S?bado, 30 de enero de 2010
En El buda de los suburbios se mezcla el viejo lema de sexo, drogas y rock and roll con una buena dosis de humor e ironía hacia unos años, los setenta, donde se pasó de la espiritualidad hippy al nihilismo punk.

Karim es hijo de emigrante paquistaní y madre inglesa, vive en el extrarradio de Londres y aspira, como uno de los personajes de Manhattan Transfer, a llegar al centro de la ciudad. Su vida familiar da un brusco e inesperado giro cuando su padre decide abandonar a su mujer e iniciar una relación amorosa con Eva, además de interesarse por el budismo y convertirse en una especie de gurú para una buena cantidad de vecinos. Karim se encuentra en pleno paso a la edad adulta y en ese ambiente familiar tan frágil se lanzará de lleno a descubrir el sexo, la música, el teatro y, sobre todo, a buscar ubicarse en el mundo.

Kureishi escribe una novela iniciática sobre el ingreso a la madurez y la sensación de incertidumbre que nos acompaña en ese proceso. Karim es un veinteañero que parece dejarse llevar, que no se inmiscuye en exceso en la vida de los demás ni toma decisiones y sólo parece interesarse por el sexo. Como hijo de inmigrante tiene que soportar no pertenecer a ningún sitio, que sus compatriotas ingleses le traten con desdén y que sienta lejanas y distantes sus raíces orientales.

Uno de los puntos interesantes de El buda de los suburbios es ver cómo sitúa la época a través de la música. De Dylan y los Beatles se pasa a la música progresiva de Pink Floyd y King Crimson para terminar en el punk de finales de los setenta. Es una buena forma de ver la evolución de los años setenta.

El buda de los suburbios es una buena novela, ágil y con ironía.



En el transcurso de las últimas semanas, las circunstancias me habían enseñado lo palurdo que era. Últimamente había tenido suerte y mi vida había cambiado muy deprisa; pero no había pensando en eso lo suficiente. Cuando pensaba en mí y me comparaba con la pandilla de amigos de Eleanor, me daba cuenta de que no sabía nada, que vivía en la inopia, que era un cero a la izquierda intelectualmente hablando. ¡Si ni siquiera sabía quién era Cromwell, por el amor de Dios! No sabía nada de zoología, geología, astronomía, lenguas, matemáticas ni física.
La mayoría de los chicos con los que había crecido habían dejado la escuela a los dieciséis años y trabajaban en compañías de seguros, como mecánicos de coches o eran encargados (del departamento de radio y televisión) de grandes almacenes. En cambio, yo había dejado el colegio sin pensarlo dos veces, sin hacer el menor caso de las advertencias de mi padre. En los suburbios, tener educación no se consideraba algo especialmente ventajoso, y es natural que nadie lo viera como una cosa que valiera la pena de por sí: es más importante empezar a trabajar de joven. Y, sin embargo, ahora me codeaba con gente que escribía libros con la misma facilidad con la que jugaba al fútbol. Lo que más me enfurecía -lo que hacía que les detestara tanto como me detestaba a mí mismo- era la seguridad con que hablaban y sus conocimientos. Hablaban sin esfuerzo aparente de arte, teatro, arquitectura, viajes, y luego estaban los idiomas que conocían, el vocabulario que usaban, y ese conocer a fondo cualquier campo: era un patrimonio de un valor incalculable e insustituible.
En la escuela enseñaban un poco de francés, pero cualquiera que se atreviera a intentar pronunciar una palabra correctamente tenía que aguantar las risotadas de todo el mundo. Durante un viaje a Calais, atacamos a un gabacho en la parte de atrás de un restaurante. Gracias a esta ignorancia nos sentíamos superiores a los chavales de las escuelas privadas, con sus uniformes vomitivos, sus carteritas de piel y mamá y papá esperando en el coche a recogerlos. Éramos más duros, alborotábamos en todas las clases; éramos unos peleones y no llevábamos carteritas de afeminado porque nunca hacíamos los deberes. Estábamos orgullosos de no saber más que los nombres de los jugadores de fútbol o el de los integrantes de los grupos de rock y toda la letra de !I amn the Walrus”. ¡Menudos idiotas estábamos hechos! ¡Vaya una ignorancia! ¿Por qué no supimos ver desde el principio que nos estábamos condenando alegremente a no poder aspirar a algo mejor que a ser mecánicos? ¿Por qué no supimos darnos cuenta? Para los amigos de Eleanor, las palabras complicadas y las ideas sofisticadas formaban parte del aire que venían respirando desde niño, y ese lenguaje era precisamente la moneda que les permitía obtener lo mejor que el mundo podía ofrecerles. Sin embargo, para nosotros siempre sería como una segunda lengua, aprendida con esfuerzo.
Hanif Kureishi
El buda de los suburbios (traducción de Mónica Martín Berdagué. Anagrama) 

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Domingo, 24 de enero de 2010
Música
pasión sublime
deleite del alma..
Música
canto alado de mi mente,
en calma.
Compañera de tantas angustias
y de tantas lágrimas;
acicate de pasiones
y noches trágicas
Yo quisiera tenerte junto a mi cama
en mi último aliento
para sentirme plácida.
Patricia L.
Música alada

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Viernes, 22 de enero de 2010
Hay un momento en El palacio de la Luna donde se cruzan las obras pasadas con los libros por escribir de Auster, un juego temporal que me hizo sonreír, sorprendido. David Zimmer, amigo del protagonista, abre su buzón cada día en busca de una carta de Anne Blume, la mujer de la que está enamorado y que partió a un país extranjero en busca de su hermano desaparecido. Es decir, el protagonista de la posterior El libro de las ilusiones, aún ajeno a su futura desgracia, unido a la narradora de El país de las últimas cosas. Por unos instantes, El palacio de la Luna contenía tres libros dentro de sí.

El palacio de la Luna contiene los elementos esperados en la obra de Auster, la orfandad, las historias dentro de las historias, el papel del creador, las casualidades, la soledad y el silencio, Nueva York, sí, y también algo nuevo y diferente como los libros de viajes, la aventura y el western con cierto tono folletinesco y la influencia de escritores como Verne y los cuadros del salvaje oeste de Blakelock y Remington.

Fogg perdió a su madre al final de su infancia. Nunca tuvo noticias de su padre. Pasó su adolescencia con su tío Víctor, un músico errante y filósofo que se convirtió en su hogar y que le dejó más de mil libros en docenas de cajas de cartón. Después de un periplo por docenas de pueblos se instala en un apartamento de Nueva York para iniciar la universidad. Los únicos muebles son esas cajas de cartón con libros de su tío que irá leyendo poco a poco. Cada lectura llenará su alma y vaciará su apartamento de sus improvisados muebles. Resultó ser una extraña mezcla, embalados sin ningún orden o propósito aparente. Había novelas y obras de teatro, libros de historia y de viajes, manuales de ajedrez y novelas policíacas, ciencia ficción y filosofía; un caos absoluto de letra impresa. No me importaba. Leí todos los libros hasta el final y me negué a juzgarlos. Por lo que a mi concernía, cada libro era igual a todos los demás, cada frase se componía del número adecuado de palabras y cada palabra estaba exactamente donde tenía que estar. Esa fue la forma que elegí de llorar la muerte del tío Víctor. Una por una, abriría cada caja, y uno por uno, leería cada libro. Esa era la tarea que me habla fijado, y la cumplí hasta el final.

El joven Fogg decide dejarse llevar, vivir sin dinero ni esperanza en una absoluta soledad en las calles de Nueva York y Central Park que lo lleva a la mendicidad y la frontera de la locura, una experiencia límite donde convive con el vacío interior y la absoluta falta de objetivos y futuro. Desaparecerá de la vida para convertirse en una sombra muda e inestable. Su amigo David Zimmer y Kitty Wu lo rescatarán de la indigencia. Nuestras vidas están determinadas por múltiples contingencias -dije, tratando de ser lo más sucinto posible- y luchamos todos los días contra estas sorpresas y accidentes para mantener nuestro equilibrio. Hace dos años, por razones tanto personales como filosóficas, decidí dejar de luchar. No era que quisiera matarme, no debe usted creer eso, sino que pensé que, abandonándome al caos del mundo, quizá el mundo acabaría por revelarme alguna secreta armonía, alguna forma o esquema que me ayudaría a penetrar en mí mismo. La idea era aceptar las cosas tal y como son, dejarse llevar por la corriente del universo. No digo que consiguiera hacerlo muy bien. La verdad es que fracasé miserablemente. Pero el fracaso no invalida la sinceridad del intento. Aunque estuve a punto de morirme, creo, no obstante, que ahora soy mejor por haberlo intentado.

Si el inicio de El palacio de la Luna se centra en la vida y desventuras de Fogg, su llegada a Nueva York, su locura y su entrañable historia de amor con Kitty Wu, la aparición de Effing, un extraño y misterioso personaje, encamina la historia hacia el pasado, la paternidad y la creación. Fogg se convertirá en su secretario, en el redactor de su necrología. De repente, Auster, en mitad de su libro, se centra en una rocambolesca y atractiva historia de aventuras en el salvaje oeste, con aires a Traven o Verne. La historia de Effing en mitad del desierto de Utah es extraordinaria, aventurera. Este encuentro entre Effing y Fogg completará el puzzle de El palacio de la Luna.

Y la luna... La luna en el nombre de un restaurante chino, la luna en los cuadros del pintor Blakelock, la luna en los parajes desérticos del oeste americano... La luna como testigo del puzzle de historias que es este libro, cada capítulo podría ser una novela corta que deja su semilla en el siguiente, con personajes que se cruzan y desaparecen para completar la vida llena de casualidades del protagonista.

El palacio de la Luna se ha convertido en mi libro favorito de Paul Auster.




Fue el verano en que el hombre pisó por primera vez la luna. Yo era muy joven entonces, pero no creía que hubiera futuro. Quería vivir peligrosamente, ir lo más lejos posible y luego ver qué me sucedía cuando llegara allí. Tal y como salieron las cosas, casi no lo consigo. Poco a poco, vi cómo mi dinero iba menguando hasta quedar reducido a cero; perdí el apartamento; acabé viviendo en las calles. De no haber sido por una chica que se llamaba Kitty Wu, probablemente me habría muerto de hambre. La había conocido por casualidad muy poco antes, pero con el tiempo llegué a considerar esa casualidad una forma de predisposición, un modo de salvarme por medio de la mente de otros. Esa fue la primera parte. A partir de entonces me ocurrieron cosas extrañas. Acepté el trabajo que me ofreció el viejo de la silla de ruedas. Descubrí quién era mi padre. Crucé a pie el desierto desde Utah a California. Eso fue hace mucho tiempo, claro, pero recuerdo bien aquellos tiempos, los recuerdo como el principio de mi vida.

( … )

Con todo el fervor y el idealismo de un joven que ha pensado demasiado y ha leído demasiados libros, decidí que lo mejor era no hacer nada: mi acción consistiría en una negativa militante a realizar ninguna acción. Esto era nihilismo elevado al nivel de una proposición estética. Convertiría mi vida en una obra de arte, sacrificándome en aras de tan exquisitas paradojas que cada respiración me enseñaría a saborear mi propia condena. Las señales apuntaban a un eclipse total, y aunque buscaba a tientas otra lectura, la imagen de esa oscuridad me iba atrayendo gradualmente, me seducía por la simplicidad de su diseño. No haría nada por impedir que ocurriera lo inevitable, pero tampoco correría a su encuentro. Si por ahora la vida podía continuar como siempre había sido, tanto mejor. Tendría paciencia, aguantaría firme. Simplemente, sabía lo que me esperaba, y tanto daba que sucediera hoy o mañana, porque sucedería de todas formas. Eclipse total. El animal había sido sacrificado; sus entrañas, descifradas. La luna ocultaría el sol y, en ese momento, yo me desvanecería. Estaría completamente arruinado, sería un desecho de carne y hueso sin un céntimo en el bolsillo.

( … )

Para mí, los libros no eran tanto el soporte de las palabras como las palabras mismas y el valor de un libro estaba determinado por su calidad espiritual más que por su estado físico. Un Homero con las esquinas levantadas era más valioso que un Virgilio impecable, por ejemplo; tres volúmenes de Descartes, menos que uno de Pascal. Esas eran diferencias esenciales para mí, pero para Chandler no existían. Para él, un libro no era más que un objeto, una cosa que pertenecía al mundo de las cosas y, como tal, no era radicalmente distinto de una caja de zapatos, una escobilla del retrete o una cafetera. Cada vez que le traía otra parte de la biblioteca del tío Víctor, el viejo empezaba con su rutina. Tocaba los libros con desprecio, examinaba los lomos, buscaba marcas y manchas, dando siempre la impresión de alguien que está manejando un montón de basura. 

( … )

Hicimos el amor durante varias horas en la decreciente luz vespertina del apartamento de Zimmer. Sin duda, fue una de las cosas más memorables que me han sucedido nunca y creo que al final estaba completamente transformado por la experiencia. No estoy hablando solamente de sexualidad ni de las permutaciones del deseo, sino de un espectacular derrumbe de muros interiores, de un terremoto en el corazón de mi soledad. Me había acostumbrado de tal modo a estar solo que no creí que algo semejante pudiera ocurrirme. Me había resignado a cierta clase de vida y luego, por razones totalmente oscuras para mí, aquella preciosa muchacha china había caído ante mí, descendiendo de otro mundo como un ángel. Hubiera sido imposible no enamorarse de ella, imposible no quedar arrebatado por el simple hecho de que estuviera allí.

( … )

Byrne me dijo que uno no puede fijar su posición exacta en la tierra si no es por referencia a un punto en el cielo. Algo que tenía que ver con la triangulación, la técnica de medida, no recuerdo los detalles. Lo esencial del asunto, sin embargo, me resultó fascinante y no lo he olvidado nunca. Un hombre no puede saber dónde está en la tierra salvo en relación con la luna o con una estrella. Lo primero es la astronomía; luego vienen los mapas terrestres, que dependen de ella. Justo lo contrario de lo que uno esperaría. Si lo piensas mucho tiempo, acabas con el cerebro del revés. Existe un aquí sólo en relación con un allí, no al contrario. Hay esto sólo porque hay aquello; si no miramos arriba nunca sabremos qué hay abajo. Piénselo, muchacho. Nos encontramos a nosotros mismos únicamente mirando lo que no somos. No puedes poner los pies en la tierra hasta que no has tocado el cielo.

( … )

Eres un soñador, muchacho -me dijo-. Tienes la cabeza en la luna y me parece a mí que nunca vas a tenerla en otro sitio. No eres ambicioso, el dinero te importa un pepino, y eres demasiado filósofo para tener ningún talento artístico. ¿Qué voy a hacer contigo? Necesitas a alguien que te cuide, alguien que se asegure de que tengas comida en el estómago y un poco de dinero en el bolsillo. Una vez que yo me vaya, estarás donde estabas al principio.
Paul Auster
El palacio de la Luna (Traducción de Maribel de Juan. Anagrama)



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S?bado, 16 de enero de 2010
Una mujer y un hombre llevados por la vida, 
una mujer y un hombre cara a cara 
habitan en la noche, desbordan por sus manos, 
se oyen subir libres en la sombra, 
sus cabezas descansan en una bella infancia 
que ellos crearon juntos, plena de sol, de luz,  
una mujer y un hombre atados por sus labios 
llenan la noche lenta con toda su memoria, 
una mujer y un hombre más bellos en el otro 
ocupan su lugar en la tierra. 
Juan Gelman
Una mujer y un hombre llevados por la vida...

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Viernes, 15 de enero de 2010
Una novelita lumpen me recordó a Amuleto, ambas son novelas cortas narradas por mujeres en monólogos febriles y ágiles, una continua sucesión de reflexiones y acontecimientos a cada cual más insólito e inesperado.

El mundo de Bianca se transforma con la muerte de sus padres. De repente, siente que ya no hay oscuridad ni noche, que está rodeada de un continuo día cegador y extraño. Poco a poco su hermano y ella se alejan del mundo rutinario y establecido de su vida estudiantil y se dejan llevar por una vida a trompicones, sin más interés que sobrevivir y dejarse llevar. Se encuentran dos enigmáticos hombres, el boloñés y el libio (¿Belano y Lima?), con los que conocerán un mundo de delincuencia y sexo.

Bolaño cambia sus referencias urbanas, sitúa la historia en Roma y sólo sus personajes secundarios recuerdan al grueso de su obra, en especial el boloñés y el libio que por momentos recuerdan a los detectives salvajes. Es casi mágico cómo Bolaño combina la realidad con la ficción e integra al popular actor Maciste en la narración, un bonito juego entre invención y vida.

Ante todo, la novela es Bianca, su dolor por la muerte de sus padres, sus intentos por sobrevivir, su caída en la locura y su encuentro con el sexo, la soledad y el desamparo. Hay desgarro y caos en su forma de contar su vida, una inquietante melancolía que te sacude y te golpea.

Buena novela de Bolaño, un autor que sigue sin defraudarme.




Una vez me dijo que soñaba con ser Mister Roma y luego Mister Italia o el Amo del Universo. Yo me reí en su cara y le expresé francamente mi opinión. Para llegar a ser el Amo del Universo había que entrenarse desde los diez años, le dije. Creía que el culturismo era como el ajedrez. Mi hermano me respondió que así como yo soñaba con tener una minipeluquería, él también tenía derecho a soñar con un futuro mejor. Ésa fue la palabra que empleó: futuro. Fui a la cocina y puse la comida en el fuego. Spaghetti. Luego llevé los platos y cubiertos a la mesa. Siempre pensando. Finalmente le dije que a mí el futuro no me importaba, que se me ocurrían ideas, pero que esas ideas, si lo pensaba bien, nunca se proyectaban hacia el futuro.
–¿Y hacia dónde, entonces? –chilló mi hermano.
–Hacia ninguna parte.
Roberto Bolaño
Una novelita lumpen (Anagrama)


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Mi?rcoles, 13 de enero de 2010
No es que muera de amor, muero de ti.
Muero de ti, amor, de amor de ti,
de urgencia mía de mi piel de ti,
de mi alma, de ti y de mi boca
y del insoportable que yo soy sin ti.

Muero de ti y de mi, muero de ambos,
de nosotros, de ese,
desgarrado, partido,
me muero, te muero, lo morimos.

Morimos en mi cuarto en que estoy solo,
en mi cama en que faltas,
en la calle donde mi brazo va vacío,
en el cine y los parques, los tranvías,
los lugares donde mi hombro
acostumbra tu cabeza
y mi mano tu mano
y todo yo te sé como yo mismo.

Morimos en el sitio que le he prestado al aire
para que estés fuera de mí,
y en el lugar en que el aire se acaba
cuando te echo mi piel encima
y nos conocemos en nosotros,
separados del mundo, dichosa, penetrada,
y cierto , interminable.

Morimos, lo sabemos, lo ignoran, nos morimos
entre los dos, ahora, separados,
del uno al otro, diariamente,
cayéndonos en múltiples estatuas,
en gestos que no vemos,
en nuestras manos que nos necesitan.

Nos morimos, amor, muero en tu vientre
que no muerdo ni beso,
en tus muslos dulcísimos y vivos,
en tu carne sin fin, muero de máscaras,
de triángulos oscuros e incesantes.
Muero de mi cuerpo y de tu cuerpo,
de nuestra muerte ,amor, muero, morimos.
En el pozo de amor a todas horas,
inconsolable, a gritos,
dentro de mi, quiero decir, te llamo,
te llaman los que nacen, los que vienen
de atrás, de ti, los que a ti llegan.
Nos morimos, amor, y nada hacemos
sino morirnos más, hora tras hora,
y escribirnos y hablarnos y morirnos.
Jaime Sabines
No es que muera de amor, muero de ti...


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No sabía nada de Tahar Ben Jelloun, así que al leer las primeras páginas de El último amigo sentía que entraba en un mundo desconocido. Se mezclaban la curiosidad y las ganas de encontrarme y entender la vida de Alí y Mamed en el Tánger de los últimos 40 años.

La amistad de Alí y Mamed comenzó a los quince años en un colegio francófono de Tánger. Diferentes en cuanto a carácter y procedencia, poco a poco sintieron que su amistad crecía y se fortalecía hasta formar un vínculo inolvidable. Alí, tímido, tranquilo y cinéfilo, y Mamed, impetuoso, activo e incansable, inician su amistad en una época agitada en Marruecos (Tánger se convierte en otro protagonista de la novela, sus calles, sus aromas, el caos de sus gentes, toda esa sensación de hogar que extrañara Mamed en su vida en Suecia).

Uno de los aspectos interesantes de El último amigo es que la historia de la amistad se cuenta desde ambos puntos de vista, la misma historia vista a través de los dos amigos y cómo cada uno de ellos se fija en distintos detalles de sus 30 años de amistad. Alí se centra en los primeros años voluptuosos donde el sexo era una búsqueda y necesidad constante, donde también se descubre la política y el cine, y en la época donde Mamed emigra a Suecia y la amistad se calma y suaviza. Mamed, sobre todo, recuerda los 18 meses que pasaron encerrados por sus ideales para ser reeducados y la enfermedad que le separará de su amigo.

Es hermoso ver cómo Tahar Ben Jelloun muestra los recovecos y el crecimiento de esta amistad, cómo los dos amigos son diferentes, incluso por momentos están en extremos opuestos, pero que es precisamente esa diferencia lo que les hace compatibles e inseparables.

Emotivo canto a la amistad, con un tinte de nostalgia, El último amigo ha sido un hermoso descubrimiento.



Teníamos conversaciones muy animadas. Los demás compañeros se sentían excluidos y nos consideraban unos intelectuales a la francesa. No andaban muy desencaminados. Cuando no evocábamos los problemas de sexo, hablábamos de cultura y política. Nos sentíamos cómplices y muy próximos el uno del otro pese a nuestras diferencias. Compartíamos cosas, intercambiábamos opiniones y éramos felices. Era imposible pensar en tomar una decisión importante sin ponernos de acuerdo hasta discutirla a fondo. Curiosamente, no hablábamos nunca de la amistad. Fue la envidia de algunos compañeros del liceo la que nos reveló la importancia de ese vínculo. De vez en cuando, Ramón se unía a nosotros y observaba divertido nuestra relación. Le parecía poco habitual, nos decía que nos llevábamos mejor que si fuéramos hermanos, que le hubiera gustado ser el tercer compinche, pero que el hecho de ser un obrero manual obstaculizaba esa amistad. Estaba muy equivocado, a nosotros nos gustaba su compañía, sobre todo para ligar con chicas.

( … )

De vez en cuando, algunos antiguos compañeros del liceo o de la facultad se unían a nosotros y participaban en el ritual. Con ellos evitábamos los comentarios sobre política. Sabíamos que en el café había más soplones de la policía que clientes. Era la época en que el país vivía bajo el estado de excepción, se detenía a los opositores al régimen y algunos desaparecían. La policía afirmaba que los estaba buscando, pero todo el mundo sabía que otra sección de esa misma policía los hacía desaparecer. Nos obsesionaba la idea de correr la misma suerte. Desvanecernos. Vernos reducidos a un montoncito de tierra, a un puñado de cenizas. No declarados muertos, sino perdidos Dios sabe dónde. Perdidos y no encontrados. Perdidos y no enterrados. Recuerdo a una madre que se había vuelto loca. Se paseaba por las calles con una foto de su hijo en la mano, negándose a volver a su casa sin haberlo encontrado. Dormía en la acera frente a la comisaría principal. Un buen día desapareció. Cuentan que a ella también la hicieron desaparecer. Vivíamos con ese miedo en el cuerpo, y no hablábamos de ello.
Tahar Ben Jelloun
El último amigo (traducción de Malika Embarek López. Quinteto)



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Martes, 12 de enero de 2010
y qué es lo que vas a decir  
voy a decir solamente algo  
y qué es lo que vas a hacer  
voy a ocultarme en el lenguaje  
y por qué  
tengo miedo  
Alejandra Pizarnik  
Cold in hand blues 

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Lunes, 11 de enero de 2010
Hace años vi una película que caminaba entre el drama clásico y académico del Hollywood dorado y la búsqueda filosófica del sentido de la vida. Quedé fascinado por su fotografía en blanco y negro que le daba un aspecto onírico a la historia, por la fragilidad del personaje de Tyrone Power y el magnetismo de Gene Tierney. El filo de la navaja fue una de esas películas que vi en plena adolescencia y que sólo entendí en su superficie.

Me gusta Maugham. En los últimos meses he leído su cuento Lluvia y su libro El velo pintado. En ambas historias, como en El filo de la navaja, se une el viaje tanto interior como exterior, y la búsqueda de un lugar en el mundo. Historias con buenos diálogos, escenas intensas y personajes bien trazados. Murakami me recordó a Maugham en su El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas. El protagonista leía sus obras a lo largo de la novela. Así que miré a mi alrededor y encontré, entre tantos pendientes, El filo de la navaja.

Larry Darrell, tras la primera guerra mundial, decide romper con la vida que le espera, una vida rutinaria repleta de reglas y caminos trazados de antemano, para buscar otro sentido a su vida y la espiritualidad perdida tras las masacres que vio en la gran guerra. Larry, al revés de lo que esperan de él, se desmarca de su época y se embarca en continuos viajes que le llevaran hasta la India, donde podrá conocer una visión diferente de la vida.

El drama de Larry es que es un hombre en busca de algo que desconoce, que no consigue vislumbrar del todo, como una especie de ateo que quiere creer pero que siempre se queda a las puertas del descubrimiento. Aún así, Larry conseguirá con su búsqueda una espiritualidad perdida en occidente tras la guerra mundial. Lo importante de un viaje no es el destino, sino el viaje en sí.

El filo de la navaja está narrado de una manera peculiar. El propio Maugham se erige en narrador y un personaje más dentro la novela. Sus encuentros con Elliot, un americano afincado en París que trepó en la escala social hasta alcanzar la cumbre, le permiten entrar en contacto con su sobrina, Isabel, y Larry, una pareja a punto de casarse hasta que Larry decide emprender sus viajes tanto dentro como fuera de sí.

Es curioso cómo está búsqueda de respuestas a las grandes preguntas vitales de Larry está narrada como un puzzle desde los mejores salones de París, Chicago o Londres. Los personajes se mueven en un ambiente elitista, las cenas de la alta sociedad, el París bohemio que retratara Hemingway, la naciente burguesía estadounidense. Maugham pasa por estos lugares y en ellos recoge los testimonios de las andanzas, las desapariciones y los viajes de Larry. Sólo en las conversaciones con Larry salimos de las grandes casas y los palacios y nos adentramos en caminos polvorientos y otras culturas.

Al final, cada personaje encontrará aquella vida que necesita. Larry se encaminará hacia la espiritualidad, los demás personajes encontrarán su sitio en la alta sociedad y Maugham podrá escribir sobre todos ellos.

El filo de la navaja es una gran novela con un personaje inolvidable que trata de romper las ataduras con la vida predeterminada y buscar respuestas que a preguntas que sabe nunca han sido contestadas. Gran novela.




- No me extraña que no entiendas a Larry –le dije-, porque estoy seguro de que tampoco él se entiende. No es dado a explicar la naturaleza de sus planes y acaso sea porque no los ve con mucha claridad. Claro es que yo apenas le conozco, y no hago sino adivinar; pero ¿no crees posible que ande buscando algo, sin saber exactamente lo que busca, y sin estar seguro de si existe? quizá, le haya pasado lo que le haya pasado en la guerra, lo que sea le ha dejado dominado por un desasosiego que no le deja tranquilo. ¿No crees que pueda andar persiguiendo un ideal que está envuelto en una nube de ignorancia, como un astrónomo puede querer descubrir una estrella de cuya existencia solamente sus cálculos matemáticos le dan noticia?

( … )

Es extraño la cantidad de gente que tiene miedo. No me refiero a la angustia de los espacios cerrados, o al vértigo de las alturas, sino al miedo a la muerte y, lo que es mucho peor, el miedo a la vida. Muy a menudo son personas que parecen gozar de excelente salud, prósperas, sin preocupaciones, y sin embargo el miedo las tortura. He pensado algunas veces que es el estado de ánimo más frecuente de los hombres, y hubo un tiempo en que me pregunté si sería debido a algún hondo instinto animal heredado por el hombre de aquel rudimentario algo que fue el primero en sentir la temblorosa emoción vital.
W. Somerset Maugham
El filo de la navaja (traducción de Fernando Calleja. Debolsillo)


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Domingo, 10 de enero de 2010
Mansamente, insoportablemente, me dueles.
Toma mi cabeza. Córtame el cuello.
Nada queda de mí después de este amor.

Entre los escombros de mi alma, búscame,
escúchame.
En algún sitio, mi voz sobreviviente, llama,
pide tu asombro, tu iluminado silencio.

Atravesando muros, atmósferas, edades,
tu rostro (tu rostro que parece que fuera cierto)
viene desde la muerte, desde antes
del primer día que despertara al mundo.

¡Qué claridad de rostro, qué ternura
de luz ensimismada,  
qué dibujo de miel sobre hojas de agua!

Amo tus ojos, amo, amo tus ojos.
Soy como el hijo de tus ojos,
como una gota de tus ojos soy.
Levántame. De entre tus pies levántame, recógeme,
del suelo, de la sombra que pisas,
del rincón de tu cuarto que nunca ves en sueños.
Levántame. Porque he caído de tus manos
y quiero vivir, vivir, vivir.
Jaime Sabines
Me dueles

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S?bado, 09 de enero de 2010
Cuando tenía cinco años me extirparon el apéndice. Solía enseñar orgulloso mi cicatriz, como si fuese una herida producida en una escaramuza entre indios y vaqueros. Levantaba la camiseta y señalaba con el dedo los puntos y la línea discontinua que recorría mi vientre. Con el paso de los años olvidé la marca en mi cuerpo, se convirtió en una huella invisible.

Pero había ocasiones donde la cicatriz volvía a materializarse. Una tarde de río o las duchas tras las clases de gimnasia y alguien que señalaba en dirección a mi cicatriz y me preguntaba por ella. Entonces se mezclaban las imágenes del hospital, las enfermeras que me mimaban y me abrazaban con cuidado, la visita de mi profesora, aquellos cuadernos mágicos donde, si frotabas con el canto de una moneda, aparecían unos dibujos a carbón en unas hojas blancas.

Recuerdo una habitación de hotel. Fuera, el ruido incesante de una calle popular, el sonido de los frenos de los coches, las conversaciones ruidosas. Dentro, el palpitar de una mano que recorría mi cicatriz, y una mirada curiosa, extraña, tierna. Nunca tuve tan presente mi cicatriz como cuando otra mano la acarició.

Las cicatrices invisibles también aparecen y desaparecen sin apenas darnos cuenta de ello. Nos llenamos de heridas, nos perdemos por el camino, nos dicen que el tiempo lo cura todo y la herida desaparecerá. Pero las heridas no desaparecen, cicatrizan.

Entonces, al igual que aprendí a convivir con la cicatriz en mi vientre, he aprendido a convivir con las heridas invisibles. No intento hacerlas desaparecer ni lucho contra ellas, dejo que estén en un plano secundario hasta que me olvido de pensar en ellas.

Tal vez sean mis heridas interiores las que me hacen desaparecer por momentos. Cuatro días, un mes, quince años y yo agazapado en una soledad no sé si redentora, pero sí necesaria. A veces esa soledad me ayuda a detenerme, mirar alrededor y reubicarme. Otras veces me lleva a un silencio tranquilo o mezquino. Y en ocasiones consigo recuperar recuerdos de una caricia, una sonrisa, un abrazo en mitad de la noche y unas palabras de despedida. Como restos de un naufragio.



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Mi?rcoles, 06 de enero de 2010
Quiero tus latidos entregados al olvido
Tu esencia hecha substancia
Tu olor desgarrado en cualquier amante,
Tu adiós llorando inerte en mi fondo.
Quiero mi desesperación torneando gotas de pasado
Liberando mi angustia de gritos guardados.

Quiero mi sonrisa hecha migajas de universo
Azules impulsos que escurran el temblor de mi carne
En un refugio que excite mi alma desterrada
Mis piernas abiertas, a bocanadas.

Quiero temblores prestados, congestión de gemidos robados
Quiero exaltar al amor, tragar sus besos
Cultivar pecados, recrear ternura, órganos cómplices, desmesurados

Quiero que lo que quiero no riegue un reloj de arena
Porque tu recuerdo se agiganta y me atraganta
Quiero olvido insaciable, conjurar tus palabras
Porque la lluvia de tu amor será mi piel sedienta
Tu substancia mi esencia, tu ayer mi eternidad.

Mirando quiero, respirar tu imagen desvaneciendo
Porque quiero que te vayas… ¡porque quiero sentir que ya no te quiero!
Marlene Recalde

Tags: Marlene Recalde

Publicado por elchicoanalogo @ 10:35  | Voces amigas
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IV


Estaba a la intemperie, cercado bajo un cielo gris y sombrío. La tarde se extinguía como un rumor distante mientras las olas blancas se acercaban, incoherentes e imprevisibles, a mis pies. Y en esa blancura del mar que aparecía y se desvanecía una y otra vez me despojaba de todo lo que yo era hasta quedarme en puro silencio. Como si estuviera fuera del mundo, al margen de la vida.

Miré al cielo. Y esperé el momento donde se desprendiese la primera gota de las nubes, una primera gota que iniciaría un aguacero capaz de hacer desaparecer el mundo de mi mirada perdida. Anticipé el instante donde la playa, los acantilados y mis manos frías y entumecidas se esconderían tras el muro de agua. Las gotas se filtrarían cuerpo abajo, me empaparían por entero, se mezclaría el olor de la lluvia y el mar y el viento entre los huecos de mi piel.

Me pregunté si la lluvia sería capaz de borrar las huellas que aprendieron a recorrerme, a memorizarme, a inventarme y olvidarme. La lluvia como torrente que destruye cicatrices y caminos; la lluvia como creadora de espacios en blanco para las próximas huellas extrañas, olvidadizas, temporales.

Entonces…

Entonces cayó la primera gota a cámara lenta. Hizo un pequeño hueco en la arena, un hueco que me llevó al enigma de tu vientre y mis manos detenidas a un centímetro de tu piel, expectantes y temerosas por aventurarse entre los pliegues recónditos de tu territorio.

¿Recuerdas? Había un momento donde todo parecía ir tan lento como esa primera gota a cámara lenta. La luz sombreaba tu piel agosteña y mi mano se quedaba suspendida en el vacío milimétrico entre nuestros cuerpos. Tenía miedo del deseo, de dejarme arrastrar por el vendaval que era tu cuerpo de lluvia y rocío. Miraba tu desnudez, la forma de tu cuerpo, y pensaba que no podía acercar mi mano, que no podía perderme en la pequeña muerte que me mostrabas, que no quería ser una sombra cuando desaparecieses de mi vida. Y mi mano temblaba de deseo y de miedo. Y yo seguía el rayo de luz que entraba por la ventana circular de la habitación y dibujaba tu cuerpo contra la pared. Y bajaba mi mano, seguro de la futura pérdida, de la fugacidad de nuestro amor, de la pequeña muerte.

Tu cuerpo me recibía con misterio. Parecía que te replegabas como olas de mar y te desvanecías para reaparecer bajo otras formas impensadas. Me abismaba por tu cuerpo y él respondía con un estremecimiento quedo y el aliento que se te escapaba por tu boca y tu vacío rodeado de lluvia y los ojos cerrados. Eras un fantasma en mi piel.

Empezó a llover. Y yo bailaba bajo la lluvia.


Maybe…
…they will sing for us…
…tomorrow



Publicado por elchicoanalogo @ 0:56  | Espacios en blanco
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Martes, 05 de enero de 2010
Trato de escribir en la oscuridad tu nombre. 
Trato de escribir que te amo. 
Trato de decir a oscuras todo esto. 
No quiero que nadie se entere, 
que nadie me mire a las tres de la mañana 
paseando de un lado a otro de la estancia, 
loco, lleno de ti, enamorado. 
Iluminado, ciego, lleno de ti, derramándote.
Digo tu nombre con todo el silencio de la noche,
lo grita mi corazón amordazado.
Repito tu nombre, vuelvo a decirlo,
lo digo incansablemente,
y estoy seguro que habrá de amanecer.
Jaime Sabines
Tu nombre


Tags: Tu nombre, Jaime Sabines

Publicado por elchicoanalogo @ 4:39  | Poes?a
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Lunes, 04 de enero de 2010

Celda 211 pertenece al subgénero carcelario, un subgénero que ha dado notables películas como Prisionero del odio, de John Ford; Fuga de Alcatraz, de Don Siegel; esa maravilla que es Cadena perpetua, de Darabont o El hombre de Alcatraz y Contra el muro, de Frankenheimer. Uno puede ir de una a otra película y encontrarse elementos comunes: los funcionarios corruptos o indeseables, los presos peligrosos y salvajes, los motines, la camaradería dentro de un ambiente hostil, los intentos de fuga…

Juan (Alberto Ammann) es un funcionario de prisiones que en su primer día se ve envuelto en un motín comandado por Malamadre (Luis Tosar). En su intento de supervivencia se hace pasar por un preso más. El inicio Celda 211 es pura tensión, nos centramos en el motín y en saber si Juan acabará siendo descubierto. Pero en seguida descubrimos que ésa sólo es la superficie de la película, que bajo ella late una historia sin maniqueísmos, sin buenos muy buenos y malos muy malos, una historia de supervivencia y adaptación, de amistad y de ver la metamorfosis de una buena persona ante una situación límite. El último plano de la película te deja con una carga desasosegante dentro de ti, te cuestionas qué habrías hecho en el lugar del protagonista, si habrías permanecido al margen o habrías encontrado dentro de ti una negrura inesperada en el intento de sobrevivir.

Daniel Monzón dirige con sabiduría, aplomo, ritmo (que no velocidad) y tensión un guión con atractivos giros, con personajes cercanos y reconocibles que siempre están en la frontera entre la violencia y la lealtad. Los actores hacen un trabajo encomiable, tanto los protagonistas Luis Tosar con su rudeza, salvajismo y, también, su sentido de camaradería y Alberto Ammann con su fragilidad y su transformación a lo largo de la película, como  el puñado de secundarios que enriquecen Celda 211: Vicente Romero, el lugarteniente de Malamadre y que mira todo desde la distancia adecuada, Luis Zahera y su excelente creación del preso Releches, Manuel Morón en su papel de negociador ambiguo, el inquietante Apache encarnado por Carlos Bardem. Y, cómo no, Antonio Resines.

Celda 211 ha sido una de las sorpresas más impactantes de los últimos años.

Información: http://www.celda211.com/


Tags: Celda 211, Daniel Monzón, Luis Tosar, Alberto Ammann, Vicente Romero, Antonio Resines, Luis Zahera

Publicado por elchicoanalogo @ 4:38  | Cine
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