitantes de la ciudad, cada uno de ellos tiene un ritmo diferente de pérdida de recuerdos y palabras). Con un tono de pesadilla, Auster escribió su libro más duro, difícil .

Anna Blume es una muchacha que se adentra en el abismo de la ciudad para buscar a su hermano desaparecido, corresponsal que debía mandar crónicas y noticias sobre lo que sucedía en esa ciudad tan extraña. Tras unos primeros días de búsqueda y extrañeza ante lo que ve, Anna descubre el caos y el infierno que es la ciudad. Centros de eutanasia, corredores que corren hasta caer muertos, los saltadores que se arrojan desde los techos del edifico, las diferentes sectas que intentan explicar la lógica de la ciudad y darle un sentido místico o pesimista… Todo es muerte en la ciudad, un paraje desolado, lunar, de ruinas que te llevan a las miles de imágenes que conocemos de las ciudades devastadas en la segunda guerra mundial.

Como explica la protagonista, lo único que importa es dar un paso y luego el siguiente. Y aún así nunca se sabe si todo seguirá en el mimo sitio porque entre paso y paso algo ha cambiado o desaparecido de la ciudad. Y detenerse sólo significa morir. Al igual que la protagonista, las primeras páginas de Auster parecen seguir el mismo ejemplo, un paso, luego otro, sin un destino fijo, salta de las descripciones de la ciudad al colapso de las calles o a describir la vida y miseria de la muchedumbre de vagabundos y supervivientes en la ciudad. Son páginas complicadas, duras, se hace difícil su lectura.

Libro difícil y extraño, aún así, guarda retazos de esperanza. Como en La carretera, donde padre e hijo encuentran pequeños tesoros en su huida al sur en un mundo pos apocalíptico, en El país de las últimas cosas hay momentos donde Anna encuentra descanso a tanta barbarie y caos, un amor inesperado, un par de buenas personas que se convierten en amigas entre la desolación circundante, un cuaderno azul (siempre un cuaderno azul) donde describe su vida en la ciudad en una carta a un antiguo novio… una esperanza frágil, fútil donde poder sobrevivir.




Éstas son las últimas cosas —escribía ella—. Desaparecen una a una y no vuelven nunca más. Puedo hablarte de las que yo he visto, de las que ya no existen; pero dudo que haya tiempo para ello. Ahora todo ocurre tan rápidamente que no puedo seguir el ritmo.
No espero que me entiendas. Tú no has visto nada de esto y, aunque lo intentaras, jamás podrías imaginártelo. Éstas son las últimas cosas. Una casa está aquí un día y al siguiente desaparece. Una calle, por la que uno caminaba ayer, hoy ya no está aquí. Incluso el clima cambia de forma continua: un día de sol, seguido de uno de lluvia; un día de nieve, luego uno de niebla; templado, después fresco; viento seguido de quietud; un rato de frío intenso y hoy, por ejemplo, en pleno invierno, una tarde de luz esplendorosa, tan cálida que no necesitas llevar más que un jersey.
Cuando vives en la ciudad, aprendes a no dar nada por sentado. Cierras los ojos un momento, o te das la vuelta para mirar otra cosa y aquella que tenías delante desaparece de repente. Nada perdura, ya ves, ni siquiera los pensamientos en tu interior. Y no vale la pena perder el tiempo buscándolos; una vez que una cosa desaparece, ha llegado a su fin.

( … )

Yo creo que lo que realmente cuenta es la suerte. El cielo está regido por el azar, por fuerzas tan complejas y oscuras que nadie puede explicar por completo. Si te mojas con la lluvia, has tenido mala suerte y eso es todo. Si logras no mojarte, pues mucho mejor; pero no tiene nada que ver con las actitudes ni las creencias. La lluvia no hace diferencias, en un momento o en otro, cae sobre todo el mundo y, cuando cae, todos somos iguales, ninguno mejor ni peor, todos iguales sin distinción.

( … )

Ya ves a lo que te expones aquí. No sólo desaparecen las cosas, sino que cuando lo hacen, el recuerdo de ellas también se desvanece. Surgen zonas oscuras en la mente, y a menos que uno haga el esfuerzo constante de computar las cosas que ya no están, acabará perdiéndolas para siempre. Yo no soy más inmune que los demás ante esta enfermedad y sin duda tengo muchas de estas zonas en blanco. Después de todo, la memoria no es un acto voluntario, es algo que ocurre a pesar de uno mismo, y cuando todo cambia permanentemente, es inevitable que la mente falle, que los recuerdos se escapen. A veces, cuando me sorprendo a mí misma buscando a tientas una idea que se me escabulle, vuelvo mis pensamientos a los viejos tiempos en casa, recordando cómo eran las cosas cuando yo era pequeña y nos íbamos de vacaciones en tren hacia el norte con toda la familia. Mi hermano mayor, William, siempre me dejaba el asiento de la ventanilla, y yo casi nunca hablaba con nadie, viajaba con la cara pegada al cristal mirando el paisaje, escudriñando el cielo, los árboles y el agua mientras el tren se apresuraba a través de la espesura. Todo me parecía tan hermoso, tanto más hermoso que las cosas de la ciudad, que cada año me repetía a mí misma: «Anna, nunca viste algo tan bonito como esto, intenta recordarlo, intenta memorizar todas las cosas maravillosas que estás viendo y de este modo siempre estarán contigo, incluso cuando ya no puedas verlas». Creo que nunca miré el mundo con tanta atención, como en aquellos viajes en tren hacia el norte. Quería que todo me perteneciera, que toda la belleza pasara a formar parte de mí misma, y recuerdo cómo me afanaba en recordarlo, intentando guardarlo para más adelante, atraparlo para cuando realmente lo necesitara. Pero lo curioso es que nada de aquello se quedó conmigo, lo he intentado con todas mis fuerzas, pero de un modo u otro siempre acabo perdiéndolo, y al final todo lo que recuerdo son mis esfuerzos por recordarlo. Las cosas pasaban demasiado rápido, y cuando lograba verlas, ya estaban esfumándose de mi mente, reemplazadas por otras que desaparecían antes de que pudiera verlas. Todo lo que me queda es una neblina, una resplandeciente y maravillosa neblina; pero los árboles, el cielo y el agua, todo aquello se ha desvanecido. Nunca estuvo allí, ni siquiera antes de que me perteneciera.
Paul Auster
El país de las últimas cosas (traducción de María Eugenia Ciocchini. Anagrama)

Tags: Paul Auster, Anagrama, María Eugenia Ciocchini

Publicado por elchicoanalogo @ 4:02  | Libros...
Comentarios (2)  | Enviar
Comentarios
Estoy con ?l como ya sabes... es muy muy duro, pero seguir? por si hay alguna esperanza... te contar?...
Abrazos y cari?os literarios y austerianos!!
Publicado por Yolanda
Domingo, 13 de diciembre de 2009 | 15:51
Buenas, Yolanda,

No te voy a adelantar nada, Yolanda, pero ya que los has emepzado seguir?a con ?l. Es uno de los libros m?s duros que he le?do pero merece la pena, adem?s es uno de eso libros imprescindibles de la secta Auster...
Muchos abrazos y muchos cari?os lun?ticos y austerianos
Publicado por elchicoanalogo
Lunes, 14 de diciembre de 2009 | 16:58