sábado, 20 de febrero de 2010
Dos jóvenes de 16 años son compañeros de clase. Hans es judío, y Konradin, un rico aristócrata miembro de una de las más antiguas familias de Europa. Entre los dos surge una intensa amistad y se vuelven inseparables. Un año después, todo habrá terminado entre ellos. Estamos en la Alemania de 1933, y tras el ascenso de Hitler al poder, Konradin entra a formar parte del ejército nazi, mientras Hans parte hacia el exilio. Muchos años después, instalado en Estados Unidos, Hans intenta olvidar el siniestro episodio que los separó amargamente, y en principio para siempre, pero será entonces cuando Hans reencontrará, en cierto modo, al amigo perdido.

En el prólogo Arthur Koestler escribe que Reencuentro es una pequeña obra maestra, pequeña por su extensión y obra maestra por cómo es capaz de narrar la convulsa Alemania de principios de los treinta con intimismo, sencillez y, también, dureza.
En apenas 120 páginas, el pintor Fred Uhlman retrata ese periodo tan difícil y extraño del ascenso del nazismo a través de la amistad entre un muchacho de ascendencia judía y un aristócrata de antiguo linaje. Dos muchachos solitarios que se reconocen en sus gustos y aficiones y se convierten en amigos más allá de las convenciones sociales.
Narrada con intimismo, Hans recuerda aquel último año antes de la llegada de Hitler al poder y la locura que asolaría Alemania. Un chico solitario y somnoliento de dieciséis años que encuentra en Konradin, aristócrata, un punto de apoyo y una forma de separarse de un aislamiento y madurar junto a su amigo. Las páginas dedicadas a la consolidación de su amistad son muy hermosas. El encuentro en las calles, los paseos, las conversaciones, la primera entrada de Konradin en el mundo de Hans través de una visita a su habitación...
Pero estamos en la Alemania de los años 30. El ambiente está enrarecido, Hans no penetra en el mundo aristocrático de Konradin, aparecen las primeras esvásticas y se afianza el ideal nazi donde los judíos son la causa de todos los males. Hans, con dolor, deberá distanciarse de Konradin, de esa Alemania que mira hacia otro lado, incapaz de ver la locura que se avecina.
El último capítulo de Reencuentro es sobresaliente. Las palabras justas, la sensibilidad que no sensiblería, con la que Uhlman escribe ese “reencuentro” entre los dos amigos te deja un nudo en el estómago.
Reencuentro es un libro extraordinario, una forma de acercarse a una época conocida y aciaga de manera sencilla y directa. Todo un descubrimiento...


No recuerdo exactamente cuando decidí que Konradin tenía que ser mi amigo, pero de lo que no dudé fue de que algún día lo sería. Hasta su llegada yo había carecido de amigos. En mi clase no había un solo chico capaz de satisfacer mi ideal romántico de la amistad, ninguno que yo admirara realmente, ninguno capaz de entender mi exigencia de confianza, lealtad y abnegación totales. Todos ellos me parecían suabos más o menos torpes, bastante ordinarios, robustos y poco imaginativos, y ni siquiera el grupo del “Caviar” me impresionaba como una excepción. La mayoría de los chicos eran simpáticos y me entendía bien con ellos. Pero lo cierto era que así como no sentía un aprecio particularmente fervoroso por ellos, ellos tampoco lo sentían por mí. Nunca visitaba sus casas y tampoco ellos venían a la nuestra. Quizás otra de las razones de mi frialdad consistía en que todos parecían tener un desmesurado espíritu práctico, y ya habían decidido su orientación para el futuro: abogados, oficiales, maestros, pastores y banqueros. Sólo yo no tenía ideas claras... únicamente sueños vagos y anhelos aún más vagos. Lo único que sabía era que deseaba viajar, y pensaba que algún día sería un gran poeta.
Titubeé antes de escribir “un amigo por el cual yo hubiera estado dispuesto a dar la vida”. Pero incluso después de treinta años creo que no se trataba de una exageración y que habría aceptado morir por un amigo... casi alegremente. Al igual que daba por supuesto que era “dulce et decorum pro Germania mori”, también habría aceptado que morir “pro amico”era igualmente “dulce et decorum”. Entre los dieciséis y los dieciocho años, los jóvenes combinan a veces una cándida inocencia, una pureza radiante de cuerpo y mente, con un anhelo exasperado de devoción absoluta y desinteresada. Generalmente, esa etapa sólo abarca un breve lapso, pero por su intensidad y singularidad perdura como una de las experiencias más preciosas de la vida.
( … )
Mis heridas no han cicatrizado, y quienes me traen el recuerdo de Alemania no hacen mas que frotarlas con sal.
Fred Uhlman
Reencuentro (traducción de Eduardo Goligorsky)

Tags: Reencuentro, Fred Uhlman

Publicado por elchicoanalogo @ 4:07  | Libros...
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