Viernes, 22 de enero de 2010
Hay un momento en El palacio de la Luna donde se cruzan las obras pasadas con los libros por escribir de Auster, un juego temporal que me hizo sonreír, sorprendido. David Zimmer, amigo del protagonista, abre su buzón cada día en busca de una carta de Anne Blume, la mujer de la que está enamorado y que partió a un país extranjero en busca de su hermano desaparecido. Es decir, el protagonista de la posterior El libro de las ilusiones, aún ajeno a su futura desgracia, unido a la narradora de El país de las últimas cosas. Por unos instantes, El palacio de la Luna contenía tres libros dentro de sí.

El palacio de la Luna contiene los elementos esperados en la obra de Auster, la orfandad, las historias dentro de las historias, el papel del creador, las casualidades, la soledad y el silencio, Nueva York, sí, y también algo nuevo y diferente como los libros de viajes, la aventura y el western con cierto tono folletinesco y la influencia de escritores como Verne y los cuadros del salvaje oeste de Blakelock y Remington.

Fogg perdió a su madre al final de su infancia. Nunca tuvo noticias de su padre. Pasó su adolescencia con su tío Víctor, un músico errante y filósofo que se convirtió en su hogar y que le dejó más de mil libros en docenas de cajas de cartón. Después de un periplo por docenas de pueblos se instala en un apartamento de Nueva York para iniciar la universidad. Los únicos muebles son esas cajas de cartón con libros de su tío que irá leyendo poco a poco. Cada lectura llenará su alma y vaciará su apartamento de sus improvisados muebles. Resultó ser una extraña mezcla, embalados sin ningún orden o propósito aparente. Había novelas y obras de teatro, libros de historia y de viajes, manuales de ajedrez y novelas policíacas, ciencia ficción y filosofía; un caos absoluto de letra impresa. No me importaba. Leí todos los libros hasta el final y me negué a juzgarlos. Por lo que a mi concernía, cada libro era igual a todos los demás, cada frase se componía del número adecuado de palabras y cada palabra estaba exactamente donde tenía que estar. Esa fue la forma que elegí de llorar la muerte del tío Víctor. Una por una, abriría cada caja, y uno por uno, leería cada libro. Esa era la tarea que me habla fijado, y la cumplí hasta el final.

El joven Fogg decide dejarse llevar, vivir sin dinero ni esperanza en una absoluta soledad en las calles de Nueva York y Central Park que lo lleva a la mendicidad y la frontera de la locura, una experiencia límite donde convive con el vacío interior y la absoluta falta de objetivos y futuro. Desaparecerá de la vida para convertirse en una sombra muda e inestable. Su amigo David Zimmer y Kitty Wu lo rescatarán de la indigencia. Nuestras vidas están determinadas por múltiples contingencias -dije, tratando de ser lo más sucinto posible- y luchamos todos los días contra estas sorpresas y accidentes para mantener nuestro equilibrio. Hace dos años, por razones tanto personales como filosóficas, decidí dejar de luchar. No era que quisiera matarme, no debe usted creer eso, sino que pensé que, abandonándome al caos del mundo, quizá el mundo acabaría por revelarme alguna secreta armonía, alguna forma o esquema que me ayudaría a penetrar en mí mismo. La idea era aceptar las cosas tal y como son, dejarse llevar por la corriente del universo. No digo que consiguiera hacerlo muy bien. La verdad es que fracasé miserablemente. Pero el fracaso no invalida la sinceridad del intento. Aunque estuve a punto de morirme, creo, no obstante, que ahora soy mejor por haberlo intentado.

Si el inicio de El palacio de la Luna se centra en la vida y desventuras de Fogg, su llegada a Nueva York, su locura y su entrañable historia de amor con Kitty Wu, la aparición de Effing, un extraño y misterioso personaje, encamina la historia hacia el pasado, la paternidad y la creación. Fogg se convertirá en su secretario, en el redactor de su necrología. De repente, Auster, en mitad de su libro, se centra en una rocambolesca y atractiva historia de aventuras en el salvaje oeste, con aires a Traven o Verne. La historia de Effing en mitad del desierto de Utah es extraordinaria, aventurera. Este encuentro entre Effing y Fogg completará el puzzle de El palacio de la Luna.

Y la luna... La luna en el nombre de un restaurante chino, la luna en los cuadros del pintor Blakelock, la luna en los parajes desérticos del oeste americano... La luna como testigo del puzzle de historias que es este libro, cada capítulo podría ser una novela corta que deja su semilla en el siguiente, con personajes que se cruzan y desaparecen para completar la vida llena de casualidades del protagonista.

El palacio de la Luna se ha convertido en mi libro favorito de Paul Auster.




Fue el verano en que el hombre pisó por primera vez la luna. Yo era muy joven entonces, pero no creía que hubiera futuro. Quería vivir peligrosamente, ir lo más lejos posible y luego ver qué me sucedía cuando llegara allí. Tal y como salieron las cosas, casi no lo consigo. Poco a poco, vi cómo mi dinero iba menguando hasta quedar reducido a cero; perdí el apartamento; acabé viviendo en las calles. De no haber sido por una chica que se llamaba Kitty Wu, probablemente me habría muerto de hambre. La había conocido por casualidad muy poco antes, pero con el tiempo llegué a considerar esa casualidad una forma de predisposición, un modo de salvarme por medio de la mente de otros. Esa fue la primera parte. A partir de entonces me ocurrieron cosas extrañas. Acepté el trabajo que me ofreció el viejo de la silla de ruedas. Descubrí quién era mi padre. Crucé a pie el desierto desde Utah a California. Eso fue hace mucho tiempo, claro, pero recuerdo bien aquellos tiempos, los recuerdo como el principio de mi vida.

( … )

Con todo el fervor y el idealismo de un joven que ha pensado demasiado y ha leído demasiados libros, decidí que lo mejor era no hacer nada: mi acción consistiría en una negativa militante a realizar ninguna acción. Esto era nihilismo elevado al nivel de una proposición estética. Convertiría mi vida en una obra de arte, sacrificándome en aras de tan exquisitas paradojas que cada respiración me enseñaría a saborear mi propia condena. Las señales apuntaban a un eclipse total, y aunque buscaba a tientas otra lectura, la imagen de esa oscuridad me iba atrayendo gradualmente, me seducía por la simplicidad de su diseño. No haría nada por impedir que ocurriera lo inevitable, pero tampoco correría a su encuentro. Si por ahora la vida podía continuar como siempre había sido, tanto mejor. Tendría paciencia, aguantaría firme. Simplemente, sabía lo que me esperaba, y tanto daba que sucediera hoy o mañana, porque sucedería de todas formas. Eclipse total. El animal había sido sacrificado; sus entrañas, descifradas. La luna ocultaría el sol y, en ese momento, yo me desvanecería. Estaría completamente arruinado, sería un desecho de carne y hueso sin un céntimo en el bolsillo.

( … )

Para mí, los libros no eran tanto el soporte de las palabras como las palabras mismas y el valor de un libro estaba determinado por su calidad espiritual más que por su estado físico. Un Homero con las esquinas levantadas era más valioso que un Virgilio impecable, por ejemplo; tres volúmenes de Descartes, menos que uno de Pascal. Esas eran diferencias esenciales para mí, pero para Chandler no existían. Para él, un libro no era más que un objeto, una cosa que pertenecía al mundo de las cosas y, como tal, no era radicalmente distinto de una caja de zapatos, una escobilla del retrete o una cafetera. Cada vez que le traía otra parte de la biblioteca del tío Víctor, el viejo empezaba con su rutina. Tocaba los libros con desprecio, examinaba los lomos, buscaba marcas y manchas, dando siempre la impresión de alguien que está manejando un montón de basura. 

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Hicimos el amor durante varias horas en la decreciente luz vespertina del apartamento de Zimmer. Sin duda, fue una de las cosas más memorables que me han sucedido nunca y creo que al final estaba completamente transformado por la experiencia. No estoy hablando solamente de sexualidad ni de las permutaciones del deseo, sino de un espectacular derrumbe de muros interiores, de un terremoto en el corazón de mi soledad. Me había acostumbrado de tal modo a estar solo que no creí que algo semejante pudiera ocurrirme. Me había resignado a cierta clase de vida y luego, por razones totalmente oscuras para mí, aquella preciosa muchacha china había caído ante mí, descendiendo de otro mundo como un ángel. Hubiera sido imposible no enamorarse de ella, imposible no quedar arrebatado por el simple hecho de que estuviera allí.

( … )

Byrne me dijo que uno no puede fijar su posición exacta en la tierra si no es por referencia a un punto en el cielo. Algo que tenía que ver con la triangulación, la técnica de medida, no recuerdo los detalles. Lo esencial del asunto, sin embargo, me resultó fascinante y no lo he olvidado nunca. Un hombre no puede saber dónde está en la tierra salvo en relación con la luna o con una estrella. Lo primero es la astronomía; luego vienen los mapas terrestres, que dependen de ella. Justo lo contrario de lo que uno esperaría. Si lo piensas mucho tiempo, acabas con el cerebro del revés. Existe un aquí sólo en relación con un allí, no al contrario. Hay esto sólo porque hay aquello; si no miramos arriba nunca sabremos qué hay abajo. Piénselo, muchacho. Nos encontramos a nosotros mismos únicamente mirando lo que no somos. No puedes poner los pies en la tierra hasta que no has tocado el cielo.

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Eres un soñador, muchacho -me dijo-. Tienes la cabeza en la luna y me parece a mí que nunca vas a tenerla en otro sitio. No eres ambicioso, el dinero te importa un pepino, y eres demasiado filósofo para tener ningún talento artístico. ¿Qué voy a hacer contigo? Necesitas a alguien que te cuide, alguien que se asegure de que tengas comida en el estómago y un poco de dinero en el bolsillo. Una vez que yo me vaya, estarás donde estabas al principio.
Paul Auster
El palacio de la Luna (Traducción de Maribel de Juan. Anagrama)



Tags: El palacio de la Luna, Paul Auster, Maribel de Juan, Anagrama

Publicado por elchicoanalogo @ 20:47  | Libros...
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Comentarios
Me gustan mucho los fragmentos que has elegido y este es uno de los libros de los que guardo mejor recuerdo de Paul Auster (junto a "El libro de las ilusiones", "Leviat?n", "La m?sica del azar" y, por supuesto, "La trilog?a de Nueva York"Gui?o.

Por cierto, el final de este libro, la caminata del final de este libro, recuerda un poco a la de Forrest Gump, aunque este libro es bastante anterior a Forrest Gump.
Publicado por Bartleby
S?bado, 23 de enero de 2010 | 11:20
El palacio de la Luna tiene muchos fragmentos inolvidables, tantos como personajes e historias dentro de historias. Si tuviera que hacer un top3 de mis libros de Auster ser?a:
El palacio de la Luna
Brooklyn Follies
La noche del or?culo

La caminata por el desierto me record? al inicio de Par?s-Texas, por ejemplo, y ahora que lo dices, s?, tambi?n a Forrest Gump.
Abrazos
Publicado por elchicoanalogo
S?bado, 23 de enero de 2010 | 21:09
Y lo mejor de todo, a 3 euritos en el quiosco. He comprado 5.

VS
Publicado por Invitado
Lunes, 25 de enero de 2010 | 17:07
Pues s?, han vuelto a sacar la colecci?n de anagrama con t?tulos interesantes (aunque muchos de ellos salen m?s baratos en la serie de compactos de la propia editorial).
Muchos abrazos, querida sirena
Publicado por elchicoanalogo
Lunes, 25 de enero de 2010 | 17:39