Jueves, 31 de diciembre de 2009
Repaso la lista de libros leídos y siento que éste ha sido un buen año lector. Se cruzan recuerdos de historias conmovedoras, westerns oníricos, manuscritos con la historia del amor, parajes creados y anclados en la inconsciencia de un hombre, gauchos indomables, originales historias vampíricas, nuevos mundos más allá del nuestro.

He intentado leer un poco de todo, novela contemporánea, clásicos, terror, ciencia-ficción, literatura oriental, novela histórica, novela negra, incluso historieta gráfica con esa maravillosa Un hombre feliz, de Antonio Seijas… Pero este año ha sido, sobre todo para los libros de cuentos. La austeridad y los supervivientes de Carver, la imaginación y lo inesperado de los cronopios de Cortázar, las historias como afluentes que dan a un mismo río de Bolaño, los misterios de Wilkie Collins, los mundos soñados por Bradbury, las Crónicas de motel de Shepard, los secretos de la canadiense Alice Munro, la ironía de Monterroso, los bajos fondos de Bulowski y las música para camaleones de Capote…

Es difícil destacar un puñado de libros para colocarlos como favoritos. Elegiría Incendios de Richad Ford, la conmovedora El lector, el mundo cerrado y conocido de Bolaño en Llamadas telefónicas, Baricco y su Tierras de cristal; ese frágil cuento que es La historia del señor Sommer, de Süskind, la historia antibelicista de Sin novedad en el frente, la amistad y el amor por encima de todo de Déjame entrar, la China del último siglo que aparece en Grandes pechos, amplias caderas, la conmovedora La historia del amor, los sueños rotos de Vía revolucionaria, la onírica El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas

He leído westerns diferentes en El hombre que se enamoró de la luna y en las salvajes y crueles Meridiano de sangre y Al otro lado del río, también un clásico como La roja insignia del valor. He conocido una pequeña parte de la historia de los Balcanes gracias a Ivo Andric, como he echado un vistazo al Chile de Bolaño y la Sudáfrica de Coetzee.

Y he descubierto maravillosos escritores como Siri Hustvedt, Augusto Monterroso, Zadie Smith, Douglas Coupland, Nicole Krauss, Saul Bellow o Belén Gopegui.







Alta fidelidad - Nick Hornby
El velo pintado - W. Somerset Maugham
El curioso incidente del perro a medianoche - Mark Haddon
Incendios - Richard Ford
Un hombre feliz - Antonio Seijas
La piel fría - Albert Sánches Piñol
El lector - Bernhard Schlink
Tierras de cristal - Alessandro Baricco
Un viejo que leía novelas de amor - Luis Sepúlveda
La dama del sueño y otros relatos - Wilkie Collins
Llamadas telefónicas - Roberto Bolaño
El señor Pip - Lloyd Jones
Drácula - Bram Stoker
El caballero de la armadura oxidada - Robert Fisher
Nubosidad variable - Carmen Martín Gaite
De qué hablamos cuando hablamos de amor - Raymond Carver
Putas asesinas - Roberto Bolaño
Historias de Cronopios y de Famas - Julio Cortázar
El gaucho insufrible - Roberto Bolaño
La historia del señor Sommer - Patrick Süskind
Homenaje a Auster
La hermana pequeña - Raymond Chandler
Soldados de Salamina - Javier Cercas
¿Sueñan los androides con las ovejas? - Philip K. Dick
El pabellón de oro - Yukio Mishima
Música para camaleones - Truman Capote
Música de cañerías - Charles Bukowski
Hacia los confines del mundo - Harry Thompson
En ausencia de Blanca - Antonio Muñoz Molina
Tres rosas amarillas - Raymond Carver
Firmin - Sam Savage
El embrujo de Shanghai - Juan Marsé
Sin novedad en el frente - Eric Maria Remarque
Crónicas de motel - Sam Shepard
Estrella distante - Roberto Bolaño
Novecento - Alessandro Baricco
La soledad de los números primos - Paolo Giordano
La mujer del viajero en el tiempo - Audrey Niffenegger
Un puente sobre el Drina - Ivo Andric
Sin sangre - Alessandro Baricco
Déjame entrar - John Ajvide Lindsqvist
Mister Vértigo - Paul Auster
La edad de hierro - J.M. Coetzee
Monsieur Pain - Roberto Bolaño
Oveja Mansa - Connie Willis
La historia del amor - Nicole Krauss
Secretos a voces - Alice Munro
Carpe Diem - Saul Bellow
La lluvia antes de caer - Jonathan Coe
El club de los pirómanos para incendiar casas de escritores - Brock Clarke
Shutter Island - Dennis Lehane
El hombre ilustrado - Ray Bradbury
Cumbres borrascosas - Emily Brontë
El fin de la infancia - Arthur C. Clarke
Dientes blancos - Zadie Smith
Metafísica de los tubos - Amélie Nothomb
El hombre que se enamoró de la luna - Tom Spanbauer
La caza del carnero salvaje - Haruki Murakami
Al otro lado del río - Jack Ketchum
Vía revolucionaria - Richard Yates
El rojo emblema del valor - Stephen Crane
El abanico de seda - Lisa See
Meridiano de sangre - Cormac McCarthy
Amuleto - Roberto Bolaño
Elegía para un americano - Siri Hustvedt
El ladrón de chicles - Douglas Coupland
Chesil Beach - Ian McEwan
El asesino dentro de mí - Jim Thompson
Bajo palabra - Akira Yoshimura
Obras completas (y otros cuentos) - Augusto Monterroso
Out - Natsuo Kirino
El país de las últimas cosas - Paul Auster
El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas - Haruki Murakami
Grandes pechos, amplias caderas - Mo Yan
El hombre invisible - H. G. Wells
La escala de los mapas - Belén Gopegui
Invisible - Paul Auster
El juego de Ender - Orson Scott Card

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Domingo, 27 de diciembre de 2009
Y tú también
quejido,
inútil,
extraviado,
de tranvía ya loco
de trajes
y de horarios;
adentro de mis venas,
en mi tiempo,
en mis huesos,
mezclado a mi silencio,
a mi pulso,
a mi fiebre,
a todo lo que impregna
esta vigilia estéril,
con ritmo de gotera,
de persiana que se abre
y golpea, golpea,
aquí,
adentro de lo hueco,
donde estoy confinado,
recluido entre tendones,
asomado a los párpados,
aquí,
entre azoteas,
ventanas,
moribundos,
vajillas que se bañan,
rodeado de papeles,
de todo lo que sufre
mi presencia obstinada:
los libros,
la ceniza,
los lápices,
la silla,
el pelo y la dulzura
que se acerca, y me mira,
la mesa
y el ropero,
con sus trajes ahorcados,
la cama que me espera
—el velamen tendido—
anclada en la penumbra,
¿en el sueño?,
¿en la vida?,
las cortinas,
la alfombra,
que miro y me entristece
cuando voy a sacarme,
con calma,
los botines,
y llega algún recuerdo
fragmentario,
perdido:
las plazas de mi infancia,
un camino,
una casa;
las manos,
las caderas,
las piernas amputadas
de mujeres diluidas
por las horas,
los ruidos,
que suelen detenerme,
de pronto,
en la certeza
de haberlas poseído
entre muebles extraños;
mientras oigo la calle,
la noche que oscuramente muge,
como una vaca enferma,
al ir a cobijarse
en los grandes hangares
que orinan los inviernos,
mientras salen los trenes,
taciturnos,
quejosos,
que van hacia la aurora
desgarrando el silencio,
con un grito oxidado
que se mezcla a mis nervios,
a mi tinta,
a mi sangre.
Oliverio Girondo
Nocturno 4 (en Persuasión de los días)


Tags: Nocturno, Persuasión de los días, Oliverio Girondo

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Escrita en 1897, poco después de La máquina del tiempo, El hombre invisible cuyo personaje central ha alcanzado, como Drácula o Frankenstein, un lugar en el imaginario del mundo moderno da forma definitiva a uno de los motivos que habrían de cobrar más relieve, y en cierto sentido hacerse pavorosa realidad, en el siglo xx: el del uso irreflexivo e inescrupuloso del conocimiento científico y las consecuencias nefastas de ponerlo al servicio de causas egoístas o espurias.

Tengo en el recuerdo algunas imágenes dispersas de la versión clásica que el estudio Universal hizo de El hombre invisible, también de la parodia hecha a cargo por Abott y Costello. Aún así, la historia de H. G. Wells me ha sorprendido. En una primera mirada rápida, se puede pensar en las ventajas de la invisibilidad, pero lo que Wells propone es la invisibilidad como puente hacia la manipulación, el poder y el crimen y esa desasosegante sensación de no poder ver nuestro propio cuerpo.

Escrito de forma ágil e interesante, en la narración se sucede tanto el tono de misterio como de terror y aventura. Jack Griffin descubre el suero de la invisibilidad. Dispuesto a seguir con sus experimentos, llega a una pequeña posada con su extraño atuendo: cabeza vendada, abrigo y guantes que nunca se quita, con el que pronto llama la atención en el pueblo.

En esta historia se mezclan las escenas de caza al monstruo con extensos diálogos sobre la ciencia y cómo acercarnos a ella. Si en un inicio todo parece un cerco al hombre invisible, hacia mitad del libro conocemos sus motivaciones de apoderarse de la política del país y sembrar el horror. Aventura y reflexión unidas en una misma historia.

De nuevo, un gran libro de Wells.




-Comprendo tu incredulidad. recuerdo perfectamente aquella noche. Era muy tarde, durante el día tenía que ocuparme de los estudiantes, lerdos y distraídos, y yo trabajaba allí muchas veces hasta el amanecer. De pronto, la idea, espléndida y completa, me vino a la imaginación. Estaba solo, el laboratorio se hallaba sumido en silencio y las luces brillaban a mi alrededor... ¡Podía conseguirse que un animal, un tejido, fuera transparente! ¡Invisible! Todo, menos los pigmentos. «¡Yo puedo ser invisible!», dije, comprendiendo de pronto lo que significaba ser albino y saber tal cosa. Era abrumador. Abandoné las filtraciones en que me hallaba ocupado, me dirigí a la ventana y contemplé las estrellas. «¡Yo puedo ser invisible!», repetí. Lograr tal cosa sería algo casi mágico. Entonces vislumbreé, sin sombra alguna de duda, una magnífica visión de lo que la invisibilidad significaría para un hombre. El misterio, el poder, la libertad. No vi ninguna desventaja. Piénsalo bien. Yo, un profesor mal vestido, pobre e ignorado, que me dedicaba a enseñar a estudiantes necios en una escuela de provincias, podía convertirme... en esto.
H. G. Wells
El hombre invisible (traducción de Julio Gómez de la Serna. Ediciones Siglo Veinte)

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Publicado por elchicoanalogo @ 4:43  | Libros...
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Viernes, 25 de diciembre de 2009
Ahora es el ritmo del invierno
quien me clava sus ojos entre las uñas
y el cielo.

Lo demás poco importa.

Solo aquellos pasos absorbiendo mi cuello de niebla
al borde bellísimo de sus sirenas y abismos.
Almudena Guzmán
Ahora es el ritmo del invierno...


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Publicado por elchicoanalogo @ 4:06  | Poes?a
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Jueves, 24 de diciembre de 2009
Dejé a mi espalda el sonido del mar y la blancura de las olas, los sueños de sirenas ancladas en mitad de la ciudad de la furia y del torbellino de imágenes de este año. Las luces navideñas se encendieron con timidez. Aún quedaban los últimos rastros del sol en las cumbres de los montes.

A veces me agobia la velocidad que adquiere la vida en diciembre, pasear por Bilbao es un continuo entrechocar de hombros y gritos, parece que todo se mueve a doble velocidad. Pienso que por el camino se han perdido costumbres amistosas. Como las postales. Ya apenas rebosan los buzones.

Me gustaría poder escribir mensajes nuevos y diferentes, algo que haga sonreír y que emocione. Pero al final, las postales, ya sean tímidas o atrevidas o aburridas, apenas salen de los consabidos deseos de felicidad.

Hay una postal que este año me ha hecho una ilusión especial (además de la siempre divertida postal de mi muy querida Mariola). Verica me deseó una feliz navidad y un feliz año nuevo en serbio. Esa postal simboliza lo inesperado, la sorpresa (como diría Carmen Martín Gaite la sorpresa es una liebre, y el que sale de caza, nunca la verá dormir en el erial. Quién me iba a decir hace un año que bailaría un vals junto al Danubio y que me quedaría mudo bajo un edificio agujereado por la guerra en mitad de Belgrado. La aventura por la aventura…

Debería terminar este desvarío deseando una feliz navidad, pero prefiero decir que sea una navidad llena de deseos y sueños por cumplir…


We Wish You A Merry Xmas (Jeff Scot Soto, Bruce Kulick, Bob Kulick, Chris Wyse, Ray Luzier)



We wish you a Merry Christmas;
We wish you a Merry Christmas;
We wish you a Merry Christmas and a Happy New Year.
Good tidings we bring to you and your kin;
Good tidings for Christmas and a Happy New Year.

Oh, bring us a figgy pudding;
Oh, bring us a figgy pudding;
Oh, bring us a figgy pudding and a cup of good cheer
We won't go until we get some;
We won't go until we get some;
We won't go until we get some, so bring some out here

We wish you a Merry Christmas;
We wish you a Merry Christmas;
We wish you a Merry Christmas and a Happy New Year.

Tags: navidad, We Wish You A Merry Xmas, Jeff Scot Soto, Bruce Kulick, Bob Kulick

Publicado por elchicoanalogo @ 4:05  | Festividades
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Mi?rcoles, 23 de diciembre de 2009
Pies-ligeros, Alce-Negro, Hijo-del-Trueno, así llamaban en el cine a los indios pielesrojas; durante el mes de octubre también Brezo tuvo su nombre, era el-amor-sin-sitio. Ella me rondaba como un pájaro carpintero, pequeños picotazos intermitentes de visitas y llamadas me asolaban al día, introduciendo otro tiempo en mi tiempo, y así quedaba yo desconcertado. Era el amor sin sitio que iba adueñándose de mis gestos; marcándome las manos -que mantenía suaves, recién lavadas siempre, no fuera ella a venir a mi casa de pronto y pudiera yo tocarla por dentro-; poniéndome un deje de tristeza en la comisura de los ojos, un halo noble de tuberculoso antiguo que era Brezo, ese círculo malva y rosa era Brezo, era saber que yo tendría que quererla fuera de los marcos de todas las ventanas, fuera del tiempo y a veces fuera de ella misma, como un adúltero, como un enfermo que conoce el signo de su mal y no se lo ha dicho a nadie. Yo no iba a morir, mi cuerpo no estaba condenado pero sí mi amor; el hombre no puede levantar su amor por el cielo durante más de unos meses y cómo hacérselo saber sin causar daño, retardando los días, espaciando el número de ocasiones en que habríamos de vernos para alargar el cómputo.
Al principio yo tenía miedo de la figura de Brezo, después supe que debía tener miedo de su imaginación. «A veces te imagino», dijo una tarde y yo sentí vértigo. Ella había estado en mi casa y había retenido la disposición de los objetos. Luego, me imaginaba. Qué forma de posesión. Al caer la noche, por ejemplo, hacía yo mi cena, pan de molde y atún en aceite, un tomate, una cerveza y de pronto, el plato sobre la mesa baja del salón, la servilleta en las rodillas, el emparedado camino de mi boca, de pronto se me ocurría: «¿Estará imaginándome?». Al cabo de unos días era más complicado: «¿Estará imaginando que yo me estoy preguntando si ella está imaginando que yo... ?»
Belén Gopegui
La escala de los mapas (Anagrama)

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Publicado por elchicoanalogo @ 18:29  | Libros...
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La escala de los mapas es la historia del miedo a ser amado y su metáfora, pero es también una reflexión sobre la diferencia entre las cosas que ocurren en el espacio y aquellas otras que suceden en el tiempo. Escrita en un lenguaje renovador, participa de cierta concepción de la literatura como arma blanca capaz de hacer una hendidura en el aire, en los movimientos, en nuestra percepción del mundo.

Hay libros que, como la lluvia fina, te calan poco a poco hasta que notas que te habitan por entero, libros que parecen te trasladan al murmullo del mar, a un mundo habitado por diferentes dimensiones. Mientras leía La escala de los mapas me dejé empapar por la poesía y melancolía que destilaba la historia de un hombre que quiere perderse en un hueco, un espacio en blanco, y rearmar ahí su vida.

Escrito con capítulos cortos de apenas un par de páginas, La escala de los mapas tiene un estilo que a veces me recordaba al Baricco de Océano mar, poesía en prosa. Capítulos cortos, sí, pero que había que leer con el ritmo pausado con el que se lee la poesía para no perderse sus imágenes insospechadas. En cada uno de ellos la reflexión del protagonista, Sergio Prim sobre el espacio, las relaciones con el otro, el amor y el cuerpo femenino, ese cuerpo capaz de insuflar vida, muerte y miedo; vértigo, mar y ausencia.

La escala de los mapas es una historia de amor singular, un hombre que piensa en su amor platónico y éste, por arte de magia, aparece delante de él, bajando de un autobús. El reencuentro con Brezo le hace deambular por la cuerda floja, una lucha entre la realidad y la búsqueda del hueco, del asentarse en el mundo o en el cuerpo vacío de un hueco.

Belén Gopegui escribe un libro excepcional, febril, poético, de lectura lenta y dichosa. Un descubrimiento hermoso.


Hubo un tiempo, exagerado y absorto, en que nuestro planeta existió sin mapas. Si un hombre quería representar una región de África en un plano, tenía que ir allí. O bien fiarse de los informes, memorias y relaciones que traían los exploradores. Mi situación es la misma. Para escribir un tratado del hueco (todos los puntos pertenecen a un único hueco) es imprescindible ir a él. Aún no hay mapas y los escasos testimonios de gentes que dicen haberlo frecuentado son harto imprecisos. Así que mi “idea interesante” -repitió dirigiéndome una mirada de reproche- significa que debo emprender una expedición. Que a mis treinta y nueve años debo salir en pos de un paradero desconocido. ¿Se da cuenta? Aventurarme por regiones ignotas con este cuerpo endeble.

( … )

Dejarse acompañar es un arte que yo no he cultivado. Jamás supe cómo conciliar mi estado de reposo, mi convalecencia íntima en una habitación del mundo iluminada sólo por la pantalla de una lámpara, con el aliento brusco como de temporales, que exhala el recién llegado. En el tiempo que viví rodeado por otros –mi familia primero, después Lucía, mi mujer durante cuatro años- comprobé que el que venía de fuera usaba siempre un tono de voz excesivamente alto, y permanecía en pie más de lo indispensable, malgastando palabras, reiterando un mensaje que mi intransigencia desbrozaba minuciosamente. Además, los cuerpos venidos del exterior solían traer un halo frío o de aire tórrido, de polen o de lluvia según la estación en que aparecieran.

( … )

El deseo de tu cuerpo me azotaba. Exactamente azotar, como los vientos, exactamente luz de tu vestido, luminarias llamándome en el esternón. Tormenta del deseo que no habría de aplacarse ni aún si volviera yo a erguir tu cuerpo desde dentro, ni aún si volviera a poseerte -¿cuántas veces más?-. Hacía frío, comerciaban con su aliento los colgados, ofrecían chocolate, me rozaban, pero ninguno pudo distraerme. Con qué dulzura bárbara el cuerpo vedado se allegaba a mí, fibra interior, losa extendida bajo mi pie desnudo, nube sobre mi cabeza, todo mi ser envuelto, pálida luz, te deseo, Brezo. Bruja, te deseo, mujer delgada, mujer niña de miembros pérfidos, te deseo rítmicamente, sin pausa, sin que a una hora o un día olvide que ese tu cuerpo inmisericorde cruza calles, sube en ascensores, se acomoda o se tiende sin llamarme, oscuro y música quisiera oír tu cuerpo golpeando en mi deseo, mi deseo girando por tu cuerpo, sombra y llama, ¿no lo notas? ¿No afluye a ti la misma acometida que en mitad de la calle me da el alto y en la noche irrumpe, montaña de placer no hollada, estremecimiento como flor, como pétalo abocado a morir entre el pulgar y el índice de tu mano?
Belén Gopegui
La escala de los mapas (Anagrama)

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Publicado por elchicoanalogo @ 4:28  | Libros...
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Martes, 22 de diciembre de 2009
Cuando compré la nueva novela de Paul Auster pensé en cómo tiene puntos en común con Woody Allen: ambos artistas son norteamericanos peros sus raíces e influencias se hunden en la cultura europea, sus obras suelen transcurrir en las aceras de Nueva York en un mundo cerrado y conocido de escritores o guionistas de agudas reflexiones aunque Allen tiende a cierta misantropía y un desbordante sentido del humor, algo que aún no he encontrado en la obra de Auster.

El argumento no me atrapó cuando lo leí en una cafetería bilbaína. Sentía que estaba ante una historia conocida, una pareja decadente europea que atrapa a un inocente norteamericano en una relación puramente sexual. Por un momento pensé que me iba a costar leer Invisible. Pero… Pero las primeras páginas, con las alusiones a Dante, te atrapan enseguida. Era como entrar en un territorio conocido, sí, pero con algunos elementos nuevos.

Adam Walker es un veinteañero con ínfulas de poeta que en una fiesta conoce a una enigmática pareja, Rudolf Born y Margot. Desde el primer momento, Adam sospecha del juego perverso y mefistofélico que intuye en Rudolf pero entra en él, hambriento por lo desconocido, por la vida y la sensualidad que se abre ante él. Este cruce con la pareja desconocido alterará la vida de Walker por completo, comprobará la naturaleza sensual y salvaje de la vida, no de una forma literaria, sino en la realidad, y le hará deambular por su primera madurez y buscar la redención y la expiación. Sorprende las complejas relaciones sexuales de la novela, su descripción tan natural como íntima, la importancia dentro de la vida de Adam Walker.

Escrito en cuatro capítulos, el punto de vista difiere, hasta alcanzar una forma de laberinto, de juego de voces realmente atractivo que sirve para plantearse la labor del narrador en sí, de la creación. Uno no puede dejar de pensar en los puntos de unión entre algunos aspectos del personaje principal de este libro y la vida de Auster. Tanto Adam Walker como Auster son de ascendencia judía, pasaron una temporada en París, estudiaron en Columbia y se arriesgaron en la poesía y en la traducción de autores clásicos. Adam perdió a su hermano pequeño mientras que Auster vio morir a un compañero en un campamento. A veces este libro parece una reescritura de la vida de Auster con su propia obra literaria.

Hay un par de elementos que me acercan un poco más a este libro de Auster. El primero es la presencia de Ordet (La palabra), la película de Dreyer que tanto conmoverá al protagonista, por un momento se detiene la acción y se habla de la película del maestro danés. El otro es que Auster es uno de los pocos escritores políticos que leo. En cada obra suya los personajes hablan sobre al momento político en el que viven y se posicionan en él.




Horas después de que se llevaran a tu madre al manicomio, hiciste el juramento, por la memoria de tu hermano, de ser una buena persona durante el resto de tu vida. Estabas en el cuarto de baño, según recuerdas, solo en el cuarto de baño, procurando contener las lágrimas, y por buena persona entendías ser honrado, amable y generoso, no burlarte jamás de nadie, nunca sentirte superior a nadie, y tampoco buscar pelea por nada. Tenías doce años. Al cumplir los trece, dejaste de creer en Dios. A los catorce, te pasaste el primero de tres veranos consecutivos trabajando en el supermercado de tu padre (metiendo la compra en las bolsas, colocando artículos, llevando la caja, firmando albaranes de entrega, sacando la basura: perfeccionando así as aptitudes que te llevarían a tu encumbrada posición de ayudante en la biblioteca de Columbia). A los quince años te enamoraste de una chica llamada Patty French. Ese mismo año dijiste a tu hermana que ibas a ser poeta. Cuando ya tenías dieciséis, Gwyn se marchó de casa y tú caíste en el exilio interior.

( … )

Se vuelve hacia ti ahora, y con una expresión de absoluta seriedad y convicción en la mirada, expone su definición del amor, queriendo saber si compartes su opinión o no. El verdadero amor, afirma, es cuando sientes tanto placer al darlo como al recibirlo.
Paul Auster
Invisible (traducción de Benito Gómez Ibáñez. Anagrama)

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Lunes, 21 de diciembre de 2009
Cómo será pregunto.
Cómo será tocarte a mi costado.
Ando de loco por el aire
que ando que no ando.

Cómo será acostarme  
en tu país de pechos tan lejano.
Ando de pobre cristo a tu recuerdo
clavado, reclavado.

Será ya como sea.
Tal vez me estalle el cuerpo todo lo que he esperado.
Me comerás entonces dulcemente
pedazo por pedazo.

Seré lo que debiera.
Tu pie. Tu mano.
Juan Gelman
Ausencia de amor

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Domingo, 20 de diciembre de 2009
King´s X tuvo su momento álgido a finales de los 80 y principios de los 90 con discos como Gretchen Goes to Nebraska o Dogman. El trío mezclaba con soltura el rock con el soul y gospel, el progresivo o el pop con aires a los Beatles. Después de participar en la segunda edición del festival de Woodstock, King´s X dejó de ser un grupo vendedor y sus lanzamientos discográficos sólo fueron seguidos por algunas revistas especializadas. 

Me gusta King´s X. Siempre encuentro elementos atractivos en su música: los arranques soul de la voz de Doug Pinnick, la elegante guitarra de Ty Tabor, la sobriedad de Jerry Gaskill a la batería. Sus discos son eclécticos, diferentes, innovadores por momentos (anticiparon la llegada del grunge con sus dos primeros discos) : la aventura conceptual de Gretchen Goes to Nebraska, el aire sesentero de Faith, Hope, Love, la dureza de Dogman o Tape Head, la melodía de Ear Candy, la maravillosa rareza que fue Please Come Home, Mister Bulbous. Después de veinte años cada disco del grupo mantiene el interés por seguir su avance musical. 

En los últimos días he vuelto a su música. Hay una canción de su primer disco, Out of the Silent Planet,  que no para de sonar dentro de mi cabeza. Far, Far Away.

Información:
http://www.kingsxrocks.com/
http://en.wikipedia.org/wiki/King's_X


Far, Far Away (King´s X)



inside it's lonely
I drive my car
pass by the signs that speak our past
always remind me
can't block it out
the story we all knew would last
she was lost yesterday
far far away

familiar faces
annually haunt me
the cold brings seasons of the heart
always reminded
can't block it out
no one could see it from the start
she was lost yesterday
far far away



Tags: Far Far Away, Out of the silent planet, King´s X

Publicado por elchicoanalogo @ 4:49  | Canciones
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Viernes, 18 de diciembre de 2009
Son las gaviotas, amor.
Las lentas, altas gaviotas.

Mar de invierno. El agua gris
mancha de frío las rocas.
Tus piernas, tus dulces piernas,
enternecen a las olas.
Un cielo sucio se vuelca
sobre el mar. El viento borra
el perfil de las colinas
de arena. Las tediosas
charcas de sal y de frío
copian tu luz y tu sombra.
Algo gritan, en lo alto,
que tú no escuchas, absorta.

Son las gaviotas, amor.
Las lentas, altas gaviotas.
Ángel González
Son las gaviotas, amor (en Áspero mundo)


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Publicado por elchicoanalogo @ 4:58  | ?ngel Gonz?lez
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Jueves, 17 de diciembre de 2009
En un país de opresión, múltiples injusticias y evidente dominación masculina, Mo Yan exalta la figura y el cuerpo femenino. La protagonista, Shangguan Lu, una férrea superviviente que da a luz a ocho niñas hasta conseguir al deseado varón que hará perpetuar la estirpe, arriesga su vida en diferentes ocasiones para salvar la de sus hijos y nietos en medio del caos, de las guerras y las penurias de la violenta sociedad china del último siglo. Sola, con escasa ayuda y sometida a la agitación política del feudalismo o de la era maoísta, Madre, que fue obligada a crecer con los pies vendados y a casarse con un herrero estéril, representa el homenaje del autor a la resistencia y al universo femenino. El carácter y temperamento de Shangguan Lu y de sus hijas contrasta con el del único varón de la familia -y también el narrador de la historia- el pequeño y mimado Jintong quien, lactante hasta la adolescencia, vive ensimismado con el seno femenino, una imagen que se condensa en esta obra épica, cómica y trágica a un tiempo, como la verdadera realidad china.

El ex libris de Uji aparece en la primera página de Grandes pechos, amplias caderas, un ex libris de mujeres desnudas y melenas negras que casa a la perfección con el título del libro de Mo Yan. Elena y yo compartimos el gusto por la literatura oriental, ella se inclina por los autores chinos, mientras que yo siento cierta predilección por los japoneses. Hace unas semanas recibí por sorpresa un voluminoso paquete con el libro de Mo Yan, un préstamo de Elena. Un gesto inesperado hizo que pudiera leer una de las mejores historias de este año. La vida es eso, gestos tan imprevisibles como las consecuencias de los aleteos de las mariposas.

Dividido en siete extensos capítulos, Grandes pechos, amplias caderas narra la historia del último siglo de China a través de la familia Shangguan, y Mo Yan lo hace de manera extraordinaria, a veces poética, a veces cruel, siempre con inteligencia, ironía y cierta tristeza.

Shangguan Lu nació en unos años donde aún quedaban restos de la época feudal. Sus pies vendados para empequeñecerlos según las tradiciones, su matrimonio concertado con un herrero, su nula influencia e importancia en la casa de sus suegros por no parir un hijo varón confieren a Shangguan Lu una insólita fuerza y capacidad de sufrimiento y supervivencia. En su octavo parto nace su hijo varón, junto a una niña ciega, un parto en mitad de un ataque japonés. Y es que en Grandes pechos, amplias caderas apenas hay momentos de descanso, todo es pura confrontación: con el enemigo japonés, con el pasado, entre las diferentes facciones políticas chinas, entre las hijas de Shangguan Lu. Mo Yan crea un gran personaje en Shangguan Lu, una mujer indómita capaz de los mayores sacrificios, desde amamantar a su hijo hasta edades insospechadas a cuidar de una prole de hijas y nietos que cada poco tiempo desaparece o son sacrificados, siete hijas que toman caminos diferentes, como la China en la que viven y su suerte cambia con los tiempos, de caciques al pelotón de fusilamiento, de dirigentes del partido comunista a caer en desgracia. Todas las hermanas de la historia tienen una fuerza arrebatadora, casi mágica, cada una de ellas da una lección de sacrificio, tenacidad y solidaridad y amor desaforado. Y luego está el narrador, Jintong, incapaz de comer comida sólida hasta entrado en la adolescencia y cuyo único interés está en el pecho femenino, un niño que nunca madurará por mucho que cambie el paisaje alrededor, tan inocente que llega a enloquecer de amor por una foto.

Al igual que en Cien años de soledad, donde sentía que algunas frases daban para un libro entero, en Grandes pechos, amplias caderas hay pequeñas historias entremezcladas con el drama de la familia Shangguan que parecen libros en miniatura. Y como en el libro de García Márquez, la fábula, lo mitológico o lo inesperado irrumpen en la realidad para formar parte de ella de manera natural.

Mo Yan repasa la historia china con distancia y dureza, una historia donde conviven los pies vendados con las grandes hambrunas de los años 60, la guerra civil con los campos de reforma a través del trabajo, una historia compleja. Y éste es otro de los aciertos de Mo Yan, es capaz de trasmitir la historia de un país extraño y lejano y entenderla. Y sobre la historia, el cuerpo femenino como símbolo de belleza, vida y resistencia.

Uji, muchas gracias por este préstamo y que me ha permitido leer uno de los grandes libros de los últimos años.


(Dejo el enlace a un interesante artículo sobre Mo yan aparecido en El país:
http://www.elpais.com/articulo/narrativa/voz/recuperada/Mo/Yan/elpepuculbab/20080510elpbabnar_10/Tes)




Pasamos la primera noche después de la batalla en el mismo lugar en el que habíamos pasado la primera noche de la evacuación: en la misma habitación lateral que daba al mismo pequeño patio, donde estaba el ataúd en el que había yacido la anciana. La única diferencia era que casi todos los edificios de la minúscula aldea habían sido destruidos; incluso la cabaña de tres habitaciones donde habían estado viviendo Lu Liren y algunos miembros del gobierno del condado ya no era más que un montón de escombros. Llegamos a la aldea justo antes del anochecer, cuando el sol era una bola de color rojo sangre. La calle estaba llena de cuerpos rotos; veinte cadáveres desfigurados, más o menos, habían sido apilados ordenadamente en medio de una plaza, como si estuvieran conectados por un hilo invisible. El aire estaba cálido y seco. Había unos cuantos árboles con las ramas achicharradas, como si les hubiera caído un rayo. ¡Clanc! Primera hermana le dio sin querer una patada a un casco que tenía un agujero. Yo me caí al suelo tras tropezar con un montón de cartuchos usados que todavía estaban calientes. Un olor a goma quemada flotaba en el aire, mezclado con el penetrante olor de la pólvora. Un cañón solitario asomaba por encima de una pila de ladrillos rotos, apuntando a las estrellas heladas que parpadeaban en el cielo. La aldea estaba silenciosa como la muerte. Nos parecía estar caminando por los legendarios salones del Infierno. La cantidad de refugiados que nos seguía en el camino hacia casa se había ido reduciendo lentamente hasta que ya no quedaba ni uno; estábamos solos. Madre, cabezonamente, nos había traído hasta aquí. Mañana atravesaríamos la orilla norte del Río de los Dragones, cubierta de álcali, después cruzaríamos el propio río y desde ahí nos dirigiríamos a ese lugar que llamábamos nuestra casa. Estaríamos en casa. En casa.

( … )

- Sí, he cambiado – dijo Madre- , pero sigo siendo la misma. Durante los últimos diez años, como mínimo, muchos miembros de la familia Shangguan han caído como tallos de cebolletas y otros han nacido para ocupar sus lugares. Allí donde hay vida, la muerte es inevitable. Morir es fácil; lo difícil es vivir. Y cuanto más difícil se vuelve, más fuerte es la voluntad de seguir viviendo. Y cuanto mayor es el miedo a la muerte, mayor es el esfuerzo que se hace por conservar la vida. Yo quiero seguir aquel día que mis hijos y mis nietos lleguen a la cumbre, así que espero que todos os comportéis. ¡Hacedlo por mí!
Mo Yan
Grandes pechos, amplias caderas (traducción de Mariano Peyrou. Kailas)

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Mi?rcoles, 16 de diciembre de 2009
III

Unos niños escribían sus nombres sobre la arena mojada. Las letras se mezclaban con el reflejo de los acantilados crepusculares, el cielo nítido y azul, las estelas blancas de los aviones que se difuminaban con el viento en un reflejo soñador, onírico. Parecía una imagen ilusoria, como si el mundo se hubiera colocado al revés y mirase desde extrañas alturas un camino blanco e indefinido que cruzaba un campo estático y azul. El cielo como suelo firme y la tierra como techo.

El mar se replegaba sobre sí mismo; un eco constante que en ocasiones me lleva a las noches en Galicia, cuando dormía con el crepitar del río de fondo. Su sonido lejano y apagado velaba mis sueños donde se sucedían las imágenes del día: los caminos de luciérnagas, su luz verde y pálida, las estrellas fugaces, el suave tacto de la hierba en mi espalda, el cielo en fuga. Hay momentos donde me gustaría alargar la mano, recuperar esos recuerdos y esconderlos en algún lugar recóndito donde no les alcanzara las olas y el olvido.  Porque a veces la vida es mar y borra las huellas de recuerdos y presencias, dejando en su lugar un vacío extraño, indefinido, taciturno. Con la llegada de una ola desaparece un recuerdo, pequeños trozos que se desgajan de tu cuerpo, restos de un naufragio. Me pregunto cómo será llegar a esa edad donde pierdes más que ganas, donde las personas y sentimientos que te han definido han desaparecido por completo y te sientes solo y desnudo y con el cuerpo de ausencias. Cuando no queda delante de ti más que un acantilado.

Paseo en esa franja intermedia del mundo donde no es tierra ni mar sino un territorio inhóspito, un espacio en blanco en el que puedo desaparecer en cualquier pisada, y me dejo llevar por la zozobra que me transmite el rumor del mar.

Los niños seguían jugando con la arena. Saltaban sobre otras pisadas mayores, escribían sus nombres con su letra incipiente, se alborotaban cuando llegaba el mar hasta su altura y deshacía sus huellas sobre la arena. Entonces, con paciencia, esperaban a que el mar volviese a sus límites para reanudar sus juegos.

Tal vez ése sea el truco. Esperar a que el mar se retire y volver a la vida.




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Publicado por elchicoanalogo @ 4:54  | Espacios en blanco
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Martes, 15 de diciembre de 2009
I

Al darme la vuelta descubrí que parte de mis huellas habían sido borradas por el mar. Como en un juego de prestidigitación aparecían y desaparecían de la arena. Y yo, a veces, hago como mis huellas, desaparezco cada poco tiempo y me evaporo. Hay una parte de mí que necesita pequeñas dosis de soledad. Es una forma de mantener el equilibrio. De no perder la perspectiva. De mantener el orden aquí dentro.

Miro la blancura del mar inquieto, los quiebros de las olas, el sonido atronador del agua que se acerca a mis pies y retrocede en un breve espasmo. A veces las olas sobrepasan los tres metros y tapan a los barcos del horizonte. Entonces imagino que esas olas no se detendrán en la línea de la playa, seguirán su curso y me llevarán con ellas hasta la mitad de la tierra. Y cuando siento que seré tragado por las olas y que veré el cielo azul desde dentro de ellas, éstas rompen a unos metros (la distancia justa) y se calman a mis pies antes de volver al mar. Cómo será tener una mirada de mar…

Me fijo en las figuras negras de los paseantes. Se difuminan tras una cortina de agua, arena y los últimos rayos de sol, convirtiéndose en trazos indefinidos que parecen cambiar al compás del viento. Poco a poco aparecen surfistas, buscadores de conchas, perros inquietos, una pareja enredada en un abrazo sin tiempo. A cada paso siento que estoy ante un espejismo y que una vez desaparezca me encontraré en cualquier otra parte del mundo. O tal vez sea yo el espejismo y todo lo que me rodea real.

A veces busco a la mujer que es océano entre las figuras negras. La descubrí un invierno. Hace dos años. Un día gris y frío y anónimo. Fuera de mí, el crepitar del mar. Dentro de mí, la sensación de pérdida, de no estar ubicado en ninguna parte, en ningún cuerpo. Cuando las olas se acercaban a la playa su sonido se asemejaba a un susurro somnoliento. Recuerdo que me senté en las escaleras que llevaban a la arena. Y la vi. A la mujer que era océano. Bailaba entre esa frontera indefinida donde mar y tierra se unen. Saltaba alegre sobre las olas que llegaban de manera rítmica y daba vueltas y más vueltas sobre sí cuando se alejaban. Parecía una bailarina clásica. Entonces me di cuenta. El océano manaba de la planta de sus pies. Cada gota de océano.  

Antes de irme me siento en las escaleras de la playa. Repito mis pasos de aquel día para que regrese la mujer que era océano (nunca regresará, soy un espejismo, es ella quien no puede verme). Me levanto y desaparezco al otro lado de la cortina de agua, arena y viento.



II

Leo en El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas: El deseo es una energía positiva. Esto está muy claro. Pero, si no se satisface, se acumula y la mente pierde lucidez, y el cuerpo, su equilibrio.




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Publicado por elchicoanalogo @ 4:15  | Espacios en blanco
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Lunes, 14 de diciembre de 2009
Tengo miedo de verte
necesidad de verte
esperanza de verte
desazones de verte

tengo ganas de hallarte
preocupación de hallarte
certidumbre de hallarte
pobres dudas de hallarte

tengo urgencia de oírte
alegría de oírte
buena suerte de oírte
y temores de oírte.

O sea,
resumiendo
estoy jodido
                       y radiante
quizá más lo primero
que lo segundo
y también
                    viceversa.
Mario Benedetti
Viceversa (en Poemas de otros)

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Publicado por elchicoanalogo @ 4:44  | Mario Benedetti
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