S?bado, 30 de enero de 2010
En El buda de los suburbios se mezcla el viejo lema de sexo, drogas y rock and roll con una buena dosis de humor e ironía hacia unos años, los setenta, donde se pasó de la espiritualidad hippy al nihilismo punk.

Karim es hijo de emigrante paquistaní y madre inglesa, vive en el extrarradio de Londres y aspira, como uno de los personajes de Manhattan Transfer, a llegar al centro de la ciudad. Su vida familiar da un brusco e inesperado giro cuando su padre decide abandonar a su mujer e iniciar una relación amorosa con Eva, además de interesarse por el budismo y convertirse en una especie de gurú para una buena cantidad de vecinos. Karim se encuentra en pleno paso a la edad adulta y en ese ambiente familiar tan frágil se lanzará de lleno a descubrir el sexo, la música, el teatro y, sobre todo, a buscar ubicarse en el mundo.

Kureishi escribe una novela iniciática sobre el ingreso a la madurez y la sensación de incertidumbre que nos acompaña en ese proceso. Karim es un veinteañero que parece dejarse llevar, que no se inmiscuye en exceso en la vida de los demás ni toma decisiones y sólo parece interesarse por el sexo. Como hijo de inmigrante tiene que soportar no pertenecer a ningún sitio, que sus compatriotas ingleses le traten con desdén y que sienta lejanas y distantes sus raíces orientales.

Uno de los puntos interesantes de El buda de los suburbios es ver cómo sitúa la época a través de la música. De Dylan y los Beatles se pasa a la música progresiva de Pink Floyd y King Crimson para terminar en el punk de finales de los setenta. Es una buena forma de ver la evolución de los años setenta.

El buda de los suburbios es una buena novela, ágil y con ironía.



En el transcurso de las últimas semanas, las circunstancias me habían enseñado lo palurdo que era. Últimamente había tenido suerte y mi vida había cambiado muy deprisa; pero no había pensando en eso lo suficiente. Cuando pensaba en mí y me comparaba con la pandilla de amigos de Eleanor, me daba cuenta de que no sabía nada, que vivía en la inopia, que era un cero a la izquierda intelectualmente hablando. ¡Si ni siquiera sabía quién era Cromwell, por el amor de Dios! No sabía nada de zoología, geología, astronomía, lenguas, matemáticas ni física.
La mayoría de los chicos con los que había crecido habían dejado la escuela a los dieciséis años y trabajaban en compañías de seguros, como mecánicos de coches o eran encargados (del departamento de radio y televisión) de grandes almacenes. En cambio, yo había dejado el colegio sin pensarlo dos veces, sin hacer el menor caso de las advertencias de mi padre. En los suburbios, tener educación no se consideraba algo especialmente ventajoso, y es natural que nadie lo viera como una cosa que valiera la pena de por sí: es más importante empezar a trabajar de joven. Y, sin embargo, ahora me codeaba con gente que escribía libros con la misma facilidad con la que jugaba al fútbol. Lo que más me enfurecía -lo que hacía que les detestara tanto como me detestaba a mí mismo- era la seguridad con que hablaban y sus conocimientos. Hablaban sin esfuerzo aparente de arte, teatro, arquitectura, viajes, y luego estaban los idiomas que conocían, el vocabulario que usaban, y ese conocer a fondo cualquier campo: era un patrimonio de un valor incalculable e insustituible.
En la escuela enseñaban un poco de francés, pero cualquiera que se atreviera a intentar pronunciar una palabra correctamente tenía que aguantar las risotadas de todo el mundo. Durante un viaje a Calais, atacamos a un gabacho en la parte de atrás de un restaurante. Gracias a esta ignorancia nos sentíamos superiores a los chavales de las escuelas privadas, con sus uniformes vomitivos, sus carteritas de piel y mamá y papá esperando en el coche a recogerlos. Éramos más duros, alborotábamos en todas las clases; éramos unos peleones y no llevábamos carteritas de afeminado porque nunca hacíamos los deberes. Estábamos orgullosos de no saber más que los nombres de los jugadores de fútbol o el de los integrantes de los grupos de rock y toda la letra de !I amn the Walrus”. ¡Menudos idiotas estábamos hechos! ¡Vaya una ignorancia! ¿Por qué no supimos ver desde el principio que nos estábamos condenando alegremente a no poder aspirar a algo mejor que a ser mecánicos? ¿Por qué no supimos darnos cuenta? Para los amigos de Eleanor, las palabras complicadas y las ideas sofisticadas formaban parte del aire que venían respirando desde niño, y ese lenguaje era precisamente la moneda que les permitía obtener lo mejor que el mundo podía ofrecerles. Sin embargo, para nosotros siempre sería como una segunda lengua, aprendida con esfuerzo.
Hanif Kureishi
El buda de los suburbios (traducción de Mónica Martín Berdagué. Anagrama) 

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Publicado por elchicoanalogo @ 4:36  | Libros...
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