Mi?rcoles, 13 de enero de 2010
No sabía nada de Tahar Ben Jelloun, así que al leer las primeras páginas de El último amigo sentía que entraba en un mundo desconocido. Se mezclaban la curiosidad y las ganas de encontrarme y entender la vida de Alí y Mamed en el Tánger de los últimos 40 años.

La amistad de Alí y Mamed comenzó a los quince años en un colegio francófono de Tánger. Diferentes en cuanto a carácter y procedencia, poco a poco sintieron que su amistad crecía y se fortalecía hasta formar un vínculo inolvidable. Alí, tímido, tranquilo y cinéfilo, y Mamed, impetuoso, activo e incansable, inician su amistad en una época agitada en Marruecos (Tánger se convierte en otro protagonista de la novela, sus calles, sus aromas, el caos de sus gentes, toda esa sensación de hogar que extrañara Mamed en su vida en Suecia).

Uno de los aspectos interesantes de El último amigo es que la historia de la amistad se cuenta desde ambos puntos de vista, la misma historia vista a través de los dos amigos y cómo cada uno de ellos se fija en distintos detalles de sus 30 años de amistad. Alí se centra en los primeros años voluptuosos donde el sexo era una búsqueda y necesidad constante, donde también se descubre la política y el cine, y en la época donde Mamed emigra a Suecia y la amistad se calma y suaviza. Mamed, sobre todo, recuerda los 18 meses que pasaron encerrados por sus ideales para ser reeducados y la enfermedad que le separará de su amigo.

Es hermoso ver cómo Tahar Ben Jelloun muestra los recovecos y el crecimiento de esta amistad, cómo los dos amigos son diferentes, incluso por momentos están en extremos opuestos, pero que es precisamente esa diferencia lo que les hace compatibles e inseparables.

Emotivo canto a la amistad, con un tinte de nostalgia, El último amigo ha sido un hermoso descubrimiento.



Teníamos conversaciones muy animadas. Los demás compañeros se sentían excluidos y nos consideraban unos intelectuales a la francesa. No andaban muy desencaminados. Cuando no evocábamos los problemas de sexo, hablábamos de cultura y política. Nos sentíamos cómplices y muy próximos el uno del otro pese a nuestras diferencias. Compartíamos cosas, intercambiábamos opiniones y éramos felices. Era imposible pensar en tomar una decisión importante sin ponernos de acuerdo hasta discutirla a fondo. Curiosamente, no hablábamos nunca de la amistad. Fue la envidia de algunos compañeros del liceo la que nos reveló la importancia de ese vínculo. De vez en cuando, Ramón se unía a nosotros y observaba divertido nuestra relación. Le parecía poco habitual, nos decía que nos llevábamos mejor que si fuéramos hermanos, que le hubiera gustado ser el tercer compinche, pero que el hecho de ser un obrero manual obstaculizaba esa amistad. Estaba muy equivocado, a nosotros nos gustaba su compañía, sobre todo para ligar con chicas.

( … )

De vez en cuando, algunos antiguos compañeros del liceo o de la facultad se unían a nosotros y participaban en el ritual. Con ellos evitábamos los comentarios sobre política. Sabíamos que en el café había más soplones de la policía que clientes. Era la época en que el país vivía bajo el estado de excepción, se detenía a los opositores al régimen y algunos desaparecían. La policía afirmaba que los estaba buscando, pero todo el mundo sabía que otra sección de esa misma policía los hacía desaparecer. Nos obsesionaba la idea de correr la misma suerte. Desvanecernos. Vernos reducidos a un montoncito de tierra, a un puñado de cenizas. No declarados muertos, sino perdidos Dios sabe dónde. Perdidos y no encontrados. Perdidos y no enterrados. Recuerdo a una madre que se había vuelto loca. Se paseaba por las calles con una foto de su hijo en la mano, negándose a volver a su casa sin haberlo encontrado. Dormía en la acera frente a la comisaría principal. Un buen día desapareció. Cuentan que a ella también la hicieron desaparecer. Vivíamos con ese miedo en el cuerpo, y no hablábamos de ello.
Tahar Ben Jelloun
El último amigo (traducción de Malika Embarek López. Quinteto)



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Publicado por elchicoanalogo @ 4:54  | Libros...
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