Domingo, 28 de marzo de 2010
Doris Lessing habla del olvido actual de Patrick Hamilton, al que considera uno de los mejores novelistas ingleses de los años treinta. Al avanzar por su prólogo descubro que Hamilton fue el autor de La soga, la obra teatral que Hitchcock llevaría al cine en su famosa película filmada en un único plano secuencia (plano secuencia con truco). Hay escritores que aparecen y desaparecen del panorama literario, que tan pronto están en primer plano como caen en un silencio extraño. Porque, al terminar Los esclavos de la soledad con un nudo en el estómago, pensé en lo extraño que es el olvido de alguien con la calidad de Hamilton, un escritor cercano, doloroso, observador y realista.

Los esclavos de la soledad se sitúa en la Inglaterra de la segunda guerra mundial pero no habla de combates o muerte o resistencia en un alegato antibelicista sobre la locura y sinrazón de la guerra, sino sobre el oscurecimiento de las poblaciones inglesas al llegar la noche (para evitar los bombardeos), sobre mujeres solitarias que pasean con pequeñas linternas en su regreso a su modesta habitación, sobre un microcosmos al que la guerra le queda lejos, muy lejos, y sólo la sienten por el racionamiento, la escasez de alimentos y ropa o los uniformes militares en las calles.

La señorita Roach trabaja en una editorial londinense. Cada atardecer regresa a la pensión de un pequeño poblado a 40 kilómetros de la capital. Con su linterna mal ilumina el camino de vuelta a su habitación. Ya el inicio de la novela, que describe uno de esos regresos a casa, da el tono de la historia. Una tristeza sobrevuela la oscuridad, la soledad, la lúgubre pensión y sus mesas separadas del salón comedor...

Hay cierto aliento dickensiano en la los habitantes de la pensión donde transcurre la mayor parte de la novela. La señorita Roach, una mujer de 39 años, solitaria y sencilla, que encuentra un inesperado amor en Pike, un oficial americano, un amor extraño, dubitativo y doloroso. El irritante señor Thwaites, pura apariencia y que disfruta atacando y dañando a los demás. El huidizo señor Prest, un actor retirado y buen observador de lo que ocurre entre las cuatro paredes del salón. Las señoras Barrat y Steele, ajenas al nuevo mundo en el que viven (aquella frase de Peckinpah, los tiempos han cambiado, las define de forma adecuada). El teniente Pike, un americano que sólo busca amores huidizos, alcohol y diversión ante la guerra en la que debe participar. La alemana Viki, con innumerables caras... En la pensión y en uno de los pubs del pueblo se desarrolla esta historia de amores frustrados y soledad, donde la señorita Roach libra su guerra personal en mitad de una guerra mundial.

Los esclavos de la soledad es un gran libro, te atrapa desde el primer momento con la descripción de las penurias que soporta la población civil en mitad de una guerra, con uno de los personajes femeninos más interesantes que he leído en los últimos tiempos, tan bien trazado, tan cercano, que sufres por cada golpe que recibe. Historia de supervivientes, Patrick Hamilton escribió un hermoso y triste libro.



Casi todos los que vivían en las pensiones de Thames Lockdon estaban convencidos de que habían perdido el lugar que les correspondía en el mundo, de que habían ido a parar allí por una mera anomalía del destino, y de que no les quedaba más remedio que interpretar un papel, con cortesía pero con condescendencia, antes sus compañeros de pensión.
Patrick Hamilton
Los esclavos de la soledad (traducción de Vicente Campos. Galaxia Gutenberg)

Tags: esclavos de la soledad, Patrick Hamilton, Vicente Campos, Galaxia Gutenberg

Publicado por elchicoanalogo @ 4:26  | Libros...
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios