Jueves, 17 de diciembre de 2009
En un país de opresión, múltiples injusticias y evidente dominación masculina, Mo Yan exalta la figura y el cuerpo femenino. La protagonista, Shangguan Lu, una férrea superviviente que da a luz a ocho niñas hasta conseguir al deseado varón que hará perpetuar la estirpe, arriesga su vida en diferentes ocasiones para salvar la de sus hijos y nietos en medio del caos, de las guerras y las penurias de la violenta sociedad china del último siglo. Sola, con escasa ayuda y sometida a la agitación política del feudalismo o de la era maoísta, Madre, que fue obligada a crecer con los pies vendados y a casarse con un herrero estéril, representa el homenaje del autor a la resistencia y al universo femenino. El carácter y temperamento de Shangguan Lu y de sus hijas contrasta con el del único varón de la familia -y también el narrador de la historia- el pequeño y mimado Jintong quien, lactante hasta la adolescencia, vive ensimismado con el seno femenino, una imagen que se condensa en esta obra épica, cómica y trágica a un tiempo, como la verdadera realidad china.

El ex libris de Uji aparece en la primera página de Grandes pechos, amplias caderas, un ex libris de mujeres desnudas y melenas negras que casa a la perfección con el título del libro de Mo Yan. Elena y yo compartimos el gusto por la literatura oriental, ella se inclina por los autores chinos, mientras que yo siento cierta predilección por los japoneses. Hace unas semanas recibí por sorpresa un voluminoso paquete con el libro de Mo Yan, un préstamo de Elena. Un gesto inesperado hizo que pudiera leer una de las mejores historias de este año. La vida es eso, gestos tan imprevisibles como las consecuencias de los aleteos de las mariposas.

Dividido en siete extensos capítulos, Grandes pechos, amplias caderas narra la historia del último siglo de China a través de la familia Shangguan, y Mo Yan lo hace de manera extraordinaria, a veces poética, a veces cruel, siempre con inteligencia, ironía y cierta tristeza.

Shangguan Lu nació en unos años donde aún quedaban restos de la época feudal. Sus pies vendados para empequeñecerlos según las tradiciones, su matrimonio concertado con un herrero, su nula influencia e importancia en la casa de sus suegros por no parir un hijo varón confieren a Shangguan Lu una insólita fuerza y capacidad de sufrimiento y supervivencia. En su octavo parto nace su hijo varón, junto a una niña ciega, un parto en mitad de un ataque japonés. Y es que en Grandes pechos, amplias caderas apenas hay momentos de descanso, todo es pura confrontación: con el enemigo japonés, con el pasado, entre las diferentes facciones políticas chinas, entre las hijas de Shangguan Lu. Mo Yan crea un gran personaje en Shangguan Lu, una mujer indómita capaz de los mayores sacrificios, desde amamantar a su hijo hasta edades insospechadas a cuidar de una prole de hijas y nietos que cada poco tiempo desaparece o son sacrificados, siete hijas que toman caminos diferentes, como la China en la que viven y su suerte cambia con los tiempos, de caciques al pelotón de fusilamiento, de dirigentes del partido comunista a caer en desgracia. Todas las hermanas de la historia tienen una fuerza arrebatadora, casi mágica, cada una de ellas da una lección de sacrificio, tenacidad y solidaridad y amor desaforado. Y luego está el narrador, Jintong, incapaz de comer comida sólida hasta entrado en la adolescencia y cuyo único interés está en el pecho femenino, un niño que nunca madurará por mucho que cambie el paisaje alrededor, tan inocente que llega a enloquecer de amor por una foto.

Al igual que en Cien años de soledad, donde sentía que algunas frases daban para un libro entero, en Grandes pechos, amplias caderas hay pequeñas historias entremezcladas con el drama de la familia Shangguan que parecen libros en miniatura. Y como en el libro de García Márquez, la fábula, lo mitológico o lo inesperado irrumpen en la realidad para formar parte de ella de manera natural.

Mo Yan repasa la historia china con distancia y dureza, una historia donde conviven los pies vendados con las grandes hambrunas de los años 60, la guerra civil con los campos de reforma a través del trabajo, una historia compleja. Y éste es otro de los aciertos de Mo Yan, es capaz de trasmitir la historia de un país extraño y lejano y entenderla. Y sobre la historia, el cuerpo femenino como símbolo de belleza, vida y resistencia.

Uji, muchas gracias por este préstamo y que me ha permitido leer uno de los grandes libros de los últimos años.


(Dejo el enlace a un interesante artículo sobre Mo yan aparecido en El país:
http://www.elpais.com/articulo/narrativa/voz/recuperada/Mo/Yan/elpepuculbab/20080510elpbabnar_10/Tes)




Pasamos la primera noche después de la batalla en el mismo lugar en el que habíamos pasado la primera noche de la evacuación: en la misma habitación lateral que daba al mismo pequeño patio, donde estaba el ataúd en el que había yacido la anciana. La única diferencia era que casi todos los edificios de la minúscula aldea habían sido destruidos; incluso la cabaña de tres habitaciones donde habían estado viviendo Lu Liren y algunos miembros del gobierno del condado ya no era más que un montón de escombros. Llegamos a la aldea justo antes del anochecer, cuando el sol era una bola de color rojo sangre. La calle estaba llena de cuerpos rotos; veinte cadáveres desfigurados, más o menos, habían sido apilados ordenadamente en medio de una plaza, como si estuvieran conectados por un hilo invisible. El aire estaba cálido y seco. Había unos cuantos árboles con las ramas achicharradas, como si les hubiera caído un rayo. ¡Clanc! Primera hermana le dio sin querer una patada a un casco que tenía un agujero. Yo me caí al suelo tras tropezar con un montón de cartuchos usados que todavía estaban calientes. Un olor a goma quemada flotaba en el aire, mezclado con el penetrante olor de la pólvora. Un cañón solitario asomaba por encima de una pila de ladrillos rotos, apuntando a las estrellas heladas que parpadeaban en el cielo. La aldea estaba silenciosa como la muerte. Nos parecía estar caminando por los legendarios salones del Infierno. La cantidad de refugiados que nos seguía en el camino hacia casa se había ido reduciendo lentamente hasta que ya no quedaba ni uno; estábamos solos. Madre, cabezonamente, nos había traído hasta aquí. Mañana atravesaríamos la orilla norte del Río de los Dragones, cubierta de álcali, después cruzaríamos el propio río y desde ahí nos dirigiríamos a ese lugar que llamábamos nuestra casa. Estaríamos en casa. En casa.

( … )

- Sí, he cambiado – dijo Madre- , pero sigo siendo la misma. Durante los últimos diez años, como mínimo, muchos miembros de la familia Shangguan han caído como tallos de cebolletas y otros han nacido para ocupar sus lugares. Allí donde hay vida, la muerte es inevitable. Morir es fácil; lo difícil es vivir. Y cuanto más difícil se vuelve, más fuerte es la voluntad de seguir viviendo. Y cuanto mayor es el miedo a la muerte, mayor es el esfuerzo que se hace por conservar la vida. Yo quiero seguir aquel día que mis hijos y mis nietos lleguen a la cumbre, así que espero que todos os comportéis. ¡Hacedlo por mí!
Mo Yan
Grandes pechos, amplias caderas (traducción de Mariano Peyrou. Kailas)

Tags: Grandes pechos, amplias caderas, Mo Yan, Kailas, Mariano Peyrou

Publicado por elchicoanalogo @ 11:55  | Libros...
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios