Viernes, 26 de febrero de 2010

Me pregunta si subrayo los libros cuando una idea o una frase me golpea. Entonces pienso en todas esas hojas marcadas con sombras que intentan atrapar y evocar una emoción remota. Hace años sí subrayaba los libros con unas líneas que hoy se han difuminado y perdido con el paso de las lecturas y las diferentes manos. Como las huellas de mis dedos en otros cuerpos en blanco, esas líneas subrayadas se asemejan a pisadas en la lluvia, tan leves y efímeras como una gota que cae en mitad de un charco. 

Ya no soy aquel muchacho que intentaba atrapar cada palabra de El árbol de la ciencia ni que se tumbaba en los prados para ver girar el cielo estrellado o sentía que un camino de luciérnagas era la única luz posible para iluminar la noche. Ahora hay cierta amargura y decepción, una pizca de cinismo, pequeñas marcas en mi corazón que, al sumarlas, forman una herida recóndita y palpitante. Los recuerdos se han quedado un paso detrás de otros donde no hay luz blanca ni cielos giratorios. Aún así...

Los libros son algo más que un objeto, son sombras y recuerdos y abrazos en la distancia, pequeños tornados de emociones y heridas, un diálogo interior con un mundo cambiante, diferente, perfecto en su modesta imperfección. Los libros desencadenan recuerdos de un viaje misterioso o de un pasado entrañable. Tendemos a ver el mundo sin sorpresas ni magia, a reproducir todo aquello que nos han enseñado como verdad y olvidamos que hay un mundo donde las sirenas se enamoran de mascarones de proa o donde los caminos cambian con cada paso que damos. He hablado muchas veces de esos caminos trillados y cómo no nos atrevemos a adentrarnos por ellos. 

Las líneas de lápiz como cicatrices de recuerdos lejanos...

Tags: espacios en blanco

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