Mi?rcoles, 03 de marzo de 2010
Me sorprendió esta novela de Kenzaburo Oé, la fuerza e intensidad tan difícil de encontrar en los primeros pasos de un escritor. Oé ya anticipa temas futuros como la enfermedad, tanto del individuo como de la sociedad, el miedo, la recreación de los últimos coletazos de la guerra o el difícil paso a la madurez en mitad de la naturaleza.

Unos chicos de un reformatorio son trasladados a una aldea perdida para evacuarlos de los bombardeos de la guerra. Apenas sabemos nada de ellos y de su pasado, sólo que son rechazados por la sociedad y, por tanto, despojados de su visibilidad. Los niños son tratados con crueldad, odio y resentimiento por cada aldea que pasan camino de su refugio e inician el paso a la madurez en un territorio hostil. Sólo les queda apoyarse los unos a los otros.

Una vez instalados en su refugio de la montaña, los chicos se dedicarán a enterrar los cadáveres de los animales muertos por una epidemia. Los habitantes del pueblo huirán por miedo a contagiarse, encerrando y abandonando a los chicos. En esos días de soledad los chicos tratarán de construir su propia sociedad, contraria a la que han vivido hasta ahora, una sociedad basada en el compañerismo y la solidaridad.

Oé integra el paisaje en la historia y los instintos de los protagonistas. El valle, el bosque, los montes, las aldeas desiertas son un testigo mudo de los odios, miedo y muerte de los hombres. En mitad del paraíso se desata un pequeño infierno.

También es estimable el halo trágico, el destino fatal que Oé apunta desde las primeras páginas. Aún en los momentos de mayor placidez se percibe una tensión soterrada por la tragedia que se anticipa. No hay un momento de respiro. El ambiente es duro e inquietante.

Gran novela de Kenzaburo Oé.




Aquello era consecuencia de que aún no se había habituado a ser una bestia enjaulada, un ser objeto de todas las miradas. Era el único, pues los demás ya nos habíamos acostumbrado a toda clase de tropelías. Lo único que podíamos hacer era tratar de sobrevivir, obligados como estábamos a contorsionar nuestros cuerpos y nuestras mentes para amoldarnos a las mil jugarretas sucias que el destino nos hacía cada día. Ser golpeados y caer al suelo bañados en sangre era algo habitual, y aquellos de nuestros compañeros a quienes les había tocado cuidar de los perros policía durante un mes escribían obscenidades en suelos y paredes con sus jóvenes dedos deformados por los tremendos mordiscos que les daban los hambrientos canes cuando los alimentaban cada mañana. Sin embargo, a pesar de lo endurecidos que estábamos, cuando regresaron los dos fugados, seguidos por un policía y uno de los celadores, no pudimos evitar un estremecimiento. Les habían atizado de lo lindo.
Kenzaburo Oé
Arrancad las semillas, fusilad a los niños (traducción de Miguel Wanderbergh. Anagrama) 

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Publicado por elchicoanalogo @ 15:33  | Libros...
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Comentarios
Terrible forma de escribir...
Siempre que leo ?sto me impacta as?.
Publicado por smdeg
Jueves, 18 de marzo de 2010 | 11:54
Es una novela estremecedora y dura.
Saludos
Publicado por elchicoanalogo
Jueves, 18 de marzo de 2010 | 12:26

Tremenda, durísima, opresiva, y sin embargo, atrapante. Ni una concesiòn al sentimentalismo, el amor arrasado y sometido a la ley del mas fuerte. El hombre verdugo del hombre, y aún del hombre incipiente, como en el caso de estos niños. Extraño clima de pesadilla, forzado por una pregunta epidemia y por esa otra peste, la guerra. La fuerza narrativa de K.O., su implacable juicio a cualquier forma de discriminaciòn, ya presente desde su primera novela. 

Publicado por Invitado
Lunes, 08 de octubre de 2012 | 21:09

Es duro, es seco, es desértico y áspero, es una gran novela

Publicado por elchicoanalogo
Lunes, 08 de octubre de 2012 | 22:18