Viernes, 26 de marzo de 2010
Hay ocasiones donde terminas un libro y te sientes noqueado y necesitas salir a la calle y asumir que has leído algo diferente, cercano a ti. Siete cuentos imposibles se ha convertido en una de las mayores sorpresas de los últimos años. Su lectura me dejó enmudecido como años atrás lo hicieron Roberto Bolaño, Herman Hesse o Richard Ford. Hay tanta belleza y enigma en sus páginas que estremece.

¿Cómo describir un libro donde los límites se trastocan a cada página, donde cada cuento es como acercarse a un mundo imposible y en permanente cambio? Siete cuentos imposibles es un juego de espejos y laberintos, escritores que acaban siendo personajes inventados, historias como cajas chinas que se dan la vuelta en los últimos párrafos, amores febriles, mundos donde el cielo es el suelo y no existe gravedad o donde los escritores viajan al futuro para saber si entraron en la historia de la literatura. No hay una frontera definida en estos siete cuentos y la irrealidad, la inesperada irrealidad, arremete en los personajes para hacerles asumir una nueva mirada. Hay un momento donde esa irrealidad es de tal cercanía que te dejas llevar por ella y sientes que el mundo no es como lo vemos, sino como lo soñamos.

Qué hermoso es el encuentro con un libro que te deja sin respiración, cuando te adentras en cada página sabiendo que encontrarás la sorpresa y la magia de lo inesperado, de los mundos del revés, de los espejos que no se sabe si son reflejo o realidad.

Imagina un hombre que se cree creador de un mundo literario sin saber que es un personaje de otro creador.

Imagina un mundo que pierde la gravedad, un hombre que construye una casa bajo la tierra y que, atado a una cuerda, da pequeños paseos en un mundo donde el cielo es el suelo.

Imagina un hombre que se pierde entre las ondas que nos rodean, que se adentra en esa “nieve” que ejecuta extrañas formas y sinfonías en un monitor.

Imagina un modesto y apático profesor de literatura que se inventa a un extraño y desconocido autor del siglo XIX del que hace una tesis y al que acaba convirtiendo en un autor de culto, un profesor capaz de crear hasta el último paso de una sombra fugaz (mientras leía el cuento pensé en el misterioso B. Traven).

Imagina un cuento que te habla del control político sobre la población a través de una manifestación de estudiantes y la prohibición de toser en clase.

Imagina un hombre que en mitad de un viaje por Europa recuerda aquel cuento del escritor que viajaba en el tiempo y cómo, sin buscarlo, el tiempo se pliega sobre sí y el narrador se convierte en testigo y protagonista de ese viaje.

Imagina una carta que puede que sea un sueño.

No soy capaz de trasmitir la belleza de este libro de Javier Argüello, sólo alcanzo a describir la superficie de sus mundos, su ausencia de fronteras entre realidad, sueño, creación e invención. Si Kapuscinski hablaba de cruzar la frontera, Argüello va un paso más allá y borra toda señal de límite. Cada página, un mundo imposible, y en cada mundo, amores y tiempos y sombras que se cruzan.

Siete cuentos imposibles es, por ahora, mi libro de este 2010. Y una prueba más de cómo la literatura se acerca a la infinitud y siempre, siempre, te depara libros (hermosos cantos a la magia e invención) que renuevan la atracción por ellos. Y como si anticipase el contenido, este libro (como objeto) tiene una hermosa historia detrás. Mari Carmen de mis entretelas, gracias por elegirme como cuidador de este libro huérfano.



Y entonces tuve la sensación de que el mundo entero era un invento. El mundo como unidad, como ente unificado que avanza de pronto como la más ingenua de las fantasías, únicamente imaginable como el producto de esa torpe necesidad de los hombres de poner las cosas en términos comprensibles. ¿Qué podían sabes esas llanuras acerca de los especialistas internacionales que en los canales de noticias intentaban explicar lo que nadie podía entender? Esa variedad inmensa de mundos que habitan en el mundo, ignorantes los unos de los otros, de sus esperanzas y de sus temores, y de sus ideas acerca de lo que el mundo era. Fue claro en ese momento aquello que tantas veces había escuchado pero que sólo entonces supe que jamás había comprendido realmente: el mundo no era de una manera, sino que poseía el tamaño y la forma de la imaginación de quien se sentara a pensarlo. Y en esa noche difusa, que comenzaba a descubrirse como el capricho de algún demonio, tuve la indecible sensación de hallarme en el punto exacto en el que confluían todas las líneas que conforman el universo. 

( … )

Te encantaría la librería en la que trabajo. Es pequeña y de madera y está repleta de libros que impregnan el aire con su olor a papel húmedo y añejo. Me gusta estar entre ellos, Anastasia. Me gusta tocarlos y revisar sus páginas. Me gusta el olor que dejan en mis dedos. A veces pienso que sólo escribo para que algún día mis libros se pierdan en los estantes de una librería como ésta. Siento que los libros conversan entre ellos, que se van contando sus historias. ¡Cuántas historias que guarda este sitio, Anastasia! De todas las épocas, en todos los idiomas. Imagino a cada uno de los hombres que las crearon, en cada uno de sus cuartos, trabajando en soledad. Y acá están encuadernadas todas sus noches en vela, todas las ideas que habitaban en sus cabezas, reposando en silencio, envejeciendo todas juntas. A veces pienso que sólo escribo para no dejar que mis historias envejezcan solas, pero hay historias cuyos finales son parte del principio, y que no pueden terminarse y encuadernarse junto a las otras, Anastasia, como la nuestra.

( … )

Me gusta estar entre estos libros, Anastasia. Me paso los días tan callado como ellos, y como si fuera un libro más, se van acostumbrando a mi presencia. Empiezan a dejar que los conozca y empiezan a conocerme. Nadie entiende mejor que ellos lo que pasó con nosotros, porque de a poco han ido descubriendo que yo soy el escritor de las historias imposibles. Siempre ha sido así. Quizá podría haber dicho que ya no te amaba, que el tiempo se había llevado todo, pero ambos sabemos que para nosotros no fue tan simple. Amé profundamente tus ojos de libro viejo, tu cuerpo hecho de arena, tu peligrosa manera de amar. Amaste profundamente mi forma de ir por la vida, mi estirpe de vagabundo, y por eso tuve que irme. No haberlo hecho habría sido traicionarte. Los dos habríamos jugado a que todavía nos teníamos, pero ya no hubiéramos sido nosotros.
Javier Argüello
Siete cuentos imposibles (Lumen)

Tags: Siete cuentos imposibles, Javier Argüello, Lumen

Publicado por elchicoanalogo @ 19:22  | Libros...
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