Mi?rcoles, 06 de enero de 2010
IV


Estaba a la intemperie, cercado bajo un cielo gris y sombrío. La tarde se extinguía como un rumor distante mientras las olas blancas se acercaban, incoherentes e imprevisibles, a mis pies. Y en esa blancura del mar que aparecía y se desvanecía una y otra vez me despojaba de todo lo que yo era hasta quedarme en puro silencio. Como si estuviera fuera del mundo, al margen de la vida.

Miré al cielo. Y esperé el momento donde se desprendiese la primera gota de las nubes, una primera gota que iniciaría un aguacero capaz de hacer desaparecer el mundo de mi mirada perdida. Anticipé el instante donde la playa, los acantilados y mis manos frías y entumecidas se esconderían tras el muro de agua. Las gotas se filtrarían cuerpo abajo, me empaparían por entero, se mezclaría el olor de la lluvia y el mar y el viento entre los huecos de mi piel.

Me pregunté si la lluvia sería capaz de borrar las huellas que aprendieron a recorrerme, a memorizarme, a inventarme y olvidarme. La lluvia como torrente que destruye cicatrices y caminos; la lluvia como creadora de espacios en blanco para las próximas huellas extrañas, olvidadizas, temporales.

Entonces…

Entonces cayó la primera gota a cámara lenta. Hizo un pequeño hueco en la arena, un hueco que me llevó al enigma de tu vientre y mis manos detenidas a un centímetro de tu piel, expectantes y temerosas por aventurarse entre los pliegues recónditos de tu territorio.

¿Recuerdas? Había un momento donde todo parecía ir tan lento como esa primera gota a cámara lenta. La luz sombreaba tu piel agosteña y mi mano se quedaba suspendida en el vacío milimétrico entre nuestros cuerpos. Tenía miedo del deseo, de dejarme arrastrar por el vendaval que era tu cuerpo de lluvia y rocío. Miraba tu desnudez, la forma de tu cuerpo, y pensaba que no podía acercar mi mano, que no podía perderme en la pequeña muerte que me mostrabas, que no quería ser una sombra cuando desaparecieses de mi vida. Y mi mano temblaba de deseo y de miedo. Y yo seguía el rayo de luz que entraba por la ventana circular de la habitación y dibujaba tu cuerpo contra la pared. Y bajaba mi mano, seguro de la futura pérdida, de la fugacidad de nuestro amor, de la pequeña muerte.

Tu cuerpo me recibía con misterio. Parecía que te replegabas como olas de mar y te desvanecías para reaparecer bajo otras formas impensadas. Me abismaba por tu cuerpo y él respondía con un estremecimiento quedo y el aliento que se te escapaba por tu boca y tu vacío rodeado de lluvia y los ojos cerrados. Eras un fantasma en mi piel.

Empezó a llover. Y yo bailaba bajo la lluvia.


Maybe…
…they will sing for us…
…tomorrow



Publicado por elchicoanalogo @ 0:56  | Espacios en blanco
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