Martes, 15 de diciembre de 2009
I

Al darme la vuelta descubrí que parte de mis huellas habían sido borradas por el mar. Como en un juego de prestidigitación aparecían y desaparecían de la arena. Y yo, a veces, hago como mis huellas, desaparezco cada poco tiempo y me evaporo. Hay una parte de mí que necesita pequeñas dosis de soledad. Es una forma de mantener el equilibrio. De no perder la perspectiva. De mantener el orden aquí dentro.

Miro la blancura del mar inquieto, los quiebros de las olas, el sonido atronador del agua que se acerca a mis pies y retrocede en un breve espasmo. A veces las olas sobrepasan los tres metros y tapan a los barcos del horizonte. Entonces imagino que esas olas no se detendrán en la línea de la playa, seguirán su curso y me llevarán con ellas hasta la mitad de la tierra. Y cuando siento que seré tragado por las olas y que veré el cielo azul desde dentro de ellas, éstas rompen a unos metros (la distancia justa) y se calman a mis pies antes de volver al mar. Cómo será tener una mirada de mar…

Me fijo en las figuras negras de los paseantes. Se difuminan tras una cortina de agua, arena y los últimos rayos de sol, convirtiéndose en trazos indefinidos que parecen cambiar al compás del viento. Poco a poco aparecen surfistas, buscadores de conchas, perros inquietos, una pareja enredada en un abrazo sin tiempo. A cada paso siento que estoy ante un espejismo y que una vez desaparezca me encontraré en cualquier otra parte del mundo. O tal vez sea yo el espejismo y todo lo que me rodea real.

A veces busco a la mujer que es océano entre las figuras negras. La descubrí un invierno. Hace dos años. Un día gris y frío y anónimo. Fuera de mí, el crepitar del mar. Dentro de mí, la sensación de pérdida, de no estar ubicado en ninguna parte, en ningún cuerpo. Cuando las olas se acercaban a la playa su sonido se asemejaba a un susurro somnoliento. Recuerdo que me senté en las escaleras que llevaban a la arena. Y la vi. A la mujer que era océano. Bailaba entre esa frontera indefinida donde mar y tierra se unen. Saltaba alegre sobre las olas que llegaban de manera rítmica y daba vueltas y más vueltas sobre sí cuando se alejaban. Parecía una bailarina clásica. Entonces me di cuenta. El océano manaba de la planta de sus pies. Cada gota de océano.  

Antes de irme me siento en las escaleras de la playa. Repito mis pasos de aquel día para que regrese la mujer que era océano (nunca regresará, soy un espejismo, es ella quien no puede verme). Me levanto y desaparezco al otro lado de la cortina de agua, arena y viento.



II

Leo en El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas: El deseo es una energía positiva. Esto está muy claro. Pero, si no se satisface, se acumula y la mente pierde lucidez, y el cuerpo, su equilibrio.




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Publicado por elchicoanalogo @ 4:15  | Espacios en blanco
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