Viernes, 26 de febrero de 2010

Me pregunta si subrayo los libros cuando una idea o una frase me golpea. Entonces pienso en todas esas hojas marcadas con sombras que intentan atrapar y evocar una emoción remota. Hace años sí subrayaba los libros con unas líneas que hoy se han difuminado y perdido con el paso de las lecturas y las diferentes manos. Como las huellas de mis dedos en otros cuerpos en blanco, esas líneas subrayadas se asemejan a pisadas en la lluvia, tan leves y efímeras como una gota que cae en mitad de un charco. 

Ya no soy aquel muchacho que intentaba atrapar cada palabra de El árbol de la ciencia ni que se tumbaba en los prados para ver girar el cielo estrellado o sentía que un camino de luciérnagas era la única luz posible para iluminar la noche. Ahora hay cierta amargura y decepción, una pizca de cinismo, pequeñas marcas en mi corazón que, al sumarlas, forman una herida recóndita y palpitante. Los recuerdos se han quedado un paso detrás de otros donde no hay luz blanca ni cielos giratorios. Aún así...

Los libros son algo más que un objeto, son sombras y recuerdos y abrazos en la distancia, pequeños tornados de emociones y heridas, un diálogo interior con un mundo cambiante, diferente, perfecto en su modesta imperfección. Los libros desencadenan recuerdos de un viaje misterioso o de un pasado entrañable. Tendemos a ver el mundo sin sorpresas ni magia, a reproducir todo aquello que nos han enseñado como verdad y olvidamos que hay un mundo donde las sirenas se enamoran de mascarones de proa o donde los caminos cambian con cada paso que damos. He hablado muchas veces de esos caminos trillados y cómo no nos atrevemos a adentrarnos por ellos. 

Las líneas de lápiz como cicatrices de recuerdos lejanos...

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Jueves, 25 de febrero de 2010
La lluvia,
con frecuencia,
penetra por mis poros,
ablanda mis tendones,
traspasa mis arterias,
me impregna,
poco a poco,
los huesos,
la memoria.

Entonces,
me refugio
en un rincón cualquiera
y estirado en el suelo
escucho,
durante horas,
el ritmo de las gotas
que manan de mi carne,
como de una gotera.
Oliverio Girondo
Nocturno 5 (en Persuasión de los días)

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Mi?rcoles, 24 de febrero de 2010
Hay un momento de La ciudad de los libros soñadores que remite a Fahrenheit 451 de Ray Bradbury. El dragón protagonista, Hildegunst, perdido en las catacumbas de la ciudad de Bibliópolis, se encuentra con unas extrañas criaturas cíclopes, los librillos, que se dedican a aprender de memoria las obras de sus autores favoritos. En esas páginas recordé a los hombres-libro de Bradbury, lectores que huyeron de esa inquietante civilización sin libros y que memorizaron sus historias favoritas.

La ciudad de los libros soñadores es un homenaje a la literatura, los libros como algo más que un objeto, los lectores y los escritores. A través de sus páginas uno descubre otras historias conocidas que se integran en el mundo creado por Walter Moers como pequeñas pisadas. Retazos de Ende o Bradbury se cruzan con la mirada de Moers.

Hildegunst von Mythenmetz es un aprendiz de escritor que parte a Bibliópolis para encontrar al autor de un extraordinario manuscrito. La originalidad y maestría de ese manuscrito de pocas páginas le hará vivir una aventura inesperada y necesaria para convertirlo en escritor. Envenenado y abandonado en las catacumbas bajo Bibliópolis, una ciudad repleta de librerías de viejo, imprentas y cafés literarios, Hildegunst recorrerá un mundo oscuro de extrañas criaturas y peligros impensables, de los cíclopes librillos que memorizan libros a los cruentos cazadores de libros, pasando por enormes insectos y un misterioso rey de las sombras.

Creo que la mejor palabra para definir este libro es entrañable. Es un libro que demuestra un amor incondicional por los libros y las historias, por la aventura que se esconde tras cada palabra escrita, por el placer y la oportunidad de encontrar en los libros las más desvariadas emociones.

Álex, muchas gracias por el regalo (y el manuscrito de una página que hay dentro...)



Cuando escribes una novela al principio todo es muy fácil, los primeros capítulos se escriben con muchísimo impulso. Pero te sientes cansado en algún momento, miras atrás y ves que tienes ya una mitad. Miras hacia delante y ves que te queda la otra. Si pierdes el valor estás listo. Es fácil comenzar algo, difícil terminarlo.
Walter Moers
La ciudad de los libros soñadores (“retraducida” al español por Miguel Sáenz. MAEVA)

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Lunes, 22 de febrero de 2010
Tú tienes lo que busco, lo que deseo, lo que amo,
tú lo tienes.
El puño de mi corazón está golpeando, llamando.
Te agradezco a los cuentos,
doy gracias a tu madre y a tu padre,
y a la muerte que no te ha visto.
Te agradezco al aire.
Eres esbelta como el trigo,
frágil como la línea de tu cuerpo.
Nunca he amado a una mujer delgada
pero tú has enamorado mis manos,
ataste mi deseo,
cogiste mis ojos como dos peces.
Por eso estoy a tu puerta, esperando.
Jaime Sabines
Tú tienes lo que busco, lo que deseo, lo que amo...

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Dice García Márquez que El coronel no tiene quien le escriba es su mejor libro. Me extrañó leer esta declaración en el autor de obras como Cien años de soledad o El amor en los tiempos del cólera, uno podría pensar que se decantaría por cualquiera de estas dos obras. En cierta forma me recordó a John Ford y cómo aseguraba que sus películas favoritas no eran las más conocidas o redondas de su filmografía, sino algunas de las menos conocidas como El sol siempre brilla en Kentucky. Así que al empezar esta novela corta tenía en mente las palabras de García Márquez.

Lo primero que sorprende en El coronel no tiene quien le escriba es el lenguaje directo y sobrio de García Márquez, sin el laberíntico estilo de Cien años de soledad, por ejemplo, ni el cruce entre lo mágico y la realidad. En apenas cien páginas asistimos a una historia de espera e inquietud, de vejez y recuerdos. Cada viernes un viejo coronel sigue el camino de la saca de correos en espera de la carta donde le confirmen la aprobación de su pensión. Casi desahuciado, con una mujer asmática y un hijo asesinado un año atrás, el viejo coronel se agarra a la concesión de su pensión como última esperanza para sobrevivir y abandonar la pobreza que le rodea.

La novela va creciendo poco a poco, de los detalles del día a día del matrimonio a la descripción de su angustiosa situación, la muerte de su hijo y cómo su único legado es un gallo de pelea. García Márquez se centra en las dudas del viejo coronel, en esa larga espera de años de la carta salvadora, en el hambre, la casa desnuda y la ropa remendada, en cómo pasa de la derrota y el desánimo a la paciencia y cierta ciega esperanza. Todo escrito con austeridad, sin estridencias, y donde la historia se hace contigo lentamente.

El coronel no tiene quien le escriba es una gran novela, llena de detalles y con un personaje central inolvidable.



Siguió hablando desde el mosquitero. “Hace dos días traté de vender el reloj”, dijo. “A nadie le interesa porque están vendiendo a plazos unos relojes modernos con números luminosos. Se puede ver la hora en la oscuridad.” El coronel comprobó que cuarenta años de vida en común, de hambre común, de sufrimientos comunes, no le habían bastado para conocer a su esposa. Sintió que algo había envejecido también en el amor.
Gabriel García Márquez
El coronel no tiene quien le escriba (Anagrama)


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S?bado, 20 de febrero de 2010
En el prólogo Arthur Koestler escribe que Reencuentro es una pequeña obra maestra, pequeña por su extensión y obra maestra por cómo es capaz de narrar la convulsa Alemania de principios de los treinta con intimismo, sencillez y, también, dureza.

En apenas ciento veinte páginas, el pintor Fred Uhlman retrata ese periodo tan difícil y extraño del ascenso del nazismo a través de la amistad entre un muchacho de ascendencia judía y un aristócrata de antiguo linaje. Dos muchachos solitarios que se reconocen en sus gustos y aficiones y se convierten en amigos más allá de las convenciones sociales.

Narrada con un tono intimista, Hans recuerda aquel último año antes de la llegada de Hitler al poder y la locura que asolaría Alemania. Un chico solitario y somnoliento de dieciséis años que encuentra en Konradin, aristócrata, un punto de apoyo y una forma de separarse de un aislamiento y madurar junto a su amigo. Las páginas dedicadas a la consolidación de su amistad son muy hermosas. El encuentro en las calles, los paseos, las conversaciones, la primera entrada de Konradin en el mundo de Hans través de una visita a su habitación...

Pero estamos en la Alemania de los años 30. El ambiente está enrarecido, Hans no penetra en el mundo aristocrático de Konradin, aparecen las primeras esvásticas y se afianza el ideal nazi donde los judíos son la causa de todos los males. Hans, con dolor, deberá distanciarse de Konradin, de esa Alemania que mira hacia otro lado, incapaz de ver la locura que se avecina.

El último capítulo de Reencuentro es sobresaliente. Las palabras justas, la sensibilidad que no sensiblería, con la que Uhlman escribe ese reencuentro entre los dos amigos te deja un nudo en el estómago.

Reencuentro es un libro extraordinario, una forma de acercarse a una época conocida y aciaga de manera sencilla y directa. Todo un descubrimiento...




No recuerdo exactamente cuando decidí que Konradin tenía que ser mi amigo, pero de lo que no dudé fue de que algún día lo sería. Hasta su llegada yo había carecido de amigos. En mi clase no había un solo chico capaz de satisfacer mi ideal romántico de la amistad, ninguno que yo admirara realmente, ninguno capaz de entender mi exigencia de confianza, lealtad y abnegación totales. Todos ellos me parecían suabos más o menos torpes, bastante ordinarios, robustos y poco imaginativos, y ni siquiera el grupo del “Caviar” me impresionaba como una excepción. La mayoría de los chicos eran simpáticos y me entendía bien con ellos. Pero lo cierto era que así como no sentía un aprecio particularmente fervoroso por ellos, ellos tampoco lo sentían por mí. Nunca visitaba sus casas y tampoco ellos venían a la nuestra. Quizás otra de las razones de mi frialdad consistía en que todos parecían tener un desmesurado espíritu práctico, y ya habían decidido su orientación para el futuro: abogados, oficiales, maestros, pastores y banqueros. Sólo yo no tenía ideas claras... únicamente sueños vagos y anhelos aún más vagos. Lo único que sabía era que deseaba viajar, y pensaba que algún día sería un gran poeta.
Titubeé antes de escribir “un amigo por el cual yo hubiera estado dispuesto a dar la vida”. Pero incluso después de treinta años creo que no se trataba de una exageración y que habría aceptado morir por un amigo... casi alegremente. Al igual que daba por supuesto que era “dulce et decorum pro Germania mori”, también habría aceptado que morir “pro amico”era igualmente “dulce et decorum”. Entre los dieciséis y los dieciocho años, los jóvenes combinan a veces una cándida inocencia, una pureza radiante de cuerpo y mente, con un anhelo exasperado de devoción absoluta y desinteresada. Generalmente, esa etapa sólo abarca un breve lapso, pero por su intensidad y singularidad perdura como una de las experiencias más preciosas de la vida.

( … )

Mis heridas no han cicatrizado, y quienes me traen el recuerdo de Alemania no hacen mas que frotarlas con sal.
Fred Uhlman
Reencuentro (traducción de Eduardo Goligorsky. Tusquets)

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Jueves, 18 de febrero de 2010
Perdóname. No volverá a ocurrir. 
Ahora quisiera 
meditar, recogerme, olvidar: ser 
hoja de olvido y soledad. 
Hubiera sido necesario el viento 
que esparce las escamas del otoño 
con rumor y color. 
Hubiera sido necesario el viento. 

Hablo con humildad,
con la desilusión, la gratitud
de quien vivió de la limosna de la vida.
Con la tristeza de quien busca
una pobre verdad en que apoyarse y descansar.
La limosna fue hermosa -seres, sueños, sucesos, amor-,
don gratuito, porque nada merecí.

¡Y la verdad! ¡Y la verdad!
Buscada a golpes, en los seres,
hiriéndolos e hiriéndome;
hurgada en las palabras;
cavada en lo profundo de los hechos
-mínimos, gigantescos, qué más da:
después de todo, nadie sabe
qué es lo pequeño y qué lo enorme;
grande puede llamarse a una cereza
( "hoy se caen solas las cerezas",
me dijeron un día, y yo sé por qué fue ),
pequeño puede ser un monte,
el universo y el amor.

Se me había olvidado algo
que había sucedido.
Algo de lo que yo me arrepentía
o, tal vez, me jactaba.
Algo que debió ser de otra manera.
Algo que era importante
porque pertenecía a mi vida: era mi vida.
(Perdóname si considero importante mi vida:
es todo lo que tengo, lo que tuve;
hace ya mucho tiempo, yo la habría vivido
a oscuras, sin lengua, sin oídos, sin manos,
colgado en el vacío,
sin esperanza.)

Pero se me ha borrado
la historia (la nostalgia)
y no tengo proyectos
para mañana, ni siquiera creo
que exista ese mañana (la esperanza).
Ando por el presente
y no vivo el presente
(la plenitud en el dolor y la alegría).
Parezco un desterrado
que ha olvidado hasta el nombre de su patria,
su situación precisa, los caminos
que conducen a ella.
Perdóname que necesite
averiguar su sitio exacto.

Y cuando sepa dónde la perdí,
quiero ofrecerte mi destierro, lo que vale
tanto como la vida para mí, que es su sentido.
Y entonces, triste, pero firme,
perdóname, te ofreceré una vida
ya sin demonio ni alucinaciones.
José Hierro
Cael el sol (en Libro de alucinaciones)


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Martes, 16 de febrero de 2010
Un volumen extraordinario de veinticuatro cuentos que ofrecen, condensadas, las mejores cualidades del escritor japonés, y son una muestra inmejorable de su dominio de la ligereza y la gravedad. Basta un detalle nimio o un golpe de azar para que algunos de los protagonistas de estas historias queden sumidos en una misteriosa melancolía, como si adivinaran en un gesto imprevisto el lado oscuro, o tal vez mágico, que esconden los comportamientos cotidianos.


Sauce ciego, mujer dormida. Un cuento de tono melancólico y descriptivo. El narrador acompaña a su primo pequeño al hospital. Ha regresado de Tokio y su vida está en un punto de quietud e incertidumbre. Mientras espera a su primo, el narrador recuerda otra ocasión donde visitó a una amiga enferma. Melancolía, pérdida, vulnerabilidad y paso a la madurez en un pequeño y buen cuento. En realidad, no tengo nada que hacer en ninguna parte. Pero el último lugar donde puedo estar es aquí.

La chica del cumpleaños. El misterioso encuentro de una camarera con su jefe en el día de su veinte cumpleaños. La chica lleva la cena a la habitación de su jefe y tras una pequeña charla éste le dice que pida un deseo. Una reflexión sobre los deseos y si conseguirlos producen cambios en nosotros. Una persona, llegue donde llegue, jamás puede dejar de ser ella misma.

La tragedia de la mina de carbón de Nueva York. Un cuento con algunas imágenes sugerentes y oníricas. Un hombre visita los zoológicos en los días de tifones. Le gusta observar a los animales en mitad de una tormenta y su forma de enfrentarse a ella. Tiene un amigo al que deja un traje para funerales que nunca se ha puesto. El final es extraño, unos mineros atrapados en un derrumbe, te deja perplejo. Murakami destila irrealidad y muerte en este cuento.

Avión... o cómo hablaba él a solas como si recitara un poema. Cuento intimista. Dos amantes en una cocina. Ella le pregunta sobre su costumbre de hablar a solas. En mitad de la conversación, se entrecruzan algunos retazos de la vida en común de los amantes. Buen cuento.

El espejo. Una historia de fantasmas. El narrador recuerda uno de sus primeros trabajos de juventud como guarda nocturno de un colegio. Buena ambientación, tono lúgubre y misterioso aunque no aporta nada diferente ni original a las historias de fantasmas. Lo mejor, la idea de que no hay peores fantasmas que los que habitan dentro de nosotros.

El folclore de nuestra generación: prehistoria del estadio avanzado del capitalismo. Si los cuentos anteriores mostraban pequeños ejemplos del universo de Murakami, en éste podemos leer un fragmento que podría encajar en Tokio Blues o Al sur de la frontera, al oeste del sol. Una historia nostálgica y melancólica sobre un amor lejano y perdido ocurrido entre los años sesenta y setenta. Dos seres solitarios que se reconocen y se complementan. Él quiere dar un paso más en la relación a través del sexo. Ella prefiere guardar su virginidad para un futuro matrimonio con otro hombre. Un cuento delicado, vulnerable y cercano. Lo que yo quería era fundirme en un solo cuerpo con ella, sin ninguna traba. Pertenecerle y que ella me perteneciera. Quería esa señal. Por supuesto, la deseaba sexualmente. Pero no se trataba sólo de eso. Estoy hablando de una comunión de cuerpos. Nunca, en toda mi vida, había experimentado la sensación de fundirme con alguien. Siempre había estado solo. Y siempre había estado, alerta, dentro de un marco. Quería liberarme. Y me daba la sensación de que, liberándome, podría descubrir mi propio yo, ese yo que hasta entonces solo había vislumbrado de una manera muy vaga. Me daba la sensación de que, uniéndome estrechamente a ella, lograría apartar de mí el marco que había regulado hasta entonces mi vida.

El cuchillo de caza. Unas vacaciones tranquilas y anodinas. Un hombre se dedica a nadar y tumbarse en la playa y vivir el último verano antes de cumplir los treinta. Cada día coincide con dos norteamericanos, una madre y su hijo invalido, con los que se saluda y que se convierten en una presencia muda pero casi necesaria. La noche anterior a su marcha coincide con el hijo en una escena bañada por la onírica luz de la luna. Buenos diálogos. “- A veces tengo un sueño -dijo el joven de la silla de ruedas. El extraño eco de su voz hacía pensar que ésta procedía del fondo de un profundo agujero-. Dentro de mi cabeza hay un cuchillo clavado en diagonal en la mórbida carne de mis recuerdos. Está clavado muy hondo. Pero no me duele. Tampoco notos su peso. Sólo está ahí clavado. Yo lo contemplo desde otro lugar, como si fuera algo ajeno. Y deseo que alguien me extraiga el cuchillo. Pero nadie sabe que está ahí clavado. Pienso en sacármelo yo mismo, pero no alcanzo con las manos. Es muy extraño. He podido clavármelo, sin embargo, ahora, no puedo extraerlo. Mientras tanto, las cosas empiezan a borrarse paulatinamente. Yo mismo voy palideciendo, poco a poco, y desaparezco. Al final sólo queda el cuchillo. El cuchillo siempre permanece hasta el final. Como el blanco fósil de un animal prehistórico que ha quedado en la orilla del mar... Éste es mi sueño.”

Un día perfecto para los canguros. De nuevo un zoológico como decorado y una pareja que quiere ver un canguro recién nacido. Cuento de pocas páginas y sugerente.

Somorgujo. Hace un par de meses leí El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas. Éste cuento me llevó de nuevo a sus páginas. Un mundo subterráneo, túneles y una vuelta de tuerca final de cierta ironía. Es un cuento interesante, enigmático y bien escrito.

Los gatos antropófagos. Uno de los puntos álgidos de esta colección de relatos. Murakami incorporó Los gatos antropófagos a Sputnik, mi amor. En una veintena de páginas volvemos a la pareja de amantes que viven en una remota isla griega. La noche como un paraje de sueño y sombras y desapariciones... “Sé por experiencia que, en la vida, sólo en contadísimas ocasiones encontramos a alguien a quien podamos transmitir nuestro estado de ánimo con exactitud, alguien con quien podamos comunicarnos a la perfección. Es casi un milagro, o una suerte inesperada, hallar a esa persona. Seguro que muchos mueren sin haberla encontrado jamás. Y, probablemente, no tenga relación alguna con lo que se suele entender por amor. Yo diría que se trata, más bien, de un estado de entendimiento mutuo cercano a la empatía.”

La tía pobre. Una historia surrealista, extraña, sobre el oficio de escribir. Murakami toma todas esas palabras e imágenes que los escritores llevan dentro y las hace corpóreas en una tía pobre que el narrador carga en su espalda. Es un cuento atractivo, inesperado, que analiza el papel de creador.

Náusea, 1979. Un cuento atractivo. El protagonista pasa cuarenta días con náuseas y vómitos diarios. Después de cada vómito recibe una misteriosa llamada. Es una historia extraña y con magnetismo. -Hace tiempo, en una ocasión me pasé vomitando unas seis semanas. Todos los días, sin saltarme ni uno. Y no es que hubiera bebido demasiado. Tampoco estaba enfermo. Vomitaba sin más, sin ninguna causa específica. Durante cuarenta días. ¡Cuarenta días eternos! No es para tomárselo a broma.

El séptimo hombre. Un cuento precioso, triste, melancólico, donde un hombre relata el día donde una gran ola se llevó a su mejor amigo. Como terapia, el hombre recuerda su infancia, su amistad y la gran ola que se irguió en pleno tifón yen un monólogo donde poco a poco analiza cómo fue su vida desde ese día hasta que pudo, por fin, perdonarse. Gran cuento. -A mí me parece que lo verdaderamente temible en esta vida no es el pánico en sí mismo -dijo el hombre unos instantes después-. El miedo existe. Eso es indudable. Se nos muestra bajo distintas formas y, a veces, domina nuestras vidas. Pero lo más temible de todo es dar la espalda a ese miedo y cerrar los ojos. Actuando de esta manera acabamos cediéndole a algo lo más valioso que hay en nuestro interior. En mi caso..., ese algo fue una ola.

El año de los espaguetis. O como un hombre se pasa un año cocinando y comiendo espaguetis y distanciándose de las personas. Una curiosa forma de narrar el encierro y el aislamiento. 1971 fue el año de los espaguetis. En 1971 yo hacía espaguetis para vivir y vivía para hacer espaguetis. El vapor que se alzaba de la olla de aluminio era mi orgullo, la salsa de tomate que se cocía a fuego lento en la cazuela haciendo ¡chup!, ¡chup!, mi esperanza.

Tony Takitani. Una historia de amor diferente con imágenes poderosas y melancólicas. Tony Takitani se enamora de una mujer compradora compulsiva de vestidos. Docenas de vestidos se amontonan en una habitación convertida en ropero. Cuando la mujer muere los vestidos se convertirán en una especie de sombras. Tony Takitani sirvió de base para la película de mismo nombre.

Conitos. Como explica Murakami en el prólogo: revela en forma de fábula mis impresiones del mundo literario cuando me publicaron por primera vez. Un cuento irónico sobre todo el entramado que rodea a la literatura. Inteligente.

El hombre de hielo. O el paisaje de un sueño. El amor entre una mujer y un hombre de hielo. Cuento surrealista y enfebrecido. Cuando nos abrazábamos, yo pensaba en un bloque de hielo que debía de existir, silencioso y solo, en alguna parte. Me preguntaba si el hombre de hielo conocía el lugar donde se encontraba aquel bloque. Era una roca de hielo congelada, tan dura que costaba imaginar que pudiera existir algo más duro. Era el bloque de hielo más grande del mundo. Se encontraba en algún lugar remoto. El hombre de hielo traía a este mundo el recuerdo de aquel bloque de hielo. Al principio, cuando me abrazaba, me sentía invadida por el desconcierto. Sin embargo, pronto me acostumbré. Incluso empecé a amar encontrarme entre sus brazos. Él seguía sin decir una palabra sobre sí mismo. Tampoco sobre cómo se había convertido en un hombre de hielo. Yo no le preguntaba nada. Nos abrazábamos en la oscuridad y compartíamos en silencio aquel bloque gigantesco. Dentro de ese hielo estaba encerrado con pulcritud todo el pasado del mundo a lo largo de cientos de millones de años.

Cangrejo. Tiene cierta semejanza con Náusea, 1979. Una pareja de vacaciones, un restaurante que sirve cangrejos de las formas más variadas e insospechadas, un vómito...

La luciérnaga. Éste es el cuento más complicado de comentar y de sentir. Es regresar al narrador nostálgico de Tokio Blues y su relación con la joven Naoko. Ahí está la residencia estudiantil, el aliento de muerte que rodea a los protagonistas, sus encuentros y paseos, la extraña intimidad que les une. Es como la punta de un iceberg, el inicio de la extraordinaria Tokio Blues. Fue extraño volver a encontrarse un pedazo de esa novela entre esta colección de cuentos, una especie de nudo en el estómago. Por un instante se cruzaron las emociones vividas años atrás gracias a Tokio Blues con el punto de partida que es La Luciérnaga (un camino a la inversa. Como volver a ver a un amor que tuvo su momento y su espacio en el pasado). Los sábados por la noche me sentaba en el vestíbulo al lado del teléfono, esperando la llamada de Naoko. A veces estaba tres semanas sin llamar, a veces llamaba dos semanas seguidas. Por eso, los sábados por la noche yo esperaba su llamada sentado en una silla. Como los sábados por la noche casi todos salían a divertirse, el vestíbulo estaba generalmente tranquilo. Contemplando las motas de luz que brillaban suspendidas en el aire silencioso, me esforzaba siempre en analizar mis sentimientos. Todo el mundo buscaba algo de alguien. Eso era cierto. Pero lo que vendría a continuación, yo no lo sabía. Al alargar la mano, lo único que encontraba, un poco más allá, era una vaga pared de aire.

Los últimos cinco relatos de la colección pertenecen a Cuentos extraños de Tokio y ayudan a terminar el libro de forma portentosa. Salvo El mono de Shinagawa, que apenas me dijo nada, los otros cuatro relatos son cruces entre la realidad y lo inesperado, la casualidad y el misterio.

Viajero por azar. Historia sobre las casualidades y cómo un encuentro inesperado ayuda a que dos hermanos hagan las paces tras años sin hablarse. Se inicia con el propio Murakami hablando de un par de casualidades vividas y pasa a relatar la historia de un hombre que se aleja de su familia y que gracias a una desconocida vuelve a tomar contacto con su hermana. Emotivo cuento. En muy poco tiempo, mi vida sufrió un cambio radical. Debía agarrarme a algo, fuera como fuese, para no precipitarme al vacío. Tenía mucho miedo, estaba aterrado. Y, en un momento así, no puedes ir dando explicaciones a los demás. Sientes que te vas a resbalar de un momento a otro y a caer fuera del mundo. Por eso sólo quería que me comprendieras. Que me abrazaras con fuerza. Sin razones o explicaciones de por medio. Pero nadie...

Hanalei Bay. Otro extraordinario relato. Sachi pierde a su hijo surfista tras el ataque de un tiburón. Cada año viaja hasta la isla hawaiana del accidente. Allí convivirá con las sombras y el fantasma de un surfista cojo, con los recuerdos de su hijo y con su propia maternidad. Gran cuento.

En cualquier lugar donde parezca que esto pueda hallarse. Un cuento sobre una desaparición misteriosa. Un hombre se dedica a investigar la desaparición de un hombre entre los pisos 24 y 26 de un rascacielos. Con fobia a los ascensores, el hombre se evaporó sin dejar rastro. El investigador pasará días en las amplias escaleras entre esos dos pisos. En cierta forma, me recordó a Crónica del pájaro que da cuerda al mundo.

La piedra con forma de riñón que se desplaza días tras día. Un título y un relato sugerentes. El protagonista es un novelista angustiado con la idea de encontrar a las tres mujeres que significarán algo verdaderamente importante en su vida. Cuento magnífico, sobro todo en la descripción de los encuentros sensuales y misteriosos entre los amantes. -Un hombre, a lo largo de su vida, sólo conoce a tres mujeres que signifiquen verdaderamente algo para él. Ni una más, ni una menos -dijo su padre. Mejor dicho. Lo afirmó. Pronunció estas palabras con tono monótono, pero tajante. Como si hubiera dicho que la tierra tarda un año en dar una vuelta completa alrededor del sol. Junpei lo escuchó en silencio. Estaba tan sorprendido ante esa repentina afirmación que, en aquel instante, no se le ocurrió qué manifestar al respecto. -O sea, que si tú, en el futuro, cuando conozcas o salgas con mujeres -prosiguió su padre-, te equivocas de pareja, no harás más que perder el tiempo. Ten esto bien presente.

El mono de Shinagawa. El libro termina con un cuento extraño y surrealista, una mujer que ha olvidado su nombre y que para recordarlo lo graba en una pulsera. Si el inició consiguió atraparme, la solución me parece floja y precipitada. Aún así, tiene un buen arranque.


Sauce ciego, mujer dormida es un nuevo encuentro con el mundo de Murakami, un mundo poblado por seres nostálgicos que deambulan por paisajes a veces oníricos, a veces dolorosamente reales, donde la banda sonora es el jazz, la música clásica y la lluvia. Historias de amor sensuales, misteriosas y seductoras... Un buen libro aunque no es mi favorito de haruki Murakami.

Clara, muchas gracias por el regalo.

Haruki Murakami
Sauce ciego, mujer dormida (Fragmentos traducidos por Lourdes Porta. Tusquets)

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Domingo, 14 de febrero de 2010

Sentía cómo los pequeños copos de nieve entraban en mi boca. Algunos se deshacían en mis labios en un ligero escalofrío. Recordé una noche de sábado. Estaba tumbado en la cama. Solo. Ella había salido con una amiga. Una noche de chicas. Cuando llegó se tumbó a mi lado, parecía cobijarse en mi cuerpo, tímida y triste. Llevaba aquella camisa negra que jugaba con la palidez de su piel y dejaba entrever sus pechos. Se aferró a mí en un abrazo. Caricias y el sonido de otro corazón bajo la palma de mi mano. Y empezó a llorar. Dijo, te voy a extrañar cuando te marches. Su lloro se convirtió un espasmo tras otro. Y yo acaricié su melena.

Era noviembre. 

Aquel abrazo y aquella despedida prematura es lo que (me) quedó de una mujer. El amor es así, retazos de recuerdos inconexos en días difusos. Sólo sabía que era un sábado de noviembre, que en una madrugada ya lejana una mujer lloraba en mis brazos y sus lágrimas traspasaron mi ropa.

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Lunes, 08 de febrero de 2010

Amaneciendo y anocheciendo
a un mismo tiempo,
cariño, ¿no es ésta la forma
en que te gustaría vivir?
En mi cabeza hay un álbum
de fotos amarillentas
y lo voy completando con mis ojos,
con los más leves ruidos,
atrapando olores en el aire
y en cada sueño que sueño.
¿Sabes una cosa, pequeña?
La última página de mi álbum
tiene tu boca lluviosa mordiéndome un labio,
un disco de rock’n’roll
y calcetines de colores.
Mis ojos han sido rápidos,
te he hecho el amor con la ropa puesta
a través de una
larga pajita dorada
mientras cruzabas la calle
con el cabello ardiendo.
Pero ahora son tus pies
quienes dan mis pasos,
¡así que no te equivoques
pues me caería!
Te bebo en cada vaso de agua
que sacia mi sed,
mis palabras son claras como niños pequeños
o espesas como semen empapando cortinas,
pero hoy tengo que inventar
un nuevo idioma
para conversar con tus tiernos maullidos eléctricos
y los gritos de euforia
de la gente que vive en tu cabeza.
Debes saber que a veces
soy como un entierro interminable,
siempre triste y azul
subiendo y bajando
por la misma calle.
Pero otras veces soy un río de risa
corriéndome por toda la ribera,
haciendo el amor a la mar,
una felicidad contagiosa,
un revólver de amor, nena,
y voy a disparar justo a tu corazón
¡bang, bang!
¿te di?
Quiero arrollarte, enrollarte y arrullarte,
montaña de aguardiente
y tarde rojiza.
Eres un buen momento para morirme.
Félix Francisco Casanova
Eres un buen momento para morirme


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Jueves, 04 de febrero de 2010
Enjuto, calvo, barbudo, con la nariz pegada a la escotilla, preocupado, miraba alejarse a la Tierra, que parecía inmóvil e inhóspita. Después toma sus cuadernos de notas, los revisa, los borra, los reescribe, siempre con el mismo resultado.

Los cálculos de toda una vida tenían que ser certeros. Por aquella idea fija había abandonado a familia y amigos, incluso a la mujer de la sonrisa devastadora (no podía haber otra igual). Su teoría, descabellada y refutada por ilustres científicos, casi lo enloquece. Estaba seguro de que, en la inmensidad del universo, había otro planeta como el nuestro, idéntico, con los mismos mares y la misma arena, los mismos peces, escarabajos y rinocerontes, con las mismas personas, cometiendo los mismos errores y viviendo las mismas vidas. ¡Al diablo el efecto mariposa! En cuestión de estadística, ¿no era igual de probable un mundo diametralmente opuesto a un mundo idéntico?

De repente, lo sorprendió un aparato grande y extravagante que se acercaba velozmente. ¡Y parecía decidido a estrellarse contra su nave! Corrió hacia los mandos, virando bruscamente. Cerró los ojos: iba a morir por el choque irremediable. Pero al abrirlos, observó al extraño aparato alejarse. A través de la ventana, le pareció entonces ver, durante un instante, unos ojos conocidos que lo miraban con espanto. Después se escuchó una gran explosión; después, el más absoluto de los silencios.

Días después, no podía creerlo, divisó la Tierra. Debió de girar 180 grados al maniobrar para esquivar la nave, pensó. Aterrizó en el océano, desolado y perplejo. Toda una vida dedicada a una idea, y había fracasado.

Sin embargo, su mente no pudo imaginar que, al otro lado del cosmos, otro hombre, enjuto, calvo, barbudo, se desesperaba por no haber logrado su objetivo. No pudo imaginar que esa Tierra no era la suya. Ni que todo era igual, pero no lo era. Que tenía razón. Y que en el Universo, y en esto sí se equivocó, sí había otra sonrisa igual de demoledora que aquella que le robaba el sueño.
Mariola Hernández
Eppur si muove


Tags: Eppur si muove, Mariola Hernández

Publicado por elchicoanalogo @ 18:37  | Voces amigas
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Martes, 02 de febrero de 2010
Es historia conocida. Hace dos años creé el blog. Me sentía desorientado, perdido, ciego. No sabía cómo reaccionar a mi ruptura con Gabriela. Durante un tiempo di continuos palos de ciego, errores, pasos en falso, vueltas atrás, hasta que encontré el camino meses más tarde. Abrí el blog como una especie de diario de mi naufragio, un lugar donde escribir sobre todo ese torbellino que sentía en mi pecho y que no me dejaba avanzar ni ver las cosas con claridad. De ahí su primer nombre, Después del naufragio... Qué hacer, cómo volver a la vida cuando pierdes el apoyo que te sustentaba, qué habitaba en mis entrañas en esos momentos. Sé que esos primeros meses de 2008 fueron un caos, que hice daño a personas buenas y entrañables, que no supe que lo único que hay que hacer después de un naufragio es tener paciencia y esperar agazapado el momento adecuado para emerger de nuevo a la vida. Cometí muchos errores...

Creo que es eso. Este blog, en su inicio, puede verse como el diario de un náufrago. Hace unos meses cambié de nombre a este blog. Sentía extraño ese Después del naufragio, como si ese título tuviera que abarcar toda mi vida. No era real, no definía mi estado ni mis sentimientos. Necesitaba un nuevo nombre. Y lo encontré en Espacios en blanco, porque, como desvarié en un cuentito, sentía que habitaba entre dos espacios en blanco y que entre esos dos espacios existía un mundo de posibilidades. 

Recuerdo aquella frase de la teoría del caos que decía que el aleteo de una mariposa puede provocar un huracán en la otra parte del mundo. En cierta forma todos estamos conectados y la más pequeña variación o cambio o acción de nuestra vida puede traer la mayor sorpresa. En 2008 abrí un blog que me llevó a Serbia un año y medio después. Una pequeña acción, crear un blog, me hizo conocer un país y una amiga inolvidables. 

El blog me ha traído pequeñas victorias como la amistad de Verica o conocer los poemas de Marlene. Y, también, el cambio que se ha producido en él. De diario de un naufragio a diario de lecturas y viajes. Y está bien. Ahora hay más artículos sobre libros, películas y viajes que sobre mi vida y mis reflexiones desvariadas. Es una forma de seguir mi estado de ánimo. A través de mis lecturas y de mis pasos más allá de esta habitación blanca puedo crear un mapa de este último año. 
He recuperado la mayor parte de mi corazón...




(El blog en cifras... éste es el artículo 668, en estos dos años he tenido 108.215 visitas a los artículos y 623 comentarios. Gracias a todos los que se pasan por aquí, aunque sea por diez segundos)



Ralph Blakelock. Moonlight


Publicado por elchicoanalogo @ 4:03  | Great White Way
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