S?bado, 09 de enero de 2010
Cuando tenía cinco años me extirparon el apéndice. Solía enseñar orgulloso mi cicatriz, como si fuese una herida producida en una escaramuza entre indios y vaqueros. Levantaba la camiseta y señalaba con el dedo los puntos y la línea discontinua que recorría mi vientre. Con el paso de los años olvidé la marca en mi cuerpo, se convirtió en una huella invisible.

Pero había ocasiones donde la cicatriz volvía a materializarse. Una tarde de río o las duchas tras las clases de gimnasia y alguien que señalaba en dirección a mi cicatriz y me preguntaba por ella. Entonces se mezclaban las imágenes del hospital, las enfermeras que me mimaban y me abrazaban con cuidado, la visita de mi profesora, aquellos cuadernos mágicos donde, si frotabas con el canto de una moneda, aparecían unos dibujos a carbón en unas hojas blancas.

Recuerdo una habitación de hotel. Fuera, el ruido incesante de una calle popular, el sonido de los frenos de los coches, las conversaciones ruidosas. Dentro, el palpitar de una mano que recorría mi cicatriz, y una mirada curiosa, extraña, tierna. Nunca tuve tan presente mi cicatriz como cuando otra mano la acarició.

Las cicatrices invisibles también aparecen y desaparecen sin apenas darnos cuenta de ello. Nos llenamos de heridas, nos perdemos por el camino, nos dicen que el tiempo lo cura todo y la herida desaparecerá. Pero las heridas no desaparecen, cicatrizan.

Entonces, al igual que aprendí a convivir con la cicatriz en mi vientre, he aprendido a convivir con las heridas invisibles. No intento hacerlas desaparecer ni lucho contra ellas, dejo que estén en un plano secundario hasta que me olvido de pensar en ellas.

Tal vez sean mis heridas interiores las que me hacen desaparecer por momentos. Cuatro días, un mes, quince años y yo agazapado en una soledad no sé si redentora, pero sí necesaria. A veces esa soledad me ayuda a detenerme, mirar alrededor y reubicarme. Otras veces me lleva a un silencio tranquilo o mezquino. Y en ocasiones consigo recuperar recuerdos de una caricia, una sonrisa, un abrazo en mitad de la noche y unas palabras de despedida. Como restos de un naufragio.



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