En 1967, Adam Walker es un joven poeta ávido de vida y literatura, con mucho más futuro que pasado. Estudia en la Universidad de Columbia, se opone a la guerra de Vietnam y, además, –esto lo dicen quienes lo conocen, porque él no parece darse cuenta– es guapísimo. Una noche, en una fiesta de estudiantes, conoce a una pareja de franceses muy sofisticados, muy seductores. Lo primero que le llama la atención a Adam es el nombre de él, Rudolf Born, como en Bertrand de Born, el poeta provenzal que en uno de los cantos de Dante lleva su propia cabeza cortada en las manos. Tras varios días de ambigua seducción en los que la pareja va tejiendo su invisible tela de araña en torno al hermoso e inocente americano, Rudolf Born, que está en Columbia como profesor invitado en la School of International Affairs, le ofrece a Adam la dirección de una revista literaria que él financiará.
Cuando compré la nueva novela de Paul Auster pensé en cómo tiene puntos en común con Woody Allen: ambos artistas son norteamericanos peros sus raíces e influencias se hunden en la cultura europea, sus obras suelen transcurrir en las aceras de Nueva York en un mundo cerrado y conocido de escritores o guionistas de agudas reflexiones aunque Allen tiende a cierta misantropía y un desbordante sentido del humor, algo que aún no he encontrado en la obra de Auster.
El argumento no me atrapó cuando lo leí en una cafetería bilbaína. Sentía que estaba ante una historia conocida, una pareja decadente europea que atrapa a un inocente norteamericano en una relación puramente sexual. Por un momento pensé que me iba a costar leer Invisible. Pero… Pero las primeras páginas, con las alusiones a Dante, te atrapan enseguida. Era como entrar en un territorio conocido, sí, pero con algunos elementos nuevos.
Adam Walker es un veinteañero con ínfulas de poeta que en una fiesta conoce a una enigmática pareja, Rudolf Born y Margot. Desde el primer momento, Adam sospecha del juego perverso y mefistofélico que intuye en Rudolf pero entra en él, hambriento por lo desconocido, por la vida y la sensualidad que se abre ante él.
Este cruce con la pareja desconocido alterará la vida de Walker por completo, comprobará la naturaleza sensual y salvaje de la vida, no de una forma literaria, sino en la realidad, y le hará deambular por su primera madurez y buscar la redención y la expiación. Sorprende las complejas relaciones sexuales de la novela, su descripción tan natural como íntima, la importancia dentro de la vida de Adam Walker.
La forma en que está narrado Invisible es sobresaliente. Escrito en cuatro capítulos, el punto de vista difiera, así como, a veces, el narrador, hasta alcanzar una forma de laberinto, de juego de voces realmente atractivo que sirve para plantearse la labor del narrador en sí, de la creación.
Uno no puede dejar de pensar en los puntos de unión entre algunos aspectos del personaje principal de este libro y la vida de Auster. Tanto Adam Walker como Auster son de ascendencia judía, pasaron una temporada en París, estudiaron en Columbia y se arriesgaron en la poesía y en la traducción de autores clásicos. Adam perdió a su hermano pequeño mientras que Auster vio morir a un compañero en un campamento. A veces este libro parece una reescritura de la vida de Auster con su propia obra literaria.
Hay un par de elementos que me acercan un poco más a este libro de Auster. El primero es la presencia de Ordet (La palabra), la película de Dreyer que tanto conmoverá al protagonista, por unos momentos esas páginas dedicadas a la película del maestro danés me hizo recordar mi propia experiencia. El otro es que Auster es uno de los pocos escritores políticos que leo. En cada obra suya los personajes hablan sobre al momento político en el que viven y se posicionan en él.
Invisible es un gran libro de Auster.
Horas después de que se llevaran a tu madre al manicomio, hiciste el juramento, por la memoria de tu hermano, de ser una buena persona durante el resto de tu vida. Estabas en el cuarto de baño, según recuerdas, solo en el cuarto de baño, procurando contener las lágrimas, y por buena persona entendías ser honrado, amable y generoso, no burlarte jamás de nadie, nunca sentirte superior a nadie, y tampoco buscar pelea por nada. Tenías doce años. Al cumplir los trece, dejaste de creer en Dios. A los catorce, te pasaste el primero de tres veranos consecutivos trabajando en el supermercado de tu padre (metiendo la compra en las bolsas, colocando artículos, llevando la caja, firmando albaranes de entrega, sacando la basura: perfeccionando así as aptitudes que te llevarían a tu encumbrada posición de ayudante en la biblioteca de Columbia). A los quince años te enamoraste de una chica llamada Patty French. Ese mismo año dijiste a tu hermana que ibas a ser poeta. Cuando ya tenías dieciséis, Gwyn se marchó de casa y tú caíste en el exilio interior.
( … )
Se vuelve hacia ti ahora, y con una expresión de absoluta seriedad y convicción en la mirada, expone su definición del amor, queriendo saber si compartes su opinión o no. El verdadero amor, afirma, es cuando sientes tanto placer al darlo como al recibirlo.
Paul Auster
Invisible (traducción de Benito Gómez Ibáñez)
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