Lunes, 30 de noviembre de 2009
Hace unas semanas me sorprendió la noticia de la edición de El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas, novela que escribió Haruki Murakami en 1985 entre La caza del carnero salvaje y Tokio Blues. Y en cierta forma siento este libro como un puente entre ambas historias. Por un lado tiene la búsqueda y el mundo simbólico de La caza del carnero salvaje y por otro la melancolía y la lánguida tristeza de Tokio Blues.

Mi primer libro de Murakami fue Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, una lectura que recuerdo asombrosa, insólita y surrealista, un primer paso en un mundo literario donde no hay fronteras entre lo real y lo soñado, lo consciente y el inconsciente, la melancolía y lo inverosímil. Tokio Blues me hizo conocer a otro Murakami donde primaba la nostalgia, una suave tristeza, el aliento de la muerte y la pérdida. Cada libro que leía de Murakami orbitaba entre estos dos tipos de historias, y en alguno de ellos, como en este El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas se entrelazan de manera admirable y sin fisuras.

Si hace un año After Dark me decepcionó por una historia demasiado fría y aséptica, ahora me siento conmovido por las dos historias que se cruzan en El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas. Mientras avanzaba por sus páginas mi ánimo pasaba de la sorpresa a la emoción, de la estupefacción a la calidez, sentía cómo el libro enraizaba dentro de mí y me hacía entrar en un mundo dominado por diferentes dimensiones y emociones.

En este libro encontré algunos lugares comunes de las novelas de Murakami, los bosques, pozos y cavernas, las diferentes dimensiones fuera de la realidad, el jazz, la música clásica y el alcohol, las taciturnas historias de amor, las referencias cinematográficas (en este caso a John Ford, el actor Ben Johnson, Walter Hill, Casablanca o El hombre del brazo de oro) y literarias (Joseph Conrad, Maugham, Balzac, Turgueniev...), lugares comunes que me hacen sentir cómodo y cercano al mundo de Murakami.

El libro se divide en dos historias, los capítulos avanzan entrelazando ambas historias. En El despiadado país de las maravillas un calculador conoce a un extravagante científico y su expansiva y sonrosada nieta. El científico se dedica a investigar el cerebro y la conciencia humana en un laboratorio bajo las entrañas de Tokio en un mundo oscuro, aterrador y dominado por unas extrañas criaturas, los tinieblos. En El fin del mundo, el narrador vive un en lugar utópico, rodeado por una muralla inquietante, unos unicornios que cambian de pelaje según la estación del año y unos habitantes sin egos ni corazón (sin emociones ni recuerdos, sin sombra ni muerte). La extrañeza y el misterio de estas historias desaparecen pronto y entras en el juego que te plantea Murakami. Poco a poco las dos historias se conectan de la manera menos prevista.

Me emociona la forma que tiene Murakami de entender y narrar las relaciones amorosas, el lirismo en los encuentros entre el narrador y las diferentes mujeres de las dos historias, las conversaciones quedas y reflexivas junto a ventanas lluviosas, la naturalidad y la languidez del sexo. Y, cómo no, la facilidad de Murakami para imaginar mundos (im)posibles, el utópico final del mundo, el despiadado país de las maravillas, cercano a la sombría ciencia-ficción de Dick, las preguntas sobre los recodos en la conciencia que todos nosotros llevamos dentro sin poder alcanzarlos.

Hace casi 25 años Murakami escribió un libro insólito y conmovedor, la antesala perfecta para las historias melancólicas que estaban por llegar en Tokio Blues y Al sur de la frontera, al oeste del sol.





El deseo es una energía positiva. Esto está muy claro. Pero, si no se satisface, se acumula y la mente pierde lucidez, y el cuerpo, su equilibrio.

( … )

- El corazón no existe –dijo el anciano-. Pero, dentro de poco, también el tuyo desaparecerá. Y, en cuanto eso suceda, ya no experimentarás sentimientos de pérdida o de desengaño. También se borrará ese amor sin rumbo. Sólo quedará la vida de todos los días. Una vida tranquila y silenciosa. A ti te gusta ella y tú le gustas a ella. Si eso es lo que deseas, tuyo es. Nadie te lo puede arrebatar.
- Es extraño –dije-. Yo aún tengo corazón y, sin embargo, a veces lo pierdo de vista. No. Mejor dicho, posiblemente está siempre perdido y sólo en ocasiones lo recobro. A pesar de eso, tengo la certeza de que volverá, en un momento u otro, y esta certeza es la que, en definitiva, vertebra y sostiene mi existencia. Por eso me cuesta tanto imaginar qué significa perder el corazón.

( … )

- Pero tú, ¿sabes?, tú me interesas mucho.
- ¿Yo? ¿Y por qué?
- Es que pareces tan cansado. Pero a ti el cansancio parece darte una especie de energía. Y eso, ¿sabes?, no acabo de entenderlo. No te pareces a ninguna de las personas que conozco. Mi abuelo jamás está cansado, y yo tampoco. Oye, ¿estás cansado de verdad?
- Sí, estoy muy cansado –dije. Tanto que, aun repitiéndolo veinte veces, me quedaba corto.
- ¿Y cómo es eso? Me refiero a qué se siente cuando uno está cansado –quiso saber la muchacha.
- Pues gran parte de las emociones van haciéndose más y más confusas. Sientes lástima de ti mismo y te enfadas con los demás, sientes lástima de los demás y te enfadas contigo mismo…, en fin, esas cosas.
- No acabo de entenderlo.
- Al final, acabar por no comprender nada de nada. Igual que una peonza pintada de diversos colores. Cuantos más deprisa gira, más difícil es distinguir cada uno de los colores, hasta que a confusión es total.
- Parece interesante-dijo la muchacha gorda-. Veo que dominas muy ben el tema.
- En efecto – dije. Este agotamiento va carcomiendo la vida, o que brota del mismo corazón de la vida, podría explicarlo yo de cien maneras distintas. Ésta debía de ser otra de las cosas que no enseñaban en la escuela.

( … )

Antes de salir, eché una mirada circular a la estancia. Ofrecía una imagen similar a la de un punto de recogida de trastos viejos. En la vida siempre sucede lo mismo. Para construir algo se requiere mucho tiempo, pero basta un instante para destruirlo todo. Dentro de aquellas tres pequeñas habitaciones había llevado una vida algo cansada, cierto, pero también satisfactoria. Y todo se había esfumado, como la neblina matinal, en el tiempo que se tarda en abrir dos latas de cerveza. Mi trabajo, mi whisky, mi paz, mi soledad, mi colección de obras de Somerset Maugham y de películas de John Ford: todo se había convertido en un montón de basura sin sentido.
“… del esplendor en la hierba y de la gloria de las flores…”, recité para mis adentros. Alargué la mano, bajé la palanca del conmutador y corté la electricidad de toda la casa.

( … )

“¿Y qué había perdido yo?”, me pregunté, rascándome la cabeza. Sin duda alguna, había perdido muchas cosas. Si las hubiera apuntado todas en una libreta, posiblemente habría llenado un cuaderno entero de la universidad. Había sufrido mucho la pérdida de alguna de ellas a pesar de que, en el momento en que las perdí, creí que no importaba demasiado, pero con otras me había sucedido lo contrario. Había ido perdiendo diversas cosas, diversas personas, diversos sentimientos. En el bolsillo de un abrigo que simbolizara mi existencia, se había abierto un agujero fatal que ningún hilo ni ninguna aguja podrían coser. En este sentido, si alguien hubiera abierto la ventana de mi piso, se hubiese asomado dentro y me hubiese gritado: “¡Tu vida es un completo cero!”, yo no habría tenido ningún argumento en contra que esgrimir.
Sin embargo, si hubiera podido volver atrás, me daba la sensación de que habría reproducido una vida idéntica a la que había llevado. Porque ésta-esta vida llena de pérdidas- era yo. Era el único camino que tenía de ser yo mismo. Por más personas que me hubiesen abandonado a mí, por más personas a las que hubiese abandonado yo, por más bellos sentimientos, magníficas cualidades y sueños que hubiese perdido, yo únicamente podía ser yo.

( … )

Hubiese querido deshacerme en lágrimas, pero no podía llorar. Era demasiado mayor para hacerlo, había tenido demasiadas experiencias en mi vida. En este mundo existe un tipo de tristeza que no te permite verter lágrimas. es una de esas cosas que no puedes explicar a nadie y, aunque pudieras, nadie te comprendería. Y esa tristeza, sin cambiar de forma, va acumulándose en silencio en tu corazón como la nieve durante una noche sin viento.
Cuando era más joven, había intentado alguna vez traducirla en palabras. Pero por más que me había esforzado en buscar las palabras adecuadas, no había conseguido comunicársela a nadie, ni siquiera a mí mismo, y había dejado de intentarlo. De modo que había bloqueado las palabras, había bloqueado mi corazón. La tristeza, cuando es tan profunda, no siquiera permite metamorfosearse en lágrimas.
Haruki Murakami
El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas (traducción de Lourdes Porta. Tusquets)

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S?bado, 28 de noviembre de 2009
Cuando fray Bartolomé Arrazola se sintió perdido aceptó que ya nada podría salvarlo. La selva poderosa de Guatemala lo había apresado, implacable y definitiva. Ante su ignorancia topográfica se sentó con tranquilidad a esperar la muerte. Quiso morir allí, sin ninguna esperanza, aislado, con el pensamiento fijo en la España distante, particularmente en el convento de Los Abrojos, donde Carlos Quinto condescendiera una vez a bajar de su eminencia para decirle que confiaba en el celo religioso de su labor redentora.
Al despertar se encontró rodeado por un grupo de indígenas de rostro impasible que se disponían a sacrificarlo ante un altar, un altar que a Bartolomé le pareció como el lecho en que descansaría, al fin, de sus temores, de su destino, de sí mismo.
Tres años en el país le habían conferido un mediano dominio de las lenguas nativas. Intentó algo. Dijo algunas palabras que fueron comprendidas.
Entonces floreció en él una idea que tuvo por digna de su talento y de su cultura universal y de su arduo conocimiento de Aristóteles. Recordó que para ese día se esperaba un eclipse total de sol. Y
dispuso, en lo más íntimo, valerse de aquel conocimiento para engañar
a sus opresores y salvar la vida.
—Si me matáis —les dijo—puedo hacer que el sol se oscurezca en su altura.
Los indígenas lo miraron fijamente y Bartolomé sorprendió la incredulidad en sus ojos. Vio que se produjo un pequeño consejo, y esperó confiado, no sin cierto desdén.


Dos horas después el corazón de fray Bartolomé Arrazola chorreaba su sangre vehemente sobre la piedra de los sacrificios (brillante bajo la opaca luz de un sol eclipsado), mientras uno de los indígenas recitaba sin ninguna inflexión de voz, sin prisa, una por una, las infinitas fechas en que se producirían eclipses solares y lunares, que los astrónomos de la comunidad maya habían previsto y anotado en sus códices sin la valiosa ayuda de Aristóteles.
Augusto Monterroso
El eclipse (en Obras completas y otros cuentos. Anagrama)

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Viernes, 27 de noviembre de 2009
En El país de las últimas cosas Paul Auster imagina una ciudad donde todo se derrumba, desde los edificios hasta la memoria, de las palabras a los sentimientos, un infierno moderno donde no hay reglas ni naturaleza. Como la neo lengua de 1984, la supresión de las palabras lleva consigo la supresión de los objetos o los sentimientos que definían (y una barrera para los habitantes de la ciudad, cada uno de ellos tiene un ritmo diferente de pérdida de recuerdos y palabras). Con un tono de pesadilla, Auster escribió su libro más duro, difícil .

Anna Blume es una muchacha que se adentra en el abismo de la ciudad para buscar a su hermano desaparecido, corresponsal que debía mandar crónicas y noticias sobre lo que sucedía en esa ciudad tan extraña. Tras unos primeros días de búsqueda y extrañeza ante lo que ve, Anna descubre el caos y el infierno que es la ciudad. Centros de eutanasia, corredores que corren hasta caer muertos, los saltadores que se arrojan desde los techos del edifico, las diferentes sectas que intentan explicar la lógica de la ciudad y darle un sentido místico o pesimista… Todo es muerte en la ciudad, un paraje desolado, lunar, de ruinas que te llevan a las miles de imágenes que conocemos de las ciudades devastadas en la segunda guerra mundial.

Como explica la protagonista, lo único que importa es dar un paso y luego el siguiente. Y aún así nunca se sabe si todo seguirá en el mimo sitio porque entre paso y paso algo ha cambiado o desaparecido de la ciudad. Y detenerse sólo significa morir. Al igual que la protagonista, las primeras páginas de Auster parecen seguir el mismo ejemplo, un paso, luego otro, sin un destino fijo, salta de las descripciones de la ciudad al colapso de las calles o a describir la vida y miseria de la muchedumbre de vagabundos y supervivientes en la ciudad. Son páginas complicadas, duras, se hace difícil su lectura.

Libro difícil y extraño, aún así, guarda retazos de esperanza. Como en La carretera, donde padre e hijo encuentran pequeños tesoros en su huida al sur en un mundo pos apocalíptico, en El país de las últimas cosas hay momentos donde Anna encuentra descanso a tanta barbarie y caos, un amor inesperado, un par de buenas personas que se convierten en amigas entre la desolación circundante, un cuaderno azul (siempre un cuaderno azul) donde describe su vida en la ciudad en una carta a un antiguo novio… una esperanza frágil, fútil donde poder sobrevivir.




Éstas son las últimas cosas —escribía ella—. Desaparecen una a una y no vuelven nunca más. Puedo hablarte de las que yo he visto, de las que ya no existen; pero dudo que haya tiempo para ello. Ahora todo ocurre tan rápidamente que no puedo seguir el ritmo.
No espero que me entiendas. Tú no has visto nada de esto y, aunque lo intentaras, jamás podrías imaginártelo. Éstas son las últimas cosas. Una casa está aquí un día y al siguiente desaparece. Una calle, por la que uno caminaba ayer, hoy ya no está aquí. Incluso el clima cambia de forma continua: un día de sol, seguido de uno de lluvia; un día de nieve, luego uno de niebla; templado, después fresco; viento seguido de quietud; un rato de frío intenso y hoy, por ejemplo, en pleno invierno, una tarde de luz esplendorosa, tan cálida que no necesitas llevar más que un jersey.
Cuando vives en la ciudad, aprendes a no dar nada por sentado. Cierras los ojos un momento, o te das la vuelta para mirar otra cosa y aquella que tenías delante desaparece de repente. Nada perdura, ya ves, ni siquiera los pensamientos en tu interior. Y no vale la pena perder el tiempo buscándolos; una vez que una cosa desaparece, ha llegado a su fin.

( … )

Yo creo que lo que realmente cuenta es la suerte. El cielo está regido por el azar, por fuerzas tan complejas y oscuras que nadie puede explicar por completo. Si te mojas con la lluvia, has tenido mala suerte y eso es todo. Si logras no mojarte, pues mucho mejor; pero no tiene nada que ver con las actitudes ni las creencias. La lluvia no hace diferencias, en un momento o en otro, cae sobre todo el mundo y, cuando cae, todos somos iguales, ninguno mejor ni peor, todos iguales sin distinción.

( … )

Ya ves a lo que te expones aquí. No sólo desaparecen las cosas, sino que cuando lo hacen, el recuerdo de ellas también se desvanece. Surgen zonas oscuras en la mente, y a menos que uno haga el esfuerzo constante de computar las cosas que ya no están, acabará perdiéndolas para siempre. Yo no soy más inmune que los demás ante esta enfermedad y sin duda tengo muchas de estas zonas en blanco. Después de todo, la memoria no es un acto voluntario, es algo que ocurre a pesar de uno mismo, y cuando todo cambia permanentemente, es inevitable que la mente falle, que los recuerdos se escapen. A veces, cuando me sorprendo a mí misma buscando a tientas una idea que se me escabulle, vuelvo mis pensamientos a los viejos tiempos en casa, recordando cómo eran las cosas cuando yo era pequeña y nos íbamos de vacaciones en tren hacia el norte con toda la familia. Mi hermano mayor, William, siempre me dejaba el asiento de la ventanilla, y yo casi nunca hablaba con nadie, viajaba con la cara pegada al cristal mirando el paisaje, escudriñando el cielo, los árboles y el agua mientras el tren se apresuraba a través de la espesura. Todo me parecía tan hermoso, tanto más hermoso que las cosas de la ciudad, que cada año me repetía a mí misma: «Anna, nunca viste algo tan bonito como esto, intenta recordarlo, intenta memorizar todas las cosas maravillosas que estás viendo y de este modo siempre estarán contigo, incluso cuando ya no puedas verlas». Creo que nunca miré el mundo con tanta atención, como en aquellos viajes en tren hacia el norte. Quería que todo me perteneciera, que toda la belleza pasara a formar parte de mí misma, y recuerdo cómo me afanaba en recordarlo, intentando guardarlo para más adelante, atraparlo para cuando realmente lo necesitara. Pero lo curioso es que nada de aquello se quedó conmigo, lo he intentado con todas mis fuerzas, pero de un modo u otro siempre acabo perdiéndolo, y al final todo lo que recuerdo son mis esfuerzos por recordarlo. Las cosas pasaban demasiado rápido, y cuando lograba verlas, ya estaban esfumándose de mi mente, reemplazadas por otras que desaparecían antes de que pudiera verlas. Todo lo que me queda es una neblina, una resplandeciente y maravillosa neblina; pero los árboles, el cielo y el agua, todo aquello se ha desvanecido. Nunca estuvo allí, ni siquiera antes de que me perteneciera.
Paul Auster
El país de las últimas cosas (traducción de María Eugenia Ciocchini. Anagrama)

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Jueves, 26 de noviembre de 2009
De sólo imaginarme que tu boca
pueda juntarse con la mía, siento
que una angustia secreta me sofoca,
y en ansias de ternura me atormento...

El alma se me vuelve toda oído;
el cuerpo se me torna todo llama
y se me agita de amores encendido,
mientras todo mi espíritu te llama.

Y después no comprendo, en la locura,
de este sueño de amor a que me entrego;
si es que corre en mis venas sangre pura,
o si en vez de la sangre corre fuego...
Alice Lardé de Venturino
De sólo imaginarme...

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Mi?rcoles, 25 de noviembre de 2009
Hace un par de semanas leí Bajo palabra. En la novela de Yoshimura un hombre sale de la cárcel para reintegrase a la vida 16 años después de ser condenado por homicidio. Las primeras páginas, reflexivas y densas, se detenían en el sentimiento de extrañeza del protagonista por una vida diferente, cambiada y sin barrotes sólidos pero sí invisibles. El golpe en el estómago viene en la mitad del libro, cuando sabemos que el protagonista había asesinado a su mujer pero que, pasados los años, seguía sin sentirse arrepentido por su violencia.

Algo parecido cuenta Out, de Natsuo Kirino. Yayoi asesina a su marido y ese hecho fortuito cambia no sólo su vida, también la de sus tres amigas del turno de noche y la de un antiguo criminal que regenta un par de locales ilegales. Como en la teoría del caos, una leve modificación en un punto de una línea influye de manera inesperada en otros. En ambos libros sorprende la frialdad de los protagonistas, cómo después de un acto tan salvaje intentan actuar con desapego y lógica y seguir con sus vidas.

Si Bajo Palabra se inclinaba por la reflexión, el intimismo de un sólo protagonista y el drama en forma de destino marcado e inmutable que estalla en sus últimas páginas, Out se detiene en media docena de personajes y mezcla la novela negra con el gore y la novela de misterio. Out sorprende por contar cómo gente sencilla (en este caso cuatro mujeres que trabajan en el turno de noche de una fábrica de comida preparada, cada una de ellas con un duro drama doméstico) se ven obligadas a cometer un puñado de atrocidades inimaginables. La historia podía haber dado un giro hacia un humor negro y despiadado como en la película Very Bad Things pero se mantiene en un plano cercano a la realidad, sin desmanes y con un aliento algo gélido. Hay momentos donde las protagonistas parecen autómatas ante problemas matemáticos. Su desapego llega a ser inquietante.

Sobresale el personaje de Masako, que opaca a sus compañeras de trabajo. Masako, una mujer de cuarenta años, con una vida familiar deteriorada y un trabajo en el turno de noche después de más de 20 años en una caja de crédito, toma las riendas desde el inicio. Mujer de gran inteligencia, resuelta y decidida, fuera de ella convive con una soledad dañina y dentro de ella con un gran vacío existencial. Masako será el punto de apoyo de sus compañeras, la que tome las decisiones, aun las más complicadas, y la que busque una explicación a sus actos.

Out es una novela interesante, fría e inquietante.




No hacía mucho, Masako había comparado sus días en la Caja de Crédito T con una lavadora vacía, pero ahora se daba cuenta de que le había pasado lo mismo en casa. Si era así, ¿qué había sido su vida? ¿Para qué había trabajado? ¿Para qué había vivido? Al ser consciente de que se había convertido en una mujer exhausta y perdida, se le llenaron los ojos de lágrimas.
Quizá por eso había escogido trabajar en el turno de noche. Así podía dormir de día y trabajar de noche. O, lo que era lo mismo, vivir permanentemente cansada, sin tiempo para pensar, llevar una vida al revés de la de su marido y su hijo. Sin embargo, con ello sólo había conseguido aumentar su rabia y su tristeza. Y ahora ni Yoshiki, ni Nobuki, ni nadie podía ayudarla.
En ese momento empezó a comprender por qué había ayudado a Yayoi: en su desesperación había cruzado la línea y había intentado huir a un nuevo mundo. Sin embargo, ¿qué le esperaba en ese mundo nuevo? Nada. Bajó la vista para mirar sus manos blancas, aún asidas al respaldo del sofá. Si la policía la detenía, nunca podría descubrir el verdadero motivo que la había impulsado a ayudar a Yayoi. Oyó el ruido de varias puertas que se cerraban a su espalda. Estaba completamente sola.

( … )

Recordó que había visto una película titulada Quiero la cabeza de Alfredo García, en la que un hombre recorría las carreteras mexicanas en un Nissan Bluebird SSS en compañía de una cabeza metida en hielo. Aún podía ver la cara de rabia y desesperación del protagonista, y se le ocurrió que diez días atrás probablemente ella tenía el mismo aspecto mientras buscaba un lugar adecuado para deshacerse de la cabeza. Exacto, había sentido rabia. No sabía contra qué ni contra quién, pero al menos había identificado el sentimiento que la había embargado. Quizá la hubiera sentido contra ella misma por estar tan sola y desamparada. Quizá se había indignado por haberse involucrado en ese asunto. No obstante, esa rabia la había ayudado a liberarse, y no cabía duda de que esa mañana algo en ella había cambiado.
Natsuo Kirino
Out (traducción de Albert Nolla Cabellos. Booket)

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Martes, 24 de noviembre de 2009
Se querían.
Sufrían por la luz, labios azules en la madrugada,
labios saliendo de la noche dura,
labios partidos, sangre, ¿sangre dónde?
Se querían en un lecho navío, mitad noche, mitad luz.

Se querían como las flores a las espinas hondas,
a esa amorosa gema del amarillo nuevo,
cuando los rostros giran melancólicamente,
giralunas que brillan recibiendo aquel beso.

Se querían de noche, cuando los perros hondos
laten bajo la tierra y los valles se estiran
como lomos arcaicos que se sienten repasados:
caricia, seda, mano, luna que llega y toca.

Se querían de amor entre la madrugada,
entre las duras piedras cerradas de la noche,
duras como los cuerpos helados por las horas,
duras como los besos de diente a diente sólo.

Se querían de día, playa que va creciendo,
ondas que por los pies acarician los muslos,
cuerpos que se levantan de la tierra y flotando...
se querían de día, sobre el mar, bajo el cielo.

Mediodía perfecto, se querían tan íntimos,
mar altísimo y joven, intimidad extensa,
soledad de lo vivo, horizontes remotos
ligados como cuerpos en soledad cantando.

Amando. Se querían como la luna lúcida,
como ese mar redondo que se aplica a ese rostro,
dulce eclipse de agua, mejilla oscurecida,
donde los peces rojos van y vienen sin música.

Día, noche, ponientes, madrugadas, espacios,
ondas nuevas, antiguas, fugitivas, perpetuas,
mar o tierra, navío, lecho, pluma, cristal,
metal, música, labio, silencio, vegetal,
mundo, quietud, su forma. Se querían, sabedlo.
Vicente Aleixandre
Se querían

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Lunes, 23 de noviembre de 2009
Wong Kar Wai apenas tenía unas páginas como esbozo de la historia que quería contar en Fallen Angels. Pero el cine de Wong Kar Wai es libre, un cine en la frontera con un mundo onírico y de sombras indefinibles, un cine de percepciones sutiles, de espacios en blanco que el espectador debe llenar, alejado de las constreñidas reglas de los guiones academicistas y matemáticos. En sus películas importa más una canción, el primer plano de uno de sus personajes o la irrupción en una habitación ajena que una estructura dramática previsible. Tal vez sea esa la clave para entender su cine y amarlo, las películas de Wong Kar Wai son como irrupciones al azar en fragmentos de vidas ajenas, historias oníricas y nocturnas sobre seres solitarios y habitaciones cerradas.

Los personajes de Fallen Angels no tienen nombre (sombras de un submundo invisible). La película se abre con un enigmático primer plano en blanco y negro de los dos protagonistas. Él es un asesino a sueldo. Ella, una prostituta. Son socios pero hasta ese instante no se habían visto cara a cara. Ella prepara los objetivos y el lugar del crimen, él lo lleva a la práctica. Son desconocidos para el otro… O no tanto. Cuando realizan sus encargos comparten una habitación pequeña donde se cruzan y se mezclan sus presencias, sus sombras. Ella se dedica a recoger y limpiar todas las huellas y pruebas posibles. Y en esa limpieza, retazos de él en la basura: los lugares que ha visitado, la marca de cerveza y tabaco, también su olor sobre las sabanas de la cama. Fallen Angels es una historia de amor loco, invisible, solitario, un amor a distancia diferente a cualquier otro (no sólo una distancia física, también temporal). Una de las escenas más hermosas e inquietantes de esta película la protagoniza ella, una perturbadora y misteriosa Michelle Reis: tumbada sobre la cama y vestida sensualmente, esconde la mano entre sus piernas cerradas, se masturba ante la presencia invisible de él (sólo un olor sobre las sábanas) y llora al llegar al orgasmo. El dolor por la distancia y la invisibilidad, por la mezcla de sueño en sus sentimientos y deseos (el dolor por no poder hacer real el deseo).

A la historia de la peculiar pareja de socios se une la de un hombre que se quedó mudo a los cinco años y que se dedica a entrar en los negocios ajenos en mitad de la madrugada, al igual que hacía una de las protagonistas de Chungking Express, que se adentraba en la habitación del policía mientras él no estaba e invadía y cambiaba su mundo. En uno de sus paseos nocturnos el hombre mudo se enamora de una mujer a la que acaban de abandonar por teléfono. Historia paralela, extraña, con gotas de humor, tiene momentos de un lirismo febril y cercano. La extraña geometría del amor y el deseo.

Cuando uno ve una película de Wong Kar Wai debe dejar atrás una mirada convencional. Las escenas son pura emoción; la cámara inquieta y con un objetivo en un casi permanente gran angular sigue a los personajes o los encuadra en un intimista primer plano; la violencia donde los casquillos y la sangre saltan y golpean no sólo a los personajes, también al objetivo de la cámara; la perfecta combinación de la música con las imágenes; los cruces de personajes solitarios y esas miradas entre perdidas y vacías y escrutadoras. Fallen Angels es un cúmulo de imágenes hipnóticas sobre la soledad, la noche, el amor, la ciudad, el azar y los encuentros.
Una hermosa película... y una hermosa Michelle Reis.



Información: http://www.filmaffinity.com/es/film840421.html




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Domingo, 15 de noviembre de 2009
Algún día te escribiré un poema que no
mencione el aire ni la noche;
un poema que omita los nombres de las flores,
que no tenga jazmines o magnolias.

Algún día te escribiré un poema sin pájaros,
sin fuentes, un poema que eluda el mar
y que no mire a las estrellas.

Algún día te escribiré un poema que se limite
a pasar los dedos por tu piel
y que convierta en palabras tu mirada.
Sin comparaciones, sin metáforas;
algún día escribiré un poema que huela a ti,
un poema con el ritmo de tus pulsaciones,
con la intensidad estrujada de tu abrazo.
Algún día te escribiré un poema, el canto de mi dicha.
Darío Jaramillo Agudelo
Algún día

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Viernes, 13 de noviembre de 2009
Las relaciones amorosas son complejas, extrañas, dolorosas, extremistas. Pasamos de la pasión al vacío, de la atracción casi salvaje a la rutina, del miedo a la contención, de la estabilidad a la pérdida. El amor, esa cosa extraña que llamamos amor, es vivir en una permanente montaña rusa de emociones que no podemos controlar. Y aún así, el dolor y la angustia, la euforia y la impulsividad, merecen la pena. En eso pensaba mientras se encendían las luces de la salas de cine, al final de esa pequeña maravilla que es 500 días juntos.

Tom es un arquitecto que trabaja como creador de postales de felicitación. Creció con las lánguidas canciones pop de los grupos británicos y la convicción del amor romántico, el amor idealizado y para siempre. Summer es una mujer de una atractivo casi magnético. Cualquier movimiento desencadena pequeños terremotos a su alrededor. Creció amando su larga melena negra y sabiendo lo fácil que es cortarla. Como se dice al inicio de la película, estas es una historia de chico conoce chica. Pero no es una historia romántica.

Contada a modo de puzzle temporal, con continuos saltos en el tiempo, se muestran esos 500 días donde Tom y Summer se cruzan. Al igual que hizo Stanley Donen con Dos en la carretera, este cruce temporal te permite pasar de un plano de un Tom desenfadado, eufórico, enamorado a otro abatido, derrotado, sin saber qué demonios pasa por la cabeza de Summer. Así es el amor, el éxtasis de una noche de sexo, la mañana donde sientes ganas de bailar, la tarde donde sólo hay vacío y pérdida.

500 días juntos es una película emocionante y cercana. Realista porque todos nos reconocemos en los sentimientos de Tom y las diferentes etapas de su amor, porque no se tiende a la dramatización exagerada de una ruptura ni a la banalización edulcorada de las comedias románticas.

El cine independiente guarda sorpresas como esta película, sus historias son adultas y con espacio para la reflexión del espectador. A veces uno sale de 500 días juntos para adentrarse en su propio pasado, una imagen, un gesto, te hace recordar aquellas caricias que empezaron a escasear hasta extinguirse por completo. Películas como Antes del amanecer, Ruby en el paraíso, Simple Men o Extraños en el paraíso te dejan entrever la realidad de manera humorística, melancólica, reflexiva y siempre adulta.

Hay una pequeña película, Falling in love again, de un veinteañero y desconocido directo, Steven Paul, que hablaba sobre la vida de un matrimonio desde la adolescencia hasta su crisis. Rodada en 1979 y con una joven Michelle Pfeifer, recuerdo haberme sorprendido por esa historia de amor matrimonial contada con saltos en el tiempo y donde se nos habla de cómo ese amor romántico se convierte en una relación entre dos personas que se quieren pero que ya no están enamoradas del otro. El amor es lo que queda cuando termina la pasión. Y está bien. Nadie podría vivir eternamente enamorado, acabaría desquiciado y lunático si su vida fuera como los primeros meses de una relación amorosa.

En 500 días juntos Tom está enamorado. Summer no. Y Tom vive ese amor como una de esas historias de película (de comedia musical), una explosión de emociones incontrolables. Y vive la pérdida como una obsesión y un vacío alienantes. El amor nos hace dejar nuestra vida en manos de otra persona, inconscientemente buscamos que sea el otro quien no dé la felicidad.

Con un final esperanzador, Tom se despide de nosotros con un guiño y la certeza de que todo es puro azar y que los cruces de camino son infinitos y sólo nosotros, no un destino ajeno, podemos elegir uno u otro camino de final siempre incierto. Y que el amor, ya sea idealizado, puramente sexual, cambiante, eterno o de un fin de semana, nos marca y define. Y merece la pena.

Información: http://www.filmaffinity.com/es/film917377.html




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Publicado por elchicoanalogo @ 22:02  | Cine
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Martes, 10 de noviembre de 2009
Mi primer acercamiento a Monterroso fue con el famoso cuento de una frase cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí, cuento imaginativo que apareció en este Obras completas (y otros cuentos).

Estoy sorprendido por este libro de relatos, me he encontrado con un escritor irreverente, profundamente irónico y original, capaz de suscitar una sonrisa malévola con una historia de un par de páginas. Relatos breves, algunos de una frase o una página, en lo que Monterroso se fija en unos personajes curiosos con una ironía y sarcasmo negros.

En Mister Taylor asistimos al nacimiento de un negocio de reducción de cabezas en un país latinoamericano y cómo el intento de mantener el éxito y la demanda estadounidense termina con la población del país.

En Uno de cada tres Monterroso parece anticipar el mundo de Internet, los blogs y las redes sociales. El narrador propone al lector un espacio radiofónico para que pueda tener al tanto de su vida a sus amigos.

Sinfonía conclusa se detiene en un organillero que encuentra los movimientos finales de la sinfonía inconclusa de Schubert. Cuento de una sola frase de dos páginas, sin comas ni puntos, es una pequeña virguería escrito con un humor irónico y, a la vez, melancólico. 

Primera dama, o esas antiguas mujeres de alta sociedad que se dedican a organizar actos benéficos como excusa para ser el centro de atención social.

Al leer El eclipse pensé en una vuelta de tuerca a Un yanqui en la corte del rey Arturo, un misionero intenta utilizar un eclipse para librarse del sacrificio de unos habitantes de la selva.

Diógenes también o el juego de las personalidades múltiples.

El dinosaurio es un destello de inteligencia sin límite, una pequeña frase que te abre a un mundo de preguntas incontenibles.

Leopoldo (sus trabajos) es mi cuento favorito, un hombre escritor a su pesar al que no le gusta escribir y que pasa su vida intentando terminar un relato. Curioso el personaje de Leopoldo, cómo explica su vida y se va deteniendo en algunos pasajes con los que podría construir un relato y cómo toma constantes notas para cuentos que nunca empieza.

El concierto, las impresiones de un hombre poderoso ante los recitales de su hija.

En El centenario se describen las andanzas del hombre más alto del mundo y su curioso final.

No quiero engañarlos, o una mujer de un productor que intenta convencer a la audiencia de que no es una buena actriz en un discurso largo que nadie entiende.

Vaca apenas ocupa media página, un cuento corrosivo.

El libro termina con Obras completas, que gira alrededor de un profesor literario y maestro para las nuevas generaciones que se topa en sus tertulias con un tímido poeta, Feijoo…

Obras completas (y otros cuentos) es un libro divertido, sarcástico y original. Recomendable.




Ufanamente, casi con orgullo, Leopoldo Ralón empujó la puerta giratoria y efectuó por enésima vez su triunfal entrada en la biblioteca. Recorrió las mesas, con un amplio y cansado vistazo, en busca de un lugar cómodo y tranquilo; saludó a dos o tres conocidos con su resignado gesto habitual de “pues bien, aquí me tienen de nuevo en la tarea”, y avanzó sin prisa, seguro de sí mismo, abriéndose paso por medio de repetidos “con permiso, con permiso”, que sus labios no pronunciaban, pero que eran fáciles de adivinar en su expresión amable y conciliadora. Tuvo la fortuna de encontrar su lugar preferido. Le gustaba sentarse frente a la puerta de la calle, lo que le ofrecía la oportunidad de hacer un descanso en sus fatigosas investigaciones cada vez que entraba una persona. Cuando ésta era del género femenino, Leopoldo dejaba momentáneamente el libro y se dedicaba a observarla con  su penetración de costumbre, con esa mirada llena del brillo que da la inteligencia alerta. A Leopoldo le gustaban los cuerpos bien formados; pero no era éste el principal motivo de su observación. Lo movían razones literarias. Está bien leer mucho, estudiar con ahínco, se decía con frecuencia: pero observar a las personas le sirve más a un escritor que la lectura de los mejores libros. El autor que se olvida de esto está perdido. La cantina, la calle, las oficinas públicas, rebosan de estímulos literarios. Se podría, por ejemplo, escribir un cuento sobre la forma que tienen algunas personas de llegar a una biblioteca, o sobre su modo de pedir un libro, o sobre la manera de sentarse de algunas mujeres. Estaba convencido de que podría escribirse un cuento sobre cualquier cosa. Había descubierto (y tomado certeras notas sobre ello) que los mejores cuentos, y aun las mejores novelas, están basados en hechos triviales, en acontecimientos cotidianos y sin importancia aparente. El estilo, cierta gracia para hacer resaltar los detalles, lo era todo. La obra superaba a la materia. No cabía duda, el mejor escritor era el que de un asunto baladí hacía una obra maestra, un objeto de arte perdurable. “El escritor – dijo una tarde en el café- que más se parece a Dios, el más grande creador, es don Juan Valera: no dice absolutamente nada. De esa nada ha creado una docena de libros.” Lo había dicho por casualidad, casi sin sentirlo. Pero esta frase hizo reír a sus amigos y confirmó con ella su fama de ingenioso.
Augusto Monterroso
Obras completas (y otros cuentos) (Anagrama)

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Publicado por elchicoanalogo @ 4:15  | Libros...
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S?bado, 07 de noviembre de 2009
Mi amor quiere amor en otro amor; 
cubierto como cumbres entre infiernos. 
Simulacros de grandes ventanales, 
aromas de mandrágora, de tierra derribada. 
No teme mi amor, ese amor; 
puede lacerarlo con sus alucinadas 
visiones de la verdad y el dolor... 
que dieron vida a sus trasgos, 
y muerte a su memoria. 
Matare mi amor, con otro amor… 
surcaré de iris mi frente; 
regaré de sus labios mis elevados 
tallos de castigo. Despertare, seré ceniza y amor... 
Reblandecerán sus entrañas las paredes de mi destino, 
floreceré en ellas, lo haré, amor de otro amor. 
Arderás en el veneno de mis palabras, 
te odiaré para siempre, renaceré en la verdad del dolor. 
No quiero mirarte pero estas ahí. La oda de mis 
palabras recibe tu mirada minada de piedras moradas, 
el paisaje se transforma en mi pensamiento, 
se abren de nuevo las cumbres del infierno. 
Quiero amor envenenado, pero otro amor… ¡mi amor! 
Marlene Recalde
Primera parte de un poema de amor

Tags: poema de amor, Marlene Recalde

Publicado por elchicoanalogo @ 4:50  | Voces amigas
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Viernes, 06 de noviembre de 2009

Si en Justicia de un hombre solo Yoshimura retrata a un hombre acuciado por un crimen de guerra y su deambular por un país en ruinas tomado por el ejército enemigo, en Bajo palabra seguimos los primeros pasos de un maestro, Kikutani, tras conseguir la libertad vigilada. Ambas historias están contadas de manera reflexiva, densa, cuidadosa, como un monólogo interior en tercera persona, y protagonizadas por hombres que deben adecuarse a los nuevos tiempos que viven y que sólo buscan un utópico lugar tranquilo donde descansar y vivir, alejados de una sociedad y de un pasado que no consiguen esquivar.

Uno de los aciertos de Bajo palabra es cómo Yoshimura se centra en la reacción de Kikutani a su salida de la cárcel tras 16 años de condena por homicidio. En las primeras páginas sólo sabemos la angustia y la desubicación del maestro ante un mundo sin aparentes barrotes, no la causa de su encarcelamiento, que tardaremos en conocer casi un centenar de páginas. Eso permite que no juzguemos de manera aleatoria a Kikutani ni que lo definamos de un modo ligero y tópico. Seguimos sus pasos por un mundo de centros comerciales, rascacielos y escaleras mecánicas. Kikutani se siente fuera de lugar, debe aprender a vivir de nuevo en una sociedad desconocida y a la que teme pertenecer por sus actos pasados. Los años en la cárcel le han convertido en introvertido, ermitaño, desconfiado y temeroso.

Cuando Kikutani escapa por una noche a su pueblo descubrimos el brutal crimen que cometió. El hombre desubicado y temeroso había matado a su mujer y herido a su amante. Y lo más duro, no siente remordimientos. Yoshimura es un maestro en describir la psicología de su personaje, sus partes sombrías y sus miedos, su readaptación al mundo y la distancia con su pasado, la soledad y el concepto de libertad. El hombre tranquilo que se transforma en lobo…

Todo el libro describe el intento de Kikutani por reintegrarse a una sociedad diferente a la que conoció, por encontrar su libertad entre otro tipo de barrotes, por afrontar su pasado (no hay ni piedad, adoctrinamiento o demagogia). Hay algo en la forma de escribir y de entender la vida de Yoshimura que anticipa ese final duro y amargo, ese destino inexorable al que se dirige el protagonista.

Jesús, muchas gracias por el regalo.




Kikutani se estiró sobre la estera de su celda y miró su pulgar doblándose y girando alrededor de sus otros dedos: lo veía como si fuera un ser vivo. En ese momento, una mosca que quién sabe cómo se había metido en la cárcel voló entre los barrotes de su celda, giró un momento zumbando y se posó en el borde del estante. Los ojos de Kikutani se fijaron en la mosca, el primer ser vivo que había visto en la celda desde su llegada a la cárcel. Cuando remontó vuelo del estante, Kikutani temió que desapareciera entre los barrotes, pero volvió a posarse en la juntura de las dos esteras que le servían de cama. Flexionando sus patitas, se frotó las alas y después se quedó perfectamente quieta. Kikutani se congeló y después lentamente levantó las piernas hacia el pecho y empezó a retroceder d de a centímetros, hasta que pudo tomar su gorra de trabajo, que estaba sobre el uniforme. Cuando la mosca empezó a frotarse las alas otra vez, él se precipitó y con habilidad la atrapó con la gorra. Le pareció casi milagroso que hubiera podido atrapar algo tan inteligente y tan rápido.
Volvió a sentarse y empezó a plegar la gorra cuidadosamente, hasta que aparecieron las alas de la mosca por la diminuta apertura entre la gorra y la estera. Evaluó la situación un momento y decidió que el único modo en que podía impedir que su prisionera se le escapara era cortarle las alas. Inmovilizando a la mosca con el borde de la gorra, delicadamente le arrancó la mitad de cada ala; después lentamente levantó la gorra y tomó la mosca. Seguía temiendo que la mosca desapareciera si la soltaba; así que tiró de una hebra de su toalla y trató de atar a la mosca con ella. Esto resultó más difícil de lo que había esperado, pero al fin logró hacer un nudo bajo el abdomen de la mosca y el otro extremo lo ató a un lápiz. La mosca movía lo que quedaban de sus alas, pero no hacía más que rodar en la estera, incapaz de alzar el vuelo.
Kikutani acercó la mosca a sus ojos. En el extremo de las patas tenía un gancho en forma de garra y encima de los ojos había antenas delicadas. Las manchas que corrían en su lomo, hasta el abdomen, estaban cubiertas de finos pelos. A la mañana siguiente lo alivió encontrar a la mosca caminando por la estera. La miró mientras comía su desayuno y supuso que estaría muerta a la hora en que él volvería al trabajo; pero cuando llegó a la celda esa noche seguía viva, ocupada en rascar la estera con sus patitas. Kikutani usó un palillo para depositar una gota de su caldo de verduras en la cabeza de la mosca y al cabo de un momento la vio mover la boca. Pasó esa velada otra vez contemplándola, pero a la mañana siguiente la encontró tendida de espaldas, muerta. Las patas estaba rizadas, duras y las medias alas estaban flácidas. Esperó casi una semana antes de librarse del pequeño cadáver; no hubo cambio externo en su apariencia, pero la sentía seca y quebradiza.
Akira Yoshimura
Bajo palabra (traducción de César Aira. Emecé )

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Publicado por elchicoanalogo @ 4:15  | Libros...
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