Jueves, 11 de marzo de 2010
1
John Lennon está sentado en la arena. Las piernas largas, el pantalón de hilo graciosamente enrollado bajo la rodilla, la mirada en el mar inmóvil. Lennon piensa en Liverpool, en ese otro paisaje frío y oscuro. Destemplado. Esa era la palabra que buscaba Lennon. Juega con un caracolito mientras fulmina con los últimos pitidos su cigarrillo. Y piensa en su hijo, en Nueva York. Tan chiquito. Y en ese otro hijo; tan lejano. El codo izquierdo recostado -más bien enterrado- en millones de granos blancos y finos. La arena de Jamaica es una caricia para el cuerpo y Lennon la disfruta. El sol baña su cuerpo blanquísimo y Lennon sabe que pronto será un camarón. No le importa, porque se siente más libre que nunca.
Lennon ha reunido su banda. "Mi banda", subraya mentalmente. Allí, en Jamaica, en esa playa de la que -acaba de decidirlo- nunca quiere marcharse. Porque por un instante, fugaz y profundo, Lennon es feliz.
Neil Aspinall apenas le roza el hombro. Está descalzo y Lennon, sumergido en ese ramalazo eufórico, no lo escuchó acercándose. - ¿Todo bien?
Lennon levanta la cabeza y le dedica a Neill una sonrisa genuina. Neill no veía sonreir a Lennon de esa manera desde... Una eternidad. Una vida. O varias vidas.
- Todo bien.
- Traje una biografía de Brian. ¿Te interesa?
- ¿Ya la leíste?
- Si.
- ¿Y qué puede decir de Brian que yo no sepa?
Neill se encoge de hombros y camina lentamente hasta la orilla. Lennon ha pensado mucho en Brian durante los últimos días. En aquella semana en España. En las escenas que montaba Brian cuando Lennon, borracho perdido, jugaba con él hasta humillarlo. En el día de su muerte; en el instante en el que -simplemente- le dijeron "Brian está muerto".
Lennon se deja acariciar por la brisa y cierra los ojos. Se ha cortado el pelo. La muerte. Lennon piensa en su madre. Y en Mal Evans. Lennon sabe que morirá joven, pronto, tal vez allí mismo, y tiene mucho miedo. Nunca lo dirá. O sólo a Yoko. No se le ocurra que un loco pueda ser capaz de balearlo en la puerta de su casa. Allá, en el Dakota. Pero una extrañísima sensación lo tortura y por eso ha reunido su banda en Jamaica para grabar el último disco de los Beatles. En secreto, por supuesto. Es 1978.

2
Ringo Starr no ha probado alcohol en las últimas 48 horas. La cabeza le da vueltas. Tiene la boca seca y temblores bien repartidos por las piernas y los brazos. Está fusilado en el silloncito del estudio, restregándose los ojos con furia. No quiere que le hablen de la playa. Ringo ha perdido el buen humor, y esa es toda una noticia.
Alan Parsons simula una minuciosa inspección de una de las consolas, pero en verdad tiene a Ringo en la mira. Su misión en Jamaica va más allá de la de un ingeniero de sonido común y silvestre (aunque sea tan poco común como Alan Parsons). Alan está allí para cuidar a Ringo, porque Ringo es frágil, un pequeño travieso que lleva años suelto en el jardín de los excesos.
- Ni una gota -, dice Ringo.
Alan asiente, pero está alerta.

3
"Maldita la hora", dice el caballero longilíneo, elegante con su pantalón crema, la camisa fina y el cómico sombrerito blanco. "Maldita la hora", se repite, atrapado en esa tienda en el infierno del mediodía de Kingston. "Maldita la hora", reitera, hundiéndose los anteojos negros en la nariz. Porque allí, en ese confín del Caribe, un hombre empezó a molestarlo.
- Ey, George Martin... George Martin, ¿no es usted George Martin?
Sólo quiere pagar la cuenta, subirse al coche y esfumarse. Pero está atorado cerca de la caja y el hombrecito, cargoso, insiste.
- No me diga que no es George Martin... Los Beatles... Ey, ¿qué le pasa? Le estoy hablando.
"Maldita la hora", se dice George Martin después de dejar las bolsas repletas de comida y de salir huyendo de ahí.

4
Olivia era una obsesión, los ojos más profundos y dulces que había visto. Olivia era la vida misma. George Harrison no pensaba que el amor podía arrollarlo con tanta brutalidad. No después de Patty. Y ahí estaba, un beatle dado vuelta por la sonrisa más genuina y gigantesca que le habían contagiado desde... Patty. Desde los buenos tiempos de Patty, se corrigió. George había intentado convencerse desde hacía demasiado tiempo que no extrañaba a Patty. Y ahora, finalmente, había cambiado la añoranza por Patty por otra añoranza. ¿Y si Olivia desaparecía?, se flageló. ¿Y si se iba? ¿Si renunciaba?
George acarició con infinita ternura el puente de su guitarra y le brotó una melodía. Muy triste, muy simple. Tocó esas notas, las dio vuelta, volvió a la idea original, tomó aire y se puso a silbar.

5
Paul McCartney fumaba un porro descomunal con la vista clavada en el ventilador de techo. Se lo pasó a John, que se lo pasó a George, que se lo pasó a Ringo, que se lo pasó a Alan, que se lo pasó a Neill, que se lo pasó a Paul. Y así estuvieron hasta las tres de la mañana, cuando Paul se acomodó frente al pianito y simplemente dijo...
- ¿Cómo era eso que estabas cantando esta tarde?
Lennon improvisó algo sobre una chica, y un jardín, y olas de colores, y caracolitos, y una arena tan fina que parece invisible en la palma de la mano. Paul acomodó velozmente los versos y a John le salió un puente, con esa guitarra toda desafinada que tocaba Alan Parsons, y de pronto el milagro se produjo. Como en Liverpool, como en Hamburgo, como en ese Londres por descubrir, Paul y John estaban componiendo juntos. Después de mucho tiempo. George y Ringo no quisieron abrir la boca, invadidos por el pánico de que la magia se esfumara, y Alan deseó con toda la fuerza del mundo tener una grabadora, y correr a levantar a George Martin de la cama. Neill simplemente sonreía. Tenía pendiente una llamada con Derek Taylor.

6
El encuentro se había cristalizado por casualidad. En uno de esos... "¿y qué te parece si...?" con los que John y Paul se divertían en el Dakota mientras miraban la tele, devoraban porros y gozaban con los dardos que se lanzaban Yoko y Linda. Una vez estuvieron a punto de ir al "Saturday Night Live", así, de improviso, pero no consiguieron un taxi. Mientras el mundo conjeturaba sobre el odio entre John y Paul, ellos se reían y engordaban en un living de Nueva York.
Pero había un límite que no habían cruzado hasta ese momento. No hacían música juntos. Podía ser peligroso. Pudrirse todo o...
John, que estaba fuera del circuito desde el nacimiento de Sean, le daba vueltas al asunto y se lo propuso como al pasar. Porque se sentía vacío, muy inquieto, con ese miedo arraigado en alguna parte; necesitado de probar muchas cosas.
- Algunas vez deberíamos grabar otro disco, ¿no?
Le dijo John. Y Paul:
- ¿Hablás en serio?
- Si.
- ¿Con la banda?
- Si.
- Sería un quilombo.
- Insoportable, ¿no?
- ¿Te imaginás?
Y se hizo un silencio muy largo. Yoko y Linda habían escuchado y estaban paralizadas. Yoko intentó acercarse al sillón y Linda, por primera vez, por primera y sorprendente vez, le agarró un brazo con fuerza.
- No -, fue lo único que pudo decir, pero la fulminaba con los ojos y Yoko, por primera y sorprendente vez, quedó petrificada.
- ¿Y si nos escondemos?
- ¿Cómo que nos escondemos?
- Armamos un estudio en algún lugar, lejos. Lejos de acá, de Inglaterra.
- Sin publicidad.
- Que nadie se entere.
- George Martin.
- Y Neill.
- ¿Me escuchaste? George Martin.
- Ya sé. Phil Spector está rayado. George Martin.
- Y Alan Parsons.
- Y nadie más.
- Ayer hablé con Ringo, sería cuestión de decirle dónde y cuándo.
- Si.
- Y a George tenemos que agarrarlo entre los dos.
- Y compramos acciones en Harrisongs.
- Y le financiamos una película.
- Y le regalamos un coche.
- Yo lo llamo a Neill. Que arme todo.
- ¿Así nomás?
- Así nomás.
- Y ya sé en dónde.
- ...
- En Jamaica.
- Jamaica.
- Y en poquitas semanas.
- ¿Esto es en serio, no?
- Si.
- George Martin.
- En Jamaica.
- Solos.
- Solos.
- Sin familias.
- Sin esposas.
Linda atenazaba el antebrazo de Yoko. Y Yoko miraba a John desde la puerta del living y se daba cuenta de que estaba derrotada antes de iniciar cualquier batalla.

7
Los Beatles compusieron y grabaron 37 canciones. No las cantaban; las vomitaban. Era como el álbum blanco, pero distinto, heterogéneo, anárquico... y perfecto. Terminaban un tema y empezaban otro. George se sentía como en aquellas semanas en las que se obró el milagro de "All things must pass" y le salió una docena de creaciones. Algunas simplemente sublimes, tanto que John y Paul, en sus recreos, las escuchaban pasmados. Y Ringo aportó tres canciones bellísimas, un poco tristes, porque detrás de la coraza había un hombre que sufría y Ringo, finalmente, podía expresar un poquito de esa sensación que lo mantenía mareado desde 1970.
George Martin y Alan Parsons no daban abasto. Sólo les preocupaba no perder el material, asegurarlo, copiarlo, atesorarlo. Ya habría tiempo para trabajar con él.

8
Y un día la magia se acabó. No es que el pozo se hubiera secado, sólo que ya lo habían rasqueteado demasiado, lo suficiente como para que afloraron los resquemores. Entonces, sabiamente, John le puso la mano en el hombro a Paul, y se miraron, y supieron que la tarea estaba cumplida. Y George sonrió con alivio, y con curiosidad, y pensó en Olivia. Entonces se encerraron en el fondo de la cabaña, discutieron y tomaron la decisión. Lo habían acordado desde el primer momento. Y así fue. Y Ringo lloró, porque se sentía tan mal como en aquel primer día en Jamaica.
George Martin, Alan Parsons y Neill Aspinall volvieron a Londres en vuelos separados. Cada uno llevaba una copia de las cintas.

9
El 8 de diciembre de 1980, Mark Chapman le ensartó cuatro balazos a John Lennon en la puerta del edificio Dakota, y el cuadrado empezó a desarmarse irremediablemente.

10
El 29 de noviembre de 2001 el cáncer se llevó a George Harrison. Murió tomado de la mano de Olivia.

11
NUEVA YORK (24/3/2008 - Agencia Reuter).- En la mañana de hoy murió en esta ciudad Neill Aspinall, histórico asistente personal y road manager de The Beatles. Aspinall tenía 65 años y falleció a causa de un cáncer de pulmón, de acuerdo con lo informado por sus familiares. Al momento de su deceso se desempeñaba como director de Apple Corporation, la empresa fundada por The Beatles en la década del 60.

12
George Martin miraba las ramas de los abetos moviéndose al compás del viento. La mecedora crujía levemente. De fondo sonaba Bach. La carta descansaba sobre el regazo.
Tomó el papel para leerlo por tercera vez, se subió los anteojos y estudió por unos instantes el sello del banco suizo. Y leyó.

Zurich, 10 de marzo de 2010

Estimado Sr. Martin
Me es grato dirigirme a Ud. para comunicarle que la junta directiva de la institución me ha dado plenas atribuciones para encargarme del tema que oportunamente conversamos en Londres.
Esta mañana concurrí a las bóvedas en compañía de nuestros expertos y hemos comprobado que el material se encuentra en perfecto estado. Hemos separado las cintas originales de los archivos digitales, tal como nos fue indicado.
En cuanto a las cláusulas del contrato, tengo entendido que Apple Corporation mantiene acuerdos similares con entidades de Nueva York y Tokio y que nuestra junta directiva aprobó condiciones similares. Espero interiorizarme de otros detalles.
Un amigo de absoluta confianza porta esta carta, por lo que me siento liberado para expresarme con franqueza, a sabiendas de que no hay peligro de que llegue a manos indebidas.
El contrato especifica que el material debe ser devuelto a Apple Corporation el día que muera el último integrante de The Beatles, por lo que me gustaría ratificar con Ud. y con su hijo Giles si el sistema de envío de dicho material se mantiene en pie o si prefieren cambiarlo.
Llevo 25 años de carrera en el banco y siempre se han tejido historias acerca del contenido de esas cajas de seguridad. Conjeturas de toda clase, como Ud. imaginará. Independientemente de estos rumores, tan comunes en esta clase de situaciones, y teniendo en cuenta la magnitud de la tarea que me han encargado, no niego que me gustaría que conservemos acerca de la naturaleza del material que me toca custodiar.
Mi antecesor en el cargo sólo me confió que se trata de un disco grabado por The Beatles después de 1970, y que la voluntad del grupo es que fuera editado después de la muerte de todos sus integrantes. No le ocultaré que soy un admirador de The Beatles desde mi juventud, y me pregunto la razón por la que tomaron esa determinación.
No quiero abusar de su confianza y me disculpo si piensa Ud. que he llegado demasiado lejos con mis inquietudes.
Estaré el mes próximo en Londres, espero verlo entonces.
Con el mayor respeto.

Werner Dieterglass

Guillermo Monti
Cuarenta días en Jamaica

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Publicado por elchicoanalogo @ 23:23  | Voces amigas
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