Mi?rcoles, 23 de diciembre de 2009
La escala de los mapas es la historia del miedo a ser amado y su metáfora, pero es también una reflexión sobre la diferencia entre las cosas que ocurren en el espacio y aquellas otras que suceden en el tiempo. Escrita en un lenguaje renovador, participa de cierta concepción de la literatura como arma blanca capaz de hacer una hendidura en el aire, en los movimientos, en nuestra percepción del mundo.

Hay libros que, como la lluvia fina, te calan poco a poco hasta que notas que te habitan por entero, libros que parecen te trasladan al murmullo del mar, a un mundo habitado por diferentes dimensiones. Mientras leía La escala de los mapas me dejé empapar por la poesía y melancolía que destilaba la historia de un hombre que quiere perderse en un hueco, un espacio en blanco, y rearmar ahí su vida.

Escrito con capítulos cortos de apenas un par de páginas, La escala de los mapas tiene un estilo que a veces me recordaba al Baricco de Océano mar, poesía en prosa. Capítulos cortos, sí, pero que había que leer con el ritmo pausado con el que se lee la poesía para no perderse sus imágenes insospechadas. En cada uno de ellos la reflexión del protagonista, Sergio Prim sobre el espacio, las relaciones con el otro, el amor y el cuerpo femenino, ese cuerpo capaz de insuflar vida, muerte y miedo; vértigo, mar y ausencia.

La escala de los mapas es una historia de amor singular, un hombre que piensa en su amor platónico y éste, por arte de magia, aparece delante de él, bajando de un autobús. El reencuentro con Brezo le hace deambular por la cuerda floja, una lucha entre la realidad y la búsqueda del hueco, del asentarse en el mundo o en el cuerpo vacío de un hueco.

Belén Gopegui escribe un libro excepcional, febril, poético, de lectura lenta y dichosa. Un descubrimiento hermoso.


Hubo un tiempo, exagerado y absorto, en que nuestro planeta existió sin mapas. Si un hombre quería representar una región de África en un plano, tenía que ir allí. O bien fiarse de los informes, memorias y relaciones que traían los exploradores. Mi situación es la misma. Para escribir un tratado del hueco (todos los puntos pertenecen a un único hueco) es imprescindible ir a él. Aún no hay mapas y los escasos testimonios de gentes que dicen haberlo frecuentado son harto imprecisos. Así que mi “idea interesante” -repitió dirigiéndome una mirada de reproche- significa que debo emprender una expedición. Que a mis treinta y nueve años debo salir en pos de un paradero desconocido. ¿Se da cuenta? Aventurarme por regiones ignotas con este cuerpo endeble.

( … )

Dejarse acompañar es un arte que yo no he cultivado. Jamás supe cómo conciliar mi estado de reposo, mi convalecencia íntima en una habitación del mundo iluminada sólo por la pantalla de una lámpara, con el aliento brusco como de temporales, que exhala el recién llegado. En el tiempo que viví rodeado por otros –mi familia primero, después Lucía, mi mujer durante cuatro años- comprobé que el que venía de fuera usaba siempre un tono de voz excesivamente alto, y permanecía en pie más de lo indispensable, malgastando palabras, reiterando un mensaje que mi intransigencia desbrozaba minuciosamente. Además, los cuerpos venidos del exterior solían traer un halo frío o de aire tórrido, de polen o de lluvia según la estación en que aparecieran.

( … )

El deseo de tu cuerpo me azotaba. Exactamente azotar, como los vientos, exactamente luz de tu vestido, luminarias llamándome en el esternón. Tormenta del deseo que no habría de aplacarse ni aún si volviera yo a erguir tu cuerpo desde dentro, ni aún si volviera a poseerte -¿cuántas veces más?-. Hacía frío, comerciaban con su aliento los colgados, ofrecían chocolate, me rozaban, pero ninguno pudo distraerme. Con qué dulzura bárbara el cuerpo vedado se allegaba a mí, fibra interior, losa extendida bajo mi pie desnudo, nube sobre mi cabeza, todo mi ser envuelto, pálida luz, te deseo, Brezo. Bruja, te deseo, mujer delgada, mujer niña de miembros pérfidos, te deseo rítmicamente, sin pausa, sin que a una hora o un día olvide que ese tu cuerpo inmisericorde cruza calles, sube en ascensores, se acomoda o se tiende sin llamarme, oscuro y música quisiera oír tu cuerpo golpeando en mi deseo, mi deseo girando por tu cuerpo, sombra y llama, ¿no lo notas? ¿No afluye a ti la misma acometida que en mitad de la calle me da el alto y en la noche irrumpe, montaña de placer no hollada, estremecimiento como flor, como pétalo abocado a morir entre el pulgar y el índice de tu mano?
Belén Gopegui
La escala de los mapas (Anagrama)

Tags: La escala de los mapas, Belén Gopegui, Anagrama

Publicado por elchicoanalogo @ 4:28  | Libros...
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Comentarios

Al principio, da algo de pereza dejarse llevar por esetono melancólico, esos días de lluvia fina. Peroel estilo te va llevando, te va conduciendo enla mente de este ser capaz de buscar excusas para evadirse. El hueco es el vacío. Ycuando quiere darse cuenta,es muy tarde. Su amor, Brezo, cansada de esperar, se ha marchado. Es cuando empieza la historia de amor, porque cuando echamos en falta al otro (u otra) nos damos cuenta del peso de nuestros sentimientos.  Él la busca y no la encuentra. “Brezo, implacable, resuelta a hacer cuanto estuviera en su mano para olvidar al hombre retraído, al individuo ávido de reposo”. (p.175)

Hay algo kantiano en la novela. ¿Hasta qué punto el mundo que vemos existe? ¿Existe más allá de nuestra percepción?El tiempo y el espacio (como en Kant) parecen sostener, contener la realidad.  El problema surge cuando se rompe ese tejido, cuando hay huecos en el espacio… ¿Qué queda entonces? El hueco...

 

Publicado por Francesca Prince
Domingo, 25 de noviembre de 2012 | 19:44

Es un tono melancólico y musical, sí, pausado, tranquilo, extraño, pero te envuelve y cala hondo, como la lluvia fina. La recuerdo como una lectura linda, triste, cercana.

¿Es esto real?, decía un personaje de una novela de Dick. Y la pregunta es esa, qué es real, qué es percepción, qué representación y qué invención. Y los huecos, la constancia física y emocional de ese vacío.

Lindo comentario. Un abrazo

 

Publicado por elchicoanalogo
Domingo, 25 de noviembre de 2012 | 22:49