Domingo, 27 de diciembre de 2009
Escrita en 1897, poco después de La máquina del tiempo, El hombre invisible cuyo personaje central ha alcanzado, como Drácula o Frankenstein, un lugar en el imaginario del mundo moderno da forma definitiva a uno de los motivos que habrían de cobrar más relieve, y en cierto sentido hacerse pavorosa realidad, en el siglo xx: el del uso irreflexivo e inescrupuloso del conocimiento científico y las consecuencias nefastas de ponerlo al servicio de causas egoístas o espurias.

Tengo en el recuerdo algunas imágenes dispersas de la versión clásica que el estudio Universal hizo de El hombre invisible, también de la parodia hecha a cargo por Abott y Costello. Aún así, la historia de H. G. Wells me ha sorprendido. En una primera mirada rápida, se puede pensar en las ventajas de la invisibilidad, pero lo que Wells propone es la invisibilidad como puente hacia la manipulación, el poder y el crimen y esa desasosegante sensación de no poder ver nuestro propio cuerpo.

Escrito de forma ágil e interesante, en la narración se sucede tanto el tono de misterio como de terror y aventura. Jack Griffin descubre el suero de la invisibilidad. Dispuesto a seguir con sus experimentos, llega a una pequeña posada con su extraño atuendo: cabeza vendada, abrigo y guantes que nunca se quita, con el que pronto llama la atención en el pueblo.

En esta historia se mezclan las escenas de caza al monstruo con extensos diálogos sobre la ciencia y cómo acercarnos a ella. Si en un inicio todo parece un cerco al hombre invisible, hacia mitad del libro conocemos sus motivaciones de apoderarse de la política del país y sembrar el horror. Aventura y reflexión unidas en una misma historia.

De nuevo, un gran libro de Wells.




-Comprendo tu incredulidad. recuerdo perfectamente aquella noche. Era muy tarde, durante el día tenía que ocuparme de los estudiantes, lerdos y distraídos, y yo trabajaba allí muchas veces hasta el amanecer. De pronto, la idea, espléndida y completa, me vino a la imaginación. Estaba solo, el laboratorio se hallaba sumido en silencio y las luces brillaban a mi alrededor... ¡Podía conseguirse que un animal, un tejido, fuera transparente! ¡Invisible! Todo, menos los pigmentos. «¡Yo puedo ser invisible!», dije, comprendiendo de pronto lo que significaba ser albino y saber tal cosa. Era abrumador. Abandoné las filtraciones en que me hallaba ocupado, me dirigí a la ventana y contemplé las estrellas. «¡Yo puedo ser invisible!», repetí. Lograr tal cosa sería algo casi mágico. Entonces vislumbreé, sin sombra alguna de duda, una magnífica visión de lo que la invisibilidad significaría para un hombre. El misterio, el poder, la libertad. No vi ninguna desventaja. Piénsalo bien. Yo, un profesor mal vestido, pobre e ignorado, que me dedicaba a enseñar a estudiantes necios en una escuela de provincias, podía convertirme... en esto.
H. G. Wells
El hombre invisible (traducción de Julio Gómez de la Serna. Ediciones Siglo Veinte)

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Publicado por elchicoanalogo @ 4:43  | Libros...
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