Martes, 23 de marzo de 2010
   No fui un alumno destacado o brillante. Ya entonces, en plena adolescencia, me quedaba en un segundo plano y en pocas ocasiones daba un paso adelante. Agazapado, podía observar a mis profesores y compañeros, ser testigo de cientos de conversaciones y gestos cazados al azar. Captaba imágenes y palabras, como años después (en mi otra vida) lo hice con mi cámara.

   El instituto fue una época marcada por los continuos cambios, tanto físicos como emocionales, por la asunción de la palabra futuro, por descubrir que, cada ser de este mundo, por ínfimo que sea, está conectado con los demás y una pequeña diferencia en uno de ellos podría influir en mi vida, como cada gesto mío, sin preverlo, podía originar una inesperada revolución al otro lado del horizonte. Somos como gotas de un mismo océano, como olas que, una y otra vez, sacuden la arena de una playa infinita. 

   En una de las clases de filosofía descubrí el concepto de eterno retorno de lo idéntico. Lo confieso, salvo aquel paseo peripatético en el patio del instituto, apenas presté atención a las clases de filosofía. Algo de Platón, una pizca de Aristóteles, poco más. Hasta que Nietzsche me habló del eterno retorno de lo idéntico (porque los escritores nos hablan en un diálogo continuo, nunca monólogo). Me gustó la poesía que entrañaba ese mundo ideal del retorno. No lo tomé como una repetición constante de los mismos gestos sino que, como las olas, la vida (individual, colectiva) pasa por etapas parecidas, como esos guiones circulares donde los personajes, en cierta forma, regresan al inicio (¿estoy pensando en Grupo salvaje?). Tal vez sea eso, tal vez la vida sea una ola que se repliega en sí una y otra vez. Pero sólo tal vez...

   Y en ese replegarse en sí, vuelvo a encontrarme delante del instituto de Gallarta 17 años después de terminar las clases. Casi media vida... Intento pensar cómo fui con 18 años y sólo puedo atisbar a un adolescente tímido, lector, algo raro, con unas gafas enormes y camisetas negras de Van Halen y que empezaba a descubrir la belleza y el misterio del cine. Sé que para completar el puzzle de mi pasado necesitaría de todos aquellos que estuvieron en él Y aún así, la percepción quedaría incompleta. Porque los recuerdos, la memoria, son reales, sí, pero no exactos. El tiempo difumina y cambio nuestro pasado. Y está bien.

   A veces podemos echar un vistazo a ese pasado y hacemos un ejercicio de memoria. Desde que me reencontré con Arantza siempre hemos tenido un hueco a la nostalgia. Hablamos de tal o cual compañero, de aquel profesor que hacía gestos extraños, de los exámenes y la famosa crisis de la patata. Hace un par de días nuestro antiguo profesor de historia nos acompañó en este ejercicio nostálgico. Fue un encuentro entre dos tiempos, como si se difuminara la barrera temporal y estuviésemos suspendidos sobre nuestra vida entera. Fue extraño. Fue emotivo. Y divertido.

   Por primera vez me sentí a la par que mi profesor, un igual, no un alumno parapetado tras un pupitre. Durante una tarde se mezclaron los recuerdos de quienes fuimos con lo que somos ahora. En estos 17 años he vivido fracasos y pérdidas, viajes impensados, nuevos inicios, un puñado de trabajos diferentes, encuentros y decepciones. Aunque... aunque aún hay una parte de quienes fuimos dentro de nosotros. Arantza es esa mujer habladora, cercana y ocurrente del instituto, Javi ( “magister” ) apuntaba la conversación con notas inteligentes y humorísticas y yo, no sé, yo sigo siendo lector y, según dicen, algo raro. La esencia de quien fuimos permanece en nosotros. 

   En una de las desvariadas conversaciones que tuvimos, Arantza se sacó de su chistera mágica (¿filológica?) la expresión “ser económico con la verdad”. Aunque hablábamos de eso tan complejo como son las relaciones de amor y amistad, pensé en aquella máxima que John Ford exponía en El hombre que mató a Liberty Valance: Si la leyenda supera a la realidad, publica la leyenda. Sé que este desvarío sólo ha rozado la superficie del encuentro entre (ex-)alumnos y (ex-)maestro, pero tal vez, sólo tal vez, esa tarde nos pertenezca únicamente a nosotros y haya que dejar pasar el tiempo para escribir sobre ella. Con la distancia temporal necesaria las palabras y los gestos mudarán en leyenda.


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Tags: Espacios en blanco, Gallarta

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