Martes, 23 de marzo de 2010
Si Kapuscinski llevó consigo la Historia de Heródoto en sus viajes, yo hice lo propio con su Viajes con Heródoto. Recuerdo mirar a través de la ventanilla del tren después de leer algún fragmento sobre cruzar la frontera o la importancia de la lengua. Observaba el horizonte cambiante y la sombra del tren sobre la tierra amarillenta mientras me dejaba llevar por las preguntas que se hacía Kapuscinski acerca de Heródoto y su forma de viajar y recopilar la información de las diferentes tribus, imperios y guerras antiguas. Todo libro es un viaje hacia mundos (im)posibles pero este Viajes con Heródoto parece guardar un viaje dentro de otro, como un juego de cajas chinas. La sensación que transmite es de inquietud y curiosidad constantes.

En el inicio de Viajes con Heródoto, Kapuscinski nos habla de cruzar la frontera, esa línea imaginaria que separa culturas y vidas, lo conocido de lo ignoto y remoto. Cruzar la frontera física y temporal para dar un paso fuera de los límites conocidos y acercarnos al otro, a los diferentes mundos que hay más allá de nuestra mirada e intentar descubrir la pisadas anteriores a las nuestras. Entonces, la frontera no es más que uno mismo, y con cada paso actuamos como testigos del mundo que nos rodea y del pasado que nos define e influye.

Uno de los principales atractivos de Viajes con Heródoto es su mezcla de géneros. Libro de memorias y viajes, crónica periodística, ensayo, libro de historia, Kapuscinski consigue trasmitirnos un halo de aventura y misterio, de inquietud ante lo desconocido y curiosidad por el pasado. También, que Heródoto y su Historia sean dos personajes vivos que nos asombran por su concepción del mundo, por las ansias de conocer y entender esto tan complejo que es el ser humano, por ser un hombre vanguardista que buscó en el camino un viaje hacia el pasado y la comprensión. 

Allá por la década de los 50, en pleno auge comunista, Kapuscinski es un periodista que recoge modestas noticias en los límites de Polonia. Esa cercanía con la frontera le hará preguntarse qué se esconde tras le horizonte y si el cruzar la frontera producirá grandes cambios en la mirada y percepción del mundo. La ruta me llevaba, a veces, a aldeas cercanas a alguna frontera. Pero no muy a menudo, pues a medida que uno se aproximaba a la frontera, la tierra se volvía cada vez más desierta y menguaban las posibilidades de toparse con personas. Aquel vacío acentuaba el misterio de aquellos lugares. También me llamó la atención el silencio que reinaba en las zonas fronterizas. Aquel misterio unido al silencio me atraía y me intrigaba. Me sentía tentado a asomarme al otro lado, a ver qué había allí. Me preguntaba qué sensación se experimentaba al cruzar la frontera. ¿Qué sentía uno? ¿En qué pensaba? Debía de tratarse de un momento de gran emoción, de turbación, de tensión. ¿Cómo era ese otro lado? Seguro que diferente. Pero, ¿qué significaba “diferente”? ¿Qué aspecto tenía? ¿A qué se parecía? ¿Y si no se parecía a nada de lo que yo conocía y, por lo tanto, era algo incomprensible e inimaginable? Pero en el fondo, mi más ardiente deseo, mi anhelo tentador y torturador que no me dejaba tranquilo, era de lo más modesto, pues lo único que me intrigaba era ese instante concreto, ese paso, ese acto básico que encierra la expresión de cruzar la frontera. Cruzarla y volver enseguida, con eso –pensaba– me bastaría, saciaría esa inexplicable y, sin embargo, cuán acuciante sed psicológica.

Pero Kapuscinski no se limitará a dar un par de pasos fuera de su país, sino que iniciará un largo viaje que se iniciará en la India y que no tendrá un final claro. De la mano de Heródoto, Kapuscinski no sólo emprenderá un viaje físico y terrenal, también un viaje al pasado, a la historia que nos conforma, que llevamos dentro aún sin ser conscientes de ello. Es hermoso ver cómo el novato viajero descubre los pequeños mundos dentro de este mundo, la otredad, el ser y sentirse extranjero, la curiosidad por descubrir las capas que existen bajo el presente... En Viajes con Heródoto se cruzan la China de Mao con las Termópilas, los aviones con los antiguos barcos y carros, los conciertos de Louis Arsmtrong con Jerjes, Ciro o Creso. Y, siempre, la constante lucha entre Oriente y Occidente.

Todo Viajes con Heródoto es un hermoso canto hacia la comprensión y la aventura de viajar y saber, de adentrarse no sólo en un paisaje sino también en la historia que guarda ese paisaje, en desempolvar un libro para que nos haga de guía y nos ayude a ubicarnos. La Historia siempre ha sido un viaje apasionante y Kapuscinski sabe transmitir esa pasión. 



Fui penetrando en la India no a través de imágenes, sonidos y olores, sino a través de la lengua, que, además, ni siquiera era el vernáculo hindi, sino una lengua extranjera, impuesta, pero que, aun así, estaba tan arraigada en el suelo indio que se identificaba con el país y, para mí, se había convertido en una clave imprescindible. Mi lucha por la India fue, en su primer asalto, una batalla con la lengua. Comprendí que cada mundo entrañaba un misterio y que el acceso al mismo sólo lo podía facilitar una lengua. Sin conocerla, ese mundo permanecería para nosotros insondable e incomprensible, por más años que pasásemos en su interior. Más aún: descubrí una relación entre tener nombre y existir, pues cada vez que volvía al hotel me daba cuenta de que en la ciudad había visto tan sólo lo que sabía nombrar; por ejemplo, recordaba una acacia pero no el árbol que crecía junto a ella, porque desconocía su nombre. En una palabra, descubrí que cuanto más vocabulario atesorase, más pronto -y más rico en su inabarcable diversidad- se abriría ante mí el mundo.

( … )

Pues la Gran Muralla -y es una muralla-gigante, una muralla-fortaleza que se alarga miles de kilómetros a través de cordilleras vacías y deshabitadas, una muralla-objeto de orgullo y, como he mencionado, una de las maravillas del mundo- al mismo tiempo es la prueba de la debilidad y aberración humanas, de un enorme error cometido por la historia, que condenó a la gente de esta parte del planeta a la incapacidad para entenderse, para convocar una reunión en torno a la mesa donde, todos juntos, se plantearan cómo emplear con provecho el ingenio y las energías acumuladas de las personas.
Tal cosa resultaba una quimera, pues la primera reacción ante cualquier amago de problema era otra bien distinta: levantar una muralla. Encerrarse, separarse. Pues todo lo que llegaba del exterior, desde allí, no podía ser otra cosa que un peligro, el anuncio de una desgracia, un augurio del mal, vaya, la mismísima encarnación del mal.
Pero la muralla no sirve sólo para defenderse. Al tiempo que protege la amenaza que acecha desde el exterior permite controlar lo que sucede en el interior. Al fin y al cabo, en una muralla hay aberturas, puertas y verjas. O sea,, al vigilar estos lugares controlamos quién entra y quién sale, hacemos preguntas, comprobamos la validez de los salvoconductos, apuntamos nombres y apellidos, escrutamos los rostros, observamos, lo grabamos todo en la memoria. Así que la muralla es a la vez escudo y trampa, mampara y jaula.
Su peor característica es que engendra en mucha gente la actitud de defensor de la muralla, crea una manera de pensar en la que todo está atravesado por la muralla que divide el mundo en malo e inferior: el de fuera, y bueno y superior: el de dentro. Por añadidura ni siquiera hace falta que ese defensor esté físicamente presente junto a la muralla, puede permanecer bien lejos de ella, pero basta que lleve dentro su imagen y obedezca las reglas que su lógica impone.

( … )

Al fin y al cabo, el viaje no empieza cuando nos ponemos en ruta, ni acaba cuando alcanzamos el destino. En realidad empieza mucho antes y prácticamente no se acaba nunca porque la cinta de la memoria no deja de girar en nuestro interior por más tiempo que lleve nuestro cuerpo sin moverse de sitio. A fin de cuentas, lo que podríamos llamar contagio de viaje existe, y es, en el fondo, una enfermedad incurable.
Ryszard Kapuscinski
Viajes con Heródoto (traducción de Agata Orzeszek. Anagrama)

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Publicado por elchicoanalogo @ 4:01  | Libros...
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