S?bado, 20 de marzo de 2010
    La mujer leía en una esquina de la cafetería del aeropuerto. Agarraba la taza de café a la altura de su pecho en un gesto extraño y enérgico, como si quisiera asirse a un pedazo de realidad. A veces miraba fuera de las hojas, observaba alguno de los aviones que despegaba, tomaba un sorbo de su café y volvía a La elegancia del erizo. Por un instante pensé que podría ser el inicio de un cuento. Una mujer de pelo corto y mirada inquieta que leía en un aeropuerto mientras esperaba a embarcar hacia otra frontera. Y con cada página leída se desvanecía una pequeña parte de su cuerpo.
    Me gusta volar. La sensación de libertad que te otorga, la distancia con mi vida, conmigo mismo. Entre dos cielos todo parece posible, un instante suspendido donde no llega la rutina que dejamos atrás ni las preocupaciones ni emociones que nos definen día a día, un instante donde aún no hemos llegado al destino, donde no sabemos qué nos espera, donde todo es posible. Estar suspendido en el espacio y en el tiempo. Desconectado. 
    En “Viajes con Heródoto” Kapuściński hablaba de cruzar la frontera. Y a tres mil metros de altura, donde las únicas líneas visibles son las cumbres nevadas de los montes y los diferentes colores de los campos, sentí que no había más frontera que uno mismo. Nuestro cuerpo como único límite, como una frontera siempre en movimiento.
    Hace tiempo que mis viajes son a personas, no a ciudades. Entonces, llevo años sin ser un turista que intenta ver el mayor número de monumentos y restos del pasado y lugares pintorescos en el menor tiempo posible. Me dejo llevar por la persona que me espera al otro lado del cristal del aeropuerto. Ese es mi destino. La persona que (me) espera tras el cristal. Este viaje, por tanto, era a Sonia.
    La bolsa roja se resbalaba por mi hombro. Los pasajeros nos cruzábamos en nuestro camino por los pasillos del aeropuerto. Al fondo, la salida y un puñado de personas expectantes. Empezaron a brillar pequeños relámpagos azules. Y entre esos brillos, Sonia. Sonreí. Fue un reencuentro rápido y caótico, rodeados de otros reencuentros y abrazos. Allí estaban Sonia y nuestra amiga Yolanda. Y tardé en ver a Julio y su niño, un chaval parlanchín con unos ojos inmensos. Las primeras fotos, en la puerta del aeropuerto. 
    Desde el primer instante todo fue cercano y cálido. La primera noche se pasó en un restaurante turco y una charla continua en los bares de Elche (omito el completo y experto sobeteo que Julio tuvo a bien regalarme). Como me dijo Sonia, tengo la sensación de que estos encuentros son más continuos y numerosos de lo que realmente son, como si nos viésemos cada poco tiempo. Aunque sea extraño, Internet sirve para curiosos cruces de caminos y en esos cruces conocer a nuevos amigos que ya forman parte de mí.
    Uno de los momentos álgidos fue el viaje a Alicante. Durante media hora nos perdimos por los pasillos de la fnac. Yolanda tenía cierto miedo a que nos quedásemos varados horas y horas delante de los libros, pero fue una visita rápida, tranquila e indolora. En cada visita a una librería descubro algún libro que me emociona encontrar. En este caso, los relatos de Nathaniel Hawthorne, un libro pequeño, casi imperceptible entre los demás. Hawthorne me deslumbró hace más de diez años con La letra escarlata, con su influencia en otros escritores como Melville. Poco a poco me he ido haciendo con sus libros. Cada libro es una incógnita, cruzar una frontera invisible e inesperada, adentrarse en cientos de mundos (im)posibles. 
    Hay una imagen que no olvidaré de este viaje: Sonia con Diego. Le esperamos a la salida del colegio. El bullicio, los gritos, los carritos de niños, las madres con la merienda en bolsas de plástico. Y Sonia que aparece con su mocetón de tres años, tímido pero cariñoso. Andaban de la mano y cada pocos pasos Diego le daba un beso. También decía en voz alta las letras y los números de las tiendas, algo que me recordó a mis paseos con mi sobrino. Me emociona ver a mis amigas con sus niños. A Diego le gusta Bob Esponja y los coches, contar los números en una pantalla de televisión y saludar a sus amigos, hablar con las palomas y besar a su mamá. Es un niño precioso.
    Odio las despedidas. Intento que sean rápidas, que no sean más que una despedida temporal, como si fuera a ver a la otra persona al día siguiente. Luego, cuando cuando me doy la vuelta y camino por una calle de Elche al lado de Yolanda (emocionante), pienso en Sonia y Diego. Y cuando me pierdo por un pasillo aséptico del aeropuerto recuerdo el encuentro con Yolanda, el brillo en la mirada de Sonia al hablar y estar con Diego, las bromas de Julio y nuestra conversación sobre Nick Hornby. En cada paso se mezclan imágenes y emociones que me nutren.

    Al final, no hay más frontera que uno mismo...


Tags: Elche

Publicado por elchicoanalogo @ 4:01  | Espacios en blanco
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